Cadena de Mando (Elena Malasangre 3) Sin cena
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Sin cena

La cama de Ramiro estaba hecha.

Valeria lo comprobó con la mano antes de abrir los ojos: la sábana lisa, la almohada fría, sin la arruga de la cabeza ni el hueco del móvil negro bajo la funda.

Eran las siete y diez. Había dormido seis horas seguidas, más de las que dormía desde hacía dos semanas, y le había quedado la boca pastosa y la sensación de haber llegado tarde a algo.

El móvil de siempre estaba en la mesilla, cargando, a la vista, como lo dejaba desde que Ramiro le preguntó por sus llamadas del lunes. Una notificación en la pantalla.

Lo leyó dos veces. Era una frase de él, con el imperativo suave al final, de los que parecen un favor.

El viernes había salido a las siete y media con el abrigo oscuro, diciendo que era el cierre del mes, que tardaría y que no lo esperase con la cena.

Llevaba dos años diciendo lo del cierre del mes.

Valeria se había metido en la cama a las doce menos veinte y no había oído nada.

Preparó café. En la radio de la cocina el boletín de las ocho habló de una huelga de limpieza, de un accidente en la A-6 y del tiempo. Nada de Jefatura ni de ningún comisario. No supo qué había esperado oír.

Sacó el cuaderno de tapas duras del cajón de la plancha, lo abrió sobre la mesa de la cocina y escribió con la letra de los atestados: Sáb.

07:40. R. no ha dormido en casa. Mensaje 00:51: «imprevisto».

Es el último viernes del mes. Primera vez en dos años que no vuelve.

Debajo, después de pensarlo: Cierre del mes = último viernes.

Mirar cuántos he anotado desde junio. No tenía ninguno apuntado.

Hasta hacía tres semanas no había tenido un cuaderno donde apuntar a su marido.

Dejó el cuaderno a un lado y miró en el cajón.

El sobre con la bolsa del pañuelo de la P azul.

La bolsa de congelación con el pelo largo.

Y en el doble fondo, bajo la tabla, las copias de las dos llaves de Bretón de los Herreros, la del portal y la del 2.

º B, envueltas en un trapo. Seguían donde las había dejado. Cerró el cajón con la cadera.

Bajó a por el pan a las nueve y media. En la calle no había nadie que no tuviera que estar. El panadero le preguntó por la baja; ella dijo que mejor, gracias; subió con la barra bajo el brazo y con la costumbre nueva de mirar, al llegar al portal, quién entraba detrás.

El móvil de siempre sonó a las doce menos veinte. Ramiro.

—¿Dónde estás? —dijo ella.

—En la calle, tomando algo. —Sonaba bien, descansado, con esa voz de lunes que se ponía para llamarla desde el trabajo—. Escucha, cariño. Esta noche ceno en casa. A las diez. Algo caliente, que me ha tocado un día de perros.

—¿Ha pasado algo?

—Un colaborador que ha tenido un mal rato. Nada que tengas que saber.

Detrás de su voz sonó un timbre de dos notas y después una mujer, por megafonía, pidió a un celador que bajara a Urgencias.

—Algo caliente —repitió Ramiro, y colgó.

Valeria dejó el teléfono sobre la mesa, boca arriba. Pensó en el hombre bajo del abrigo gris, que era el único colaborador de su marido que había visto con sus ojos, y en lo que se tarda en llegar a Urgencias un sábado por la mañana.

A la una sacó del cajón el prepago y lo encendió sobre la mesa de la cocina.

Cinco días sin un mensaje de Bravo. Escribió ¿Alguna novedad?

y lo borró sin enviar; la fiscal había dicho que si había algo, llamaría ella.

Lo apagó. Se quedó mirando el aparato apagado como se mira la puerta de un cuarto donde ya se ha buscado.

Hizo las albóndigas de su suegra, que llevaban dos horas y media de trabajo y no dejaban pensar en otra cosa: la carne, el pan mojado en leche, el sofrito, la harina, el vino blanco.

A las ocho y media tenía la salsa a fuego mínimo y la mesa puesta para dos.

Se cambió de jersey. Se miró en el espejo del pasillo y retiró el pelo de la frente, como lo llevaba cuando él le había dicho que así estaba mejor.

* * *

Ramiro llegó a las diez y cuarenta.

No hubo golpe seco de llaves sobre el cuenco. Hubo un ruido metálico, un rebote, y las llaves se fueron rodando por el suelo del recibidor hasta la pared. Valeria, junto a la cocina, se quedó con el cucharón levantado. Oyó que él no se agachaba a por ellas.

Entró en la cocina con el abrigo puesto.

No la besó. Tenía la cara de los días que había pasado en la calle: la barba de dos días, gris en la mandíbula, los ojos enrojecidos en el borde, y en el cuello de la camisa una raya de sudor seco.

La corbata no estaba. En la rodilla derecha del pantalón había una mancha verde de hierba y en las suelas, al pisar el suelo de la cocina, se le soltó una piedrecita blanca que rodó hasta la pata de la mesa.

—No voy a cenar —dijo.

Valeria tenía el cucharón en la mano.

—Llevo desde las cuatro con ellas.

—Ya lo huelo. Te lo agradezco. No voy a cenar.

—Se sirvió dos dedos de whisky de la botella del aparador y se apoyó en la encimera, con el vaso en la mano izquierda.

Con la derecha sacó el móvil negro del bolsillo y lo dejó sobre la mesa de la cocina, entre los dos platos, con la pantalla hacia arriba.

Ella lo miró. En nueve años Ramiro no había dejado ese aparato boca arriba en una mesa donde ella pudiera ver la pantalla. Lo dejaba boca abajo, en el bolsillo, bajo la almohada.

—Sírvete tú —dijo él—. Siéntate y come. Yo me quedo aquí.

Se sirvió ella. Una ración pequeña, tres albóndigas y salsa, y se sentó. Comió una. Estaban buenas. Se las comía mirando el puño izquierdo de su marido.

En la camisa, en el puño, había una mancha marrón del tamaño de una moneda de euro, con el borde dentado. No era vino. Ramiro siguió su mirada. No se bajó la manga ni giró la muñeca. Se la dejó a la vista y esperó a que ella levantara los ojos.

—Sangre —dijo—. No es mía. No te asustes, cariño.

—No me asusto.

—Ya lo sé.

El móvil negro empezó a vibrar sobre la mesa, arrastrándose despacio hacia los platos. Ramiro lo cogió sin dejar el vaso.

—Dime.

Valeria cortó una albóndiga por la mitad.

—¿Y la mano? —dijo él—. ¿Cuánto? —Escuchó—. No. Que no la toque nadie más que el de la clínica de siempre. Que no firme nada, que no hable con nadie y que no se mueva de ahí hasta que yo vaya. —Escuchó—. Lo sé. Lo sé. Ya sé que es excesivo, él mismo lo ha dicho. Que se calle.

Colgó. Dejó el aparato otra vez en la mesa, boca arriba. Bebió. Después, mirando el vaso y no a ella, dijo en voz baja:

—Han robado a la gente de Z.

Valeria apoyó el tenedor en el borde del plato.

—¿A quién?

Ramiro levantó los ojos. Se tomó un segundo y sonrió de lado. La sonrisa de tasador.

—A una gente con la que tengo trato. Por el trabajo. Una fuente, de las buenas, de las que no se nombran. Una letra, nada más. Como en las novelas.

Valeria conocía una zeta: Transportes y Mudanzas Zeta, sociedad limitada, una Berlingo que Nacho había mirado en la pantalla. No dijo nada.

—No pongas esa cara —dijo Ramiro, y dejó el vaso en la encimera.

—No tengo ninguna cara.

—Tienes la de siempre, la de inspectora.

Me gusta. —Cogió una silla, la giró y se sentó con los brazos sobre el respaldo, a un metro de ella.

Era la primera vez que se sentaba para hablar de trabajo en la cocina—.

Voy a contarte una cosa, y la voy a contar una vez, porque eres lista y tienes derecho a saber lo que pasa en tu casa.

Anoche, a las doce menos algo, a un hombre mayor, colaborador mío desde hace años, lo han esperado en un parque, lo han tirado al suelo, lo han atado con bridas y le han abierto la mano derecha hasta el hueso.

No volverá a cerrarla del todo. Le han quitado lo que llevaba encima.

Ella notó que la salsa se enfriaba en el plato.

—¿Qué llevaba?

—Lo que lleva un hombre que sale a pasear a esas horas. —Un gesto con los dedos, de quitar polvo—. Y le han dejado un recado. Una nota, atada a la muñeca con una goma de pelo. Negra. Como las de una colegiala.

Valeria dejó de masticar.

Tragó. Vio cuatro sobres acolchados, y en cada uno montones de veinte billetes de cincuenta con una goma de pelo negra en cada montón. Había tenido dos de esos sobres en las manos y los había apuntado en el bloc de espiral con su letra de atestados.

—¿Qué ponía la nota?

—No ponía nada que sea tuyo. —Seguía sonriendo—. Me la he quedado.

—¿Quién ha sido?

—Una mujer.

Lo dijo despacio, dejando que cayera.

—Una mujer —repitió—. Con una voz que no es de nadie.

Un programa de esos, de los que leen. Le hizo oír a mi hombre frases sueltas por un aparato que llevaba atado al brazo.

La misma voz, Valeria. La del aviso del martes.

La que mandó a Jefatura un archivo con tu nombre en el asunto.

—Ladeó la cabeza—. Una mujer que sabe lo que pasa dentro de esta casa y no tiene miedo de decírselo a un viejo en un parque.

—Conozco a ciento y pico mujeres, Ramiro. Ninguna con voz de máquina.

—Claro.

—Y de esta casa no sabe nada nadie. Yo no hablo de esta casa.

—Claro, cariño. —Se levantó, fue hacia ella y le puso la mano en la mejilla, la derecha, la que estaba limpia. Se la dejó allí un momento, tibia y seca—. Alguien le cuenta cosas. Alguien de dentro. Alguien de la casa, o de Jefatura, o de las dos. ¿Tú has hablado con alguien, Valeria?

—¿De qué?

—De mi trabajo.

—Llevo tres semanas de baja y un parte sellado en un cajón. ¿Con quién iba a hablar?

—Eso no es una respuesta.

—No he hablado con nadie.

Ramiro la miró cuatro segundos. Hacía un mes la habría creído sin preguntar. Ahora preguntaba, y daba por buena la respuesta como se da por buena la de un empleado: con una sonrisa, para no discutir.

—Claro —dijo—. Por si te lo preguntas: la chica de los buzones, Prieto, la que abrió el aviso, se va el lunes a Archivo. Lo he arreglado yo. Es una cría y no tiene la culpa de nada; no quiero que le pase nada por haber estado en el turno.

Valeria no movió la cara.

—No me lo preguntaba.