Cadena de Mando (Elena Malasangre 3) El sobre de R.
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El sobre de R.

El móvil de Iván tenía veintitrés botones.

Elena los había hecho el miércoles por la noche, en el cuarto de Nelly, con el tique del súper abierto sobre la colcha y una aplicación gratuita que convertía cada frase en un audio.

Los fue probando uno a uno, con el volumen bajo y la oreja pegada al altavoz, hasta que la voz dejó de sonar a ella: la misma voz metálica, sin género ni edad, que había dicho doce segundos de verdad en un buzón de Jefatura.

Buenas noches. No grite. El sobre. Despacio.

Mire el suelo. Otra vez. Gracias. Y dos que había puesto después de pensarlo mucho: Dígale a R. que lo sé. Y Las seis.

El viernes por la tarde se lo ató al antebrazo izquierdo con dos gomas negras de pelo y una venda, con la pantalla hacia fuera, donde le cupiera el pulgar de la mano sana.

Con la manga del abrigo bajada no se veía.

Cerró el puño derecho, abrió la izquierda, que ya solo cerraba hasta la mitad. Pulsó el botón de arriba.

— Buenas noches —dijo el antebrazo.

—Mija, eso parece el reloj de un astronauta —dijo Nelly desde la puerta, con una taza en cada mano—. Y habla como mi cuñada cuando le contesta el banco.

—Es lo que quiero.

—Ya sé que es lo que quiere. —Dejó una taza sobre la cómoda y se quedó con la otra—. Hoy no sale sin comer. Hay arroz con huevo. Y la gasa se la cambio ahora, no en la calle.

La herida de la palma había cerrado por los bordes y seguía abierta por el centro, rosa y húmeda, con una línea limpia.

Nelly la lavó, la secó con golpecitos y la vendó con una gasa nueva sin preguntar nada.

Elena comió de pie. A las seis y diez miró la aplicación del localizador.

El punto azul, Altea , recorría el sur de Madrid de bar en bar, y debajo, en una letra pequeña que había aprendido a odiar: Batería: 11 % .

Había comprado el aparato por veintinueve euros. Prometía catorce días de autonomía en las condiciones ideales. Llevaba nueve en las condiciones de una calle.

Sacó el tique del bolsillo. Cinco líneas a lápiz, dos tachadas, una subrayada hasta rasgar el papel.

5. El de la tele → Salas. Comisario jefe.

Hacía siete días que lo había escrito. En esos siete días había dormido seis horas por noche, había comprobado tres veces con el pulgar que el localizador seguía enviando, y había vuelto a leer, sola, apoyada en la pared, la hoja de la libreta: R. , 6.000 €, último vie.

Era el último viernes del mes.

Escribió en el reverso con el lápiz corto. Un hombre solo. Sobre aparte. A mano. Que no sea el chico. Lo miró un rato. Debajo añadió: Si el chico baja, lo dejo.

A las ocho y veinte, mientras se subía la cremallera del abrigo, le llegó un mensaje al prepago de siempre.

Estoy libre esta noche. La misma tarifa. Y ya sabe usted que yo no pregunto.

Fermín. Le había dado el número en el tique de la carrera de Salamanca, escrito en una esquina con el bolígrafo del taxímetro, y ella lo había guardado sin tenerlo en cuenta, como se guardan las cosas que se piensa no usar.

Escribió: 300 por la noche. A las diez en la gasolinera de la A-4, la del puente. La respuesta tardó un minuto.

Allí estaré.

* * *

Se pusieron en la gasolinera del puente, de cara a la autovía, con el motor apagado y la ventanilla de Fermín bajada una pulgada para que no se empañara.

Fermín había traído un termo, y dos bocadillos de tortilla envueltos en papel, y le pasó uno por encima del hombro sin decir nada.

A los diez minutos le preguntó si lo de esa noche iba a durar mucho.

Elena contestó que unas horas. A los quince, si iba armada.

Elena dijo que con una cuchilla de cartonero.

—Es lo que hay en la guantera de mi taxi —dijo él—. Para abrir los paquetes de los clientes.

Pasó un camión. Fermín esperó a que se llevara el ruido.

—Una cosa sí le pregunto. Lo de la última vez. El que salió del restaurante, el comisario. ¿Va a ir a por él?

—Voy a por su dinero.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo. —Elena se miró la venda—. El dinero lo lleva un hombre pequeño con guantes blancos. A él no lo toco.

—¿Y por qué no?

Elena no contestó enseguida. Pensó en una mujer de cuarenta años, con ojeras, al fondo de una rueda de prensa, con las manos juntas por delante.

La única persona de toda la Jefatura que le había dejado a Marisa un número de teléfono en un tique de aparcamiento.

Esa mujer trabajaba para el hombre del sobre.

Elena había hecho la cuenta cuatro veces en siete días y siempre le salía lo mismo: que una y otro cabían en la misma foto.

—Porque todavía no sé qué hay alrededor —dijo.

Fermín se encogió de hombros muy despacio, como se encoge quien ha aprendido a no tener opinión, y no volvió a preguntar.

A las diez y cuarenta y siete el punto azul se movió.

Salió de Pinto, bajó la rampa de la A-4 y empezó a subir hacia Madrid con el mismo ritmo de la otra vez, sin prisa, a ochenta.

Fermín arrancó cuando el punto estaba ya a tres kilómetros y fue cerrando la distancia sin forzar el coche.

Cruzaron el Manzanares, entraron en la M-30 por el lado del río, y Elena, con el teléfono encendido en el regazo y el brillo al mínimo, vio que la batería pasaba del 6 al 5 en la misma curva.

—¿Va a aguantar? —preguntó Fermín, mirando el espejo.

—No lo sé.

—Yo en su sitio rezaría. Y yo no rezo.

El punto no fue a Salamanca. En una salida de la M-30 giró hacia la izquierda, subió por una calle ancha y luego por otra más estrecha, y a las once y veintiuno se paró.

Cuatro por ciento. Elena amplió el mapa con los dos dedos: una calle larga que bordeaba la tapia de un parque, farolas, ninguna tienda abierta.

El punto parpadeó una vez más, azul, quieto.

—Aquí —dijo, y señaló una bocacalle a doscientos metros.

Fermín giró despacio con las luces cortas, aparcó junto a un contenedor y apagó el motor.

Elena se subió la capucha hasta las cejas.

Del bolsillo sacó las bridas y la cinta americana, una goma negra, la cartulina doblada en dos, y la cuchilla.

La guardó en el bolsillo trasero del vaquero con la hoja recogida.

—Lo que pase, no se baje —dijo.

—Yo solo conduzco —contestó Fermín—. Eso lo sé hacer.

Anduvo ciento cincuenta metros pegada a la pared con la capucha puesta, y en la esquina se asomó.

El Seat estaba parado en la acera de enfrente, con el motor encendido, delante de una verja baja y abierta de par en par que daba a un camino de grava.

Al volante, la silueta del chico con los auriculares, la cabeza ladeada, el brillo de una pantalla en la cara.

Ella contó once segundos. La puerta de atrás se abrió.

Salió el hombre bajo, con el abrigo gris abrochado hasta el cuello y la gorra de paño, las manos a la espalda.

Cerró con las dos manos. Cruzó la calle sin mirar a derecha ni a izquierda y se metió en el camino de grava con paso de paseante.

El Seat no se movió. El chico siguió con los ojos en la pantalla.

Elena se pegó a la tapia y dio la vuelta por detrás.

* * *

Midió con los pasos, como lo hacía siempre.

La tapia del parque medía unos ciento veinte metros hasta una segunda verja, más pequeña, atada con una cadena que no estaba cerrada.

Empujó. Entró en la oscuridad con las suelas de goma sobre la hierba, y a los cuarenta pasos encontró el camino, una cinta de grava clara entre setos recortados, con una farola cada treinta metros y la mitad fundidas.

Olía a tierra mojada y a tilo. A lo lejos, un columpio vacío se movía solo con el viento.

Había un recodo donde el camino torcía hacia una fuente sin agua. A su izquierda, un seto de la altura de un hombre. Se metió detrás, de rodillas, con la espalda contra las ramas, y esperó.

Oyó la grava antes de verlo. Pasos pequeños, regulares, sin prisa.

Veinte segundos después apareció en el límite de la luz, a quince metros, con las manos a la espalda y la gorra bien calada, tarareando algo apenas.

Un hombre de sesenta y pico que paseaba por un parque a las once y media de la noche, camino de un banco, como podía hacerlo cualquiera.

Elena se levantó cuando él pasó junto al seto.

Dio tres pasos largos sin ruido. La primera patada le cogió el hueco de la rodilla izquierda, de lado, con todo el peso de la cadera, y la pierna se plegó.

Cayó de rodillas sobre la grava. Antes de que apoyara la mano, le dio una segunda en el costado, bajo las costillas, que le sacó el aire en un silbido corto.

Él no gritó.

Hizo lo que ella no había previsto. Se giró sobre un hombro, rodó medio cuerpo hacia la hierba, y con la mano derecha enguantada de blanco fue directo al bolsillo interior del abrigo.

Elena tuvo una décima para ver lo que salía: negro, corto, con un resorte.

Un defensor extensible. Se desplegó con un chasquido.

La cuchilla ya estaba en su mano. No recordó haberla sacado.

El golpe del bastón le cayó en el antebrazo izquierdo, justo sobre el móvil. El dolor fue una chispa blanca, hasta el codo. La pantalla se iluminó y la voz de nadie dijo en medio de la noche:

— Gracias.

Elena le abrió la mano.

No lo hizo con un gesto de guerra, lo hizo con el de cortar un cartón: la hoja entró en el dorso del guante, por encima de los nudillos, y abrió el tejido blanco y lo que había debajo, hasta el hueso.

El bastón se le cayó. El hombre bajo miró su mano.

La sangre empapó el algodón en dos segundos, y los dedos, el índice y el corazón, se abrieron solos y no volvieron a cerrarse.

Respiró hondo. Fue el primer sonido que hizo.

—Señora —dijo, en un susurro educado, con la voz de quien devuelve un cambio—. Esto me parece excesivo.