Hortaleza
Ramiro se afeitaba con la puerta del baño abierta para poder hablar, y aquel viernes habló de la lluvia.
—Dicen que el domingo. Mira a ver si el paraguas grande sigue en el coche.
—Lo miro.
—Y hoy no me esperes a cenar. Es lo del delegado, esa cena que lleva dos semanas aplazándose. Con ese hombre sé a qué hora empiezo y nunca a qué hora acabo. —Se pasó la cuchilla por la barbilla, hacia arriba, con los ojos en el espejo y no en ella—. Cariño, ¿me alcanzas la camisa azul?
Valeria se la alcanzó. Estaba planchada desde el martes, colgada en la puerta del armario con la percha torcida. Él se la puso sin darle las gracias y se la abrochó de abajo arriba, como siempre, dejando para el final el cuello.
Él había dormido ocho horas. Ella, cuatro, a ratos. A las seis y media, cuando volvió del baño, el teléfono negro ya no estaba bajo la almohada. Estaba en el bolsillo interior de la americana, y la americana ya estaba en la silla del recibidor. Los once segundos de la noche seguían sin texto.
Desayunaron dos tostadas con aceite. Ramiro leyó el periódico en su móvil de siempre, que dejaba a la vista sobre el mantel. Dijo que le daba pena Ferrer, de verdad, un chico con talento que se había equivocado de bando por el entusiasmo de la edad.
—¿Y hoy qué haces tú?
—Farmacia. Pan.
—Mejor que no salgas mucho. Descansa. Te veo cansada.
—Me lo dices todos los días.
—Porque todos los días estás más cansada. —Le puso la mano en la mejilla, cálida, con el anillo frío en el pómulo—. Te quiero bien, ¿lo sabes?
—Lo sé.
En el recibidor se puso el abrigo. Cogió las llaves del cuenco. Sacó el móvil negro del bolsillo interior, lo miró una vez, sin cara de nada, y lo devolvió a su sitio. Después, al abrir la puerta, se detuvo con la mano en el pomo y miró la percha.
El chaquetón verde botella colgaba de su gancho, cepillado, con el cuello levantado.
—Ese lo compré yo, ¿verdad? —dijo—. Para lo de Gredos.
—Para lo de Gredos.
—No fuimos nunca.
—No.
—Habrá que ir. —Sonrió—. Hasta luego, cariño.
Valeria esperó a oír el ascensor, y luego el motor del Audi saliendo del garaje, y luego esperó dos horas más, sentada en la cocina con las manos en la taza, repasando lo que él había dicho en el orden en que lo había dicho.
Lluvia, cena, Ferrer, descansa, el chaquetón.
Nada de eso lo había pedido ella, y la última era una pregunta que no era una pregunta.
A las diez y media sacó del armario del trastero, no del de la habitación, un anorak azul marino de hacía ocho años, que no se había puesto desde un fin de semana en la sierra.
Unas gafas de sol grandes, de las que Ramiro decía que le daban aire de actriz de los setenta.
Una bufanda gris. Ni gorro ni chaquetón.
En el bolsillo interior fue la placa, con la tarjeta de la fiscal, la servilleta de Bravo y la micro-SD, y el cuaderno de tapas duras. El prepago, apagado, en el sujetador.
Había prometido no ver a Nacho Ferrer. Lo había prometido en la cocina, con los pulgares de su marido en la nuca. A Valeria nunca le había parecido que una promesa así obligara a nada.
Salió por el segundo portal a las once menos diez.
* * *
Hizo tres transbordos que no necesitaba, esperó un tren que dejó pasar, subió a un autobús, bajó dos paradas después, y entró en una farmacia donde compró un paquete de pañuelos de papel mirando por el cristal de la puerta.
Nadie pasó dos veces. Nadie se paró a mirar un escaparate de gafas con cara de estar mirando otra cosa.
Cuando bajó en Hortaleza, a las doce y veinte, tenía la certeza razonable de que no venía nadie detrás, que en su oficio era lo máximo que se concedía.
El bloque era de ladrillo visto, de cuatro plantas, sin ascensor, a diez minutos andando de la estación.
Tercero C. La dirección la había leído en el atestado que le enseñó Bravo, en la casilla del domicilio, y se le había quedado como se le quedan las cifras.
La escalera olía a sofrito y a lejía. En el segundo piso subía una vecina con el carro de la compra, escalón a escalón, y Valeria se apartó contra la pared.
Llamó al timbre una sola vez.
Tardó en abrirse. Primero una cadena, luego una rendija, luego un ojo con una ceja pintada.
—¿Quién es?
—Valeria Cortés. Trabajo con Ignacio.
La cadena se quedó puesta. Al otro lado, una mujer de sesenta y pocos, bajita, con bata de flores, zapatillas de felpa y el pelo teñido de caoba con un dedo de raíz blanca, la miró de arriba abajo como se mira un pescado en un mercado donde no confías.
—Usted es la inspectora. La que le metió en esto.
—Sí.
—Pues pase, que se oye todo en la escalera.
La cadena cayó. Dentro hacía calor y la tele estaba puesta con el volumen bajo, un concurso de cocina.
Todo estaba muy limpio. Un pasillo con fotos de comunión, de boda, de un hombre con bigote delante de un taller de electrodomésticos, de un niño con gafas más grandes que la cara.
En la cocina, sentado a la mesa, con el mantel de plástico con limones, estaba el niño de las gafas, con veintiséis años.
Había adelgazado. Se le notaba en el cuello del jersey, que le quedaba holgado, y en las muñecas. Llevaba ojeras de dos colores, una bolsa de ositos de gominola abierta delante y las manos quietas, que en él era lo más raro de todo.
—No debería estar aquí —dijo.
—Tú tampoco.
—Yo vivo aquí.
—Entonces es peor para mí.
La madre de Nacho, que en el pasillo se había presentado como Concha Soler, a secas, se quedó en la puerta de la cocina con los brazos cruzados.
—Tiene hasta las dos y media, que entro a trabajar en el súper, y me la llevo yo a la calle conmigo, como si fuera mi cuñada. Y él no come más gominolas. Ya lleva dos bolsas.
—Mamá.
—Cuatro, hijo, cuatro. —Se fue al fregadero y se puso a hacer algo con un cazo, de espaldas, para que quedase claro que lo oía todo.
Luego puso delante de Valeria un plato de lentejas recalentadas, con su tenedor, sin preguntar si quería, y se quedó mirando cómo no lo cogía.
—¿Tiene hijos?
—No.
—Se nota.
—Mamá.
—Digo que se nota que no sabe lo que es esperar a las cuatro de la madrugada a ver si el chico se mete en la cama. —Retorció el trapo de cocina—. Cómaselas, que se enfrían.
Estaban buenas. Valeria se las comió todas, y a Concha pareció bastarle para dejar de mirarla.
Nacho se levantó y abrió el microondas. Su móvil estaba dentro, apagado, sobre el plato giratorio. Cerró la puerta con el dedo.
—Es una caja de Faraday de las baratas —susurró—. Y de las pocas cosas de la casa que mi madre no ha limpiado. Venga.
La habitación de Nacho era la de un chico que no hubiera salido de ella nunca, con una cama estrecha, un escritorio sin ordenador y una pared con el póster de un satélite. Cerró la puerta. Antes de nada se acercó a la ventana y levantó dos dedos de persiana.
—Esa furgoneta lleva ahí desde el sábado —murmuró.
Valeria miró por la rendija. Una Berlingo blanca con una escalera atada al techo y el rótulo de una fontanería, aparcada con dos ruedas en la acera.
—Es del fontanero del segundo A. Lo vi bajar con una llave inglesa.
—Ya. —Soltó la persiana—. Creo.
Se sentó en el borde de la cama. Valeria se quedó de pie, con la espalda en la puerta.
—¿Qué te preguntaron?
—Hasta las cuatro de la madrugada. Sexta planta, una sala sin ventana, tres sillas y un termo.
Eran dos: uno de Asuntos Internos que no dijo su nombre y hablaba bajito, y Duque.
Duque me trajo un café de máquina. Con azúcar, que yo no tomo.
Y me dijo: «Ya sé que tú no lo tomas, pero hoy te hace falta».
—Se frotó la cara con las dos manos—. Eso fue peor que lo otro.
—¿Qué querían?
—A quién le di la llamada. Cinco veces, de cinco maneras.
«¿A un periodista? ¿A una compañera? ¿A alguien de fuera?
» Dije que la consulté por curiosidad, por lo del prepago, y que no se la di a nadie.
—Alzó los ojos—. No dije tu nombre ni cuando me enseñaron una foto tuya.
Del martes, en el pasillo de la sexta. De espaldas, con el abrigo, mirando la puerta de mi mesa.
—¿Qué dijiste?
—Que es la inspectora Cortés, que trabaja en la planta. Que no hablaba contigo desde el jueves anterior. —Sonrió sin ganas—. Que era verdad, además. Por papel no cuenta.
—¿Y la orden?
—Me la enseñó el de Internos, al final. La firma del comisario jefe. Como quien enseña el carné de socio. —Se encogió—. Para que supiera quién manda en el club.
Abrió el armario, apartó una caja de zapatos y sacó del fondo un portátil gris, gordo, de los de hace quince años, con una pegatina desvaída de un equipo de fútbol.
—Era de mi padre. Llevaba las cuentas del taller. —Lo puso sobre la cama—. Le quité la tarjeta de red el sábado con un destornillador. No tiene disco duro. Arranca con un pen que grabé yo, con una contraseña que solo sé yo. No sabe que existe internet.
—¿Y el lector de tarjetas?
—Un adaptador de dos euros que compré en un chino. No ha estado nunca en ningún otro sitio.
Valeria sacó la placa y abrió con la uña el forro de cuero, esa tira que siempre se despegaba por una esquina.
Entre la servilleta de Bravo y la tarjeta de la fiscal estaba la otra, negra, del tamaño de una uña, tibia de haber ido pegada a su cuerpo.
Se la dio a Nacho y él la sostuvo un momento entre dos dedos, mirándola.
—La pegué yo —dijo—. A veces pienso que no va a haber nada dentro.
La máquina tardó casi dos minutos en arrancar, con un ruido de ventilador viejo. Nacho tecleó con los ojos cerrados la contraseña. Aparecieron dos archivos en una ventana gris. llamada_112.wav . aviso_cabeceras.txt .
Puso el audio con el volumen al mínimo y las cabezas casi juntas.
Cuarenta y un segundos. Valeria cerró los ojos.
La voz era la de aquella noche en el bar: una mujer, sin prisa y sin emoción, con la dicción de quien ha ensayado el texto hasta quitarle todo lo que sobra.
Las horas y los sitios eran los que ya conocía.
El nombre, el suyo, dicho con el apellido.
Y al final, igual que entonces, una sola letra.