Cadena de Mando (Elena Malasangre 3) Punto azul #2
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Punto azul #2

Elena se metió entre dos camiones aparcados de espaldas y se agachó contra una rueda que olía a goma recalentada.

Desde allí veía la rampa a diez metros. Dos hombres fumaban sentados en un palé, con los codos en las rodillas.

Uno llevaba mono azul; el otro, un forro polar granate con el cuello subido.

No eran los de Villaverde. No eran ninguno de los que ella conocía de nombre ni de apodo, y eso le gustó menos todavía: la cadena tenía más eslabones de los que había contado.

—Las dos de Getafe ya están —dijo el del mono. Hablaba con la desgana de quien repasa una lista de la compra—. Las tres de la carretera de Toledo, mañana temprano, que a esas las recoge el viejo antes de las nueve.

—¿Y la pequeña?

—Esa se queda aquí hasta el jueves.

—¿Para el de siempre?

—Para quién va a ser. —El del mono escupió entre los pies—. Que no se le toque ni un pelo. Me ha dicho la señora que cuidadito, que ese la quiere entera.

—Entera —repitió el del forro polar, y se rió por la nariz.

El puño derecho de Elena se cerró solo. La cuchilla de cartonero pasó del bolsillo del vaquero a su mano sin que ella lo hubiera decidido: seis centímetros de metal, la hoja asomando un dedo. Con la izquierda no podía agarrar ni una botella de agua.

Dos hombres a la vista, quizá tres si había alguien en la oficina.

Una puerta abierta una cuarta. Un perro de cadena que no había ladrado y que ladraría.

Elena hizo la cuenta tan despacio como pudo, con la cara pegada al neumático.

Dentro había cuatro mujeres. Tres para la carretera de Toledo, una para el jueves.

Una de ellas era la pequeña, la mano de uñas mordidas en el borde de la puerta del camión; Elena la había tenido a treinta metros desde un hueco entre un contenedor y una tapia y no había hecho nada, y ahora, a diez, tampoco podía.

En el mejor de los casos entraba, le abría la cara a uno, le rompía la rodilla al otro con un tubo, sacaba a cuatro mujeres del brazo por una calle sin aceras y sin zapatos.

¿Y después? En cuatro minutos habría una Sprinter más en la calle.

En seis, una llamada a Paco. Paco, que le había dado la hora del reparto.

Paco, que quería su copia y que no mandaba en todos sus hombres.

Quedaba el aviso de M., la voz de IA, la única arma que de verdad tenía.

La última vez, desde que el aviso salió hasta que se llevaron a las seis mujeres de Usera habían pasado cuatro horas.

Alguien con placa había abierto la boca.

Elena no sabía quién. Lo único que sabía era que si volvía a llamar al 112, desde el móvil que fuera, la llamada podía acabar en la misma mesa.

«Sin policía», decía la primera línea del tique. Hasta ahora lo había creído por prudencia. Esa noche, agachada contra una rueda, lo creía por aritmética.

—Tengo que mear —dijo el del forro polar.

Se levantó, se estiró, dio dos pasos hacia el borde del palé y se desabrochó de cara al camión que ocultaba a Elena.

Ella contuvo la respiración. El chorro cayó sobre el cemento a metro y medio de sus zapatillas.

Olía a cerveza y a algo más viejo. El hombre se sacudió, se subió la cremallera, silbó un par de compases de una canción de bares y volvió a sentarse.

—¿Y el camión? —preguntó.

—Sale a las once y pico, que se lleve el frío, que apesta. Vacío. El Rosa dice que esta semana no pisa más Madrid.

—Qué bien vive.

—Anda, tira.

Apagaron los cigarrillos en el palé y entraron. La puerta de servicio se cerró con un golpe suave, y por la rendija de abajo la luz se hizo una raya.

Elena esperó tres minutos con la cuchilla en la mano.

Después guardó la cuchilla, salió de entre los camiones por el lado de la valla y fue hasta la esquina del edificio, donde la escalera de incendios subía en zigzag hasta el tejado.

Hierro frío, sin barandilla. Cada peldaño tenía un dedo de herrumbre.

Subió con la mano buena, apoyando la otra en el pecho, y a mitad de escalera la palma se le abrió con un chasquido húmedo y un hilo caliente le bajó por la muñeca.

Se mordió la manga hasta que dejó de ver puntos blancos.

En el tejado, tres claraboyas de plástico sucio alineadas sobre una cubierta de panel. Las dos primeras estaban a oscuras. La tercera, la de más allá, daba luz hacia arriba, amarilla.

Se acercó a gatas, con la barriga pegada al panel y sin respirar.

Ahí abajo había una oficina grande sin ventanas, con una mesa de despacho arrimada a la pared, una nevera pequeña, una cafetera, y cuatro colchones en el suelo con mantas de hospital.

Una mujer sentada en el primero le trenzaba el pelo a otra, despacio, sin hablar.

En el segundo, una tercera miraba a la pared con una taza vacía en las dos manos.

La cuarta estaba tumbada de lado en el colchón del fondo, de espaldas, con las rodillas contra el pecho.

Era más pequeña que las otras. Se le veían los hombros, que le temblaban a intervalos, y una mano apoyada en la manta con las uñas mordidas hasta la carne.

Elena se quedó mirando esa mano. Seis nombres en un libro de tapas negras, y no sabía cuál de ellos tenía esas uñas. Le pareció que el panel vibraba, y era su propio pulso.

La mujer del pelo trenzado levantó la cabeza. No miró a Elena, miró la claraboya, y Elena se quedó helada. Un segundo. Dos. Después la mujer volvió a su trenza.

Pero la pequeña se había incorporado. Estaba sentada en el colchón, con la manta hasta la cintura, mirando hacia arriba con unos ojos grandes y negros, de veinte y pocos años, sin una sola lágrima. Elena levantó dos dedos de la mano buena y se los puso en los labios.

La chica no gritó. Ni siquiera parpadeó. Siguió mirándola con la cabeza muy quieta durante un tiempo que Elena no habría sabido medir, hasta que una puerta se abrió en alguna parte y la pequeña se dejó caer de lado, de cara a la pared, como si no hubiera visto nada.

Elena bajó la escalera sin acordarse de bajarla.

* * *

A las once y veinte, escondida en la esquina de la gasolinera cerrada, vio abrirse el portón de chapa gris.

La cabina salió primero. Elena reconoció el perfil antes de verle la cara: el cuello grueso, el codo fuera de la ventanilla, la rosa tatuada subiéndole hasta la oreja, la luz de la radio en la mejilla.

El de la rosa iba solo. Detrás venía la caja blanca, enorme, con las naranjas lavadas a medias en el costado y la matrícula, 1830 LTV, que ella ya habría podido escribir con los ojos cerrados.

El camión giró despacio a la derecha, con un chirrido de frenos, y pasó a veinte metros de donde ella estaba, tan cerca que le llegó el olor a gasóleo y a frío viejo.

Entonces notó lo que faltaba.

No había compresor. Ni golpeteo, ni el «toc, toc» regular de la máquina de frío que la había acompañado en Villaverde y en Alcira, ese ruido de lavadora vieja.

Un camión frigorífico apagado es una caja de acero que rueda hueca, y esa caja rodaba hueca.

La puerta trasera estaba atada con una correa de carga, no precintada.

De la barra colgaba un trozo de precinto amarillo, cortado, que se movía con el aire.

Dentro no había nadie que rezara. No había tres golpes de nudillos.

El camión llegó a la rotonda, giró a la derecha y se perdió.

Elena abrió el prepago. En la pantalla, el punto azul avanzaba por la calle del Torno a veinticinco por hora, doblaba, aceleraba. Lo siguió con el pulgar cuatro minutos más: la M-45, la autovía, el mapa que se ensanchaba hasta perder las calles, y el punto, solo, tomando la A-3 en dirección este.

Valencia. Treinta y ocho euros de plástico negro viajando a Valencia con seis metros cúbicos de aire. Se rió otra vez y esta vez no le gustó cómo sonaba.

Se sentó en el bordillo, junto al surtidor, con la mano sangrando en el regazo.

El vendaje estaba para tirarlo; la sangre había atravesado el último trozo de manga y empezaba a gotear en los vaqueros.

Sacó el blíster vacío del bolsillo, lo miró, lo volvió a guardar.

Le quedaba media pastilla en el calcetín derecho. La dejó donde estaba.

En el izquierdo, doblada en cuatro, estaba la otra cosa. Las tres hojas de la libreta. Las sacó con dos dedos, pegajosas de sudor, y las abrió sobre la rodilla bajo la luz mala de la farola. No necesitaba leerlas. Las leyó de todos modos.

La primera hoja no servía: Marcelo Usera, 3.

º B. Chicas. era un piso vacío desde la noche del aviso.

Pero la segunda decía Julio: Z. Tel. prefijo 96.

Pinto 6 — vie 22:00. Pinto 6 era la nave gris sin rótulo con el muelle cerrado, la misma de la que salía el camión cada jueves a las nueve y diez de la mañana.

Z. iba allí los viernes a las diez de la noche.

Y debajo, en la tercera hoja, la letra inclinada de Paco, con la pluma que se pegaba al papel: Septiembre: R., 6.000 €, último vie., en mano, donde siempre.

Seis mil euros al mes a una R. que Paco no quería nombrar. Elena volvió a doblar las hojas y se las metió en el calcetín. Se pasó el dorso de la mano buena por la cara, y la dejó manchada de algo oscuro.

La pequeña, con las rodillas contra el pecho. El jueves, para el de siempre.

Miró la hora en el móvil, aunque lo sabía. Las doce menos cuarto. En quince minutos sería viernes, y el viernes, a las diez de la noche, tenía una cita en Pinto 6.