Sin cena #2
—Pues ya lo sabes. —La miraba, atento, como quien deja una moneda en la acera y se aparta para ver quién la recoge—. Me caía bien. Era aplicada.
Me caía. Valeria lo anotó en la cabeza, sin saber en qué tiempo verbal lo había dicho de verdad.
Le quitó la mano de la cara. Cogió el móvil negro, buscó un nombre con el pulgar izquierdo y se lo llevó al oído de pie, delante de ella, mirándola, sin salir de la cocina.
—Duque. ¿Dónde estás? Pues sal. Dos cosas, y una la quiero esta noche.
Primera: las cámaras de la M-30, sentido sur, de las diez y cuarenta a las doce y media.
Las del parque no, esas ya las tengo. Quiero los coches que salieron de aquel barrio por el otro extremo, y un taxi.
—Hizo una pausa—. Sí. Un taxi. Bajaba por la avenida con el cartel apagado y alguien en el asiento de atrás, con la cabeza gacha.
Me crucé con él y no miré la matrícula. Me cruzo con un taxi y no miro.
—Se rió por la nariz, sin ganas—. Segunda: todos los accesos al buzón de Jefatura desde el martes.
Todos, los míos también. Lo demás, mañana a primera hora.
Colgó. Marcó otra vez, sin buscar, de memoria.
—Rivas. Soy yo. Necesito un coche en mi calle.
No, no desde mañana: desde ya. Sin uniforme, que se vea lo justo.
—Escuchó—. Dos, mejor. Que no se lo digan a nadie de la Central.
—Y entonces la miró, con la dulzura de un enfermero—.
Mi mujer está de baja, esta gente ha demostrado que sabe dónde mira y no quiero sorpresas. Pues eso. Es por ella.
Cuando colgó, Valeria seguía con las manos a los lados del plato.
—Gracias —dijo.
—No me las des. —Se pasó los dedos por la barba de dos días—. Y hasta que esto se aclare, no salgas más de lo necesario. Pan, farmacia, lo que haga falta. Si necesitas algo, se lo pides a Rivas. Hay una mujer ahí fuera que sabe tu nombre, y yo estoy ocupado con otras cosas.
—Entendido.
—Qué buena eres. —Fue hacia la puerta de la cocina y se detuvo en el hueco, de espaldas—. Y mañana tampoco me esperes para comer. Tengo que ir a ver a un hombre.
Sacó algo del bolsillo del abrigo y lo jugó entre los dedos, sin mirarlo: una goma de pelo negra, doblada en doble vuelta, de las baratas, de las que vienen veinte en una bolsa. Se la puso en el índice, tiró de ella y la soltó contra el nudillo, dos veces. Después fue al recibidor.
Desde la cocina oyó un tic leve, de goma contra cerámica. Había caído en el cuenco de las llaves, donde caía todo lo que Ramiro dejaba de necesitar.
Oyó la ducha. No silbaba.
Valeria miró los dos platos. El suyo, con tres albóndigas y la salsa cuajada. El de él, limpio, con el tenedor y el cuchillo cruzados, tal y como ella los había puesto a las ocho.
Levantó los dos y los llevó al fregadero.
* * *
Ramiro durmió. Valeria lo supo a las doce y media por la respiración: ancha, regular, sin el silbido corto del final que le salía cuando estaba cansado de verdad. El móvil negro estaba encima de su mesilla, boca arriba, con el cargador puesto. A la vista, con el cable colgando.
A la una y diez, el aparato se iluminó solo.
Valeria, de cara a la pared, con los ojos entreabiertos, vio el reflejo azul en el cristal de la ventana, un rectángulo que subía y bajaba, y oyó que Ramiro se movía sin despertarse del todo, alargaba una mano, giraba la pantalla hacia abajo y volvía a quedarse quieto.
Esperó cuarenta minutos más. Después se levantó con las dos manos en el colchón, sin hacer crujir el somier, y fue descalza al recibidor.
El cuenco estaba junto a la puerta, una pieza de cerámica de Talavera que habían comprado en un viaje a Toledo. Las llaves de Ramiro seguían junto al rodapié, tal y como habían rodado a las diez y cuarenta. Había pasado dos veces por encima sin agacharse. En el cuenco, solo, estaba la goma.
Valeria encendió la luz del fondo del pasillo, una lamparita de pared con la pantalla amarillenta, para que no entrara el brillo en el dormitorio. Cogió la goma con la punta de dos dedos y la puso a contraluz.
Negra, de doble vuelta, con el caucho algo gastado en un punto donde alguien había tirado de ella varias veces.
Igual que las de los cuatro sobres. Había mil gomas así en mil bolsas de mil bazares.
Pero una sola mujer había atado con ellas billetes de cincuenta y los había repartido por Madrid entre gente con miedo, y esa mujer le había abierto la mano a un viejo en un parque y le había dejado a Ramiro un recado con la misma goma.
Valeria lo supo como se sabe el resultado de una suma que se ha hecho sin querer. La ladrona y la donante eran la misma.
Y le ha dejado un recado a mi marido. Con la voz de una máquina. Una nota atada con una goma negra. Una mujer que sabe lo que pasa dentro de esta casa.
Podía llevársela. Una goma más o menos no se echa en falta en un cuenco, y la bolsa de congelación esperaba en el cajón de la plancha, junto a la otra.
Pensó en él, por la mañana, buscándola con los dedos entre las llaves.
La dejó encima del montón, en el mismo sitio, en la misma posición, con el nudo del cierre hacia la puerta.
Se lavó las manos en la cocina. Con la luz de la campana apagada, cogió el cuaderno y escribió a oscuras, de memoria, de pie:
Sáb. 22:40 R. llega. Rodilla (hierba), suelas (grava blanca), puño izq.
(sangre «no mía»). Móvil negro boca arriba, sin esconderlo.
Habla de «un colaborador» con la mano abierta; a las 11:40 llamó desde Urgencias (megafonía).
«Han robado a la gente de Z.» Fuente, dice.
Mujer, voz de IA, la del aviso con mi nombre.
Nota + goma negra. = la goma de los 4 sobres.
Es ella. Me la nombra a propósito: quiere ver qué cara pongo.
Debajo:
Duque: cámaras M-30, taxi, buzón. Rivas: coche en mi calle. «Por ella.»
Y debajo de todo, con la punta del bolígrafo apoyada un segundo antes de bajar:
Ha dejado de fingir. No sé si porque ya no le hace falta o porque quiere que lo sepa.
Tachó la última frase. Después de un rato volvió a escribirla igual.
Fue a la ventana del salón, apartó un centímetro la cortina y miró abajo, a la calle.
Eran las dos y diez. Frente al portal, bajo la segunda farola, había un Seat León gris con los cristales ahumados y el motor apagado.
Una brasa se movió detrás del parabrisas.
Valeria observó cómo el conductor bajaba la ventanilla un palmo para tirar la ceniza, y cómo echaba la cabeza hacia atrás para mirar los pisos; se detuvo en su ventana y se llevó dos dedos a la sien en un saludo corto, de compañero.
Rivas, del grupo de Vigilancias. Cuarenta y tantos años, poca sonrisa. Una Navidad le había regalado a toda la planta una caja de polvorones, y a ella le había tocado la de limón.
Ella dejó caer la cortina.
A las seis y cuarenta, cuando volvió a mirar desde la ventana de la cocina, la que daba a la calle de atrás, al portal por el que salía desde hacía semanas con el gorro de lana, había un coche más. Un Renault gris, con un hombre al volante y el periódico abierto sobre el volante.
Uno para cada portal.
Volvió a la mesa de la cocina y abrió el cuaderno por la última página escrita en el metro.
Jueves que viene: entrar. Con alguien en la calle.
Debajo añadió: Dos coches en la mía. Un tercero, seguro, que no veo.
Tapó el bolígrafo. En el dormitorio, Ramiro dormía de lado, con la mano abierta sobre el móvil negro.
Quedaban cinco días. Para llegar al 2.º B tenía que salir de una casa vigilada por dos puertas, sin que los coches la siguieran, hasta una calle de Chamberí, y allí necesitaba a alguien que mirase la acera por ella.
La única persona disponible era Nacho, y le había prometido a su marido, y a la fiscal, que no lo vería.
Ramiro sí sabía que el edificio tenía dos portales.