Cadena de Mando (Elena Malasangre 3) Deuda saldada #2
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Deuda saldada #2

Elena tardó un par de segundos en hablar.

—Trescientos.

—Mira, yo…

—Segunda pregunta. —Apoyó los codos en las rodillas—. El viernes siguiente, a las once y cuarto de la mañana. Vino una mujer con una foto de una cámara y tú le dijiste algo.

Arturo apartó la mirada.

—¿Te lo ha contado Marisa?

—Contesta.

—Una inspectora. Cortés. —Resopló—. Cuarenta años, con ojeras, de las que no se pintan.

No levantó la voz, y eso fue lo que me dio miedo: que no la levantó.

Se sentó en la barra como si fuera suya y me dijo que si te pasaba algo, ella sabía quién lo había hecho posible.

Y me miró así. —Se encogió, como si la tuviera delante—.

A mí no me había mirado nadie así desde mi madre.

Elena sonrió. No quería hacerlo, y no era una sonrisa buena.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Que te habías ido. Que eras una chantajista. —Se mordió el labio—. Que Don Paco te buscaba.

—¿Y el número de Don Paco?

Arturo no contestó. Elena se levantó de la mesa y le puso la hoja de la cuchilla en el lóbulo de la oreja, sin apretar.

—No sé de qué número me hablas.

Ella le cogió la mano izquierda, la sana, por el meñique. No lo pensó. Lo dobló hacia atrás, despacio, hasta donde el dedo daba, y un poco más.

Chasqueó. Un ruido pequeño y seco, el de una ramita.

Arturo gritó. El almacén se tragó el grito, dos paredes de cemento, un sótano y una cámara de cerveza, y él gritó otra vez, y otra, hasta que se quedó sin aire y apoyó la frente en el pecho. Elena esperó. El dedo, en la mano, colgaba de lado.

—Se lo di. —Se oyó apenas—. Lo tenía en la agenda, me lo pidió, lo vio, le sacó una foto con su móvil. ¿Qué iba a hacer yo? ¡Era policía!

—Era policía.

—¡Eras tú o era yo, Elena!

Ella le soltó la mano. Fuera del cuartucho, en el almacén, algo goteaba contra el cemento.

La poli de Marisa tenía el número de Paco.

Lo tenía desde el viernes pasado. Elena lo guardó donde guardaba lo que servía y lo que no, que últimamente era casi el mismo sitio.

Paco, que creía que el único problema de aquella mujer con ojeras era una chica con un cartel, no lo sabía.

Si lo hubiera sabido, Arturo no habría llegado a esta mañana.

Era una moneda. Se la dejó en el bolsillo.

—Tercera —dijo—. Los viernes.

—¿Qué viernes?

—Iván pagaba cada viernes, y tú también. ¿A quién y cómo?

—Elena…

—Tres minutos. Y luego otra pregunta que no te va a gustar.

Arturo tardó un rato. Cuando habló lo hizo mirando al suelo, con la voz de quien vacía un bolsillo.

—No es solo Iván. Es todo el barrio. Pisos, bares, un taller en Legazpi, un par de peluquerías.

Cada uno con su cuota, y todos pagan el viernes.

Yo pago cuatrocientos. Por el baño, por no tener líos, por…

—Se detuvo—. Por las camareras que me mandaban de vez en cuando.

Dos al año. Tú no. Tú llegaste por tu cuenta.

—¿Qué camareras? —preguntó Elena.

—Chicas. Sin papeles, sin familia, de las que no preguntan. Uno de los de Paco pasaba, miraba y decía: «¿Tienes alguna que quiera ganar más?» Y un viernes, al salir, se la llevaba. Me daban quinientos por cabeza. —Se calló—. No pensé más.

Elena no dijo nada. Notó que la mano buena abría y cerraba la cuchilla, sola, sin que ella lo hubiera mandado. Arturo apartó la vista. Hasta que no la apartó, la hoja no paró.

—¿Cuántas?

—Seis, siete. En cuatro años.

—¿Nombres?

—No me acuerdo, Elena. No me acuerdo.

Ella cerró la cuchilla. Seis, siete. En el ticket no había sitio para eso, y tampoco lo apuntó.

—T. —dijo Elena—. Cuatrocientos. Tirso.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo he leído. —No añadió dónde—. ¿Quién cobra?

—El Notario. —Soltó una especie de risa—.

Eso decía Iván. Que da fe de todo y no firma nada.

Un hombre bajito con abrigo largo y gorra de paño, que habla suave y te da las gracias cuando le pagas.

Viene a las siete y media en un Seat gris, con un chico que no se baja nunca y va con los cascos puestos.

Entra como un cliente. Se pide un anís, se bebe la mitad.

Yo le dejo el sobre debajo de la barra y él lo coge al salir, sin mirarlo. No cuenta. Cuenta en el coche.

Elena no se movió.

El bajito. El del abrigo gris pizarra, abrochado con veinticuatro grados, que pasaba revista a seis mujeres con las manos a la espalda y se tocaba la gorra con dos dedos.

—¿Cuántas paradas?

—Siete u ocho. Depende del viernes. Empieza a las cinco. —Se encogió de hombros, y el hombro lo hizo gemir—. Acaba en Pinto.

—Pinto.

—A las diez. Iván me lo contó una noche que se pasó con el tusi y estaba muy hablador.

Dijo que en Pinto el Notario le da todo a una señora que viene de Valencia con un chófer, y que la señora cuenta, y lo apunta en un libro de tapas negras.

Y que a eso lo llaman «el viernes». —Parpadeó, con el sudor entrándole en los ojos—.

Todos los viernes. Lo de Z. se va a Valencia. Y el resto…

Amparo. Manolo, con el brazo en cabestrillo. Elena los veía en el papel de la libreta, en letra redonda, y en el pasillo de un mercado, sin un solo detalle nuevo. Los viernes, las cuentas, una oficina con tres cerrojos.

—¿El resto?

—Una parte se queda en Madrid. —Arturo miró a un lado, con precaución, como si alguien más pudiera oírlos—. El Notario se queda con un sobre aparte que no se da a la señora. Eso decía Iván. Que reparte: lo de Z. a Valencia y lo otro a quien toca.

—¿A quién toca?

—Y yo qué sé.

—Arturo.

—¡Y yo qué sé! —Se le quebró la voz—. Iván lo sabía, o decía que lo sabía, que no es lo mismo. Hablaba mucho. Decía que conocía a un famoso, a un cura, a un futbolista. Decía muchas cosas.

Elena dejó pasar un segundo. Luego otro.

—¿Qué dijo de lo otro?

—Que el último viernes de cada mes, lo gordo, el Notario se lo lleva a un sitio de Madrid, a mano. Que es la prima. —La miró por fin, con los ojos rojos y hundidos, un hombre pequeño dentro de una silla de hombre grande—. Y que el que lo recibe sale por la tele.

—¿Sale por la tele?

—Eso dijo. Como quien dice una tontería. —Se pasó la lengua por los labios—. Yo nunca le creí. A ti te lo cuento porque me lo has preguntado, y porque quiero salir de esta silla.

—¿Qué tele?

—La tele, Elena. La que ves. —Cerró los ojos—. No sé más. No sé más, te lo juro por mi madre, que está muerta.

Elena lo miró un rato largo. Era verdad, o al menos era todo lo que quedaba. En los hombres como Arturo se notaba cuándo se acababa la mercancía.

Se acercó a la mesa. Paró el vídeo, lo copió a un correo y esperó a que el icono diera la vuelta.

—Esto —dijo, enseñándole el móvil— son cuatro minutos y medio.

Llamaste a Paco y le diste mi nombre por trescientos euros.

Le diste el número de Paco a una policía, que lo tiene en el móvil.

Las dos cosas con tu cara y tu nombre. —Esperó—.

¿Sabes qué hace Paco con la gente que le da su número a la policía?

Arturo no dijo nada. Había dejado de sudar.

—No hace falta que lo digas. —Guardó el prepago—.

A las once llega Josemi con el pan. Te caíste por el sótano, no has visto a nadie y no te acuerdas de nadie.

A las siete y media viene el Notario y le das tu sobre como todos los viernes, sin mirarlo, y le dices que está todo en orden.

Si esta noche en Pinto pasa algo raro y alguien se entera de que he estado aquí, esto no lo recibirá primero Paco.

Lo recibirá la inspectora Cortés. Y luego Paco. En ese orden, para que se entere bien.

—Elena…

—Trescientos euros. Qué barata salgo. —Se echó la bolsa al hombro y se paró en la puerta—. A mí ya no me debes nada, Arturo. A las otras no sé quién cobra.

—Hija de puta.

—Ya.

Cogió el móvil de Arturo de encima de la caja registradora, lo apagó y se lo guardó. Le puso el trapo flojo, sin cinta, para que pudiera respirar, y le dejó una botella de agua a un metro, fuera del alcance de los pies. Josemi llegaría dentro de cuarenta minutos.

Salió por el portón. Dejó el calzo en su sitio y cerró hasta la mitad.

En la callejuela no había nadie. Tres contenedores, un balcón con una bici, el cartón mojado donde Arturo había tenido la cara.

Elena se subió la visera, sacó del bolsillo el ticket del súper doblado en cuatro y buscó el boli que le había quitado a Arturo del delantal.

Debajo de la cuarta línea, la que había tachado en Valencia sin cerrar, escribió con la mano buena:

5. El de la tele.