Cadena de Mando (Elena Malasangre 3) El sobre de R. #2
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El sobre de R. #2

Elena lo puso boca abajo de un empujón y le plantó la rodilla en la espalda.

Le llevó las muñecas atrás: la izquierda sin problemas, la derecha con el guante empapado, que él no intentó resistir.

Pasó dos bridas, una sobre otra, y las apretó hasta el último diente.

Le sujetó los tobillos con una tercera. Debajo del abrigo notó una espalda ancha, de soldado, con la columna recta aun tendido en el suelo.

Le arrancó la gorra y le puso un trozo de cinta americana sobre la boca.

Se la apretó con la palma. Él no se resistió.

Después, con la mano sana, buscó el bolsillo interior izquierdo y sacó el sobre.

Era un sobre marrón corriente, sin nombre, con una pestaña mal pegada.

Dentro había un fajo de billetes de cien, rodeado de una banda de papel azul de las que se usan en los bancos, con un sello de sucursal y un número escrito a mano en tinta: 6.

000 . Pasó los pulgares por el canto. Sesenta billetes, nuevos y tiesos, de los que no han pasado por muchas manos. Estaban donde decía la libreta.

Se lo guardó en el bolsillo interior del abrigo. No lo contó. Lo contaría en el taxi.

El hombre bajo había girado la cabeza hacia ella. Los ojos, claros, la miraban desde el suelo con una atención curiosa, casi cortés.

Elena puso el pulgar derecho sobre la pantalla agrietada y pulsó.

— Dígale a R. que lo sé —dijo el brazo.

Los ojos claros no se movieron. Apenas se entrecerraron.

Pulsó otro.

— Las seis.

Él parpadeó una sola vez. Elena arrancó la cinta de un tirón.

—Señora —dijo él, entre dientes, con un hilo de saliva rosa—. Yo no decido dónde están. Yo recojo.

Otro botón. Despacio.

—Las llevan otros. Las mueven otros. Yo cobro de una señora de Valencia y entrego en mano. —Hizo una pausa para coger aire—. Nunca he visto a quien firma. Ni lo he querido ver. Es un negocio en el que eso es una virtud.

Ella tecleó con el pulgar, torpe, letra a letra, el único mensaje que no estaba grabado. La voz de nadie lo leyó con una pausa entre cada sílaba.

— Zeta.

—Zeta es una empresa de mudanzas. —El bigote blanco se le torció, y no pudo saberse si era una sonrisa—. Transportes y Mudanzas Zeta, de Pinto. No es una persona, señora, es una factura.

No hubo más. Elena lo supo por la manera de respirar, que se había hecho lenta, y por los ojos, que habían dejado de mirarla a ella y miraban un punto detrás de su hombro.

Volvió a ponerle la cinta. Desde el recodo se veía el final del camino, a unos sesenta metros: un banco bajo una farola, con el respaldo hacia ella. Vacío.

Se quedó un momento de rodillas sobre la grava, con la cuchilla todavía fuera.

La hoja llevaba desde que lo puso boca abajo a un dedo de la vena del cuello, sin que ella lo hubiera decidido, y él lo sabía; se notaba en su respiración medida, en la nuca que no se movía.

Un cuello viejo, con vello blanco bajo el borde de la gorra.

Yo recojo. Las seis habían pasado por esas manos.

Pensó en una cara pequeña detrás de un tragaluz en Coslada que la había visto y no había dicho nada.

Pensó que no era él quien decidía, y que quien decide no se sienta en los bancos de los parques. Retiró la hoja.

Sacó la cartulina. La había escrito en la gasolinera, con mayúsculas de molde.

PARA R. ESTE MES NO. NI EL QUE VIENE.

La dobló en dos. Le rodeó la muñeca izquierda con la goma negra, doble, y metió la cartulina bajo la goma, de modo que se viera.

Lo miró un momento. Después se agachó, con la rodilla sobre la grava, y cogió el bastón extensible.

Lo cerró de un golpe seco contra el suelo y se lo guardó en el bolsillo del abrigo.

Lo demás, el teléfono del hombre, la gorra, lo dejó donde estaba.

Eran las doce menos cuatro. No tenía intención de dejarlo morir de frío, y el banco vacío estaba a sesenta metros: quien viniera a sentarse en él lo encontraría.

Antes de irse pulsó el último botón de la lista.

— Gracias —dijo el brazo.

El hombre bajo cerró los ojos.

* * *

Salió por la verja pequeña a una carrera corta, contra la tapia, con el brazo izquierdo pegado al pecho y la manga empapada hasta la muñeca. No supo cuándo se había abierto la herida. No supo si era la sangre de él o la suya.

Fermín tenía el motor encendido. Abrió la puerta de atrás desde dentro antes de que ella llegara, y Elena se dejó caer en el asiento, con la cabeza gacha, y cerró de un golpe.

—Arranque —dijo, con la voz suya, ronca, la primera frase que decía en media hora.

El taxi se despegó del bordillo. Fermín no encendió las luces hasta que dobló la esquina.

—Hay sangre en el tapizado —dijo, tras unos metros, sin reproche.

—Se la pago.

—Ya sé que me la paga. —Le tendió una caja de pañuelos de papel por el hueco entre los asientos—. Apriete eso. Con la mano buena. Y levántela.

Elena apretó. Con los dientes sacó el sobre del bolsillo y lo abrió sobre las rodillas.

La banda azul decía 6.000 y, debajo, escrito en un lápiz casi invisible, oct.

Contó sesenta billetes dos veces, con la luz del cuentakilómetros.

Sesenta. Los volvió a meter en el sobre, el sobre en el bolsillo, y se quedó con la banda de papel entre dos dedos, hasta que se dio cuenta de lo que hacía y también la guardó.

Sacó el tique y el lápiz y escribió, debajo de lo de esa noche, una sola línea: R. ya sabe que alguien sabe. La letra salió torcida porque la mano le temblaba. No era por el frío.

Bajaron por una avenida ancha, sin coches. El semáforo de la esquina estaba en rojo y Fermín lo respetó, con las dos manos en el volante, porque con treinta y un años de taxi uno respeta los semáforos aunque la ciudad esté vacía.

Fue entonces cuando pasó el Audi.

Venía en dirección contraria, despacio, con las luces cortas, un coche negro y largo, de los que nadie compra sin que alguien lo pague por él.

Cruzó delante del taxi a veinte metros, con el intermitente puesto hacia la calle de la tapia.

Por el cristal del conductor se vio un perfil, un hombre alto con una sombra de gorra, o de pelo, la mandíbula limpia bajo la luz naranja del semáforo.

Fermín no se movió. Siguió con la vista fija en el rojo.

—Ese —dijo muy bajo— es el Audi del comisario jefe. Lo conozco del coche. Lo tienen todos los taxistas de la zona, porque aparca donde le da la gana.

Elena se giró en el asiento. A través de la luna trasera vio al Audi alcanzar la esquina de la tapia, frenar sin prisa, y apagar las luces.

—Señora —dijo Fermín.

—Siga.

—Señora, mi taxi ha estado media hora con las luces apagadas en una bocacalle de ese parque. Cualquiera que mire las cámaras de la zona lo ve. —Tragó—. No hay mil taxis así.

El semáforo se puso en verde.

Elena sacó cinco billetes de cien del sobre y los dejó en el reposacabezas de Fermín.

—Los trescientos de esta noche. Y doscientos por la semana. Se va a su pueblo. A Cuenca, a donde sea.

—Yo no tengo pueblo. —Se guardó el dinero sin contarlo—. Tengo una hija en Alcorcón. Pues me voy con la hija una semana.

—Gracias.

—No me las dé. —Metió una marcha, y el coche empezó a rodar—. Usted se ha llevado un sobre que no era suyo y le ha dejado una nota a un comisario. Eso se paga. Yo ya he visto cómo se paga lo que se hace en esta ciudad, y a usted le va a salir caro. Se lo digo con todo el respeto.

Elena no contestó. Tenía los ojos en la luna trasera, donde las luces apagadas del Audi se hacían pequeñas, y donde una puerta se abría y alguien bajaba del coche y se quedaba de pie bajo una farola, con la mano en el pomo, mirando hacia donde ella acababa de estar.

Después la curva se la llevó.

Se metió la mano en el calcetín derecho. Sacó la media pastilla, la miró con la luz de una farola que pasaba, y se la tragó en seco.