Cadena de Mando (Elena Malasangre 3) La becaria
55%

La becaria

El domingo llovió, como había dicho Ramiro, y el paraguas grande seguía en el coche. Valeria lo comprobó el sábado por la tarde, al bajar la basura: plegado en el maletero, con la correa abrochada y la etiqueta de la tienda sin quitar. Lo dejó donde estaba.

Él había vuelto el viernes a las doce y cincuenta.

Sin vainilla. Olía a brasas, a vino y a humo de otra gente, y ella, de lado en la cama, con los ojos cerrados y la respiración que llevaba años practicando, tardó un rato en decidir qué hacía con esa ausencia.

La cena del delegado había existido, o alguien se había ocupado de que existiera hasta en la ropa.

El sábado cocinó Ramiro. Arroz con costillas, la radio puesta, silbando mal.

Le sirvió el primer plato, le llenó la copa, le preguntó si había dormido y no esperó la respuesta.

El domingo vio el partido con la mano izquierda metida en el bolsillo de la sudadera, donde llevaba el móvil negro, y a la hora de la lluvia le pidió que le arreglara el pelo de la nuca, como hacía cuando estaba contento.

—Tienes buena mano, cariño. Siempre la has tenido.

Valeria cogió las tijeras del cajón del baño. Él se sentó en el borde de la bañera con una toalla sobre los hombros y cerró los ojos. Las hojas pasaron dos veces por encima de la vena del cuello. Cortó recto, despacio, y le quitó los pelillos de la camiseta con la palma.

El lunes se marchó a las siete y cuarenta.

Ella oyó el ascensor y luego el Audi, y esperó en la cocina los mismos veinte minutos de siempre.

El prepago dormía en el cajón de la plancha, apagado, debajo del cuaderno de tapas duras.

El móvil de siempre estaba sobre la mesilla, con el volumen puesto, porque una mujer de baja que no contesta al teléfono es una mujer que ha salido.

A las nueve y cuarenta vibró.

Número desconocido. Lo dejó sonar tres veces, calculando. A la cuarta lo cogió y no dijo nada.

—¿Inspectora Cortés?

Voz de mujer, joven, baja, de las que hablan con la mano delante de la boca.

—¿Quién es?

—Soy Noelia. Noelia Prieto, del Gabinete. —Tragó—. Perdone. No sabía a quién llamar.

—No me digas de dónde has sacado este número.

—No… vale. Perdone.

—Tampoco pidas perdón. ¿Desde qué teléfono llamas?

—Uno de prepago. Lo compré esta mañana en un estanco, con efectivo. El mío está en casa. —Tomó aire—. Inspectora, tengo que hablar con usted. No puedo por teléfono. Es del aviso. El de mi guardia. Y del comisario.

Valeria miró la persiana. Detrás del cristal, en el patio, alguien sacudía una alfombra a golpes secos.

Veintidós años y se había comprado un prepago en efectivo, y había dejado el suyo en casa. Eso no se le ocurría a nadie por instinto. A esa chica se lo había enseñado alguien, o lo había visto hacer, y cualquiera de las dos cosas era un dato.

—No digas nada más. Escúchame. Mañana, a las doce y diez, en el Primark de Gran Vía.

Primera planta, los probadores del fondo.

Coge tres prendas y pide la tarjeta de la cabina.

No se lo cuentes a nadie, ni a tu madre, ni a una amiga.

Cuando cuelgues, saca la tarjeta de ese teléfono y tírala por separado.

—Vale.

—Y no me devuelvas la llamada.

Colgó. Se quedó con el aparato en la mano hasta que la pantalla se apagó sola.

Si alguien escuchaba aquel número, mañana a las doce y diez habría otra persona en la primera planta del Primark.

Y si no lo escuchaba nadie, habría una chica de veintidós años a la que alguien había mandado a decir algo.

No iba a averiguar cuál de las dos cosas era sin ir. Iría a las once, una hora antes.

* * *

Bajó en Callao a las once y cinco con el anorak azul, la bufanda gris y las gafas de sol puestas.

En lugar de entrar en la tienda, dio la vuelta a la manzana.

Despacio, sin mirar a nadie. Gran Vía a esa hora era gente con bolsas y turistas parados en medio, y la calle lateral, una fila de coches en doble fila y furgonetas de reparto con los intermitentes puestos.

Buscó una matrícula, y la buscó entre todas las matrículas: 8862 JTP.

En la acera de enfrente había dos Seat, uno blanco y otro rojo.

Ningún Altea gris. Ningún hombre bajo con gorra de paño, ni apoyado en un portal ni sentado en una terraza con un café que no se bebe.

Entró por la puerta lateral. Primera planta, al fondo, tras una montaña de pijamas de franela a tres euros, los probadores: catorce cabinas de lamas blancas, con un hueco de veinte centímetros bajo cada puerta, y una chica de uniforme negro contando prendas con un contador de mano.

Valeria cogió un jersey negro de cuello alto, unos vaqueros y una bufanda que no necesitaba.

La chica contó tres, le dio una tarjeta de plástico con un 10 y siguió con la fila.

Pasó casi una hora sin que ocurriera nada.

Una familia con tres niños se probó abrigos sin parar de discutir.

Una mujer mayor salió de una cabina con un vestido de flores y lo devolvió a la percha con un gesto de rechazo.

Valeria estuvo mirando un expositor de calcetines desde donde se veían a la vez el final de las escaleras mecánicas y el pasillo de los probadores, con el cuaderno de tapas duras en el bolsillo del anorak y el prepago en el sujetador.

Grabando. Lo había activado al subir las escaleras.

A las doce y siete subió Noelia.

La reconoció por las zapatillas blancas y por el abrigo beige, que le quedaba grande.

Llevaba el pelo suelto, castaño, hasta mitad de la espalda; la coleta de la comisaría había desaparecido.

En una mano, tres prendas colgadas del brazo.

En la otra, el móvil, apretado como si pudiera caérsele.

Cuando pasó a dos metros, Valeria la olió: vainilla, la misma vainilla de perfumería barata que ella conocía de la camisa de su marido.

No se movió.

Diez segundos más tarde, apareció abajo un chico de veinticinco años con auriculares blancos y una chaqueta de nailon.

Se quedó al pie de la escalera mecánica, con la espalda contra una columna y los ojos en el móvil.

No subió. Pasó un minuto, dos, y no subió.

Valeria no lo conocía. Conocía el modo de estar: el de quien espera sin esperar a nadie, con el peso repartido en los dos pies.

Noelia llegó hasta la chica de uniforme. Le dieron la tarjeta con el 11. Entró.

Valeria esperó cuatro minutos más, que contó por el reloj de la sección de relojes, y se metió en la cabina 10. Cerró el pestillo. Golpeó dos veces con el nudillo en la lama del tabique, la misma tabla en la que, al otro lado, se oía respirar a alguien.

—¿Inspectora?

—Habla más bajo. Y no me nombres.

—Lo siento.

—Tampoco eso.

Se sentó en el banquito de la cabina con el jersey negro en las rodillas. Por el hueco del suelo veía las zapatillas blancas de la chica, juntas, con los cordones desiguales. Se movían un poco, de punta a talón.

—Antes de nada, dime a qué hora abriste el aviso.

—¿El del martes?

—A qué hora.

—A las doce y cuarenta y uno de la noche. Era mi guardia del buzón. Nos toca a los de prácticas, una vez cada tres semanas, de diez a dos, con un portátil, por si entra algo que no pueda esperar a la mañana.

Las doce y cuarenta y uno. Coincidía con el registro hasta el minuto. Valeria dejó que el silencio hiciera su trabajo.

—Sigue.

—Era un audio de doce segundos. Una voz de ordenador, de esas que lee un robot.

Decía una dirección de Usera, Marcelo Usera, sesenta y tres, tercero B.

Que había seis mujeres encerradas y que de seis a once de la mañana no había nadie vigilando.

Y en el asunto ponía su nombre. —Se le quebró la voz en la última palabra y la recompuso—.

El protocolo dice que lo que va dirigido a un funcionario concreto lo revisa antes el Gabinete.

Así que yo tenía que reenviarlo a Dirección y ya está. Y lo habría hecho sin más.

—Pero antes escribiste a alguien.

Las zapatillas dejaron de moverse.

—A las doce y cuarenta y dos. Le escribí al comisario. —Bajó más la voz—. Le puse que había entrado un aviso con el nombre de su mujer. No se me ocurrió otra cosa. A él le escribo cuando no sé qué hacer.

—¿Qué contestó?

—En menos de un minuto. «Reenvíalo a DIRECCIÓN-GAB y no lo toques más.» Eso es todo. Y a las doce y cuarenta y siete lo vi cambiar de estado en mi pantalla. Confidencial. Yo no lo cambié.

—¿Quién lo hizo?

—No sale. Es una cuenta de servicio. Puede ser cualquiera de arriba. —Silencio—. Yo escribí a Ramiro y a los cinco minutos ya estaba cerrado, así que supuse. No sé nada más que eso.

Valeria miró el hueco del suelo. Una de las zapatillas se había quedado sola; la otra había cruzado sobre ella.

A las cinco de la mañana, cuando ella estaba al volante de su Ibiza delante de un piso vacío en Usera, su marido la había llamado para preguntarle si le había llegado algo esa noche.

Un correo, un mensaje, un aviso. Lo que sea.

Lo sabía desde las doce y cuarenta y dos, y había esperado a que se llevaran a las mujeres para preguntar.

Tomó nota de ello. Lo guardó donde guardaba las cosas que no se podían usar todavía.

—¿Y después?

—El miércoles por la tarde me llamó a su despacho.

A las cuatro y media. —Noelia tomó aire—.

Cerró la puerta. Se puso detrás de mi silla, con las dos manos en el respaldo.

Me dijo que era una fuente protegida, que había una operación con Extranjería y que si ese aviso circulaba había gente que se jugaba la vida.

Que yo era la única persona de allí en la que confiaba.

Me dictó lo que tenía que hacer. Entrar en el buzón, abrir el registro del mensaje y vaciar las cabeceras una por una, y luego marcarlo como depurado.

—¿Cuántas?

—Veintitantas. No las conté. —La voz le tembló—. Lo hice. Estaba él ahí, detrás, mirando la pantalla. Cuando terminé me puso la mano en el hombro y me dijo «buena chica».