Cadena de Mando (Elena Malasangre 3) El contrato
95%

El contrato

El domingo Ramiro salió a las diez, con el abrigo claro, sin decir adónde. Valeria oyó el ascensor y, un minuto después, el Audi subiendo la rampa del garaje. El Seat gris de Rivas no se movió.

Volvió a las seis. Olía a desinfectante de pasillo y a un café que no había tomado en ninguna cafetería. Se comió dos yogures de pie, junto a la nevera, y no habló del hombre que había ido a ver. Ella puso la mesa para la cena y la quitó a las nueve sin que nadie hubiera dicho una palabra.

El lunes empezó a mirar el edificio.

Llevaba nueve años viviendo en él y nunca lo había mirado de verdad.

Cuatro plantas, dos portales, escalera de vecinos, patio interior con las cuerdas de tender.

Se acordó de una tarde de agosto, hacía cinco años, cuando subió a recoger unas sábanas y la puerta de la azotea se le cerró detrás con la llave puesta por fuera.

Esperó una hora al sol. Después cruzó el murete bajo que separaba la azotea de la del número contiguo, levantó el cerrojo desde dentro de la otra puerta y bajó cuatro pisos por una escalera ajena hasta un portal que daba a otra calle.

La del medio, la que no era ni la de delante ni la de atrás.

Los dos coches vigilaban dos portales. Para llegar a la tercera calle había que subir.

A las dos menos diez del lunes cogió el barreño con las toallas húmedas, el tendedero plegable bajo el brazo y la llave de la azotea que colgaba del cuenco de la entrada, junto a la del buzón. Rivas estaba dentro del Seat, con el periódico en el volante. No levantó la vista del periódico.

Arriba hacía sol y viento y olía a gasoil de calefacción.

Tendió las toallas en dos cuerdas. Después se puso al otro lado del murete, que le llegaba por el pecho, y lo saltó con una rodilla.

El cerrojo de la puerta de al lado seguía con la misma grasa.

Cuatro pisos más abajo, un portal estrecho, de madera oscura, le dio a una calle de panaderías donde nadie había oído hablar de ella.

Había aprendido en el Metro que no se llega a un sitio en línea recta: Quevedo, un cambio, otro cambio.

A las dos y veinticinco subía por la cuesta de Moyano.

El puesto del toldo verde tenía la tercera caja de la derecha entreabierta.

El tomo II del Tratado de contabilidad agrícola llevaba dentro, doblado en cuatro, un papel de cuaderno de ingeniero.

Lunes, 13:40. Me han soltado. Estoy en casa de mi madre, en Hortaleza. Comparezco cada lunes. Un coche azul me siguió la primera semana; hoy no estaba, no sé si me alegro. No me acerco. Tengo copias de todo. Si me necesitas, dime cómo y cuándo. —N.

Lo leyó de pie, delante del puesto, con el libro abierto en la mano como cualquiera.

Nacho escribía como hablaba, con una puntuación nerviosa y una frase cortada por la mitad.

Se guardó la hoja en la manga. Sacó la suya, que llevaba escrita desde la noche del sábado: Jueves 14:30–17:00.

Bretón de los Herreros 14 (Chamberí). Terraza del bar de la esquina, portátil, el portal del 14 a la vista.

Mira quién entra: Seat Altea gris 8862 JTP, Audi negro, chico con auriculares blancos.

El bajito de abrigo gris no vendrá (mano mala).

No te acerques al taller de zapatos de enfrente.

Yo entraré en el 2.º B si el portal está limpio.

Prepago tuyo, sin contactos. Un toque = sal ya. —V.

La metió en el libro, en el mismo sitio, y cerró el libro, y lo dejó donde estaba. Pagó dos euros por una novela de Simenon y se fue. Había llegado a las dos y veinticinco, cinco minutos después de la hora de él, para no cruzarse con nadie que se hubiera quedado leyendo.

El miércoles repitió el recorrido, con otras toallas. Nacho había contestado en el mismo papel, con un lápiz distinto.

Me parece una idea malísima. Estaré. Prepago nuevo comprado hoy en un estanco, en efectivo: 633 18 40 27. Un toque = sal. Dos = quédate quieta. Tres = no vuelvas a casa. —N. Y debajo, apretado: No la hagas sola. No la hagas, y ya.

Valeria se aprendió el número, rompió el papel en tiras y las fue dejando en tres papeleras distintas de camino al Metro.

Esa noche, mientras ella fregaba, Ramiro entró en la cocina y se apoyó en el marco con el vaso en la mano.

—Rivas dice que has salido solo a por el pan.

—A las nueve y media. Ya lo sabes.

—Qué obediente. —Sonrió—. Me da tranquilidad.

—Es lo que me pediste.

—Es lo que te pedí. —Se bebió medio vaso de golpe—. El jueves no me esperes para cenar, hay lío en la Delegación. Otra vez.

Lo había dicho igual que dos años de jueves.

* * *

El jueves a las siete y cuarenta Ramiro se puso el abrigo oscuro, le besó la sien y salió. Valeria oyó el Audi subir la rampa del garaje y, desde la ventana, lo vio girar la esquina mientras el Seat de Rivas se quedaba donde estaba.

Se vistió despacio. Vaqueros, jersey gris, las botas bajas, el abrigo de paño.

En la bolsa de mano: el prepago de Nacho, el suyo, el cuaderno de tapas duras, las pinzas de depilar del baño, dos bolsas de congelación y los guantes finos de nitrilo del botiquín.

Las llaves de cobre iban en el bolsillo interior del abrigo, envueltas en el trapo, y no llevaba la pistola.

Estaba en el armario, en la caja de seguridad, con la llave en el llavero de Ramiro.

Dos semanas antes habría sentido su ausencia. Ahora iba más ligera.

A la una y cuarenta cogió el barreño y subió.

La vecina del ático colgaba una sábana al otro extremo de la azotea. Valeria le dio las buenas tardes con una toalla en cada mano. La mujer dijo que qué buen día para secar. Valeria dijo que sí. Saltó el murete con las manos y una rodilla, y el cerrojo cedió igual que el lunes.

Llegó a Alonso Martínez a las dos y cuarenta y cinco y siguió a pie por Génova hasta Bretón de los Herreros.

Era una calle tranquila de portales con portero y comercios de toda la vida, una tienda de lámparas, una academia de inglés, una tintorería.

La terraza del bar de la esquina estaba medio llena de gente que tomaba el sol de octubre con jerséis puestos.

En una mesa del fondo, entre un grupo de oficinistas y un hombre mayor con un periódico, un chico de veintiséis años con sudadera gris tenía el portátil abierto con la pantalla hacia la pared y un café delante.

Valeria pasó junto a él a un metro, sin mirarlo.

—Inspectora —dijo Nacho, sin levantar los ojos de la pantalla.

—No me has visto.

—Llevo dos horas sin verte. —Pulsó una tecla—. Desde las doce y cincuenta nadie entra ni sale del 14. Una señora con un carrito a las dos. La del primero A con la compra. Las persianas del segundo B están bajadas del todo y no hay luz por la rendija.

—¿Y el taller?

—Abierto. El señor ha sacado una silla a la puerta. Me ha mirado una vez y no ha vuelto a hacerlo.

—No me llames «inspectora» en la calle.

—Tú no pases a un metro de mi mesa —dijo él, muy bajo, y siguió escribiendo.

Ella no se volvió. Dejó atrás la terraza, cruzó la calle por el paso de peatones y, desde el otro lado, vio por una vez el taller de zapatos con la puerta abierta y al zapatero sentado en el umbral, con las gafas subidas a la frente y un zapato en las rodillas.

Ella no lo miró. Aquello le correspondía a él, que había elegido no mirarla antes.

El portal del 14 era de hierro negro y cristal esmerilado. La llave de cobre entró con la resistencia justa. El portal tardó cuatro segundos en cerrarse tras ella, y los contó.

Escalera de mármol gastado, con una alfombra de goma en el centro y olor a cera de suelo. Primero, la placa de Gómez-Lasa. Segundo. En la puerta B, una cartulina blanca sin nombre, de las que se renuevan cada pocos meses.

Se puso los guantes de nitrilo. La segunda llave entró en la cerradura de arriba. Dos vueltas. El pestillo, una más. Se oyó en toda la escalera un chasquido seco, y Valeria esperó con la mano en el pomo hasta estar segura de que ningún vecino le contestaba con una puerta.

Abrió, entró y cerró detrás de sí.

* * *

Lo primero fue el olor. Vainilla barata, de perfumería de centro comercial, del tipo que se pide por el nombre del bote. Estaba en la entrada, en el sofá, en las cortinas. Más al fondo, por debajo de todo, olía a lejía.

El piso tenía un recibidor corto, un salón con una ventana a la calle, una cocina pequeña y un pasillo hacia el fondo con tres puertas y una cuarta, metálica, pintada del color de la pared.

Con las persianas bajadas, el salón era una caja de luz amarilla de lámpara.

Un sofá de piel marrón, una televisión, una mesa baja con un cenicero limpio.

Una cómoda de madera oscura, de cuatro cajones, contra la pared.

Hizo lo que se hace. Respiró despacio. Anotó la hora en la cabeza, 15:11, y se dio veinticinco minutos.

Dormitorio, primero. La cama de matrimonio estaba hecha con sábanas blancas, de hotel, y una colcha gris.

En la mesilla de la derecha había un vaso vacío, un paquete de pañuelos y un reloj de pulsera barato que no era de él.

En el armario, en una percha de madera, colgaba una camisa blanca de hombre planchada.

Era de la talla de Ramiro. Valeria la tocó con un dedo y reconoció el cuello, la marca, el botón de nácar de repuesto cosido por dentro.

La había comprado ella. Se la había planchado ella, cinco años antes, y él la daba por perdida desde un viaje a Valencia.

Cerró el armario.

El baño era largo y estrecho, con una bañera y una cesta de mimbre sobre la tapa del váter.

La cesta estaba llena de jabones de hotel, de los pequeños, envueltos en papel, de media docena de cadenas distintas.

Cogió uno y lo olió a través del papel. Era el olor que Ramiro traía a casa los jueves a las diez de la noche.

Lo dejó en su sitio, con la etiqueta hacia arriba.