Cadena de Mando (Elena Malasangre 3) Punto azul
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Cadena de Mando (Elena Malasangre 3)

Cadena de Mando (Elena Malasangre 3)

Por E Reyes

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Punto azul

No se movió más. Un punto fijo, azul, en medio de un cuadrado gris que el mapa llamaba polígono industrial. Elena abrió la aplicación con el pulgar, la cerró y la volvió a abrir.

Se miró la mano. La venda de Nelly había dejado de ser blanca a la altura de la muñeca.

Debajo, la palma le ardía con un latido corto y regular, como si alguien le estuviera dando golpecitos con un dedo caliente.

Sacó del bolsillo el blíster, partió la última pastilla con los dientes porque con una sola mano no podía partirla de otro modo, se tragó la mitad en seco y se guardó la otra en el calcetín derecho.

La pastilla bajó arañándole la garganta.

Era un analgésico de farmacia. Y aun así Elena notó lo que notaba siempre cuando se tragaba algo: el cuerpo, que se ponía de pie y levantaba la mano, preguntando si había más.

—No hay más —dijo en voz baja.

Un señor con maletín, sentado enfrente, bajó el periódico y volvió a subirlo.

Pensó en el pañuelo. Lo pensó sin querer.

Tela blanca, con una P azul y la sangre de ella mojándola de lado a lado.

Lo había dejado junto al palé, y la mujer del chaquetón verde había tenido que pasar por delante del contenedor para irse.

Elena la recordaba por trozos, y ninguno servía: una manga, una mano sin guantes con las uñas cortas apoyada en la madera, tres segundos.

Una voz baja y seca que había dicho «No» a un taxista.

Y después, cruzando la calle, un paso derecho, de quien lleva un número de portal en la cabeza.

Era la policía que había ido a ver a Marisa. Casi seguro. Y si lo era, ahora tenía en la mano un pañuelo de caballero con una inicial bordada, y no había una sola persona en Madrid, aparte de Paco, a quien ese pañuelo no le dijera nada.

—Mala suerte —murmuró Elena.

Dos asientos más allá, una niña con un peluche de dinosaurio la miraba con la boca abierta. Elena le sacó la lengua. La niña se escondió detrás de su madre.

Coslada. Bajó con la gente, subió por unas escaleras que olían a fritanga y a orina de perro, y salió a una avenida ancha con un puente de autovía al fondo y los bloques de ladrillo rojo de todos los barrios de aluvión.

El punto estaba a algo más de dos kilómetros.

Eran las seis y diez y ya había anochecido a medias, con ese color de octubre que no es de día ni de noche.

Compró en un kiosco una batería externa de las baratas, de las que prometen cinco cargas y dan media, y una botella de agua.

Bebió media botella de golpe. La otra media se la echó por la mano, con los dientes apretados, hasta que dejó de ver el rojo.

Echó a andar hacia el punto.

* * *

La calle se llamaba del Torno y no tenía aceras.

Naves bajas a los dos lados, vallas de malla, una gasolinera que cerraba a las ocho y un bar de menú de obrero con la persiana a medio subir y el rótulo medio apagado: ASADOR EL CRUCE.

Del otro lado de la calzada, a cincuenta metros, un portón de chapa gris y un cartel con letras azules sobre fondo blanco.

ALMACENES FRIGORÍFICOS HENARES. Por encima de la valla asomaba el techo de la nave, una cubierta de panel sándwich con tres extractores, y a la derecha una antena con una cámara.

Elena pasó de largo sin girar la cabeza.

Dio la vuelta a la manzana. Dos naves de colchones, una de recambios de coche, un solar con un perro atado.

Volvió por detrás, mirando los portones como si buscara uno que le conviniera.

En la parte de atrás del almacén, un patio de maniobras con cuatro camiones aparcados de espaldas contra una rampa.

Ninguno rotulado CÍTRICOS DEL LEVANTE. Ninguno con el compresor en marcha.

Entró en el asador a las siete menos veinte.

Dentro olía a fritura y a fregona. Tres hombres con mono comiendo bocadillos delante de una tele sin sonido, una chica con delantal detrás de la barra y un cartel de cerveza con una rubia que llevaba allí desde 1998.

Elena pidió un café con leche, y mientras la chica lo preparaba dijo con la voz más educada que tenía:

—¿Me podrías dejar el móvil un rato enchufado? Me quedo sin batería y espero a un cliente.

—Allí, detrás de la máquina de tabaco.

—Gracias, guapa.

Se sentó en la mesa del fondo, junto a la ventana, con la batería externa conectada a su prepago y el prepago boca arriba entre el vaso y el servilletero.

Desde allí veía el portón gris, la valla y un trozo del patio.

No veía a la gente, pero sí el punto: parpadeaba, azul y quieto, justo encima del tejado del almacén. El camión estaba dentro.

El café le supo a quemado y se lo bebió entero.

Pidió un bocadillo de tortilla, porque desde el de Nelly no había comido nada, y mientras esperaba se miró en el cristal de la ventana: gorra de visera, pelo corto, la cara de alguien que ha dormido una noche en una semana.

El labio se le había abierto otra vez por dentro.

A las siete y diez entró un coche por el portón.

Un Citroën furgoneta blanco, de los de reparto.

Salió a las siete y cuarenta, vacío, o eso le pareció.

A las ocho menos veinte llegó un Mercedes negro con los cristales tintados y una bolsa de plástico atada con bridas sobre la matrícula.

Pasó despacio por delante del asador. Elena se hundió en la silla, de cara al servilletero, y contó hasta cinco.

Cuando levantó la cabeza, el coche ya había cruzado el portón, y el portón se estaba cerrando detrás.

Era el mismo coche, o su gemelo. Nadie ata una bolsa a una matrícula por gusto.

Miró el reloj del móvil. Las ocho y once.

Se quedó quieta, con el tenedor sobre la tortilla, y notó cómo se le cerraba el estómago.

No sabía quién iba dentro. Sabía que quien iba dentro había estado en una masía de Valencia el lunes por la mañana, había entrado por detrás y se había ido sin que ninguna de las seis lo viera.

El jefe viene, las ve y se va. Eso había dicho el Gordo.

Desde entonces Elena le había dado vueltas a la frase.

Pagó. Dejó la batería enchufada y le dijo a la chica que volvía en media hora. Salió a fumar.

Fumó dos cigarrillos de pie en la esquina, de espaldas a la gasolinera, mirando la nave de enfrente por el rabillo del ojo.

Todo lo que tenía eran pequeñas cosas. Que en el portón había una puerta peatonal con un telefonillo.

Que sobre la valla, a la derecha, corría un cable con un cartel de ALARMA CONECTADA, sin logotipo de ninguna empresa.

Que en la esquina de la nave había una escalera de incendios metálica, sin barandilla, que acababa en un tejado.

Que a las ocho y cuarenta y seis salió del portón una Sprinter blanca con las lunas pintadas de blanco por dentro y se alejó hacia la rotonda, que diez minutos después salió otra igual, y que ninguna de las dos llevaba rótulo.

Dos furgonetas. Una iba hacia el sur, la otra hacia el este. No tenía forma de seguir ninguna. Ni coche, ni moto, ni una mano sana.

Volvió al asador. Los tres del mono se habían ido y quedaba uno solo, con el bocadillo a medias, un hombre de sesenta y tantos con las manos del que lleva cuarenta años cargando cosas. Elena pidió otro café. La chica le dijo:

—¿Tu cliente no viene?

—Se retrasa.

—Los hombres —dijo la chica.

—Eso lo dices tú, que no has visto a mi jefe —dijo el viejo sin levantar la vista del plato.

Elena se rió. Fue la primera vez en tres días y le salió una risa ronca. Se sentó en el taburete de al lado, con la ventana a la derecha y el café entre las manos, y dejó pasar un minuto. Después, sin mirarlo:

—Trabajo para una gestoría y me han mandado a un sitio de aquí enfrente a recoger unos papeles. Frío Henares. ¿Sabe usted si es de fiar?

—¿Frío Henares? —El viejo masticó—. Eso es de un valenciano. Vienen camiones de allí, de Levante, a descargar fruta, y se van. Yo trabajé dos años en la cámara de al lado, cuando era de unos gallegos, y entonces había movimiento, ahora no. De día aquello está muerto. De noche les da por trabajar.

—¿Y qué se guardan?

—Naranja. —Torció la boca—. Y lo que sea.

Yo qué sé, hija. Dicen que la cámara del fondo no la abren nunca y que el encargado, un tal Sebas, no deja que se acerque nadie.

Una vez le llevé yo una carretilla prestada y me dijo que la dejara en la puerta, que ya la cogía él.

Con muy buenas maneras. Pero la dejé en la puerta.

—Buena gente, entonces.

—Eso no lo he dicho. —El viejo se limpió los dedos con una servilleta y la miró, por fin, con unos ojos pequeños y claros, como de pájaro—. Mira, si vas a recoger papeles, ve de día y con alguien. Esa calle, de noche, no es para una chica.

—Gracias, abuelo.

—No hay de qué. Yo me llamo Gerardo, por si acaso.

—Yo no —dijo Elena, y sonrió, y el viejo también.

Pagó los cafés. Cuando salió a la calle, el punto azul seguía donde estaba, sobre el tejado.

* * *

A las diez y diez el bar cerró. La chica le devolvió el prepago con el cargador, le dijo «Ánimo con tu cliente» y bajó la persiana de golpe, y Elena se quedó en medio de la calle del Torno con el viento de octubre colándose por la cremallera.

El camión no se había movido. El punto azul seguía encima del tejado, tan quieto que parecía pintado en la pantalla.

Rodeó la nave por el solar del perro. El animal la miró sin ladrar, con la cadena floja, y ella le tiró lo que le quedaba del bocadillo.

Por detrás, el patio de maniobras estaba iluminado por una sola farola.

El Mercedes no estaba entre los camiones.

La rampa de carga, con su persiana de acero, tenía una puerta de servicio abierta una cuarta. Salía luz. Salían voces.