La becaria #2
Valeria no dijo nada. Lo apuntaría más tarde, en el cuaderno: cabeceras vaciadas el miércoles, 16:30, por orden de R.
, con R. detrás de la silla. Lo único que quedaba del mensaje original, con todo lo que él había mandado borrar, estaba pegado en la contracubierta de un libro de contabilidad agrícola y luego en el forro de una placa.
Noelia no tenía por qué saberlo. Nadie tenía por qué saberlo.
—¿Por qué me llamas hoy y no hace una semana?
—Por lo de hoy. —Se aclaró la garganta—.
Hoy a las ocho me han quitado el usuario.
Sin avisar. Me ha salido «cuenta desactivada» y me han mandado a Personal, y en Personal me han dicho que me trasladan al Archivo General, a Alcalá, a partir del lunes.
Que es un traslado de servicio y que no tengo que preocuparme.
Y detuvieron a Ignacio Ferrer por abrir el mismo buzón.
Está suspendido de empleo y sueldo. Yo lo abrí antes.
Yo reenvié. Yo lo vacié. Y a él lo suspenden y a mí me mandan a un archivo a cuarenta kilómetros, donde no va a verme nadie.
—No te mandan por eso.
—¿Entonces por qué?
—Porque en Alcalá no hay nadie a quien contarle nada.
Las zapatillas se quedaron muy quietas.
—Ahora dime dónde vas los jueves.
—¿Los jueves?
—Dónde.
—A Bretón de los Herreros, catorce. Segundo B.
—Salió de un tirón, sin respirar—. Es un piso de él.
Llego a las cuatro y seis, siempre, porque a las cuatro tiene una reunión y no quiere que me crucen en la escalera.
Me abre él. Salgo a las cinco y media. Desde junio. Desde que entré en prácticas, casi.
Cuatro y seis. Valeria había mirado el reloj aquel jueves desde el taller de un zapatero, con dos zapatos de tacón en el regazo y los ojos en el portal de enfrente. La chica no había mentido en nada que pudiera comprobarse.
—Lleva cinco meses con mi marido —dijo Valeria, para ver cómo sonaba en voz alta.
No sonó a nada.
Al otro lado del tabique, un sonido ahogado, de alguien que se aprieta la boca con una prenda.
—Lo siento.
—Te he dicho que eso no sirve. —Esperó—. Lo sé desde hace dos semanas. No me interesa lo que haya entre vosotros. Me interesa el piso. Háblame del piso.
Noelia tardó en hablar. Cuando lo hizo fue con una voz más plana, la de quien ha ensayado la misma frase muchas noches y ya no la oye.
—Es pequeño. Entras por un pasillo y a la izquierda está el salón, con un sofá cama y una tele, y al fondo la cocina. Y una puerta cerrada, la del fondo del pasillo. Siempre cerrada, con llave por fuera. Él dice que es el trastero. —Hizo una pausa—. A veces en el piso hay gente cuando llego.
—¿Qué gente?
—No me los presenta. Una vez, una chica en la cocina, de espaldas, fregando una bandeja.
Pelo corto, teñido. Se dio la vuelta, me miró, y se volvió a meter en el pasillo sin decir nada.
Él me dijo que era del servicio. Otra vez oí el agua del baño del fondo cuando yo ya llevaba un rato allí, y yo estaba en el salón, y él también. Y el montacargas.
—¿Qué montacargas?
—Hay uno. Pequeño, de los antiguos, que baja al sótano.
Una vez lo oí desde el baño. Cadenas, y un golpe, y alguien que arrastraba algo.
Le pregunté qué era y me dijo que la comunidad.
—Respiró—. Yo no soy la única que va los jueves, inspectora.
Creo que es que me dejan entrar a mí por la puerta de delante para que si alguien me ve, sea eso.
—¿Eso qué?
—Que es su querida. Que es lo que se ve.
Valeria no contestó. Lo que Noelia describía, un portal limpio, una cita visible y una puerta lateral por donde pasaba el resto, tenía una lógica que a ella le costaba menos reconocer de lo que habría querido.
Una amante de veintidós años es el mejor biombo que puede comprar un hombre con una llave de más.
—¿La chica de la cocina hablaba?
—No que yo oyera. —Un silencio—. Cuando pasó a mi lado me dio las gracias. Por nada. Como si le hubiera dado algo.
—¿Cuántos años tenía?
—No lo sé. Los míos. Y las uñas bien, cuidadas. Eso me extrañó.
La puerta de una cabina se abrió en el pasillo. Voces de niños, una madre diciendo que no con una paciencia ya gastada. Valeria esperó a que cesara y a que alguien devolviera una percha de plástico a su sitio.
—¿Cuándo es la próxima vez?
—Este jueves tendría que ir. —Noelia carraspeó—. Pero el sábado me escribió que no. Que tiene visita y que lo dejemos para dentro de dos semanas. Que lo entienda. —Se rio muy bajo, sin gracia—. Me mandó un corazón.
—¿Qué visita?
—No lo sé. No dijo.
—¿Vigila alguien cuando sales?
—El chico de abajo. El de los cascos. —Ahora fue ella quien contuvo el tono—.
Me acompaña desde hace unas semanas. Dice el comisario que es por seguridad, que ahora que trabajo en lo que trabajo, y que todo el mundo en la Jefatura tiene escolta si pasan cosas.
Y está también el señor de la gorra, que a veces me recoge en un coche.
Muy amable. Me da las gracias por todo. —Una pausa—. Me da más miedo que el otro.
—El chico está en la escalera.
—Siempre espera abajo. No sube a los probadores, nunca ha subido. Le digo que tardo una hora porque me pruebo muchas cosas y le parece normal. —Se detuvo—. Es normal, ¿no?
Valeria miró el hueco del suelo. Las zapatillas blancas habían vuelto a moverse, de punta a talón, rápidas.
—No pasa nada por ahora. Escúchame bien, porque no voy a repetirlo.
Vas a ir a Alcalá. Vas a ir con la cara que tienes, sin cambiarla.
Si él pregunta qué te pasa, es el traslado y estás disgustada, que es verdad.
No escribas a nadie del Gabinete. No vuelvas a llamarme, ni a este número ni a otro.
Tira el prepago hoy, no mañana. Y el jueves, no vayas aunque te lo pida.
—No me lo va a pedir.
—Pues entonces no tienes que hacer nada.
Un roce de tela. El ruido de una cremallera, de un bolso abierto.
—Inspectora. —Algo pasó por debajo del tabique, despacio, rozando el suelo hasta quedar junto a la bota de Valeria.
Un llavero de plástico rojo, con una rosa de plástico, y dos llaves colgando—.
La grande es la del portal y la pequeña la del piso.
Se abre con dos vueltas, y la puerta tiene un pestillo que arrastra. Nunca me las ha pedido.
—No te las he pedido yo.
—Ya. Yo no pienso volver. —La voz se le puso áspera—. Y no sé si usted necesita entrar, pero yo, si fuera usted, entraría.
Valeria recogió el llavero. Pesaba poco. La rosa era de las que venden en los chinos por un euro, con la pintura desgastada en un pétalo, de tanto frotarla con el pulgar. Abrió la anilla, dejó las dos llaves en la palma y devolvió el llavero por debajo del tabique.
—Quédate la rosa.
Un momento de silencio, y luego, muy bajito, un sonido que no llegó a ser nada.
—Tienes que irte primero. Compra algo en la caja para justificar la bolsa. Haz cola. No me mires al salir. Y cuando hayas bajado, no vuelvas a subir por mí.
—Vale.
—Noelia.
—¿Sí?
—¿Quién te enseñó a comprar un prepago?
—Nadie. —Una pausa corta—. Lo vi en una serie.
Las zapatillas blancas se fueron. La puerta de la cabina 11 se abrió, se cerró, y los pasos se alejaron por el pasillo con el roce de una bolsa contra un muslo.
Valeria contó hasta trescientos. Luego se metió las llaves en el bolsillo interior del anorak, junto a la placa, se levantó, devolvió las tres prendas a la chica de los contadores y bajó por la escalera de servicio, no por la mecánica.
* * *
La salida lateral daba a una calle estrecha donde dos repartidores discutían por el sitio de una furgoneta.
Rodeó la manzana en sentido contrario, esquivó un grupo de estudiantes con mochilas y cruzó Gran Vía por el paso de peatones de enfrente.
Los pasos largos, la cabeza baja. A la una y dos minutos estaba en el portal de una sucursal bancaria, entre el cajero y la puerta de cristal, con las gafas de sol otra vez puestas, mirando hacia la puerta del Primark por el reflejo de una luna.
La cola de las cajas de un Primark a mediodía es de veinte minutos. Noelia necesitaba comprar algo.
A la una y cuatro, el Seat Altea gris, 8862 JTP, apareció por la calle de la derecha, despacio, con las luces de emergencia puestas, y se detuvo en doble fila a veinte metros de la puerta.
Había llegado sin que nadie lo viera llegar.
Dos horas antes no estaba en ninguna de las calles que ella había recorrido, y ahora estaba.
A la una y siete salió Noelia con una bolsa de papel en la mano, el abrigo beige abierto y el pelo suelto.
No miró hacia el banco. Detrás, a tres pasos, sin prisa, salió el chico de los cascos, con los cascos puestos.
Caminaron juntos sin hablarse hasta el coche.
Él abrió la puerta de atrás. Ella se agachó y entró.
En el asiento trasero ya había alguien. Valeria lo vio un segundo, cuando el chico abrió la puerta: un hombre pequeño, con la gorra de paño sobre las rodillas, que se movió para hacerle sitio y, cuando Noelia estuvo sentada, le puso una mano sobre la suya.
Una mano seca, de abuelo. Decía algo, amable, sin prisa. Ella asentía con la cara hacia delante.
El chico se sentó al volante. El Altea arrancó y se metió en el tráfico de Gran Vía, y el hombre bajo no miró hacia el banco. Ni cuando pasaron delante, ni después.
Valeria se quedó donde estaba, con la mano en el bolsillo, tocando la llave pequeña con la yema del dedo.
Un hombre que lleva treinta años mirando portales no deja de mirar uno sin motivo.
Y un guardia que deja a su vigilada más de cuarenta minutos sola en una cabina, con una desconocida al lado y sin subir una sola vez a preguntar si va todo bien, o es un guardia mediocre, o sabe de antemano que no hace falta.