Capítulo ocho
En algún lugar visible
Flower Gate, como Ruby lo había bautizado antes de que terminara el almuerzo, había cumplido exactamente su propósito.
Para el martes, nadie en Wisteria Point cuestionaba si Hazel Clark y James Harris eran pareja.
El único debate era cuánto tiempo llevaban juntos y por qué nadie se había dado cuenta antes, y la señora Ellison había zanjado el asunto el miércoles con una fecha de principios de febrero que fallaba por aproximadamente un mes y que nadie iba a rebatir.
Lo cual hacía inevitable el siguiente paso.
—Si vamos a comprometernos con esto —había dicho yo—, más vale que lo hagamos bien.
The Pier estaba al final del muelle principal, expuesto por tres lados al agua. Si querías que te vieran, no había mejor lugar.
También era donde Bree había trabajado, a la hora del almuerzo y en la mayoría de las cenas, desde noviembre, y yo lo sabía cuando él lo sugirió, y acepté de todos modos. Preferí no indagar demasiado en el porqué.
✽✽✽
Me deslicé en la silla frente a él y eché un vistazo rápido alrededor, comprobando ángulos.
Me había arreglado un poco. Nada formal, solo el esfuerzo suficiente para que no pareciera esfuerzo.
—¿Has estado aquí antes?
—El cumpleaños de Ruby el año pasado. ¿Tú?
—Dos veces. El cumpleaños de Mason y una cosa del trabajo.
—¿Disfrutaste la cosa del trabajo?
—Muchísimo. Pete habló sobre la temporada de fútbol de su hijo menor durante cuarenta minutos. Ahora sé más sobre divisiones sub-ocho de lo que nunca quise saber.
Pedimos, llegó el vino, el camarero se fue, y no era Dana, era un chico con un tatuaje en el cuello que parecía tener unos doce años.
Por un momento no hubo nada que hacer salvo sentarnos uno frente al otro, y no era lo mismo que todas las demás noches.
Cedí yo primero.
—Hemos cenado juntos todas las noches durante dos semanas.
—En tu sofá.
—Y esto es diferente.
—Iluminación como es debido. Mesa como es debido.
Me miró entonces, directamente.
—Nunca nos habíamos mirado de verdad.
Alcé una ceja.
—¿Es eso lo que estamos haciendo ahora?
—Estamos en un restaurante, Hazel. Es esto o la pared.
Cogió su copa.
—Estamos en una mesa con velas en el restaurante más visible del pueblo —dijo.
—Y parecemos extraños incómodos.
Me incliné hacia delante, los codos sobre la mesa, el cambio pequeño pero deliberado.
—Cuéntame algo que no me hayas contado.
Hizo una pausa.
—Hemos hablado todas las noches durante dos semanas.
—Sobre televisión. Sobre el café. Sobre logística de comida para llevar. Cuéntame algo real.
Me sostuvo la mirada. No era, por naturaleza, alguien que se abriera fácilmente, pero lo hizo.
—Estuve a punto de no hacerme paramédico —dijo.
No lo interrumpí.
—Tenía una plaza en la universidad. Comercio. Aplazé la matrícula, me tomé un año, y mi abuelo tuvo un derrame cerebral ese año. Yo estaba en casa cuando sucedió. Llamé a la ambulancia y me quedé con él hasta que llegaron.
Hizo una pausa.
—Recuerdo verlos trabajar y pensar que eso era lo único que importaba en aquella habitación. Así que no volví.
Me quedé en silencio un segundo, escuchando.
—¿Cómo está ahora?
—Ochenta y uno. Todavía me dice que surfeo mal cada vez que lo veo.
—¿Surfeas mal?
—Puedo mantenerme de pie en una tabla unos siete segundos.
Sonreí.
—Eso ya es algo.
—Es una base sólida.
Me reí, en voz alta, y la pareja de la mesa de al lado miró, y dejé que miraran.
Él miró hacia el puerto un segundo antes de volver la vista.
—Tu turno.
—Justo.
Me recosté.
—Estuve a punto de no abrir el café.
—¿Qué te detuvo?
—Durante un tiempo, nada. O todo. Me mudé aquí por Logan, ese primer año. Me dije que primero me establecería. Trabajaría en otro sitio. Conocería el pueblo.
Eché un vistazo al agua.
—Hubo un año entero en el que pasaba por delante de ese local en el paseo marítimo y pensaba: ahí es, ahí es donde debería estar. Y seguía sin hacer nada al respecto.
—¿Por qué?
—Porque si no lo intentaba, no podía fracasar.
Asintió una vez.
—Pero lo intentaste.
—Lo hice. Y funcionó, lo cual fue tremendamente inconveniente, porque significaba que todas las razones que me había dado para no hacerlo no servían de nada.
—Eso es muy eficiente de tu parte.
—Soy una persona muy eficiente —dije—. Cuando no estoy llamando ambulancias para mí misma.
—Eso fue eficiente. Problema identificado y escalado rápidamente.
La vela osciló entre nosotros, reflejando el agua del exterior.
—James Harris.
—Hazel Clark.
—Esto está funcionando.
Él sostuvo mi mirada.
—Sí. Así es.
Marcus vino a la mesa con los platos principales.
Venía a todas las mesas. Así era Marcus.
Llevaba los platos él mismo los sábados porque le gustaba, y Denise, su esposa, se encargaba de la caja y los libros y de fulminar con la mirada desde el extremo de la barra, y se quedaba de pie a tu lado mientras dabas el primer bocado, y no se iba hasta que dijeras algo agradable.
Se le veía mejor que hacía quince días. Al menos había recuperado la voz, y la usaba entera.
—El barramundi. Recién sacado del barco esta mañana. Del barco de Col Ryan, así que no le digáis que he dicho que estaba bueno o subirá el precio.
Dejó los platos y dio un paso atrás con las manos cruzadas sobre el estómago.
—Hazel. James. Qué bien veros por aquí. Qué bien ver a alguien, francamente. Han sido quince días tranquilos.
—Así es —dijo James.
—Algo terrible.
Marcus negó con la cabeza. Miró hacia la ventana, hacia el agua oscura.
—Era buena chica, esa. Buena trabajadora. La acompañé yo mismo esa noche, ¿sabéis? Al final de las copas, a las diez, la acompañé hasta el final del muelle y la vi subir por el paseo marítimo, y esa fue la última vez que la vi. Se lo conté todo a Anne.
Se frotó las manos.
—En fin. Comed. Decidme que está bueno.
—Está bueno —dije, antes de haberlo probado.
—Buena chica.
Fue a la mesa siguiente.
James cortó el pescado. No me miró y yo no lo miré a él, y comimos un minuto en silencio, y no era un silencio cómodo.
Vi a Kai en la barra cuando volvía del baño.
Era el instructor auxiliar de Logan, veinticuatro años, un contrato de verano que venía del norte, con un pelo que jamás había conocido un peine y le quedaba mejor así, y venía al café casi todas las tardes a por un batido.
Esa noche estaba sentado al final de la barra con una cerveza delante sin tocar, mirando hacia la ventana, hacia la oscuridad, y cuando me pilló mirándolo se levantó, dejó un billete en la barra y salió por la puerta lateral sin terminar la cerveza ni saludar.
Después de los platos principales salí yo misma por esa misma puerta, en parte por tomar el aire y en parte para ver adónde había ido. Se había ido. Dana no.
Estaba sentada en un cajón volcado junto a los cubos de basura, sin el delantal y con una copa de vino blanco en la mano que, sospechaba, no había pagado.
Era menuda y tenía veintitrés años, y parecía no haber dormido bien desde aquel viernes de hacía dos semanas.
Nunca había hablado con ella más que para pedirle un café.
Era la compañera de piso, y la que había iniciado la búsqueda aquella mañana.
—Hazel.
Levantó la copa hacia mí.
—Dana. Lo siento. Por lo de Bree.
—Todo el mundo lo siente.
Bebió.
—Todo el mundo lo siente mucho. Marcus lo siente. Marcus lo siente tanto que soltó un discurso al personal el lunes. Marcus, que…
Se detuvo. Miró hacia la puerta por la que yo había salido.
—¿Está ahí dentro?
—Está haciendo las mesas.
—Cómo no.
Bebió de nuevo, y comprendí que no era su primera copa.
—¿Te ha soltado lo de que la acompañó? ¿A ti? Se lo ha estado soltando a todo el mundo. «La acompañé hasta el final del muelle y la vi irse» —imitó.
—Sí.
—No la acompañó a ninguna parte.
Dana dejó la copa en el cajón junto a ella con mucho cuidado.
—Estaba en el despacho. Tuvieron una pelea, ella y Marcus, durante las copas, delante de todo el mundo, por el sueldo.
Por las cotizaciones. Les ha estado escatimando las cotizaciones a los chicos de temporada todo el verano y ella se había dado cuenta y lo dijo, en la mesa, y él se puso rojo y gritó y se fue al despacho y cerró la puerta, y no salió.
Lo sé porque yo estuve en la mesa hasta que nos fuimos todos, y la puerta estuvo cerrada todo el rato.
Me quedé allí de pie con los brazos cruzados por el frío que venía del puerto.
—Se fue sobre las diez y cuarto. Dijo que iba a encontrarse con alguien. Le pregunté con quién, y me dijo que no era asunto mío, y subió por el muelle sola.
Dana volvió a coger la copa.
—Que no era asunto mío. Eso es lo que tengo. Esa es toda mi despedida.
—¿Se lo has contado a Anne?
Me miró por encima de la copa.
—No le he contado a Anne lo de la pelea con Marcus, porque es mi jefe hasta el domingo y necesito la referencia y necesito la última paga, y si me vuelve a pagar de menos no voy a poder volver a casa. Así que no. Por favor. No le digas a Anne que he dicho nada de eso.
—De acuerdo.
La puerta lateral se abrió. El chico del tatuaje en el cuello dijo:
—Dana, mesa nueve.
Y ella se levantó, dejó la copa en el cajón y se volvió a atar el delantal.
—No lo hagas —repitió.
—No lo haré.
Entró, y yo me quedé en el callejón un rato más antes de volver a la mesa. James me miró, y dije:
—Luego.
Y él asintió.
✽✽✽
Caminamos por la orilla después, por el sendero que discurre junto al agua del paseo marítimo, el viejo paseo de piedra con la barandilla desgastada y las luces del puerto reflejadas en la marea.
Caminamos despacio. Nadie nos observaba abiertamente, pero tres personas se habían cruzado con nosotros en el muelle y habían mirado dos veces, y ya tenía un mensaje de Sophie que era una fila de corazones, lo que significaba que alguien había ido con el cuento.
Me cogió la mano sin preguntar, y miré hacia abajo, hacia su mano alrededor de la mía, y pensé: qué raro que esto resulte tan natural, y se la dejé.
Mientras caminábamos le conté lo que sabía. Escuchó sin interrumpir y cuando terminé se quedó callado durante unos veinte metros.
—Nos dijo que la acompañó —dijo.
—Sí.
—Y ella dice que estaba en su despacho con la puerta cerrada.
—Sí.
—Así que o Marcus te está mintiendo o lo hace Dana.
—Creo que es Marcus —dije—. Dana fue quien me pidió que no se lo contara a Anne. Los mentirosos no suelen pedirte que se lo ocultes a la policía, sino que se lo cuentes.
Miré el agua.
—Marcus se plantó junto a nuestra mesa con un plato en la mano y nos mintió a la cara.
Seguimos caminando, y entonces apareció ante nosotros el cartel iluminado de la escuela de surf, el letrero pintado en lo alto de las escaleras junto a las que había pasado mil veces.
Lo vi antes que él y mantuve la vista al frente.
Él lo vio un segundo después y me apretó la mano, no mucho, pero lo suficiente para que yo lo notara.
Se la apreté en respuesta. Una vez. Seguimos caminando.
Mi teléfono vibró con una foto de Ruby. Alguien nos había fotografiado en el paseo marítimo, a juzgar por el ángulo desde la terraza del restaurante: los dos caminando juntos bajo la luz del puerto, su mano en la mía.
«Los dos quedáis irritantemente bien juntos», había escrito Ruby. Se la mostré, y él la leyó, y me devolvió el teléfono, y su mano volvió a rodear la mía como si nunca hubiera estado en otro lugar.
Caminamos hasta donde terminaba el sendero y nos quedamos junto a la barandilla, donde el paseo marítimo se curva sobre las rocas. El agua se movía negra bajo nosotros. El faro en el promontorio emitía su lento parpadeo, y más allá, en la oscuridad, estaba el mirador, y ninguno de los dos lo miró.
—¿A la misma hora la semana que viene? —dije.
—¿El restaurante?
—Y el paseo del sábado.
Retiré la mano, como si el paseo simplemente hubiera terminado. Él la soltó sin decir nada.
—Gracias por la cena.
—Pagaste la tuya.
—Lo sé. Te agradezco la compañía. Fue buena compañía.
Se quedó callado un segundo.
—Sí. Lo fue.