Jueves en el 2.º B #2
Quedaba cruzar la calle. Esa no necesitaba cuentas.
Eran doce metros. El timbre del segundo B, sin nombre, y una voz que contestaría.
Con el chico en la esquina. Sin la pistola, que guardaba bajo llave en casa desde la baja.
Con un hombre arriba que tardaría cuatro segundos en reconocer su voz por el telefonillo y le diría Valeria, cariño , delante de aquella chica.
Y la chica sabría entonces que la única persona que había ido a buscarla era la mujer del señor que la había llevado.
A las cuatro y veinte se levantó. No decidió levantarse. Estaba de pie, con la bolsa de tela en el hombro y la mano derecha metida en el bolsillo del anorak, cerrada alrededor de la llave grande.
—No —dijo el zapatero.
No había alzado la voz. Tenía la lupa colgada del cuello y la cabeza inclinada sobre una suela.
—Si cruza esa calle —dijo—, esta noche ya no está ella en ese piso. Y usted, mañana, tampoco en ninguna parte.
—Lo sé.
—Pues siéntese. Que me tiembla el banco.
Valeria se sentó. Se abrió la mano dentro del bolsillo. Tenía cuatro marcas en la palma, medias lunas rojas, del mismo tamaño y a la misma distancia una de otra.
El resto lo pasó mirando el reloj del bar de enfrente y los zapatos de la gente.
Ramiro salió a las cinco menos trece.
La puerta del 14 se abrió desde dentro y él apareció en el escalón, sin abrigo, con la camisa blanca remangada hasta el codo y el nudo de la corbata flojo un dedo.
Se había lavado la cara, tenía el pelo húmedo en las sienes.
Se pasó la mano por la nuca, donde ella le había arreglado el pelo el domingo.
Respiró una vez, hondo, con los ojos cerrados, el gesto de un hombre que sale de una reunión larga a la calle.
El chico se acercó. Ramiro le dijo algo corto. El chico asintió. Después Ramiro entró otra vez, y salió con el abrigo claro doblado en el brazo, y se puso las gafas de sol, y bajó el escalón.
Pasó por delante del taller a menos de diez metros.
Valeria había tomado la precaución de colocarse detrás de las suelas; el zapatero había tomado la de poner la radio un poco más alta.
Ramiro no volvió la cabeza. Miraba el reloj.
Caminó hacia la esquina, sacó el móvil negro, escribió con el pulgar izquierdo sin detenerse.
Un mensaje corto. Mientras escribía, sonrió, una sonrisa pequeña, de quien contesta a alguien que le ha hecho gracia.
A la altura del bar levantó el brazo. Un taxi se paró. Subió. Se fue.
Eran las cinco menos nueve. Había pasado en el piso una hora y veinticinco minutos.
La chica no había salido.
* * *
A las cinco y dos apareció por la acera, desde abajo, un hombre bajo con un abrigo largo gris pizarra, abrochado hasta el cuello, la gorra de paño y las manos a la espalda.
Llevaba en una de ellas, colgada de dos dedos, una bolsa de plástico de Mercadona.
Venía andando, de la parada de metro, con un paso de paseante.
Pasó por delante del taller sin mirar los tacones colgados ni el taburete ni la sombra detrás de los tacones.
Se detuvo en el escalón del 14 y se llevó dos dedos a la visera, saludando a la calle, y el chico de la esquina asintió, y el timbre sonó a la primera.
Valeria miró la bolsa. Se veían, a través del plástico, un pan de barra y el cuello de una botella de agua grande, y una caja de galletas. Era lo que se compra para alguien que no va a salir a comprarlo.
El hombre bajo salió a las cinco y veintinueve, sin la bolsa.
Saludó a la calle otra vez. Enfilaron los dos, él y el chico, hacia la esquina, y se detuvieron allí a hablar con las cabezas muy juntas.
Después el hombre bajo se fue hacia el metro, y el chico volvió al portal, sacó una llave del bolsillo y entró.
El portal se cerró despacio. Cuatro segundos.
No volvió a salir.
A las seis menos veinte, en la segunda planta, la persiana de una de las ventanas subió un palmo.
No más. Por debajo asomó una luz amarilla y, detrás del cristal, una cara pequeña, doblada para mirar por la rendija.
Miraba la calle, no a nadie. A la acera, a una furgoneta, al cielo.
Como se mira por una ventana para saber si ha dejado de llover.
Duró veinte segundos. Después, una mano de hombre, grande, con auriculares blancos colgando del puño, tiró de la cinta y la persiana bajó.
Valeria cerró los dedos sobre el vaso de duralex y no lo apretó.
Después sacó el cuaderno y escribió, apoyándolo en la rodilla, con la letra pequeña y recta que usaba para los atestados: Jueves.
15:22 taxi. R. + chico + mujer (veinte y pocos, pelo oscuro largo recogido, abrigo de hombre, chándal, deportivas sin calcetines; pulgar en la boca).
«Venga, cariño.» 16:47 sale R. solo. 17:02 bajito con bolsa Mercadona (pan, agua, galletas).
17:29 sale sin bolsa. Chico entra 17:31.
17:40 persiana, ojos. Dentro, a las 17:45: ella + chico.
Después, debajo: No es la de la cocina de N.
: pelo largo, uñas mordidas. Al menos dos.
Y debajo, sola: Portal: 4 s en cerrar. Piso: 2 vueltas y pestillo.
No escribió lo que había hecho ella, que había sido quedarse sentada. Esas cosas no llevan hora.
A las seis y cuarto el zapatero dejó el martillo, se quitó el delantal de lona, y empezó a bajar la persiana de la puerta hasta la mitad. Valeria se levantó. Le dolían las piernas y la mandíbula.
—Gracias por el termo.
—Para eso está. —Él seguía de espaldas. Colgó el delantal en un clavo—. Señora.
—Dígame.
Se había sacado las gafas de la frente y las sostenía en una mano, que era lo que hacía, había notado ella, cuando iba a decir algo en serio.
—El lunes preguntaron por usted.
Valeria se quedó de pie con la bolsa en el hombro.
—¿Quién?
—El de la gorra. Entró a comprar unas tapas de goma que no necesitaba, y no tenía zapatos que arreglar.
Muy amable. Dijo que su sobrina había dejado aquí un par de tacones y que quería saber si se habían recogido ya.
—Se encogió de hombros con una lentitud de viejo—.
Le dije que no sabía. Que los zapatos estaban pagados y que la gente vuelve cuando vuelve.
—¿Y usted qué dijo?
—Que no sabía. —Levantó la mirada por primera vez—. No mentía. Por eso no le dejé decirme cuándo.
Se puso las gafas. Los ojos le crecieron detrás del cristal.
—Pero hoy ya lo sé. Usted viene los jueves. Y yo arreglo tacones, señora, no soy valiente. Si vuelve a preguntar un hombre educado con la gorra en la mano, le voy a contestar. Le digo esto para que lo sepa antes.
Valeria asintió. No hubo nada más que decir, y no lo dijo.
Dejó un billete de veinte junto a los zapatos de la balda. Él no lo miró. Ella tampoco esperó a que lo hiciera.
Fuera, la tarde era de un gris metálico y en los balcones se habían encendido las primeras luces. En el segundo del 14, las dos persianas tenían un borde amarillo. Valeria echó a andar hacia el metro por la acera de enfrente, sin acelerar el paso ni mirar.
Esperó a estar en el andén de Alonso Martínez para sacar otra vez el cuaderno. Debajo de lo del portal escribió una sola línea.
Jueves que viene: entrar. Con alguien en la calle.
Se quedó un rato mirando la última palabra. La única persona a la que podía pedírselo era la única a la que tenía prohibido ver.
* * *
Ramiro llegó a las diez y veinte. Valeria había vuelto a casa a las ocho menos cuarto, se había duchado, había puesto sopa de fideos a calentar y se había sentado en el sofá con un libro abierto por una página que no leía.
Cuando oyó las llaves en el cuenco, con aquel golpe seco, de arriba, pasó la página.
—¿Despierta todavía? —dijo él desde el recibidor.
—Te he esperado.
—No tenías por qué. —Dejó el abrigo claro en el respaldo de la silla, se acercó y le besó la frente. Olía a jabón de hotel y a nada más. Ni a vainilla ni a brasas—. Qué día. ¿Has cenado?
—Sopa.
—Yo he picado algo. —Se pasó la mano por el cuello, de un lado a otro, estirándose—. Ha ido bien lo de la Delegación. Muy bien. De esas veces en que sale todo como estaba previsto.
—Me alegro.
—¿Y tú qué has hecho?
—Farmacia. Pan. Un poco de calle. —Pasó otra página—. Hacía bueno.
—Sal, cariño. Te sienta bien salir.
Fue al baño. Se oyó el agua. Silbaba, mal.
Valeria dejó el libro. Se levantó, fue al recibidor y cogió el abrigo claro por los hombros para colgarlo en su percha, como hacía siempre. En la tela del hombro derecho, a la altura donde se pone la palma de una mano para guiar a alguien hacia delante, había un pelo.
Largo. Oscuro, casi negro, con la curva de los que han estado recogidos con una goma.
Lo levantó con dos dedos y lo miró un momento contra la lámpara de la entrada.
No era del color de Noelia, que era castaño y más liso.
Tampoco era suyo. Fue a la cocina sin hacer ruido, sacó del segundo cajón una bolsa de congelación, metió el pelo dentro con la punta de un cuchillo de mesa y cerró el cierre pasando la uña de un extremo a otro.
Abrió despacio el cajón de la plancha y levantó el cuaderno de tapas duras. Debajo estaba el sobre con la otra bolsa, la del pañuelo con la P azul. Puso la nueva al lado y la dejó de modo que las dos quedaran paralelas, y cerró.
En el baño, el agua había dejado de correr. No se oía el silbido ni el golpe de un cepillo contra el vaso. Era el silencio de un hombre de pie al otro lado de la puerta, escuchando.