Hortaleza #2
M.
Después, el siseo de la línea, y un clic.
—Está limpia —dijo Nacho, bajito—. No tiene cortes. No la han tocado. Quien llamó no quiso esconder la voz.
—Quiso esconder el nombre.
—Y la consiguió. —Hizo clic en el otro archivo—. Esto es lo que en el bar no tenía: las cabeceras completas. Lo que te enseñé entonces era lo que se ve desde fuera. Esto es lo de dentro.
Era un texto plano, de líneas cortas, cada una con una hora y unas siglas. Nacho fue señalando con la uña del meñique, sin tocar la pantalla.
—Entra por el buzón web a las 23:52:07. Estado «nuevo».
Lo abre a las 00:41 la cuenta de Prieto, N.
A las 00:44 lo reenvía. Yo te dije «una cuenta de Jefatura».
—La uña se detuvo en un nombre en mayúsculas—.
DIRECCIÓN-GAB. No es una persona. Es un buzón compartido del Gabinete, con cinco cuentas que lo leen.
—¿Quiénes?
—Yo conozco los cargos, no los nombres. El jefe de gabinete.
Su secretaria. Una letrada. Dos más. —Tragó—.
Y la última línea. A las 00:47 se cambia el estado a En revisión, Confidencial .
Eso no lo puede hacer una becaria. Lo hace una cuenta de servicio del Gabinete, y solo la usa quien tiene rol de Dirección.
—¿Cuántos?
—Tres. —Dudó—. Inspectora, desde que la becaria lo abre hasta que queda sellado pasan seis minutos. De una becaria a una caja fuerte. A las doce y cuarenta y siete de la noche.
—Alguien estaba despierto.
—O estaba esperándolo. —Lo dijo muy despacio, mirando la pantalla—. Yo no digo nombres.
Valeria tampoco. Tres cuentas con rol de Dirección. Sabía el cargo de una, y el titular de ese cargo se afeitaba con la puerta del baño abierta.
No dijo nada. Nacho, que la conocía de once meses de pasillo, tampoco.
Hizo una copia en otra tarjeta que sacó de un sobre y se la guardó sin enseñarle dónde.
—Esta se queda aquí. Si te preguntan, tú no sabes dónde. —La original se la devolvió en la palma—. La tuya te la llevas. Y la guardas mejor que yo, que la pegué con cinta.
—Gracias.
—No me des las gracias. Me han suspendido de sueldo por esto. —Se le quebró la voz y la arregló con un carraspeo—. Perdón. No es una queja.
Lo apagó. El portátil tardó medio minuto más en dejar de hacer ruido.
* * *
—Hay otra cosa —dijo Valeria.
Había sacado el cuaderno. No lo abrió. Lo dejó sobre la colcha, de lado, con las tapas duras hacia arriba.
—Una dirección. Bretón de los Herreros, catorce. Segundo B.
Nacho no preguntó cómo la tenía, ni por qué. Se quedó mirándola, y ella vio que se le quedaban quietos los dedos sobre las rodillas. Luego se levantó, fue al armario y volvió con una carpeta de cartón azul de las de gomas. En la portada, con rotulador: DECLARACIÓN DE LA RENTA 2019.
—Mi madre no mira nunca ahí. Nadie mira nunca ahí.
—La abrió sobre la cama—. Cuando te conté lo de la sociedad saqué todo lo que figuraba a nombre de Inversiones Alameda 7.
Es público. En la biblioteca del barrio, con monedas, sin carné, para no dejar rastro en nada que fuera mío. Salieron ocho fincas.
Ocho líneas fotocopiadas de una pantalla, con el borde oscuro de la mala impresión. Valeria reconoció seis. Los seis pisos de Usera y Carabanchel, con el mismo perfil: nombres de difuntos, pagos en efectivo. Uno era el tercero B de Marcelo Usera, 63.
—La séptima es una plaza de garaje en Getafe —dijo Nacho—. No cuenta. Y la octava… —El dedo se quedó sobre la última—. No te la di porque no cuadraba con el perfil. Te di los que cuadraban.
Bretón de los Herreros, 14, 2.º B. Chamberí. Piso. Titular: Inversiones Alameda 7, S.L. Adquirido hace veintiséis meses.
Y en la columna de la derecha, tres anotaciones que empezaban igual. Sin contrato depositado. Sin fianza. Sin inquilino.
—Los otros seis tienen inquilinos con nombre de difunto, pero con nombre —dijo Nacho—. Este no tiene ninguno. La sociedad lo compró y lo paga: comunidad, IBI, todo domiciliado en su cuenta. Y no lo alquila.
—Un piso vacío.
—Sobre el papel.
Valeria contó meses hacia atrás sin proponérselo.
Veintiséis. Las noches de jueves de Ramiro habían empezado un mes después de aquello: «cena con gente del Ministerio, con la Delegación, con un tipo que me debe un favor», dichas siempre con el mismo tono, hasta que dejó de decirlas y ella dejó de preguntarlas.
El primer jueves lo recordaba porque había hecho cocido.
Ramiro llamó a las ocho y diez, con ruido de restaurante detrás, para decir que lo de la Delegación se alargaba.
Ella dejó el cocido tapado y se tomó el caldo sola a las diez, con la tele sin sonido.
El segundo jueves no hizo cocido. El tercero ya no puso su plato.
Un mes entre que una sociedad de pisos para mujeres sin papeles compraba uno en Chamberí y su marido empezaba a no cenar los jueves.
Un regalo, o un anzuelo.
—Inspectora. —Nacho había recogido las hojas. Las sostenía contra el pecho, y le temblaba un poco el borde de papel—. Te diré lo que veo. Una sociedad que trafica con mujeres es dueña de un piso adonde entran personas que sí existen. ¿Quién entra?
—Una becaria.
—Noelia Prieto.
—Sí.
—¿Y?
—Y otro.
Nacho tardó un segundo en bajar la vista a la carpeta. Cuando la alzó, ya no tenía cara de haber comido gominolas toda la mañana.
—No sigo —dijo—. He decidido que no he preguntado.
—Gracias.
—Anótalo, y bien. Que conste que esto te lo enseñé yo hoy, viernes, a las… —Miró el reloj de pared, un gato con ojos de resina—. A las dos y cinco.
Valeria abrió el cuaderno. Escribió con la letra pequeña y recta de siempre, sin una palabra que no fuera un hecho.
Viernes, 14:05. Hortaleza. Bretón de los Herreros 14, 2.
º B: titular Inversiones Alameda 7, S.L.
, adquirido hace 26 meses. Sin contrato depositado ni fianza.
Gastos domiciliados en la cuenta de la sociedad.
No escribió lo de los jueves. No escribió la cuenta de los meses. Eso lo guardaba en otro sitio.
—Chicos —llamó Concha desde la cocina—. Son las dos y veinte.
Nacho cerró la carpeta y la devolvió al fondo del armario, detrás de la caja de zapatos.
—Esto se queda aquí. Yo ya me sé las direcciones. —Se agachó a atarse una zapatilla que no tenía suelta—. No vuelvas por aquí, inspectora. Ni mandes nada. Mi madre cree que tú me vas a arruinar la vida.
—Tu madre tiene razón.
—Ya. —Sonrió, de lado, con la cara de antes de la comisaría, un segundo, y se le fue—. Pero eso a mí me da igual.
* * *
Concha Soler se puso el tabardo azul del supermercado en el rellano, con un brazo sí y otro no, y cerró la puerta con dos vueltas de llave. Bajaron juntas. Ella un escalón por delante, con la mano en la barandilla, y Valeria detrás, con el anorak y las gafas de sol ya en el bolsillo.
—Mi hijo no come bien desde que lo soltaron —dijo Concha, sin volverse—. Ni duerme. Se levanta a las cuatro y se queda mirando el techo.
—Lo sé.
—Pues también debería saber lo de ayer. —Resopló—. Vino otro. Otro de los suyos.
Valeria paró en el rellano del segundo.
—¿Cuándo?
—Ayer por la mañana. A las doce menos algo.
Yo estaba tendiendo y llamó al timbre y salí en bata.
Un señor bajito, con abrigo largo, de esos de otra época, y una gorra de paño.
Con bigote. Muy educado. —Se giró por fin, con el tabardo a medio abrochar—.
Dijo que venía de Personal, de Jefatura, con unos papeles de la suspensión para que Ignacio los firmara.
Le dije que estaba durmiendo y que no le despertaba para nada.
Me dio las gracias. Dos veces. Sin que yo hubiera hecho nada.
—¿Preguntó algo más?
—Que si vivía solo conmigo. Y que si tenía familia en Madrid. Yo le dije que sí, que tenía un tío en Móstoles. Mentira, el tío está en Zamora. No sé por qué se lo dije. —Hizo un gesto vago—. Me pareció un hombre amable. Pero no me gustó que mirase tanto la puerta y la cerradura.
Valeria hizo la cuenta allí mismo, en el rellano.
Ayer, a las doce menos algo. El bajito había estado en esa puerta unas cinco horas antes de plantarse delante de un camión en una calle de Villaverde y mirar a una mujer con chaquetón verde.
Antes de que ella hubiera ido a ninguna parte.
Entonces no iba por ella. Iba por el chico, o por quien viniera a verlo.
Y ella había subido esas escaleras hacía casi dos horas, con la certeza razonable de que nadie la seguía.
Nadie la seguía a ella. Lo del portal era otra pregunta.
Abajo, alguien cerró una puerta de golpe y la escalera se llenó de eco.
—¿Cómo se despidió?
Concha lo pensó un momento. Levantó dos dedos de la mano derecha y se tocó con ellos el borde de una gorra que no llevaba puesta.
—Así —dijo—. Como un militar.