Capítulo 54
Vega
Muerdo el donut de chocolate con una desgana que desaparece en cuanto el azúcar golpea mi sistema.
Clara me conoce demasiado bien; sabe que mi paciencia es un hilo fino que se corta sin cafeína y glucosa.
Rowan está frente a la isla de la cocina, esparciendo sobre el mármol el contenido de la caja que dejó nuestra "hada madrina" de las sombras.
—Nuevos nombres —dice Rowan, deslizando un pasaporte hacia mí—. Eres Bianca Rossi. Ciudadana italiana, experta en arte.
—¿Experta en arte? —Suelto una risotada seca, limpiándome el chocolate de la comisura de los labios—. Lo más cerca que he estado del arte últimamente ha sido ver cómo saltaban los sesos de Viktor contra la pared.
—Brown tiene un sentido del humor retorcido —admite Rowan. Él abre el suyo—. Yo soy Marcus Cavalli. Inversor privado. Básicamente, el tipo de hombre que compra tus cuadros caros y n o pregunta de dónde vienen.
Me acerco a él, rodeando la mesa. Un contraste ridículo con los pasaportes falsos y las pistolas que Rowan ya ha empezado a limpiar de nuevo. Me detengo frente a él y le pongo una mano sobre la suya, deteniendo el movimiento rítmico del paño sobre el cañón de la SIG Sauer.
—¿Quién es "El Arquitecto", Rowan? —le pregunto, bajando el tono—. Clara no suele sonar tan... seria.
Rowan suspira y deja el arma sobre la mesa con un golpe seco. Me mira a los ojos, y veo una sombra que no estaba allí ni siquiera durante el asalto al barco; es un rastro de odio antiguo, contenido durante años.
—Es alguien de mi pasado —dice, con la voz cargada de una amargura que me estremece—.
Hice un trato con él hace mucho tiempo, cuando todavía era lo suficientemente estúpido como para confiar en su visión.
Me vendió, Vega. Me entregó al enemigo como si yo fuera una pieza de ajedrez desechable.
Ese hombre es un mito en el submundo porque no pelea como los demás; no necesita ensuciarse las manos.
Si quiere matarte, hace que el suelo que pisas se convierta en una mina o que el aire que respiras te envenene.
Gana antes de que siquiera sepas que la partida ha empezado.
Siento el peso de sus palabras. Veo la cicatriz invisible de esa vieja traición en la forma en que su mandíbula se tensa. No es solo miedo a sus métodos; es el rencor de alguien que fue engañado por un maestro del engaño.
Aprieto su mano con fuerza, tratando de anclarlo a este presente, a este "nosotros".
—Pues va a tener un problema de diseño con nosotros —sentencio, firme, mirándolo a los ojos—. Porque somos el puto caos. Y el caos no sigue los planos de nadie.
El teléfono de la cocina empieza a sonar. No es un móvil, es el interfono del edificio. Rowan y yo nos tensamos al unísono. Él agarra el arma en un movimiento instintivo; yo busco mi cuchillo en la bolsa táctica del suelo.
—¿Sí? —responde Rowan, con la voz como el hielo.
—¡Hola! ¿Es aquí donde vive la pareja del año o me he equivocado de loft de lujo? —La voz de Clara resuena por el altavoz, pero esta vez no suena divertida. Está jadeando—. Escuchadme, no abráis la puerta. Salid por la escalera de servicio. Ahora.
—¿Clara? ¿Qué pasa? —pregunto, acercándome al micro.
—El Arquitecto no ha aterrizado, Vega. Estaba aquí antes que yo. He encontrado a su equipo de avanzadilla en el parking y... digamos que he tenido que usar mi coche de escudo. ¡Moved el culo! ¡Están en el edificio!
Un estruendo sacude los ventanales. Los cristales del loft, diseñados para resistir huracanes, empiezan a agrietarse en patrones geométricos perfectos.
—¡Abajo! —ruge Rowan, placándome contra el suelo justo cuando los ventanales estallan hacia dentro.
Todo el cristal del loft se desintegra en una lluvia de diamantes afilados que cubren cada centímetro de la estancia. El Arquitecto acaba de llamar a la puerta.
—Vámonos —dice Rowan, levantándose entre el polvo y agarrándome de la mano con una fuerza desesperada—. Brown, estamos en movimiento.
—¡Más os vale! —grita ella, entre el sonido de disparos—. ¡Porque acabo de ver a tres de sus hombres subiendo por el ascensor y no traen precisamente el desayuno!
Salimos del loft dejando atrás el aroma a café y donuts. La tregua no ha durado ni el desayuno. Corremos por el pasillo de servicio mientras escuchamos las explosiones controladas de las puertas de los vecinos.
—Vega —dice Rowan mientras bajamos las escaleras de tres en tres—, si nos separamos, nos vemos en el punto Omega. El de las tiritas y el aguacate.
—No nos vamos a separar —le respondo, amartillando mi arma—. He sobrevivido a un sótano y a una amnesia. Un diseñador de interiores con delirios de grandeza no va a ser quien nos detenga.
Al llegar al garaje, el coche de Clara, un deportivo abollado y manchado de sangre, derrapa frente a nosotros. Ella baja la ventanilla, se ajusta las gafas de sol y nos sonríe con una ferocidad maníaca.
—¡Subid, idiotas! —grita—. ¡Tenemos una cita con el destino y yo no pienso ir mal vestida a mi propio funeral!
Saltamos dentro mientras el primer equipo de El Arquitecto abre fuego desde la rampa. La guerra ha evolucionado. Ya no es una pelea por un cargamento. Es una pelea por nuestra existencia.
El coche de Clara devora los kilómetros de la autopista mientras las luces de la ciudad se convierten en hilos de neón borrosos por la velocidad. Rowan está a mi lado, recargando cargadores con una calma rítmica, pero su pierna roza la mía, un recordatorio constante de que está aquí.
Miro mis manos. Ya no tiemblan. El miedo a la oscuridad ha desaparecido, porque he comprendido que la oscuridad no es un lugar donde me escondo, sino el arma que ahora empuño.
—No voy a huir, Rowan —digo de repente, rompiendo el silencio del habitáculo.
Él se detiene y me mira. Clara baja un poco el volumen de la radio, manteniendo los ojos en la carretera, pero agudizando el oído.
—¿Qué?
—No quiero cambiar mi identidad ni volver a limpiar escenas de otros —continuo, y mi voz suena más firme que nunca—.
No quiero ser la policía que espera una orden o la víctima que espera un rescate.
Mi vida anterior... la mujer que era... se quedó en aquel sótano.
Pero la mujer que salió de allí tiene un hambre que el café y los aguacates no pueden saciar. No quiero esa vida.
Rowan deja el arma sobre su regazo y toma mi mano. Sus dedos entrelazados con los míos se sienten como un juramento.
—Ya… —murmura —. Yo tampoco quiero ser otra persona. Pero juntos, Vega... juntos no somos solo dos fugitivos.
—Exacto —intervengo, mirando fijamente el horizonte—. Si el mundo está lleno de tipos como Viktor y "El Arquitecto", tipos que trafican con niños y rompen a mujeres como si fueran juguetes... entonces el mundo necesita que nosotros seamos sus peores pesadillas. No quiero huir. Quiero cazarlos.
Rowan sonríe de esa forma lenta y peligrosa que me hace arder la sangre. Me atrae hacia él y me besa la sien, un gesto cargado de una devoción que trasciende cualquier palabra.
—Te amo, Vega —confiesa por fin, sin muros, sin secretos—.
Te quiero tanto que me aterra, pero más me aterra un mundo donde tú no estés al mando.
Si quieres una guerra, te daré un ejército.
Si quieres justicia, seré tu verdugo. Mi vida es tuya y yo soy tuyo desde el día que te saqué de aquel agujero hasta el último suspiro que me quede.
Siento un nudo en la garganta, pero no es de tristeza. Es de poder.
—Y yo a ti, Rowan —le respondo, mirándolo a los ojos—. Te quiero porque me viste rota y no intentaste arreglarme, sino que me diste las herramientas para reconstruirme a mi manera. Eres mi hogar, pero también eres mi cómplice en todos los aspectos de mi vida.
Toma mi mano y, con una delicadeza que contrasta con la fuerza de sus palabras anteriores, deposita un anillo dorado sobre mi palma.
Veo las muescas —esas tres barras paralelas cruzadas por una línea transversal— parecen arder bajo la luz de las farolas que se filtran por la ventanilla, devolviéndome el reflejo de un pasado que creía haber enterrado.
Siento un escalofrío al rozar el metal frío.
—¿De dónde has sacado esto? —le pregunto en un susurro.
Mis dedos tiemblan al acariciar el relieve del metal. Mi mente viaja de golpe a aquella primera escena del crimen, al olor a sangre y al secreto que guardé durante tanto tiempo.
Rowan cierra mis dedos sobre la joya, envolviendo mi mano con la suya, atrapándola en un gesto posesivo pero tierno.
—Ya sabes de dónde lo he sacado —responde, con esa voz profunda que retumba en mi pecho—.
Siempre fue tuyo, Vega. Desde el momento en que lo encontraste en aquel suelo, ese anillo marcó un camino que nos trajo hasta aquí.
No es solo un trozo de oro; es la prueba de que, incluso en la oscuridad más absoluta, fuiste capaz de encontrar algo que te pertenecía.
Se inclina hacia delante en el asiento de cuero hasta que nuestras frentes se rozan, compartiendo el mismo aire en el reducido espacio del coche.
—Úsalo como quieras. Como un recordatorio, como un arma o como una promesa —sentencia, mirándome a través de las sombras—. Pero recuerda que, así como este anillo volvió a tus manos, yo siempre volveré a ti. No importa cuántas guerras tengamos que librar.
—¡Oh, por favor! —exclama Clara desde el asiento delantero, aunque veo por el retrovisor que se está limpiando una lágrima furtiva—.
¡Basta ya de cursilerías! Aunque... tengo que admitir que el plan suena jodidamente bien.
"La Organización de los Fantasmas". Me gusta.
Yo puedo ser la jefa de logística, información y, por supuesto, la que elija los uniformes.
Nada de poliéster, solo cuero de primera.
Clara pisa el acelerador y nos mira de reojo con una sonrisa feroz.
—Tengo una lista de nombres, chicos. Tipos que se creen intocables. Tipos que hacen lo que Viktor hacía, pero a gran escala. Si de verdad queréis ensuciaros las manos, tengo trabajo para los próximos cincuenta años.
Rowan me mira, esperando mi respuesta. Yo miro por la ventana. Ya no soy la chica perdida. Soy Vega Hartman, soy La Reina, soy la mujer que va a prender fuego al mundo de los que se creen dueños de vidas ajenas.
—Empieza a leer esos nombres, Clara —digo, amartillando el arma—. Rowan y yo tenemos una agenda que limpiar.
Rowan me rodea con su brazo, pegándome a su costado. En el asiento trasero de ese coche, entre el olor a pólvora y la confesión de un amor nacido en el infierno, nace algo nuevo. Una redención bañada en sangre, una alianza inquebrantable.
Ya no somos víctimas. Ya no somos peones.
Somos el final del camino para los que no tienen alma. Y mientras estemos juntos, la oscuridad nunca volverá a darnos miedo. Porque ahora, la oscuridad somos nosotros.