Cadenas Capítulo 1
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Cadenas

Por Xiemar Zarazua

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Capítulo 1

San Isidro del Valle, Estado Central

Sonaron las campanadas justo cuando Pedro intentaba abotonarse la camisa con torpeza, y el ceño fruncido por la prisa.

Con voz apurada, llamó a su esposa, María Luisa —a quien todos conocían como Lully— para que atrapara a Julián, su hijo menor, que correteaba descalzo por el patio como si la misa fuera una excusa más para jugar.

Detrás de él iba Sebastián, el mayor, blandiendo un zapato como si fuera una lanza.

Era domingo y, como cada domingo, el caos matutino formaba parte del ritual familiar.

Pero ese día no era un domingo cualquiera.

Además de la misa de las siete, el pueblo celebraría el Día de las Fuerzas Armadas Nacionales con un desfile que prometía uniformes, aplausos, autoridades y algo parecido al orden.

Pedro, comerciante precavido y padre de familia meticuloso, quería llegar temprano para tomar un buen lugar.

Entraron por fin los cuatro a la Parroquia de Santa Aurora.

Para Pedro y Lully, aquella iglesia no era solo un templo.

Era un lugar sagrado por costumbre, un refugio sin muros, una certeza silenciosa en medio del caos que solía envolver a su comunidad.

En ese municipio olvidado por el centro, donde las balas eran más frecuentes que los rezos y donde la muerte caminaba con familiaridad por las calles, asistir a misa era, para ellos, un acto de fe...

pero también de terquedad, de resistencia, un intento por no dejarse arrastrar.

Con menos de quince mil habitantes, el pueblo se sostenía entre historias que flotaban en el aire como polvo: algunas dichas en susurros, otras que ni siquiera se contaban.

La iglesia, amarilla y orgullosa, con sus columnas rojo terracota y sus campanarios como blancos centinelas, parecía resistir al olvido.

A los niños les imponía su tamaño. A los adultos, les ofrecía una ilusión de orden, un consuelo de que Dios no se había ido del todo.

Las campanas resonaban con fuerza en las mañanas, como si intentaran cubrir el sonido de otros disparos más reales, más cercanos.

La fe en pueblos como el suyo no era una luz brillante ni una promesa de redención. Era un rincón oscuro, terco y triste, al que uno se aferraba con uñas y miedo. Ahí nadie rezaba esperando que todo mejorara. Se rezaba, más bien, para que ese día no empeorara.

Tal como Pedro había temido, el templo ya estaba lleno.

Aun así, lograron encontrar sitio en las últimas bancas.

Desde allí, aunque alejados, podían contemplar el altar dorado que enmarcaba con solemnidad la imagen de la Virgen.

Pedro y Lully eran devotos verdaderos, de los que aún sabían persignarse sin mirar si alguien los observaba.

Querían que sus hijos aprendieran lo mismo: que la fe no se gritaba, pero se vivía.

Que la devoción era una forma de memoria, de pertenencia y también un escudo invisible para los días difíciles.

La misa comenzó puntual. El padre Artemio no tardó en marcar su tono.

Su sermón, lejos de ser festivo, arrancó con un reproche.

Dijo que muchos estaban ahí no por Dios, sino por el desfile.

Que el Señor conocía el corazón de cada uno, aunque intentaran ocultarlo bajo la ropa de domingo.

Que, si bien las Fuerzas Armadas merecían respeto, la gratitud mayor debía ser para Dios, por la vida y la esperanza.

Citó el evangelio de Mateo: «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo.

Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón».

La homilía transcurrió entre advertencias y promesas, entre el juicio y la misericordia.

El padre hablaba con un ritmo pausado, firme, como quien sabe que cada palabra puede ser la última que alguien escuche con atención.

Pero para Sebastián y Julián, la magia del altar comenzó pronto a desvanecerse.

Los vitrales que teñían de colores el interior, las estatuas inmóviles, el incienso que subía lento...

todo eso se volvió paisaje. Pronto empezaron a empujarse y a susurrarse bromas.

Lully los miraba con un ojo al frente y otro a los costados, esperando que no rompieran del todo el respeto.

Por suerte, la misa llegó a su fin antes de que tuviera que intervenir.

Afuera, el ambiente ya era otro. El aire olía a fiesta, a fritanga de puestos ambulantes, a nervios contenidos.

Al principio la gente caminaba con orden, pero pronto estalló el desborde: corridas, empujones, carreras para alcanzar los mejores lugares frente a la explanada.

Pedro y Lully, por haber estado al fondo, fueron de los primeros en salir.

Lograron colocarse en la segunda fila de bancas dispuestas por el municipio.

Todavía faltaba una hora para que todo comenzara, pero el ambiente ya hervía de expectación.

Pedro se inclinó hacia su esposa, murmurando:

—Voy al negocio. Olvidé revisar un envío para la ciudad. No tardo. Cuídales el lugar.

Lully solo suspiró. Así era Pedro. Desde que el negocio había empezado a prosperar hacía ya varios meses, vivía con mil cosas en la cabeza.

Pasaron de apenas sobrevivir al día a tener pedidos que no paraban.

No era momento para quejarse, aunque a veces extrañaba esos tiempos de más calma y menos sobresaltos.

Pero últimamente lo notaba inquieto. Algo había cambiado en su forma de mirar, de ausentarse, incluso cuando estaba frente a ella.

—¿Estás seguro de que todo está bien? —le preguntó, sosteniéndole la mirada por un segundo más de lo habitual.

—Sí, Lully. No te preocupes —respondió, sin agregar más.

Mientras Pedro se alejaba, ella observó a sus hijos.

Sebastián estaba absorto mirando el estrado principal, como anticipando la llegada de los invitados principales.

Julián miraba la calle, a ambos lados, intentando adivinar por dónde saldrían los soldados.

Eran distintos entre sí, pero se protegían el uno al otro.

Y esa complicidad, tan natural entre hermanos, era algo que Lully deseaba mantener intacto, sabiendo que la vida intentaría romper esa inocencia a dentelladas.

Esa visión la llevó a pensar que, en pueblos como el suyo, rotos y olvidados, se necesitaban esa clase de rituales porque, sin ellos, todo se vendría abajo.

La misa, el desfile, las sillas ordenadas frente a la explanada...

no eran solo costumbres, eran trincheras emocionales.

Si no celebraban, si no rezaban, ¿cómo aceptarían la verdad que los rodeaba?

Un par de vecinos se acercaron a saludarla.

Doña Clotilde, con su bastón de madera y su chal tejido a mano, le preguntó si Pedro estaba bien.

Lully respondió con cortesía, pero con la mente dividida.

El rostro de su esposo al salir del templo no se le quitaba de la cabeza. Había algo ahí que no cuadraba.

De pronto, un murmullo recorrió la calle.

Una camioneta negra sin placas cruzó despacio la avenida frente a la explanada.

No formaba parte del desfile, y todos lo sabían.

Los niños la ignoraron, pero varios adultos bajaron la mirada.

Lully sintió un escalofrío. Nada pasó, pero el silencio se hizo notar.

Sebastián y Julián, mientras tanto, apenas notaron la ausencia de su padre.

Estaban embelesados con lo que se venía.

Hablaban de los carros blindados, los uniformes impecables, los rifles, los saludos marciales.

Para ellos, el desfile era una película en vivo, una oportunidad de ver héroes de carne y hueso.

Sebastián, entre risas, le dio un codazo a su hermano.

—Mira, ahí está Ximena Matías —le dijo, señalando con disimulo hacia el otro lado de la calle.

Julián enrojeció y le devolvió el codazo, tratando de disimular su sonrisa. Había algo especial en que te viera alguien en medio del bullicio del pueblo, como si fueras importante solo por estar ahí.

Pedro volvió treinta minutos después. Para los niños, no había cambiado nada. Pero Lully, con el instinto agudo que da la vida en pareja, notó de inmediato la sombra en su rostro.

—¿Pasó algo?

—Nada grave —respondió él—. Cosas del trabajo. El pedido que envié el viernes salió, pero no llegó. Lo revisaré después.

—¿Problemas con los clientes?

—Nada que no pueda arreglar mañana. Mira lo que les traje —dijo, tratando de cambiar el tema.

Le mostró dos escapularios de cuero, finamente tejidos con hilo dorado. En el centro brillaba, discreta y firme, la imagen de la Virgen.

—Qué hermosos, Pedro. Nunca había visto algo así por aquí.

—Los mandé a pedir desde Altavista. Me los entregaron hoy. Si quieres, te consigo uno igual.

—Después. Ahora quiero ponérselos a estos dos, a ver si se calman un poco.

Los llamó con un gesto firme, pero dulce.

Se acercaron sin protestar. Lully se agachó a su altura y, con una voz que buscaba ser memorable, les explicó que ese regalo de su padre no era cualquier cosa.

Que los escapularios significaban mucho más que protección: representaban el amor que los unía, la fe que los sostenía, el valor que debían tener.

Les pidió que los cuidaran siempre. Que no olvidaran nunca lo que simbolizaban.

Que, si algún día se sentían perdidos, tocaran el escapulario y recordaran de dónde venían.

—¿Y si se nos rompe? —preguntó Julián, curioso.

—Entonces se los arreglamos. Pero, mientras esté con ustedes, estará su padre también —respondió Lully, besándoles la frente.

Los niños asintieron, obedientes, aunque con la atención ya puesta en el alboroto que se acercaba. Varios disparos al aire marcaron el inicio del desfile. Todos giraron la mirada hacia la calle, donde comenzaban a avanzar los primeros contingentes.

El desfile fue largo, ruidoso y vistoso.

Algunos vehículos militares pasaban a pocos metros del público.

Los niños abrían los ojos con asombro cada vez que desfilaba una nueva escuadra.

El capitán Montecinos saludó desde una de las camionetas con vidrios blindados.

Los aplausos lo acompañaron, aunque no todos eran sinceros.

Lully observó a su alrededor y notó las expresiones de la gente.

Algunos aplaudían con fuerza. Otros, con miedo.

Aquel día fue, sin duda, uno de los más felices para la familia Millán.

Hubo risas, comida del mercado, juegos, fotos improvisadas y hasta un par de regalos inesperados.

Lully, contagiada por la alegría, dejó de pensar en el gesto preocupado de su esposo.

Pedro, por su parte, hizo un esfuerzo consciente por ocultarlo.

Tal vez no sabía mentir con palabras, pero su rostro ya comenzaba a aprender.

Esa noche, al regresar a casa, la cena fue ligera, pero cálida.

Los niños se durmieron en cuanto tocaron sus camas, exhaustos y aún emocionados.

Lully cayó detrás de ellos, cansada, pero en paz.

Pedro fue el último en acostarse. Apagó la luz con lentitud, se quedó mirando el techo y rezó en silencio.

Confiaba en que todo saldría bien. Tenía fe en su Virgen.

Tenía fe en la suerte. Pero, en lo más profundo, una voz silenciosa le susurraba que la calma vivida ese día podía ser la última.

Hay noches en que uno presiente el final, no porque el cielo cambie ni porque los perros aúllen más fuerte, sino porque algo dentro se quiebra, se siente. Pedro lo sabía. Pero saberlo no lo salvaba de nada, sobre todo cuando el primer paso hacia la tormenta ya estaba dado.

Antes de cerrar los ojos, se giró hacia su esposa y murmuró:

—Si mañana pasa algo… cuida mucho a los niños.

Lully ya dormía; no le contestó.