Cadena de Mando (Elena Malasangre 3) Pinto 6
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Pinto 6

La chica del piercing la reconoció y le vendió el segundo localizador sin preguntar por la venda. Veintinueve euros, con un imán en la tapa. Esta vez Elena no la dejó explicar cómo se enlazaba, y la chica, que parecía tener un buen día, se lo agradeció.

A las siete y cuarto estaba sentada en la última cabina de un locutorio de la acera de enfrente del Tirso, con la persiana de lamas a la altura de los ojos y el localizador en el bolsillo del vaquero, ya sin la tapa.

Desde allí se veía la fachada entera del bar: el toldo verde, el rótulo con una letra fundida, la ventana con la cortina de cuentas. Dentro, detrás de la barra, Arturo.

Se había afeitado. Se había puesto una camisa limpia con la manga derecha cortada hasta el codo para que le cupiera la férula, una de plástico con tiras de velcro que le cubría la mano entera.

En la izquierda llevaba el meñique atado con esparadrapo al dedo de al lado.

La pierna la tenía estirada sobre un taburete, y Josemi, un chico flaco con delantal que sacaba cañas con cara de que le hubieran subido el sueldo de golpe, entraba y salía de la cocina sin mirarle.

Tres clientes. Una tele con el fútbol sin sonido. A Arturo le había salido el color del hombre que lleva todo el día repitiéndose una frase.

Me caí por la escalera del sótano.

Elena se pasó la lengua por el labio abierto y esperó.

El Seat llegó a las siete y veintisiete.

Tres minutos antes de la hora que había dicho Arturo, que en un hombre así es puntualidad.

Pasó despacio, con el intermitente puesto, y aparcó en doble fila delante del bar, cosa que en esa calle nadie hacía sin tener permiso.

Un Altea gris de hacía diez años, con un golpe en el paragolpes trasero que alguien había intentado disimular con un trozo de cinta negra. 8862 JTP.

El conductor no se bajó. Un chico de veinte y pocos, de hombros caídos, con unos auriculares blancos puestos y la cara iluminada desde abajo por una pantalla pegada al volante. Del lado del copiloto salió un hombre bajo.

Elena lo miró por el hueco entre dos lamas.

Abrigo largo gris pizarra, abrochado hasta arriba.

Gorra de paño. Sesenta y pocos, bigote corto, la espalda recta del que ha llevado uniforme alguna vez.

No hizo nada raro. Se paró en la acera, miró a un lado de la calle y al otro con la misma tranquilidad con la que se mira una habitación que es de uno, y alzó los ojos un segundo hacia el locutorio.

Elena no se movió. Detrás de la lama, a quince metros, con la cara metida en una sombra de cabina.

Él siguió mirando. Después se alisó la solapa y entró en el bar.

Contó hasta treinta. A veintinueve ya estaba de pie.

Salió del locutorio con las manos en los bolsillos, bajó por la acera pegada a los coches aparcados, y cuando estuvo a la altura del último, se agachó como quien se ata una bota y siguió a gatas hasta la parte de atrás del Seat.

Los retrovisores no enseñan lo que hay pegado al paragolpes.

Lo había aprendido con la Berlingo. Desde el interior le llegó un bajo sordo, rítmico, que ella notó en la chapa con la punta de los dedos.

Metió la mano por debajo del plástico, por el lado del golpe, donde la pintura había saltado y el metal estaba desnudo. Apretó con el pulgar sano. El imán hizo clac . A ella le sonó como un portazo. El chico, con la música a toda pastilla y los ojos en la pantalla, no se enteró.

Volvió al locutorio sin correr, se sentó en la cabina y sacó el prepago. En la aplicación, un punto azul nuevo. Lo llamó Altea . Estaba quieto, a quince metros de ella, y parpadeaba.

Por la ventana del Tirso, entre las cuentas de la cortina, vio al hombre bajo sentado en la barra.

Anís en un vaso pequeño. Arturo, de pie al otro lado, con el sobre debajo del paño.

Un segundo, antes de servirle, los ojos de Arturo se fueron a la ventana y atravesaron la cortina de cuentas, la calle, la lama de la persiana.

Elena no respiró. Se acordó del vídeo, de cuatro minutos y medio, en un correo que Arturo no sabía dónde estaba.

Él volvió la cara. El hombre bajo le dijo algo.

Los ojos claros bajaron a la férula y subieron.

Arturo contestó rápido, y movió la boca de una manera que era una sonrisa.

Elena no oía nada y no hacía falta. Había dicho la verdad, o la mentira correcta, que a veces es lo mismo.

El hombre del abrigo asintió dos veces, como asienten los médicos, bebió la mitad del anís y dejó el vaso.

Al salir pasó la mano por la barra y el sobre ya no estaba. Se tocó la gorra con dos dedos en dirección a Arturo, que bajó la cabeza.

A las siete y cuarenta y ocho el Seat arrancó. El punto azul se movió despacio por la pantalla, sin saltos, hasta salir de la calle. Elena respiró por primera vez en veinte minutos y notó que le temblaba el hombro de la mano mala.

* * *

Pinto, a las diez menos veinte, tenía la luz de un sitio que nunca ha tenido a nadie por las noches.

Una carretera de dos carriles con farolas cada cuarenta metros, naves bajas con el número pintado en la fachada, un descampado con un contenedor volcado y, a lo lejos, la silueta de los depósitos de agua.

El Cercanías la había dejado en una estación sin nadie, a doce minutos andando.

El taxi lo había pedido desde el tren, para las diez y cuarto, en la gasolinera de la rotonda: un tal Fermín, que había dicho «sin problema, hija» con voz de haberlo visto todo, y al que había prometido cien euros por esperar.

La nave 6 era la tercera de una hilera de ocho.

Chapa gris, una puerta metálica pequeña, un portón corredero cerrado y un rótulo desconchado de una empresa de neumáticos que había quebrado antes de que Elena tuviera edad de conducir.

Al lado derecho, una nave más baja, con un palé de cajas apiladas y un contenedor de obra.

Elena subió por el contenedor con la mano buena y se encaramó sobre el techo de las cajas, a tres metros del suelo, tumbada, con la gorra puesta y la cara sobre los antebrazos.

Desde allí veía el portón, la puerta, y a la derecha, a un metro, el filo de un ventanuco de cristal armado con una persiana mal bajada.

El cemento estaba húmedo. La palma le latía despacio, sin prisa, como una cosa que va a seguir ahí mucho tiempo.

Se llevó la mano al calcetín derecho. Sacó la media pastilla entre dos dedos, blanca, con la raya por donde la había partido con los dientes en un tren. Se la quedó mirando. Era un trozo del tamaño de una lenteja. Dentro del cuerpo, el que preguntaba si había más se había puesto de pie hacía rato.

La volvió a guardar.

A las diez menos diez entró en el polígono un coche con una luz en el techo.

Se paró al principio de la hilera, con los faros largos barriendo las fachadas, de nave en nave, y Elena aplastó la cara contra el cemento mojado con el corazón de pronto en el cuello.

Una patrulla de seguridad privada, de las que pasan para cumplir.

Iluminaron la nave 6 con un haz blanco, dieron un golpe de claxon al aire y siguieron hacia la salida sin bajarse.

Cuando se perdieron, ella tardó un minuto en volver a notar la palma.

A las diez menos cinco llegó un coche. Un Volvo S90 negro con los cristales tintados y un marco de concesionario en la matrícula: LEVANTE MOTOR, VALENCIA.

Entró despacio hasta el portón y se paró con el motor en marcha.

Se abrió la puerta del conductor. Un hombre de cuarenta años, grande, con chaqueta de cuero y una cicatriz en la ceja, que recorrió la fachada con los ojos, se estiró la espalda y abrió la de atrás.

Salió una mujer.

Sesenta y tantos. Pelo corto y plateado, como cortado con regla.

Abrigo camel, pañuelo de seda, bolso de mano grande de piel y, en la otra, un maletín rígido de color aluminio de los que llevan los viajantes de joyería.

No miró a su alrededor. No hacía falta, para eso estaba el chófer.

Esperó a que la puerta peatonal se abriera por dentro, entró sin darle las gracias al muchacho de sudadera que la sostenía, y la puerta volvió a cerrarse.

El chófer se quedó fuera, apoyado en el coche, y encendió un cigarro.

La señora que viene de Valencia con un chófer.

Elena la miró desde el techo de las cajas.

En todo ese tiempo era la primera persona que veía con cara de quien manda y no de quien obedece.

No tenía nada de monstruo. Podía ser una directora de banco, una dueña de farmacia.

Lo que decía de ella el maletín era lo único raro: nadie se lleva un maletín de aluminio a una nave de Pinto para ver una estantería.

A las diez y cuarto vio llegar las luces del taxi a la gasolinera, a doscientos metros. En la pantalla del prepago, el punto azul del Seat se acercaba por la carretera de Andalucía. No se movió.

El Seat entró a las diez y diecinueve. Se paró detrás del Volvo sin apagar el motor.

El chico de los cascos seguía en el volante.

El hombre bajo bajó, abrió el maletero y sacó una bolsa de deporte negra, de las gordas, que arrastró con el brazo derecho tenso y el izquierdo pegado al costado.

Saludó al chófer del Volvo con un gesto de la barbilla.

El chófer le devolvió el saludo sin quitarse el cigarro de la boca, y lo dejó entrar.

Elena esperó dos minutos. Luego se arrastró hacia el ventanuco.

La persiana tenía un hueco de dos dedos, en la esquina, donde el plástico se había partido por el sol. Metió el ojo.