Cadáver (Imperio de sombras 1) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

HASTA QUE LA MUERTE NOS ALCANCE

Seis meses después...

Vega

El vestido de seda blanca es una obra de arte, pero lo que más me gusta es el peso reconfortante de la liga elástica en mi muslo derecho, donde descansa una SIG Sauer compacta.

Me miro al espejo de la villa en Amalfi.

El encaje oculta las cicatrices de mis muñecas, y el velo, fino como el humo, parece el único rastro de inocencia que me queda.

—Si vuelves a retocarle el maquillaje, llegaremos tarde a nuestra propia masacre —la voz de Bronw resuena desde la puerta.

Me giro, va espectacular con un vestido de dama de honor color champán que, por supuesto, tiene bolsillos ocultos para granadas de humo. Está terminando de cargar un subfusil pequeño mientras sostiene una copa de champán con la otra mano.

—No es una masacre. Es mi boda —le corrijo con una sonrisa gélida—. Y el objetivo está en la lista de invitados.

—Eso es optimizar el tiempo, nena —suelta una risita y me guiña un ojo—.

El "Arquitecto" cree que nos ha acorralado en nuestra propia ceremonia.

No sabe que hemos pagado el catering, las flores y a doce francotiradores apostados en el campanario.

Por cierto, Rowan está a punto de tener un ataque de nervios, y no es por el "sí, quiero".

Es porque ha visto a un hombre de Vesper cerca de la tarta y no le dejo disparar hasta que suene la marcha nupcial.

Salgo de la habitación y camino por el pasillo de piedra hacia el altar exterior, frente al mar. Allí está él.

Rowan viste un esmoquin negro que le queda de una forma que debería de ser ilegal.

Los gemelos de plata brillan al sol, pero su mirada gris no está en el paisaje, sino escaneando el perímetro.

Al verme aparecer, su expresión se suaviza de una forma que solo yo puedo provocar, pero su mano derecha permanece peligrosamente cerca de la empuñadura oculta en su chaqueta.

A ambos lados del pasillo, mezclados entre las flores y las estatuas de mármol, están sus hombres.

Una docena de mercenarios de élite vestidos de gala, con pinganillos parpadeando bajo el sol y las manos estratégicamente situadas bajo las solapas de sus chaquetas. No son invitados; son un muro de acero.

Me acerco a él. El aroma a jazmín se mezcla con el olor a aceite de armas que emana de su ropa.

Al fondo, cerca de las columnas, diviso al equipo de Brown: operativos silenciosos que fingen ser parte del servicio de la villa, pero cuyos ojos fríos no pierden detalle de cada movimiento entre las sillas.

—Estás... aterradoramente hermosa —murmura cuando llego a su lado, tomándome de las manos. Sus dedos rozan mi anillo, una banda de platino y diamantes que oculta un cable de fibra de carbono.

—Y tú pareces un hombre que tiene muchas ganas de empezar el baile —le respondo en un susurro.

El cura comienza a hablar, pero ninguno de los dos escucha las palabras tradicionales. A través del pinganillo invisible, la voz de Clara nos narra el despliegue enemigo con su habitual sarcasmo.

— Tres objetivos en los arbustos a la izquierda. Dos más fingiendo ser camareros. Chicos, el Arquitecto está en la tercera fila, con un traje gris espantoso. ¿Podemos matarlo ya? El champán se está calentando.

—Espera a los votos, Brown —susurra Rowan, apenas moviendo los labios mientras me mira con una devoción feroz.

El sacerdote llega al momento crucial.

—Rowan Myers, ¿aceptas a esta mujer como tu esposa, para amarla y protegerla en la salud y en la enfermedad...?

—La acepto —dice Rowan, y su voz suena como una sentencia—. Y juro que nadie volverá a ponerle un dedo encima mientras yo respire.

—Vega Hartman, ¿aceptas a este hombre...?

—Lo acepto —lo corto, clavando mis ojos en los suyos—. Y juro que seré la oscuridad que lo proteja y el arma que luche a su lado hasta el final.

—Entonces, por el poder que me han concedido... puede besar a la novia.

Rowan me atrae hacia él. Es un beso profundo, cargado de seis meses de promesas y de una vida entera de violencia. Pero mientras nos besamos, nuestras manos se mueven con una coordinación perfecta.

— ¡Ahora! —grita Brown.

El primer disparo resuena desde el campanario, derribando al hombre del traje gris antes de que pueda sacar su arma. Rowan me suelta lo justo para desenfundar, cubriéndome con su cuerpo mientras yo saco la SIG Sauer de mi liga.

Los invitados —los pocos que son reales— gritan y se tiran al suelo. Los que no lo son, caen bajo nuestro fuego cruzado.

—¡Que vivan los novios hijos de puta! —grita Brown, apareciendo por detrás del altar y abriendo fuego con su subfusil mientras sujeta su falda para no tropezar—. ¡El ramo me lo quedo yo, que para eso he matado a los del catering!

Entre el humo de la pólvora y el sonido de los disparos, Rowan me mira y me ofrece su brazo, como si estuviéramos a punto de entrar al banquete.

—¿Lista para la luna de miel, señora Myers? —pregunta, limpiando una mancha de sangre de mi mejilla con el pulgar.

—Nunca he estado más lista —respondo, ajustándome el velo.

Salimos de la villa bajo una lluvia de pétalos y casquillos de bala, flanqueados por nuestros hombres que aseguran la retirada. No somos una pareja normal, y nunca lo seremos. Somos los dueños de nuestra propia oscuridad, casados por la sangre y unidos por la guerra.

Nuestra historia no termina con un "vivieron felices para siempre". Termina con una nueva lista de nombres y un mundo que aún no sabe que el matrimonio más peligroso de la historia acaba de empezar su viaje...

FIN.