Deuda saldada
Nelly le dio el desayuno a las siete y media y la opinión a las siete y treinta y uno.
—Usted vino a las dos de la mañana con la mano hecha un trapo, mija, y se levantó a las seis con la cara de quien va a cobrar. —Puso delante de ella una taza de café con leche tan caliente que le empañó la cara—. No me diga adónde va. Dígame a qué hora vuelve.
—A comer.
—Hoy hay arroz.
—Guárdame un plato.
Nelly se sentó enfrente con los rulos puestos, un cigarrillo apagado en la boca que se pasaba de lado a lado desde que Wilson le había prohibido encenderlo en casa, y la miró sin decir nada.
Elena movió la cuchara en el café. La luz de la cocina de Nelly, de neón blanco, le sacaba todos los hematomas que no sabía que tenía: uno en el codo del miércoles, otro en la rodilla, uno viejo en la mandíbula que ya amarilleaba.
—Esa venda se la cambio a las diez de la noche —dijo Nelly—. Y esa pastilla que usted lleva en el calcetín la doy por no vista.
—Es media.
—Pues media por no vista.
Elena se rió con la boca llena de pan. No pensaba hacerlo.
Cuando Nelly salió a tender, Elena sacó el prepago y el ticket del súper del bolsillo y estiró el ticket sobre el mantel, entre las migas.
Cuatro líneas a lápiz, en letra pequeña, con la última tachada en Valencia por un trazo que no cerraba nada.
1. Sin policía. 2. Sacarlas de ahí antes de que las muevan.
3. Una voz que no sea la mía. 4. A quién recoge Z.
La segunda llevaba dos días sin servir. Las seis mujeres ya no estaban en ninguna caja que ella pudiera seguir con un punto azul.
Alguien las había repartido por Getafe y la carretera de Toledo mientras ella miraba por un tragaluz, y una chica de veinte y pocos con las uñas mordidas se quedaba en un almacén de Coslada hasta el jueves siguiente, para alguien al que llamaban «el de siempre».
Esa era la lista de lo que no había salido bien.
Quedaban las hojas del calcetín. Pinto 6, vie 22:00. Y en la última, debajo, R., 6.000 €, último vie., en mano, donde siempre.
Lo había leído veinte veces. Pinto estaba clarísimo: una nave, un día, una hora.
Pero entre las diez de cada viernes y el dinero que llegaba hasta allí había un camino, y ese camino pasaba por sitios que ella no sabía ver.
Pisos, bares con baño, talleres. Cuatrocientos aquí.
Cuatrocientos allá. En las fotos del resto de la libreta, las ciento diecinueve hojas que ya no tenía en la mano, había una lista larga de iniciales que cobraban cada viernes, y ella solo había identificado una con certeza, porque había servido cañas en esa esquina.
Buscó la foto con el pulgar y la encontró a la primera, entre las de letra apretada:
T. — 400.
Tirso. Arturo.
Se quedó mirando la pantalla un rato, con las migas pegadas a la yema de los dedos.
El hombre que le había dado de comer dos años.
El que le había mirado el escote cada vez que se agachaba.
El que había llamado a Paco con ella todavía en la puerta, y a una policía por quedarse tranquilo, que era peor.
Él sabría cómo pasaba el viernes. Quién entraba por la puerta de atrás. A qué hora.
Dobló el ticket y se lo guardó. Fuera, Nelly canturreaba un bolero de los de su marido, colgando un pantalón de chándal a un cordel entre un cubo de fregona y una maceta.
—Mija —gritó—. ¿Se lleva el bocadillo?
—No me hace falta.
—Se lo lleva.
Se lo llevó. Un bocadillo de tortilla en papel de aluminio, todavía tibio.
* * *
Arturo sacaba las cajas a las diez y veinte.
Elena lo sabía porque durante dos años había sido ella quien las sacaba, a las diez y diez, y él quien aparecía diez minutos después para fumarse el primer Ducados mirándola trabajar.
A las diez menos cinco de aquel viernes llevaba cuarenta minutos sentada detrás del contenedor de vidrio, en la callejuela de atrás del bar, con la espalda contra el iglú verde y la bolsa de tela entre las rodillas.
La callejuela era un tubo de tres metros de ancho.
Un portón de chapa verde, tres contenedores, un desagüe que olía a cerveza vieja y una cámara de seguridad apuntando a una pared desde que alguien se la llevó, hacía tres años.
Arturo no había querido pagar otra. En la bolsa llevaba bridas de plástico, un rollo de cinta americana, un trapo de cocina y la cuchilla de cartonero.
El prepago iba en el bolsillo de la sudadera, y la gorra de visera tan baja que veía el suelo y poco más.
Había dormido cinco horas. Entre el último Cercanías de Coslada y la cama de Nelly pasaron las dos de la madrugada, y a las siete Nelly le había rehecho la venda.
La palma le latía despacio, bajo la tela.
La media pastilla seguía en el calcetín derecho.
Elena la notaba a cada paso, un trocito de nada pegado al tobillo, y a cada paso decidía otra vez lo mismo.
A las diez y diecinueve se abrió el portón.
Arturo salió de espaldas, tirando de dos cajas de plástico apiladas, con la camisa remangada y el delantal ya puesto.
Dejó el portón entornado con una botella de agua rellena de arena, de las que usaba de calzo.
Arrastró las cajas hasta el contenedor de cartón.
Sacó el paquete del bolsillo del delantal, se puso un cigarro en la boca y lo encendió.
Tosió. Miró el móvil. Se agachó, con un gruñido, a doblar unas cajas de cartón para que cupieran.
Cinco metros. Elena se levantó sin ruido, con los talones, y recorrió cuatro.
Le dio con el tacón de la bota en el hueco de detrás de la rodilla derecha, con todo el peso del cuerpo.
La misma patada del miércoles, en el muelle de un mercado de Tetuán, a otro hombre más joven.
Algo cedió. Arturo cayó hacia delante con un «¡ay!
» corto, a cuatro patas, y estiró las manos para no darse con la cara en el suelo.
Elena le pisó la derecha.
Se oyó el hueso. Dos veces, una detrás de otra. Arturo abrió la boca y le salió un mugido enorme que rebotó en las paredes del tubo, y ella le metió la cara en el cartón con la mano izquierda, aunque la palma le gritó, y con la derecha le puso la hoja de la cuchilla debajo de la oreja.
—Una vez más y te abro.
Él se calló. Era un hombre muy grande y el miedo le llegaba tarde, pero entero. Respiraba como un fuelle por la nariz, sobre el cartón mojado, con el cigarro todavía pegado a la barba.
—Elena —dijo.
—Calla.
Le puso el trapo en la boca, le pasó tres vueltas de cinta alrededor de la cabeza y le llevó las muñecas a la espalda.
La derecha ya no era una mano, era algo blando con dedos que apuntaban en direcciones que no les tocaban.
Arturo gimió contra el trapo. Elena le ató las dos con una brida, y la derecha le arrancó un sonido que Elena oyó sin soltar la brida.
—Levántate.
Arturo no se levantó. Con una pierna rota, o casi, y un cuerpo de ciento diez kilos sobre un suelo de tres metros de ancho, nada salía de allí sin ayuda. Elena miró a un lado y otro de la callejuela. Dos ventanas con las persianas bajadas, un balcón con una bici. Nadie.
Fue por la carretilla de barriles, que dormía junto al portón.
Le costó subirlo. Lo logró a base de tirones, de rodillas, de un taco que se le escapó entre dientes, mientras Arturo, medio ido, pataleaba sin saber qué.
Cuando por fin quedó sentado en la carretilla, con los pies colgando y la cara del color de la leche cortada, ella tiró hacia atrás de las asas y entró en el almacén con el hombre, pisando de paso el cigarro, que seguía encendido en el suelo.
Cerró el portón. Echó la barra. Se quedó dos segundos de espaldas, con el pecho subiendo y bajando, y oyó los latidos en las orejas.
El almacén olía a cartón y a detergente, como siempre.
El cuartucho del fondo tenía la lámpara de mesa de siempre, un bote de bolígrafos secos y una silla de oficina con una rueda rota.
Elena sentó a Arturo en la silla. Le ató los tobillos a las patas con dos bridas y el torso al respaldo con tres vueltas de cinta.
Después apoyó el prepago contra la caja de las vueltas, con la cámara hacia él, y le dio al botón rojo.
—Dime cómo te llamas.
Arturo la miró por encima del trapo. Tenía la camisa pegada a la espalda y la frente brillante, y le caía un hilo de saliva por la barba. Elena le quitó la cinta de la cabeza y tiró del trapo.
—Hija de puta —dijo él.
—Tu nombre.
—Arturo Calvo. —Escupió, no le dio, escupió otra vez. La mano derecha, atada, se había empezado a hinchar y se le veía en la manga—. Me has roto la mano, Elena. Me has roto la mano y la pierna. Esto es la cárcel. Esto es la cárcel, pero para ti.
—La pierna no te la he roto. Te la he doblado.
—Se sentó en la mesa, de lado, con una pierna colgando, para que el móvil la enfocara lo menos posible—.
Tengo tres preguntas. Si contestas a las tres, a las once llega Josemi con el pan, te encuentra y tú le dices que te has caído por la escalera del sótano. Con esa cara se lo cree cualquiera.
—No me vas a matar.
—Qué va. —Sacó la cuchilla, hizo salir un centímetro de hoja y la volvió a esconder—. Pero quedan muchos sitios en un cuerpo donde no se mata a nadie.
Arturo se quedó callado. Elena lo vio hacer una cuenta, y no era la de la semana de los mil doscientos. Esta vez no tenía a Marisa en la puerta ni un móvil de testigo. Tenía delante a una chica con una gorra y una cuchilla que ya había cortado antes y no se había quejado.
—Pregunta.
—El viernes pasado, a la una de la madrugada, cuando salí de aquí con Marisa. Llamaste a alguien.
—A Don Paco.
—¿Qué le dijiste?
—Que había una chica. —Tragó—. Que era la novia de Iván y que había estado aquí con unos mensajes. Que sabía cosas.
—¿Mi nombre?
—Elena Soto. —Miró el móvil, que seguía grabando—. Él ya lo tenía. Me preguntó dónde vivías y le dije que en Embajadores, con Iván, pero que se había ido. Y lo del pelo. Que te lo habías cortado.
—Lo del pelo.
—Era lo que había. Me dio las gracias. Me mandó a un chico con trescientos euros.