Cadena de Mando (Elena Malasangre 3) El contrato #2
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El contrato #2

La cocina era de una sola persona que no cocinaba.

En la nevera había agua, yogures y una barra de pan envuelta en papel.

En un armario, un paquete de galletas abierto.

En el fregadero, un plato de plástico y un vaso de plástico, secos.

Abrió el cajón de los cubiertos y solo había cucharas.

Ni un cuchillo, ni un tenedor. En el cubo, doblada con cuidado, una bolsa blanca y verde de supermercado.

En el pasillo, la tercera puerta tenía en el marco, a la altura de la mano de un hombre, un pestillo de hierro de los que se ponen en un cobertizo. Estaba echado. Por fuera. Lo retiró con dos dedos enguantados y empujó.

En la cara interior de la puerta no había picaporte, solo un agujero liso donde habían quitado el cierre.

La habitación era pequeña. Cuatro metros por tres.

Un colchón en el suelo, sin sábanas, con una manta plegada a los pies.

La ventana, tapada por dentro con una tabla de contrachapado pintada de blanco y atornillada al marco, con ocho tornillos.

En el suelo, las baldosas estaban aún húmedas en las esquinas, y la lejía picaba en la garganta.

Alguien había fregado ese suelo hacía muy pocas horas.

No había nada en las paredes. Nada colgado, ni un cartel, ni una foto. Nada en el suelo, salvo, junto al zócalo, detrás de la puerta, donde la fregona no había llegado, un cepillo de plástico rosa con las púas llenas de pelo largo y oscuro.

Valeria se agachó. Con las pinzas sacó cuatro hebras, las más largas, y las metió en una de las bolsas de congelación, sin tocar el cepillo con los dedos. Hizo seis fotos con el prepago de Nacho, la habitación, el pestillo, la tabla, el colchón, el cepillo, el suelo.

Al volver a levantar el móvil, en el marco de la puerta, al nivel de las rodillas de alguien sentado en el suelo, vio las marcas.

Rayas hechas con una uña. En grupos de cinco, tachadas con un trazo cruzado, una fila debajo de otra. Hizo la cuenta de memoria antes de contarlas. Veintiséis. Las últimas ya no tenían un trazo cruzado: la uña había arañado la pintura en una línea corta, torcida, sin llegar al final.

No las fotografió enseguida. Las miró un rato con los guantes puestos.

Eran las marcas de alguien que había contado hasta que contar dejó de servir.

Pensó en una chica pequeña, de pelo oscuro recogido con goma, con una uña mordida, subiendo al taxi con un abrigo de hombre, y en un hombre que le había dicho Venga, cariño.

Que hace frío. Ya casi está. Después sacó la foto, a un palmo, con luz del flash y sin tocar nada, y la guardó entre las otras.

Cerró el pestillo exactamente como estaba.

En el fondo del pasillo, la puerta metálica tenía una cerradura de seguridad que no se parecía a ninguna de sus llaves.

Apoyó la oreja. Al otro lado, una cámara de aire, un zumbido de motor muy bajo, el roce de un cable de acero en una polea.

El montacargas. Alguien lo había usado esa mañana o seguía usándolo.

Eran las 15:24.

Volvió al salón.

La cómoda tenía cuatro cajones. El primero guardaba servilletas de papel, velas y un cargador de móvil con el cable pelado.

El segundo, sábanas. El tercero, vacío, con un ligero olor a vainilla.

En el cuarto, el de abajo, el que menos se abre, había un archivador de plástico azul cerrado con una cinta elástica.

Quitó la cinta elástica con dos dedos y levantó la tapa del archivador.

Dentro había un recibo de la comunidad, una factura de luz, un seguro del hogar. Y debajo, grapado, un contrato de ocho hojas con el membrete de una agencia inmobiliaria de Majadahonda. CONTRATO DE COMPRAVENTA DE VIVIENDA. En Madrid, a 9 de septiembre de 2024.

Leyó la comparecencia con el dedo bajo la línea.

De una parte, como VENDEDORA, Dª …, viuda. Y de otra, como COMPRADORA, INVERSIONES ALAMEDA 7, S.L., con CIF …, representada en este acto por D. RAMIRO SALAS OLMEDO, mayor de edad, con DNI …, en calidad de apoderado de la sociedad.

El DNI era el de su marido. Valeria se lo sabía de memoria porque lo había copiado ella misma en el libro de familia, de pie, delante de un funcionario del registro, hacía nueve años.

Contó hasta cuatro.

Inversiones Alameda 7. Nacho se lo había puesto delante en una carpeta de Hortaleza: el piso era de la sociedad desde hacía veintiséis meses.

La misma sociedad que aparecía detrás del piso vacío de Marcelo Usera, con otras treinta y una que tenían el mismo administrador único, un jubilado de Alcorcón de setenta y cuatro años que no había salido de su barrio en veinte.

Lo que no constaba en ningún registro público era quién había ido al notario a comprar en nombre de ese hombre.

Un jubilado servía para eso: para que la firma no fuera la de nadie.

En la última hoja estaba la firma. Ocupaba la mitad de la línea: una R grande con un rabito largo que le subía hacia la derecha, la misma que había debajo de la tarjeta de cumpleaños que Valeria guardaba en un cajón, y de la hipoteca de su casa, y del acta de matrimonio.

Debajo, a máquina, Fdo.: D. Ramiro Salas Olmedo. Y el sello de la sociedad.

Valeria no se sentó. Hizo nueve fotos con el prepago, página por página, la última de cerca. Detrás de la última hoja, aplastada contra el cartón del archivador, vio algo azul.

Lo sacó con las pinzas.

Una tira de papel azul, doblada por la mitad, del ancho de un dedo, con el sello de una sucursal bancaria en una punta.

De las bandas que usan los bancos para sujetar los fajos de billetes.

Estaba vacía, desgastada de manosearla, sujeta a las hojas del contrato a modo de clip.

En el centro, en tinta, un número: 6.000.

Y al lado, a lápiz, muy pálido, una abreviatura: sep.

Se quedó mirándola.

Cierre del mes. Último viernes. Dos años diciéndolo.

La mano de Ramiro en su mejilla, el sábado, tibia y seca.

Una gente con la que tengo trato. Hizo el cálculo sin querer, como se hace una suma al pagar: veinticuatro viernes, seis mil euros, ciento cuarenta y cuatro mil, si la cifra no había cambiado.

Y no tenía por qué haber cambiado. Una banda no cambia.

Fotografió la banda a un palmo, con el sello legible.

El prepago vibró una vez en la palma de su mano.

Valeria no se movió. Contó hasta tres para saber que no iban a ser dos. Fue una sola.

Un toque = sal.

Metió la banda en el mismo pliegue, entre las hojas, con el lápiz hacia arriba.

Cerró el archivador y le puso la cinta elástica, con el nudo hacia el lado donde estaba.

Lo dejó en el fondo del cuarto cajón, con el borde pegado a la madera, y cerró el cajón con la cadera.

Miró el salón una última vez. Una cómoda, un sofá, un cenicero limpio.

Salió, cerró con dos vueltas y el pestillo, y bajó la escalera sin hacer ruido. Segundo, primero. En el último descansillo oyó fuera, a lo lejos, un motor que se acercaba despacio y que bajaba una marcha.

Empujó la puerta de cristal esmerilado. A treinta metros, al fondo de la calle, un Seat Altea gris giraba sin prisa hacia el 14 con la ventanilla del conductor bajada.

Al volante, un chico con un auricular blanco colgando de un puño.

A su lado, en el asiento del copiloto, una bolsa blanca y verde de supermercado.

Valeria giró a la izquierda, en el sentido contrario al coche, y echó a andar.

No corrió. Contó los pasos para no correr. A los veinte oyó el Altea frenar y la puerta abrirse. A los cuarenta, a la altura de la tintorería, el portal se cerró con un golpe de hierro, cuatro segundos más tarde. Dobló en la esquina de la academia de inglés, y tampoco entonces se volvió.

Se quitó los guantes en el Metro, en el pasillo largo de Alonso Martínez, y los metió doblados en una papelera de la boca. Se sentó en el banco del andén y sacó el prepago.

El piso estaba vacío. Y un chico con una bolsa de supermercado acababa de entrar en el portal. ¿Para quién era el pan, si no había nadie arriba? El montacargas baja al sótano, pensó. Lo anotó en el cuaderno con una letra que no sintió suya: 15:41. Altea + bolsa Mercadona. Piso vacío. ¿Sótano?

Pasó las fotografías con el pulgar. El pestillo.

La tabla. Las rayas. La primera hoja del contrato.

Se detuvo en la última, abrió los dos dedos sobre la pantalla y dejó que la firma creciera hasta ocupar el cristal entero, la R con su rabito, el sello de la sociedad, el lápiz pálido de la banda azul.

El jubilado de Alcorcón firmaba las sociedades. Su marido firmaba los contratos.