Capítulo 53
Rowan
La luz del amanecer entra por los ventanales del loft, tiñendo las sábanas blancas de un tono dorado que me resulta extraño. He pasado años despertando en camas mugrientas, suelos de cemento o en la cabina de un avión de carga, siempre con una mano sobre el arma y el oído atento al menor crujido.
Pero hoy, lo único que escucho es la respiración acompasada de Vega a mi lado.
Está profundamente dormida, con el rostro hundido en la almohada y un brazo sobre mi pecho. Sin la máscara de frialdad, vuelve a parecer la mujer que vigilaba desde las sombras, vulnerable, pero con una fuerza que emana de cada poro de su piel.
Me quedo inmóvil, disfrutando de la sensación de sus dedos rozando mi piel, hasta que el silencio se rompe con una vibración rítmica y molesta. Mi teléfono personal, el que solo tiene un contacto, está bailando sobre la mesilla de noche.
Lo alcanzo con cuidado de no despertarla. El nombre en pantalla me hace sus pirar:
brOWN.
—¿Qué coño quieres? Son las seis de la mañana —susurro, saliendo de la cama con sigilo.
—¡Buenos días, alegría! —La voz de Brown suena tan energética que me dan ganas de pegarme un tiro—. Siento interrumpir vuestro momento de "post-guerra y mimos", pero tengo noticias. Y no, no es sobre mis uñas, aunque el color rojo venganza me ha quedado de muerte.
Me paso una mano por la cara, caminando hacia la cocina mientras recojo los pantalones.
—Habla rápido.
—He estado rastreando los flecos que quedaron del barco —dice, y su tono pierde parte del sarcasmo—.
Vesper no está solo herido, Rowan. Está furioso.
Han puesto precio a vuestras cabezas en el mercado negro.
Quince millones por ti, diez por "La Reina".
Parece que a alguien le ha sentado mal que le borráramos la base de datos.
—Nada que no esperáramos —respondo, mirando hacia la habitación. Vega se ha removido, pero sigue dormida.
—Ya, pero hay un extra. Viktor tenía un socio ¿recuerdas? "El Arquitecto". Y según mis fuentes, acaba de aterrizar en la cuidad. No viene a reconstruir el imperio, viene a demolerlo todo con vosotros dentro.
—Joder ¿y por qué me cuentas esto ahora?
—Porque me aburro en el spa y porque he dejado un paquete en la puerta de vuestro loft. Es vuestra nueva identidad para moveros por la ciudad. Y también he metido un par de donuts de chocolate, porque Vega se pone de un humor de perros cuando tiene hambre y no quiero que te maltrate.
Escucho un golpe suave en la puerta principal. Brown ya se ha ido, pero su rastro de eficiencia y cinismo sigue ahí.
—Gracias, Brown.
—De nada, Myers. Y oye... —hace una pausa y su voz suena genuinamente suave por un segundo—. Cuídala. De verdad. Si Vesper la encuentra, no habrá rincón en el mundo donde podáis esconderos.
Cuelga. Camino hacia la puerta y recojo la caja que ha dejado. Dentro hay dos pasaportes impecables, tarjetas de crédito y, efectivamente, una bolsa de donuts.
—¿Era ella? —La voz de Vega me sobresalta. Está apoyada en el marco de la puerta de la habitación, envuelta en una sábana, con el pelo alborotado y los ojos entrecerrados.
—¿Quién más iba a ser a estas horas? —Le tiendo la bolsa de dulces—. Dice que te metas esto en la boca antes de que empieces a morder a la gente.
Vega esboza una sonrisa cansada y camina hacia mí, ignorando los donuts para rodearme el cuello con sus brazos.
—¿Qué ha pasado, Rowan?
—Vesper ha enviado a alguien de mi pasado. "El Arquitecto" lo llaman. Tenemos precio por nuestras cabezas.
Ella apoya la frente en mi hombro, aspirando el aire. Siento cómo su cuerpo se tensa, volviendo a ponerse en modo combate. La paz ha durado exactamente seis horas.
—Diez millones por ti, quince por mí —le digo, intentando bromear—. Parece que valgo más que tú en el mercado negro.
Vega levanta la cabeza y me mira con una determinación feroz, la misma que tuvo en el puente del barco.
—Eso es porque no saben lo difícil que es matarme.
Le beso la frente y la aprieto contra mí. La tregua ha terminado. Ese hijo de puta puede haber aterrizado, pero no tiene ni idea de que no está cazando a dos fugitivos. Está cazando a un monstruo y a su reina, y nosotros jugamos mejor en las ruinas que cualquier arquitecto.
—Desayuna —le ordeno con una sonrisa—. Tenemos un imperio que terminar de demoler.