Cadena de Mando (Elena Malasangre 3) Cena de jueves #2
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Cena de jueves #2

Se lo puso dentro ella misma, con una mano, sin prisa, y se quedó quieta, sentada, con las rodillas hundidas en el colchón a los dos lados de sus caderas. Ramiro abrió los ojos. Intentó mover las caderas.

—No.

Él se quedó. Valeria empezó a moverse a su manera.

Poco a poco, con la espalda recta, con las palmas en su pecho, notándole el corazón debajo, rápido y gordo, el de alguien que nunca ha tenido nada que temer.

Su cuerpo contestaba solo, como contesta el cuerpo, sin pedirle permiso, y ella lo dejó hacer y miró la grieta del techo encima del armario, la que llevaba dos años diciendo que iba a pintar.

Contó. Ciento veinte. Ciento cuarenta. A los doscientos él ya no la miraba a ella, miraba hacia ninguna parte.

—Espera —dijo—. Espera, que me…

—No.

Aflojó. Subió otra vez. Le dio un minuto más, con la mano de él ahora en su cadera porque ella se la puso allí, y cuando por fin lo dejó acabar, lo hizo con un ruido largo, entre los dientes, con los tendones del cuello marcados y todo el cuerpo hecho un arco debajo del suyo.

Ella terminó un poco después, sin ruido, con la cara hundida en su hombro.

Se odió un rato por eso, con método, mirando la grieta.

Después se dejó caer a su lado.

Ramiro respiraba como si hubiera corrido una maraton. Tardó en hablar.

—¿Qué te ha dado?

—Nada.

—Nada, dice. —Se rió bajito, sin fuerza, y giró la cara hacia ella. Los ojos se le iban cerrando—. Cariño. Si lo hubiera sabido hace tres semanas, te quito el caso antes.

Valeria no contestó. Estiró la mano y apagó la lámpara.

La oscuridad dejó en el techo el rectángulo gris de la persiana. Ramiro se puso de lado, de cara a ella, y le echó un brazo encima. Pesaba. Olía a sudor, a whisky y a vainilla, y a jabón de hotel por debajo de todo.

—¿Dónde estabas? —murmuró contra su pelo, ya con la voz de dormir—. Estas semanas. ¿Dónde estabas, Valeria?

—Aquí.

—Aquí —repitió él.

A los cuatro minutos roncaba.

* * *

A las doce y cuarto de la noche, Valeria llevaba cuarenta minutos mirando el rectángulo gris del techo.

Contó respiraciones. Las de él habían pasado del ronquido al ronquido suave y luego a la respiración larga, con un silbido corto al final de cada una, de los que no se fingen.

Le dijo «Ramiro» en voz normal. Nada. Le dijo «Ramiro» otra vez, con el tono de quien pide la sal.

Le levantó el meñique de la mano que tenía sobre su cadera y lo soltó, y el dedo cayó sin resistencia.

Salió de debajo del brazo en tres movimientos.

Se quedó de pie junto a la cama, descalza, desnuda, con la piel de gallina.

El móvil prepago estaba en el bolsillo del albornoz, colgado en el cuarto de baño; lo cogió sin encender la luz y volvió.

Se tumbó de lado, de cara a él, a treinta centímetros de la almohada.

Se quedó así un minuto más. Después metió la mano derecha por debajo de la almohada de Ramiro.

Encontró el móvil enseguida, tibio, debajo de la mano de Ramiro, que dormía con la palma encima y los dedos sin fuerza.

Metió dos yemas por debajo del aparato y lo fue sacando de entre ellos, milímetro a milímetro.

La funda de la almohada hizo un ruido de papel.

Ramiro apretó los labios, chasqueó la lengua y se quedó en el sitio.

Entonces los dedos se cerraron sobre el móvil.

No fue un tirón. Fue lo que hace una mano cuando alguien le toca lo que es suyo, una contracción lenta, de fondo, con el pulgar buscando la posición.

Valeria dejó de respirar, con las dos yemas todavía debajo del aparato.

Contó. A los once, los dedos aflojaron. A los quince, el móvil estaba en su mano.

Se quedó sin moverse lo que le pareció un cuarto de hora y fueron cuarenta segundos.

Se tapó la cabeza con la sábana y se llevó dentro el móvil negro y el suyo. Le faltaba la parte difícil. El aparato era pequeño y barato, de los que llevan el lector de huellas en el canto, y Ramiro lo desbloqueaba con el pulgar izquierdo; lo había visto hacerlo cientos de veces sin querer verlo.

Asomó la cabeza a respirar. Le cogió la mano izquierda por la muñeca y la subió despacio hasta la sábana. Pesaba lo que pesa un hombre dormido, más de lo que se espera. Le encontró el pulgar, lo apretó contra el canto, y el aparato vibró una vez, corto, contra su vientre: se había abierto.

Volvió a esconderse con la mano de él todavía en la suya, la pantalla pegada al pecho y la sábana por encima, de modo que la luz solo le llegara a ella. Dos conversaciones. Solo dos. Arriba, la de la rosa. Debajo, otra que se llamaba «Gorra».

Una línea gris, al principio de la segunda, decía que los mensajes se borraban a los siete días. Por eso no había más. Quien lo había configurado así tenía la costumbre de que no quedara nada. Valeria lo archivó.

La de la rosa no la abrió. Ya sabía lo que decía la rosa.

«Gorra» tenía una semana de conversación, y se leía en un minuto.

Ramiro hablaba poco. Mensajes de una o dos palabras, siempre en el lado derecho, siempre con la hora pegada.

Y respondía rápido. Eso fue lo primero que Valeria vio, y lo vio antes que el contenido, porque era la parte que se podía medir.

El de la gorra escribía y a los cuarenta segundos, a los dos minutos, el lado derecho contestaba.

En siete días no había una sola respuesta de Ramiro que hubiera tardado más de cinco.

Lunes, 18:05. Gorra: Confirmado para el jueves.

18:06. Ramiro: Ok.

Miércoles, 21:15. Ramiro: Mañana. 15:30.

21:17. Gorra: Entendido.

Jueves, 15:51. Ramiro: Tira.

16:12. Gorra: Hecho. Sin novedad.

Hasta ahí, lo de siempre. Y luego:

16:58. Gorra: Aviso. En la calle de la nave ha aparecido una mujer sola. Chaquetón verde, gorro de lana, cuarenta y tantos. Ha bajado de un taxi. Preguntaba por una nave en alquiler y miraba el camión.

17:03. Gorra: El chico dice que llevaba el móvil en la mano todo el rato y que no sacó fotos. A mí me parece del oficio.

19:40. Gorra: Sigo sin saber nada de usted. ¿Lo ha visto?

21:55. Gorra: Dígame algo, por favor.

Debajo no había nada. Ni una palabra del lado derecho.

Valeria se quedó mirando el hueco. Debajo de la sábana hacía calor y le caía el sudor por la nuca. El chaquetón verde colgaba en el recibidor, a tres metros del hombre que dormía.

Hechos. En siete días, ninguna respuesta de Ramiro había tardado más de cinco minutos, y esta llevaba cinco horas sin respuesta.

Eso era un hecho. Lo demás eran tres lecturas.

Que no lo hubiera visto, con el móvil en el bolsillo del pantalón y la chica en la cama a las cinco menos dos.

Que lo hubiera leído y lo estuviera pensando.

O que lo hubiera leído, hubiera pasado por delante de la percha del recibidor y hubiera decidido que callarse era la manera más barata de contestar.

El aparato no decía cuál, porque los móviles de veinte euros no tienen doble marca.

Y había otra cosa, que no cambiaba con la lectura.

Un confidente suelta su aviso y espera a que lo llamen; no insiste con un por favor como un empleado a su jefe.

Y un comisario jefe no lleva un segundo móvil que borra los mensajes a los siete días para hablar con un confidente de los jueves, en un piso de Chamberí con la cartulina del timbre sin nombre.

Un informante. Un socio. Las dos cabían todavía en la cabeza, y esa noche, debajo de una sábana, desnuda, con la mano de su marido en la suya, no pudo ponerlas en orden.

Sacó el prepago. Con el flash apagado, de lado, para que no se viera el reflejo, fotografió la pantalla.

La cabecera, con el número de nueve cifras.

Después la conversación entera, en tres capturas, bajando con el pulgar.

Tres fotos, nítidas las tres, en un aparato que hasta hoy solo le había servido para fotos malas.

Bloqueó el móvil negro con el botón del canto. Sacó la cabeza de la sábana, devolvió la mano de Ramiro a su sitio, debajo de la almohada, y deslizó el aparato bajo la palma, centímetro a centímetro, al revés que antes. Ramiro respiró hondo. Se le movió la mandíbula.

Valeria se tumbó de lado, con la cara hacia él y los ojos casi cerrados, una raya de luz entre las pestañas.

Treinta segundos después, el móvil negro vibró.

Lo notó en el colchón. Un zumbido corto bajo la almohada, otro, un tercero. Ramiro cortó una respiración por la mitad. No dijo nada. No se movió más que la mano, que subió desde debajo de la funda con el aparato ya iluminado y se quedó sobre su pecho, con la pantalla hacia la cara.

Valeria respiraba por la nariz, despacio, con la mejilla contra la almohada. La luz le dibujaba a él la mandíbula y el borde de los ojos. Un segundo, dos. No giró la cabeza hacia su lado. Eso también lo registró.

Los pulgares se pusieron a trabajar.

Ella contó. No quería contar y contó: los toques, las pausas, una corrección, el pulgar suspendido un instante sobre el cristal antes de enviar. La luz se apagó. El móvil volvió bajo la almohada, el cuerpo quedó quieto, la respiración se fue alargando, a los dos minutos, a los cuatro.

Once segundos. Para un Ok no hacían falta ni tres.