Pinto 6 #2
Una oficina. Pequeña, con dos mesas, una lámpara de tubo fluorescente que zumbaba a un volumen que ella oía desde fuera, y en medio, sobre una mesa metálica, la bolsa de deporte abierta.
Dentro, taco tras taco, fajos de billetes con gomas de colores.
El hombre bajo los sacaba de uno en uno con los dedos enguantados, de algodón blanco, y los iba apilando en columnas de diez.
A su izquierda, una máquina de contar billetes, gris, que cada minuto soltaba un ruido como de abanico y se paraba.
La señora, sentada, ya sin abrigo, con las mangas del jersey remangadas hasta el codo, apuntaba cifras en un libro de tapas negras, con un bolígrafo grueso, sin levantar nunca la vista.
No se hablaban, o no más que dos personas que llevan años haciendo lo mismo.
Él pasaba el fajo. Ella lo pasaba por la máquina.
Ella escribía. De vez en cuando, una frase corta, que al otro lado del cristal llegaba sin palabras: un movimiento de labios, una cifra que el hombre repetía con un gesto de cabeza.
Al fondo de la oficina, detrás, una puerta de hierro con tres cerrojos. Cerrados.
Veinte minutos. Elena tenía la rodilla izquierda dormida y el codo derecho clavado en el ladrillo.
No entendió una sola cifra, pero se acordó de lo que le había dicho Arturo en un cuartucho de cemento a las diez y media de la mañana.
Todos los viernes. Lo de Z. se va a Valencia.
Y el resto. Lo que veía no era el resto.
Era el viernes: ocho paradas de bares, peluquerías y pisos, cuatrocientos aquí y cuatrocientos allá, convertidos en columnas de diez sobre una mesa metálica.
Contó fajos hasta perder la cuenta en cuarenta y tantos.
La mujer sumaba como quien limpia cristales.
A las diez y cuarenta la señora cerró el libro. Metió los fajos contados en el maletín, de uno en uno, con las gomas hacia arriba, y dejó dos en la bolsa de deporte, que empujó con el pie hacia el bajito. Dijo algo corto. El hombre se quitó los guantes y se tocó la gorra con los dos dedos.
Elena se pegó otra vez al techo de las cajas.
Salieron por la puerta peatonal con tres minutos de diferencia.
El hombre del abrigo, con la bolsa ya ligera, la bajó hasta el Seat y la metió en el maletero; el chófer del Volvo le abrió a la señora la puerta de atrás, y ella, antes de entrar, miró hacia arriba, a la noche, con el gesto de quien comprueba si va a llover.
Sus ojos pasaron por encima del techo de la nave contigua, por encima de la gorra de Elena, y se posaron en el cielo.
Elena contó hasta cinco con el corazón en los dientes.
El Volvo giró hacia la carretera y se perdió. El Seat tardó dos minutos más. Cuando salió, a las diez y cuarenta y siete, en la pantalla del prepago un punto azul se despegó de la hilera de naves y bajó por la carretera hacia el norte.
Elena sacó tres fotos de la matrícula del Volvo con el zoom, que salieron borrosas. Bajó por el contenedor con las rodillas, sin soltar la mano herida, y echó a correr hacia la gasolinera.
* * *
—Siga al punto —dijo.
Fermín la miró por el retrovisor. Cincuenta y tantos, bigote entrecano, jersey de punto con rombos y un cenicero lleno de caramelos de menta. Se había presentado con un apretón de manos que ella le había devuelto con la izquierda por error y que le había hecho ver las estrellas.
—¿Qué punto?
Elena le acercó el prepago. Un punto azul, a dos kilómetros, subiendo hacia Madrid por la A-4.
—Hija —dijo Fermín, con paciencia—. Yo llevo treinta y un años de taxi y no he seguido a nadie nunca. Han tenido que ser las once de la noche de un viernes para que alguien me lo pida. —Arrancó—. ¿Tú qué eres, detective?
—Contable.
—Pues vaya contabilidad.
Fermín condujo como conducen los que conocen todos los semáforos de una ciudad: sin prisa, sin acercarse.
El punto azul se mantuvo siempre a un kilómetro largo por delante, y cada pocos minutos Elena le decía «derecha», «la M-30», «sigue recto», y él obedecía mirando de reojo sus manos, la venda, el sudor frío en la frente.
No preguntó. A las once y veinticinco, en un semáforo de Atocha, le tendió sin girarse un caramelo de menta.
—Toma. Para la boca.
Se lo comió. Le supo a pasta de dientes.
El punto se paró a las doce menos veinticinco en una calle del barrio de Salamanca, ancha, con árboles y portales con portero.
A una manzana de allí, Fermín metió el taxi en un hueco entre dos coches, apagó las luces y dejó el motor en marcha.
Un restaurante. Manteles blancos, cortinas, una puerta de cristal y madera con un rótulo discreto en dorado sobre un fondo verde oscuro.
Delante, en doble fila, con las luces apagadas, el Altea gris.
El chico seguía dentro. El hombre bajo no se había apeado: Elena lo veía en el asiento del copiloto, la gorra recortada contra el cristal.
—Esto es caro —dijo Fermín—. Aquí se cena a doscientos euros. No es sitio de naves.
—No.
—Y entonces, ¿qué hace tu amigo aquí?
—Esperar.
Esperaron. Fermín sacó una bolsa de pipas, pidió permiso con una ceja, y se puso a pelarlas con los dientes, mirando el parabrisas. A las doce y cuarto, un hombre salió del restaurante.
Elena dejó de respirar.
Alto. Abrigo oscuro, de buen paño, abierto.
Bien afeitado, con esa manera de entrar y salir de los sitios de quien nunca ha esperado una mesa.
Se paró en la acera. Miró la calle de arriba abajo, con una calma estudiada, y metió las manos en los bolsillos como quien ha salido a tomar el aire.
A cuarenta metros, bajo una farola, la luz le daba de lleno en la cara.
La conocía.
No de verla en persona. De la tele del fondo de un bar de Bravo Murillo, con el volumen justo para que nadie la oyera: un podio con el escudo de la policía, un panel azul, una sonrisa de las que llevan el anillo de boda siempre a la vista.
No tenemos constancia de ninguna mujer. Y al fondo del plano, con la mandíbula apretada y los ojos clavados en una pared, la inspectora de las ojeras.
El de la tele.
El Altea abrió la puerta de atrás desde dentro.
El hombre del abrigo oscuro volvió la cabeza a ambos lados, una vez, sin prisa, y subió.
La puerta se cerró. Elena sacó el prepago y encuadró el coche por el hueco entre dos portales, con el zoom al máximo, la mano izquierda apoyada contra el asiento de delante para que no se moviera.
No se veía nada. Un cristal tintado, el reflejo de la farola. Sacó tres fotos de todos modos.
Tres minutos y medio. Los contó con el reloj del móvil.
Cuando la puerta de atrás volvió a abrirse, el hombre bajó con una sonrisa pequeña y se estiró la corbata mirándose en la luna del coche.
Del interior salió una mano enguantada, que le tendió algo plano, del tamaño de una cartera.
No pudo ver qué. Él lo guardó en el abrigo sin mirarlo.
Cerró la puerta con dos dedos. Volvió al restaurante. La puerta de cristal se cerró detrás.
El Seat arrancó. Elena no lo siguió.
—Mira —dijo Fermín, escupiendo una cáscara por la ventanilla—.
Ese es el comisario jefe. Salas. —Seguía mirando la puerta del restaurante, con las cejas muy altas—.
Mi mujer le tiene fe. Siempre dice: este hombre sabe lo que hace.
—Se rió, bajito—. ¿Y qué hace el comisario jefe metiéndose a las doce de la noche en un Seat con un tipo con cara de sacristán? Eso me lo pregunto yo.
—Fermín.
—Dime.
—No lo has visto.
Fermín la miró por el retrovisor. Se le había quedado una pipa entre los dientes.
—Yo —dijo, despacio—, a las doce de la noche de un viernes, llevo a una chica de Pinto a una calle de Salamanca porque quiere ver un restaurante por fuera. No he visto a nadie. —Le echó una mirada a la venda—. Y si me preguntan, tampoco sé qué le ha pasado a esa mano.
—Cien más —dijo Elena.
—No hace falta.
—Cien más.
Fermín no dijo nada. Se acabó la pipa.
Elena sacó del bolsillo el ticket del súper, doblado en cuatro y tibio de llevar contra el muslo. Buscó el boli. Debajo de la línea cinco, la que había escrito por la mañana en una callejuela con la mano buena, puso tres palabras en letra pequeña y apretada.
Salas. Comisario jefe.
Del calcetín sacó la hoja de la libreta. R., 6.000 €, último vie., en mano, donde siempre. La había leído veinte veces y siempre le había puesto detrás un nombre de camello.
Volvió a la primera línea del ticket, la que llevaba una semana escrita a lápiz, 1. Sin policía , y la subrayó. Apretó tanto que el boli rasgó el papel.