Cadena de Mando (Elena Malasangre 3) Cena de jueves
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Cena de jueves

A las siete menos veinte de la tarde, Valeria ya había hecho desaparecer a la mujer del chaquetón verde.

El chaquetón colgaba en su percha del recibidor, donde llevaba cuatro inviernos, con los bolsillos vaciados y el cuello cepillado.

Cambiarlo de sitio habría sido un error de aficionada: un hombre que mira esa percha cien veces al año nota el hueco.

El gorro de lana había dado una vuelta de lavadora a cuarenta grados con dos toallas, y la máquina seguía zumbando en el baño con una colada que no mentía.

Las botas, con un trapo húmedo y papel de periódico por dentro.

Los zapatos de tacón roto se habían quedado en el taller del zapatero, pagados.

Tendría que volver a por ellos, y a ese viejo de la lupa no pensaba mentirle dos veces.

El pañuelo no lo lavó. Lo metió en una bolsa de congelación, la bolsa en un sobre y el sobre en el cajón de la plancha, debajo del cuaderno de tapas duras.

Tela de caballero, una P bordada en azul, la sangre ya seca y oscura de lado a lado.

Alguien había estado agachado detrás de aquel contenedor, a un palmo de ella, mientras preguntaba por una nave en alquiler que no existía.

Alguien de la gente de Don Paco. No tenía a quién enseñarle el pañuelo ni a quién pedirle que dijera de quién era la sangre.

Bravo la había dejado fuera. Nacho estaba en casa de su madre, con comparecencia cada lunes, y a Nacho no se le podía llamar.

Había vuelto a casa en dos autobuses y un metro con cambio, mirando los reflejos de los cristales, y a las seis y cuarto subió por el segundo portal sin cruzarse con nadie. Dos horas de ir y venir sin que nadie la siguiera. Si el bajito la había reconocido, no había mandado a nadie detrás.

El cajón de la plancha seguía siendo el único de la casa que Ramiro no había abierto en nueve años. Ramiro no sabía dónde estaba la plancha.

En el cuaderno había veintiuna líneas de hechos y horas. 15:46, Ramiro da papel al bajito. 16:36, el bajito delante del camión. Ninguna conclusión. La conclusión la tenía en la cabeza, entera, desde el taxi, y la dejó allí.

Luego hizo una tortilla de patata.

Los jueves, Ramiro llegaba a las diez, dejaba las llaves en el cuenco y decía desde el recibidor que había cenado, que no se molestara.

Llevaba dos años diciéndolo. Esta noche Valeria puso dos platos en la mesa de la cocina, dos copas y una botella de Ribera abierta desde las nueve, y la tortilla de cebolla pochada que su suegra le había enseñado a hacer en la boda, cuando todavía se llevaban bien.

Se puso el jersey azul de cuello caído, el que él le había regalado en Reyes y ella no había estrenado.

Se peinó. Se miró en el espejo del pasillo y comprobó que la cara de la mujer que se miraba era la de alguien a quien han dado quince días más de descanso y lo agradece.

El plan tenía dos pasos y los dos eran sucios. El primero, parecer la que él creía que era desde hacía tres semanas: una mujer de baja, hundida, que había entendido por fin dónde estaba. El segundo, vaciarlo hasta que durmiera de verdad, de los sueños que no se interrumpen. Y después, el teléfono.

Un hombre que ha pasado la tarde con una chica de veintidós años no llega a las diez con ganas. Eso había que arreglarlo. Con lo que hiciera falta.

Había decidido en el taxi que si Ramiro sabía algo se le notaría en las llaves. Las dejaba siempre de arriba, con un golpe seco, sin mirar dónde caían. Valeria llevaba nueve años sin oírlas de verdad.

Cayeron en el cuenco a las diez y cuatro. De arriba, con un golpe seco.

—He cenado —dijo desde el recibidor—. No te molestes.

—Ya me he molestado.

Valeria oyó el abrigo en la percha. Se asomó desde la cocina lo justo para verlo hacer sitio, como hacía siempre, empujando con el dorso de la mano la manga del chaquetón verde.

La mano pasó. Nada. Un hombre apartando un abrigo para colgar otro.

Aun así contó tres segundos antes de volver a respirar.

Ramiro entró en la cocina con la corbata ya floja y se quedó en la puerta.

Miró la mesa, la botella, la tortilla humeando.

Miró el jersey azul. Era un hombre guapo, y lo sabía, y la sorpresa le sentaba bien: levantó las cejas, ladeó la cabeza, y en la cara le apareció una sonrisa que era mitad de cariño y mitad de tasador.

—Vaya. ¿Y esto? ¿Qué celebramos?

—Que he dejado de ser una cruz.

—Nadie ha dicho que seas una cruz.

—Llevo tres semanas siéndolo. —Sirvió las dos copas sin mirarlo—. Sin hablarte, sin cenar contigo, con la cara que tenía. Tú me quitaste el caso y yo me lo tomé como si me hubieras quitado un riñón. Ibáñez lo vio antes que yo, y tú lo viste antes que Ibáñez. Tenías razón.

Dejó la botella. Entonces sí lo miró, y puso en la cara la cantidad exacta: la de una mujer a la que le cuesta decir esto.

Ramiro se sentó. Al sentarse trajo el olor.

No el olor entero: el fondo, lo que queda en el cuello de una camisa cinco horas después de que alguien la haya tenido encima.

Vainilla. Vainilla barata, de perfumería de centro comercial, de las que se piden en el mostrador por el nombre del bote.

Valeria cogió el cuchillo y cortó la tortilla en cuñas. La mano no le tembló.

—Cariño. —Él le cogió la mano que tenía libre y se la apretó—. Ven aquí. No tienes que decir nada de esto.

—Lo digo porque quiero.

—Pues me alegro. —Probó la tortilla, cerró un momento los ojos—. Esto es de mi madre.

—Es de tu madre.

—No has perdido la mano. —Bebió—. Ya sabía yo que se te iba a pasar. Estas cosas se pasan. Se pasan si uno se deja de heroísmos y descansa. Yo llevo años diciéndotelo.

—Lo sé.

—Ibáñez es un sol, ¿eh? Nadie firma treinta días seguidos. Le dije: es mi mujer y se ha dejado la salud en esa comisaría. —Se comió otra cuña—. La comisaría, mientras, se hunde sin ti, pero se hunde sola, que es lo sano.

Valeria sonrió, porque se esperaba de ella.

—¿Qué tal el día? —preguntó—. Esta mañana me dijiste que había lío en la Delegación.

—Lío, lío. Lo de siempre. Un secretario que quiere estadísticas y no quiere números. —Movió la mano—. Tú, ¿qué has hecho?

Lo dijo mirando la tortilla. En ese mismo tono, con las mismas palabras, se lo había preguntado cientos de noches sin que la respuesta le importara. Valeria dio un trago al vino y lo dejó bajar.

—Limpiar. Dormir una hora que no me tocaba. He bajado a por pan y a la farmacia.

—¿Solo eso?

—Es lo que tiene la baja. El día se queda en dos mitades.

—Mejor así. —Se limpió los labios con la servilleta y la dejó doblada, en cuatro, junto al plato—. Ferrer sigue en casa de su madre, por cierto. Te lo digo por si te lo preguntabas.

—No me lo preguntaba.

—Lo sé. Me lo prometiste. —La miró con ternura, con esa ternura de la que él vivía—. Y yo sé que tú cumples tus promesas, cariño. Por eso me casé contigo.

Valeria bajó los ojos al plato. Ramiro creyó que era modestia. Le cogió otra vez la mano, y ella notó el pulgar, seco y tibio, pasarle despacio por los nudillos. Dejó la mano quieta, sin devolver el apretón ni retirarla.

El móvil negro estaba sobre la mesa, boca abajo, a veinte centímetros de su mano derecha. No lo miró. Se acabó la copa. Se levantó, rodeó la mesa y se quedó de pie a su espalda, con las dos manos en sus hombros.

—Hace mucho que no me tocas —dijo.

Él se quedó muy quieto.

—Tú no querías.

—Yo no sabía lo que quería.

Le desabrochó el primer botón de la camisa, después el segundo. La vainilla subió con la mano.

—Ven —dijo Valeria.

Ramiro se levantó. Cogió el móvil negro de la mesa, boca abajo, y se lo metió en el bolsillo del pantalón sin mirarlo, como se coge un paraguas.

* * *

En el dormitorio no encendió la luz del techo. Encendió la lámpara de su mesilla y la giró hacia la pared, de modo que la luz quedara baja y detrás de ella, y a él le tocara la cara.

—Siéntate.

Ramiro se sentó en el borde de la cama. Antes de desvestirse sacó el móvil negro del bolsillo del pantalón y lo metió bajo la almohada de su lado con la mano izquierda, sin mirar. Lo hacía todas las noches. Valeria vio cómo desaparecía bajo la funda y miró después a otra parte.

Le quitó la corbata. Le desabrochó la camisa de abajo arriba, botón a botón, y la vainilla subió con ella hasta el cuello. Le pasó la boca por la clavícula. Sabía a sal y a whisky, y debajo a una cosa dulce que no era suya. Valeria cerró los ojos un segundo. Los abrió. Siguió.

Él quiso cogerle la cara.

—Las manos arriba —dijo ella.

—¿Cómo?

—Que hoy mando yo.

Ramiro se rió, con el aire de un hombre al que le dan un regalo que no esperaba.

—Mande, inspectora.

Lo empujó hasta tumbarlo. Le puso las muñecas contra el cabecero y se las sujetó un momento con las dos manos, para que entendiera. Él entendió. Tenía la cara abierta y los ojos brillantes de whisky, y a ella le pareció, mirándolo así, que nunca lo había visto tan guapo ni tan fácil.

Le bajó el pantalón y el calzoncillo con los dos pulgares.

En la piel de la ingle olía a jabón de hotel, el de pastilla pequeña envuelta en papel, y no al de casa.

Algo le dio una vuelta en el estómago, una sola.

No lo dejó subir. Se lo metió en la boca, porque con la boca ocupada no hay conversación y porque desde ahí no se le veía la cara.

Ramiro dijo su nombre. Dijo «cariño», que era lo que decía siempre.

Ella le puso una mano plana en el vientre para que se quedara quieto, y se quedó.

Sabía cómo le gustaba, nueve años daban para eso: despacio al principio, y luego una cosa más firme, con la lengua, con la mano acompañando.

Lo llevó hasta el borde y lo dejó allí. Esperó a que le temblaran los muslos. Lo soltó.

—Joder —dijo él, con la voz de otro—. Valeria.

—Calla.

Lo llevó al borde dos veces más. A la tercera, ya no se reía. Había agarrado la barra del cabecero con las dos manos y la cabeza echada hacia atrás, y respiraba por la boca como un hombre que sube escaleras.

Entonces se subió encima.