Jueves en el 2.º B
—Hoy tengo visita —dijo Ramiro, con la boca llena de tostada.
Lo dijo mirando el móvil de siempre, boca arriba sobre el mantel. El otro seguía en el bolsillo interior de la americana, y la americana en la silla del recibidor, a tres metros.
Valeria sirvió el café.
—¿Visita?
—Gente de la Delegación. Una de esas comidas que acaban en el despacho. No me esperes. —Se limpió los dedos en la servilleta, uno a uno—. Y tú descansa. Esta semana te veo mejor cara.
—He dormido.
—Se nota.
Era la segunda vez en dos días que oía esa palabra.
La primera se la había dicho una chica de veintidós años a través de un tabique de lamas, con la voz de quien repite lo que le han escrito en un mensaje.
Valeria echó dos cucharillas de azúcar en el café de él, que era como lo tomaba, y se lo puso delante.
Él le cogió la mano al dejar la taza y le besó los nudillos. Después se levantó, se anudó la corbata en el espejo del recibidor y se fue. Ella esperó el ascensor, y el Audi, y los veinte minutos de siempre.
El miércoles había ido a Vallecas, a un cerrajero con la persiana medio echada que le había cortado dos copias de cada llave sin mirarle la cara, solo la mano y el billete de diez.
Las originales viajaban en el bolsillo interior del anorak, junto a la placa.
Las copias dormían en el doble fondo del cajón de la plancha.
Llevaba dos días sin decidir si aquellas llaves eran un regalo o una trampa, y había llegado a la conclusión de que las dos cosas no se excluían.
A las doce y media salió por el segundo portal, con las gafas de sol, la bufanda gris, y los transbordos que ya no necesitaba y que hizo de todas formas.
* * *
La campanilla sonó igual que la otra vez.
—Mire —dijo el zapatero, sin levantar la cabeza del zapato que tenía sujeto entre las rodillas—. No me había dicho cuándo.
—Usted no quería saberlo.
—Pues eso. —Se subió las gafas a la frente con el dorso de la mano y la miró un segundo, lo justo para ver el anorak y las ojeras—. Hay café en el termo. Sin azúcar.
Eran la una y veinticinco. Valeria se sirvió el café en un vaso de duralex con el borde mellado y se sentó en el taburete, entre dos filas de tacones colgados de una cuerda, donde la bolsa de tela le cabía justo en el regazo.
El taller seguía igual: cuatro metros cuadrados, la máquina de coser cuero, el banco de las hormas, el olor a cola y a betún, la radio con la tertulia a un volumen que no molestaba a nadie.
El portal del 14 quedaba en diagonal, a doce metros.
La puerta del taller estaba abierta, con una cuña de goma en el suelo, porque el pegamento, decía él, le daba dolor de cabeza.
Entraba el aire de octubre, el ruido de un camión de reparto, la voz de una madre que llamaba a un niño por el nombre completo.
Sus zapatos de tacón estaban en la balda de detrás del banco, dentro de una bolsa de papel de estraza. Él se los había enseñado al entrar, con las tapas nuevas, y ella había dicho que se quedaran allí otra vez.
—Los dejo, entonces.
—Pagados están. —Dio un golpe seco—. Y no se los lleva, ya me lo dijo.
A las dos y doce, que era cuando llegaba Ramiro en taxi, no pasó nada. A las dos y media, tampoco. Valeria miraba el portal con el vaso entre las manos. En el bar de la esquina, el camarero grande del delantal sin planchar sacó una mesa a la acera y volvió a meterla.
—Hoy se retrasan —dijo el zapatero, sin que ella hubiera preguntado nada—. Los jueves hay un orden. Hoy no.
—¿Hay un orden?
—El de la gorra a las tres y algo. El señor a las dos y pico. La chica de la coleta, a las cuatro y seis. Yo no tengo reloj, pero tengo los zapatos. —Se rascó la barbilla—. Hoy no viene la chica, ¿verdad?
Valeria no contestó. Él tampoco esperaba que lo hiciera.
Pasaron las tres. Pasaron las tres y cuarto. Un hombre con una bolsa de herramientas llamó a un timbre del 14 y esperó con los pies juntos, y la puerta zumbó y se cerró detrás de él, y diez minutos más tarde salió con la bolsa más ligera.
A las tres y veintidós paró un taxi en la esquina.
No era un taxi de los que dan vueltas, se detuvo con la luz verde apagada, en doble fila, delante del 14.
De la puerta delantera bajó primero un chico muy joven, de pelo muy corto, con una chaqueta de nailon y unos auriculares blancos colgados del cuello.
El chico del Altea. Miró la calle de arriba abajo, miró hacia el balcón del segundo, y miró después, una sola vez, la hilera de escaparates de enfrente.
Valeria se echó hacia atrás hasta que el respaldo de la pared le tocó los omóplatos.
El zapatero, sin dejar de trabajar, bajó un poco la barbilla y el martillito empezó a sonar más fuerte.
—Ya —dijo, para nadie.
Por la puerta de atrás salió Ramiro.
Abrigo claro, gafas de sol, la llave ya en la mano, como siempre. Se abrochó el botón de en medio con la mano libre y esperó. No miró atrás, ni arriba, ni a ningún lado. Era el único hombre de la calle que no tenía que mirar.
Entonces se volvió hacia el taxi y tendió la mano abierta hacia dentro del coche.
Salió una chica.
Pequeña. Veinte años, veinte y pocos, no más.
Llevaba un abrigo de hombre que le llegaba a las rodillas, con las mangas dobladas dos vueltas, y debajo unos pantalones de chándal negros y unas deportivas de lona sin calcetines, de las que venden por seis euros en bazares.
Tenía el pelo oscuro, recogido atrás con una goma, y la cara muy pálida, de meses sin luz.
Se quedó de pie en la acera, junto a la puerta del taxi, sin tocar la mano que Ramiro le ofrecía.
Se llevó el pulgar a la boca, mordió la uña, lo apartó, y volvió a llevárselo.
—Sin calcetines —murmuró el zapatero—. En octubre.
El taxi arrancó. El chico se quedó mirando la calle, un paso por detrás de los dos.
—Venga, cariño —dijo Ramiro.
Se oyó entera. La calle era estrecha y la cuña de goma mantenía la puerta abierta, y la voz le llegó a Valeria con todos sus matices, esa dulzura de nata, la que usaba con las becarias y con las viudas de los agentes, la que le había dicho a ella te quiero bien, ¿lo sabes? con el anillo frío contra el pómulo.
—Que hace frío. Ya casi está.
La chica no respondió. Miró hacia arriba, hacia la fachada de piedra y los balcones con los tallos de geranio, y bajó la vista.
Ramiro le puso la palma de la mano en la espalda, entre los omóplatos, con un gesto que Valeria había visto cien veces, en cenas, en inauguraciones, con ministros y con hijas de ministros, un empujoncito de cortesía.
Metió la llave grande en el portal. La puerta cedió.
La chica entró primero, y él detrás, con la mano todavía en su espalda, y el chico cerró con el pie.
El portal tardó cuatro segundos en cerrarse. Se oyó el chasquido del brazo hidráulico, y después el de la cerradura.
Valeria tenía el prepago en la mano, dentro del bolsillo del anorak.
Había apretado el botón cuatro veces sin sacarlo.
Cuatro fotos, con el sonido quitado desde el martes.
Una del taxi. Una de la espalda de Ramiro.
Una de la chica, de perfil, con el pulgar en los dientes.
Una de la nuca del chico. Serían basura, o no. Todavía no lo sabía.
Un minuto y medio después, el chico salió solo.
Se puso en la esquina, a diez metros del portal, con el móvil en la mano y un pitillo sin encender.
A los quince minutos miró hacia el taller.
Valeria no vio que lo hiciera: lo oyó, porque el martillito del zapatero se detuvo un segundo, y luego empezó otra vez con un ritmo más seguido, de hombre que trabaja.
—Si ahora levanta la cabeza —dijo el zapatero muy bajo, sin moverla él—, no se mueva. Aquí dentro sombra hay, pero poca.
* * *
Valeria no se levantó. Nadie le había dado permiso para levantarse y ella no se lo dio.
Desde las tres y media hasta pasadas las cuatro, el zapatero fue terminando zapatos, uno, otro, un tercero, y puso a un lado una caja de cartón llena de tacones de goma que contó dos veces.
La radio habló de un partido y de un accidente en la M-40.
Pasaron un hombre con un perro, dos niñas de uniforme, una señora mayor con el carrito de la compra que se detuvo delante del chico de la esquina y le dijo algo, y él sonrió con todos los dientes y asintió con la cabeza, y la señora siguió.
A las cuatro y diez, el chico se encendió el pitillo.
En la segunda planta del 14, las dos ventanas con balcón tenían las persianas bajadas hasta el antepecho. Sobre la baranda, un tiesto vacío.
Valeria hizo las cuentas dos veces, porque era lo que sabía hacer.
Podía llamar al 112. Lo había pensado en el metro, y otra vez al sentarse, con los números en la cabeza.
Una llamada anónima desde un teléfono de prepago, una dirección, un piso, una mujer.
La sala del 112 pasaba el aviso a la Policía, la Policía lo asignaba a una patrulla, y la patrulla la mandaba el Gabinete.
La llamada de las 23:21 había sido purgada por mantenimiento antes de que la pidiera la fiscal.
Con esos antecedentes, la patrulla que llegara al 14 sería la que Ramiro quisiera que llegara, y vendría con la música que él quisiera, a la hora que él quisiera.
Y una patrulla que llega y no encuentra nada es una señal de alarma para quien tiene una llave y un montacargas al sótano.
Bravo tampoco. Bravo estaba en un recurso, o en el archivo, o en ninguna parte, y había dicho una denunciante con nombre y apellidos, o un papel que no haya pasado por Jefatura . Hoy no tenía ni lo uno ni lo otro.