Capítulo seis
La peor idea que hemos tenido en la vida
Sophie Williams nos había enviado un mensaje a ambos.
Lo sabía porque Sophie le enviaba mensajes a todo el mundo.
Gestionaba toda la vida social de Wisteria Point con una eficiencia alegre que la habría convertido en una excelente coordinadora logística de un ejército mediano, y llevaba tiempo sospechando que, de haberse dedicado a eso, varias guerras habrían sido más cortas.
¡¡¡Fiesta de fin de verano en el promontorio!!! En nuestra casa, el sábado de aquí a tres semanas, no traigáis nada, lo tenemos todo, no se aceptan excusas. Todos lo necesitamos. xxx
A continuación venía una ristra de emojis: conté cuatro puestas de sol, dos copas de vino y uno que podría ser un cangrejo.
Lo leí dos veces y dejé el móvil boca abajo en la encimera. Preparé una taza de té más por inercia que por ganas, y me la llevé a la ventana para mirar la calle.
Las fiestas de Sophie eran toda una institución.
Ella y Henry llevaban organizando la de fin de verano en el promontorio desde que yo vivía aquí, cinco años ya, y seguramente mucho más.
Iba todo el mundo. El pueblo entero, los veraneantes que se habían quedado lo bastante como para formar parte, los recién llegados buscando su lugar, las familias que nunca se habían marchado.
Cerraba la temporada, y sin excepción era la mejor noche del año.
Este año había una carpa de la policía en el promontorio. «Todos lo necesitamos», había escrito Sophie, y probablemente tenía razón, pero no existía ningún escenario en el que Logan y Scarlett no estuvieran allí, juntos.
La imagen acudió con demasiada facilidad.
El brazo de él sobre los hombros de ella, como si perteneciera allí.
Ella riendo, inclinándose hacia él, los dos en esa fase inicial y fácil de algo donde todo es luminoso e irreal.
Las lucecitas a lo largo del seto, el puerto abajo atrapando los últimos rayos de luz, todo iluminado para parecer mejor de lo que probablemente era.
Di un sorbo lento a mi té.
Podía ir. Plantarme allí. Actuar con normalidad. Claro que podía.
No podía ni de broma.
✽✽✽
James apareció esa tarde con una bolsa de papel y le conté lo de la invitación antes de que la dejara.
Escuchó sin interrumpir, dejando la bolsa sobre la mesa mientras yo hablaba, pendiente de mí y no de la comida.
—Recibí el mismo mensaje —dijo.
—Me lo imaginaba.
—Iba a escribirle a Sophie con alguna excusa para no ir.
—¿Qué excusa?
Se sentó y se lo pensó.
—Todavía no había terminado de inventármela. El trabajo, probablemente. Sabría que no era verdad, pero lo aceptaría como la mentira piadosa que era.
—No podemos simplemente no ir. Parecerá...
—Que nos estamos escondiendo.
—Exacto.
Abrió uno de los recipientes y me pasó una caja de fideos. Empezamos a comer, la conversación derivó hacia temas intrascendentes, y fue él quien volvió a hablar.
—Hay otra cosa.
Levanté la vista.
—Todo el mundo está hablando de mí.
Se lo dijo a los fideos.
—Hasta Pete está hablando de mí.
—Pete me dijo que no estabas durmiendo.
—Pete debería limitarse a hacer su crucigrama.
Dejó el tenedor.
—He vivido aquí toda mi vida. A la mitad de la gente de este pueblo la he subido a una ambulancia en algún momento, o a sus padres, o a sus hijos. Y ayer pasé por delante de la tienda de fish and chips y Col Ryan se calló. Col Ryan. Ese hombre no ha parado de hablar desde 1987.
Me comí un fideo.
—Y tú...
Me miró entonces.
—Eres la chica a la que Logan dejó la semana en que murió la chica del verano. Eso es lo que dice la gente. Lo he oído. No de nadie que lo diga con mala intención. Pero la coincidencia es la coincidencia.
—Lo sé.
—Así que los dos estaríamos en la fiesta con la gente cotilleando sobre nosotros.
Cogió el tenedor y volvió a dejarlo.
—Quizá podríamos ir juntos.
—¿Como una cita?
Su cara hizo algo que no supe interpretar.
—No exactamente. O sí, técnicamente. Pero no de esa manera. Una cita falsa. Nos damos cobertura mutuamente. Aparecemos juntos, hacemos que parezca algo consolidado, y pasamos la velada aparentando estar perfectamente mientras nuestros respectivos ex están allí restregándonos su relación.
Hizo una pausa.
—Y mientras tanto, el pueblo tendrá otra cosa de la que hablar sobre nosotros que no sea lo de siempre.
Me recosté y le di vueltas. No era mala idea. Podía imaginarlo perfectamente: Logan viéndome entrar con alguien que estaría a mi lado y haría que pareciera que no me habían abandonado.
Entonces, para mi desgracia, pensé en Scarlett.
—Quieres poner celosa a Scarlett.
—Quiero asistir a una fiesta sin querer irme a los diez minutos. Si Scarlett resulta estar celosa, es un efecto secundario con el que podría vivir.
—Esa es una forma muy respetable de decir que sí.
—Gracias.
Cogió el tenedor como si el asunto estuviera zanjado por su parte.
—¿Qué te parece?
No respondí de inmediato. Merecía pensarlo un poco. Por otra parte, en los últimos diez días había llamado a una ambulancia para mí misma y me había comido una tarrina entera de helado que ni siquiera me gustaba, así que quizá no era quién para dar lecciones sobre tomar buenas decisiones.
—Deberías saber algo —dije—. Antes de que acordemos nada. Para ser totalmente sincera.
—Vale.
—Ruby no sabe que fuiste tú.
Me miró por encima de los fideos.
—La ambulancia. Sabe que llamé a una, porque se lo dije el sábado cuando me preguntó por qué parecía que me habían desenterrado. Cree que fueron dos desconocidos de la estación de la ciudad. No la he corregido.
Dejé mis fideos.
—Así que si hacemos esto, en algún momento alguien se dará cuenta de que el hombre con el que finjo salir es el mismo que una vez se sentó en el escalón de mi puerta y me dijo que solo estaba triste.
Esbozó una sonrisa fugaz y la borró enseguida.
—Eso es muy valiente.
—Es muy estúpido. No confundas las dos cosas.
—Anotado. —Casi sonrió—. Para que conste, nunca le he contado a nadie lo del pijama.
—No hay nada que contar sobre el pijama.
—Hay bastante que contar sobre el pijama.
—El pueblo se entera de todo —dije, retomando el tema con firmeza—. Si vamos a hacer esto, tiene que parecer real antes de llegar allí. No puede ser solo la fiesta. Si surge de la nada, la gente dará por hecho que es exactamente lo que es.
Asintió lentamente.
—Tendríamos que dejarnos ver. Antes.
—Juntos. En público.
Pensé en la distribución de Wisteria Point. El puerto, la calle principal, el paseo marítimo, las rutas de senderismo. No había ningún sitio en el pueblo al que pudieras ir sin que te vieran, lo cual normalmente era lo que menos me gustaba del lugar.
—Cena en el puerto —dijo—. En algún sitio visible.
—Y el paseo marítimo. El paseo del sábado por la mañana.
—Yo hago esa ruta corriendo.
—Entonces corremos juntos. ¿Puedes correr lo bastante despacio como para ir al lado de alguien, o eso va contra algún principio tuyo?
Me lanzó una mirada casi ofendida.
—Puedo correr al lado de alguien.
—Tu cara dice lo contrario.
—Mi cara es muy neutral.
—Tu cara dice que vas a ser insoportable con el ritmo.
Nos dimos la mano. Había esperado que resultara ridículo, el acto físico de sellar algo así con un apretón de manos, como si estuviéramos cerrando un trato en lugar de lo que fuera esto. Debería haber sido incómodo, y no lo fue.
—Reglas básicas —dije, sin retirar la mano de inmediato.
—Sí.
—Somos adultos. Si se vuelve incómodo, lo decimos.
—De acuerdo.
—Y cuando termine... —Dudé, porque no había pensado esa parte—. Cuando termine, nos avisamos primero. Nada de desaparecer sin más.
Me miró entonces, directamente a los ojos.
—De acuerdo.
—Una más.
—Adelante.
Miré su mano, que seguía rodeando la mía. Ninguno de los dos se había movido. Decidí que eso era un asunto para más tarde.
—Lo que cualquiera de los dos descubra sobre ese viernes por la noche —dije—. Lo que sea. De quien sea. El otro se entera primero.
No respondió de inmediato.
—Vas a seguir preguntando sobre eso.
—Sí.
—Anne Whitlock está haciendo las preguntas que importan.
—Anne solo puede preguntar a quienes hablarán con una agente de policía. En este pueblo, eso es más o menos un tercio. El resto viene a tomarse un café y me lo cuenta.
Solté su mano.
—Me dijiste que ella estaba en esa barandilla, posiblemente con alguien. No puedo quitármelo de la cabeza. Voy a preguntarme quién cada vez que se abra la puerta.
Lo pensó.
—Primero —dijo.
—Primero.
—De acuerdo.
—Para que lo sepas —dijo—, esta es la peor idea que hemos tenido en la vida.
—Una vez me teñí el pelo con un producto que le compré a un tipo en un mercadillo.
—La segunda peor, entonces.