Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 52
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Capítulo 52

Vega

El vaivén de la furgoneta es casi hipnótico.

Me apoyo en el pecho de Rowan, escuchando el latido de su corazón, que por fin ha dejado de sonar como un tambor de guerra para convertirse en un ritmo constante y protector.

El olor a metal quemado de nuestras ropas se mezcla con el aire acondicionado del vehículo, y por un momento, cierro los ojos.

—¿En qué piensas? —me susurra Rowan al oído. Sus manos, desnudas ahora, trazan círculos lentos en mi espalda, justo por encima de donde termina el chaleco.

—En que hace tres horas estaba dispuesta a mataros a los dos por haberme mentido —respondo con sinceridad, aunque ya no siento ese veneno en la sangre—. Y ahora... ahora no sé qué haría si no estuvierais en esta furgoneta.

—¡Llorarías por las esquinas porque no tendrías a nadie que te hiciera los cafés con la dosis justa de cinismo!

—salta Clara desde el asiento delantero, sin perderse ni un detalle de nuestra conversación—.

Admítelo, Vega, soy el pegamento que mantiene unido este desastre emocional que llamáis relación.

—Céntrate en la carretera, Brown —le advierte Rowan, aunque hay una nota de diversión en su voz que antes no existía.

—¡Que sí, pesado! Estamos llegando —dice ella, reduciendo la velocidad—.

He alquilado un loft en el centro. Nada de casas de campo con olor a pino y asesinos escondidos en los arbustos.

Un sitio con conserje, vistas al río y una bañera en la que cabríais los dos si no fuerais tan... bueno, ya sabéis.

La furgoneta se detiene en un garaje subterráneo privado. El silencio al apagar el motor es absoluto. Brown se gira en el asiento, se quita las gafas de sol —aunque es de noche— y nos mira con una seriedad impropia de ella.

—Escuchadme. Vesper va a tardar un tiempo en reagruparse tras lo del barco. Les he dejado un virus en el sistema que va a volver locos a sus contables durante meses. Tenéis un respiro. Aprovechadlo.

Bajamos del vehículo. Rowan saca nuestras bolsas mientras yo me quedo un segundo frente a Clara. Ella me mira, y por debajo de su máscara de sarcasmo, veo a la mujer que me curó las manos cuando yo no era nadie.

—Gracias, Brown —le digo, usando su apellido como Rowan.

Clara pone los ojos en blanco y me da un abrazo rápido, uno de esos que huelen a perfume caro y a lealtad incondicional.

—No te pongas sentimental tía, que me arruinas el maquillaje —me susurra al oído—. Y vigila a Rowan. Si se pone muy intenso con lo de "soy un monstruo herido", dale un capón de mi parte.

Se separa y le da un golpe juguetón en el brazo a Rowan.

—Cuídala, Myers. Si vuelvo y tiene un rasguño, te juro que le doy tu número personal a todas las agencias de inteligencia del mundo para que te den la tabarra con encuestas telefónicas el resto de tu vida.

—Lo tendré en cuenta —responde él con una media sonrisa.

Clara sube a la furgoneta, nos lanza un beso al aire y sale del garaje quemando rueda, probablemente hacia su cita de manicura o hacia alguna otra misión imposible.

Me quedo a solas con Rowan bajo las luces fluorescentes del garaje. Él deja las bolsas en el suelo y se acerca a mí, rodeándome la cintura. Sus ojos grises brillan con una promesa que nada tiene que ver con la guerra.

—¿Un loft en el centro? —pregunta, alzando una ceja.

—Parece que la reina necesita un cambio de aires —le respondo, pasando mis manos por su nuca—. ¿Crees que un asesino y una policía pueden vivir en un sitio con conserje sin asustar a los vecinos?

—Si no sacas la SIG Sauer para pedir el ascensor, creo que estaremos bien —me besa, un beso que sabe a futuro, a libertad y a todas las palabras que Clara nos impidió decirnos en el coche—. Vamos a casa, Vega.

Subimos por el ascensor privado, dejando atrás el humo del puerto y el fantasma de Viktor. La guerra no ha terminado, quizá nunca lo haga, pero mientras caminamos de la mano hacia ese loft, sé que ya no soy una pieza en el tablero de nadie.

Soy la Reina. Y por fin, tengo a mi Rey a mi lado.

El loft es inmenso, minimalista y está ridículamente limpio. Las luces de la ciudad se filtran a través de los ventanales de suelo a techo, dibujando rectángulos de neón sobre el suelo de madera oscura. Es el tipo de lugar donde vive la gente normal que tiene trabajos y problemas normales.

Nada que ver con nosotros.

Rowan deja las bolsas junto a la entrada con un golpe sordo.

El sonido del metal chocando contra el suelo rompe el hechizo del silencio.

Me giro hacia él y lo veo allí de pie, rodeado de lujo, luciendo como un dios de la guerra que ha aterrizado por error en una revista de diseño.

Tiene el chaleco antibalas abierto, la camiseta negra manchada y el rostro marcado por el cansancio y el hollín.

—Brown tiene un gusto excelente para los escondites —murmura él, recorriendo el espacio con la mirada antes de fijarla en mí—. ¿Estás bien? Estás muy callada.

—Es solo que... —camino hacia el ventanal, mirando los coches que pasan ajenos a que hace una hora el puerto casi vuela por los aires—. Es extraño. No hay disparos. No hay gritos de Clara. No hay olor a cuero viejo. Solo somos nosotros.

Siento sus pasos detrás de mí. Rowan no es alguien que camine despacio, el acecha todo el tiempo, pero ahora se mueve con una suavidad diferente. Se detiene justo detrás, pero no me toca. Su calor me envuelve como una manta.

—Eso es lo que querías, ¿no? —su voz es una caricia ronca en mi nuca—. Ser solo Vega.

—No sé quién es solo Vega, Rowan—me giro para enfrentarlo, apoyando la espalda en el cristal frío—. La mujer que está aquí es la que tú rescataste y la que Clara remendó. Es una mujer que sabe disparar a cien metros y que disfruta viendo arder el imperio de un psicópata.

Rowan acorta la distancia, poniendo las manos a ambos lados de mi cintura, atrapándome contra el ventanal. Su mirada gris es una tormenta de honestidad.

—Esa es la Vega que quiero. No necesito a la policía de antes, ni a la limpiadora de escenas macabras que desayunaba aguacate en silencio. Quiero a la mujer que tengo delante. La que me mira como si fuera su único refugio y su mayor peligro.

Me quito el chaleco con manos torpes, dejando que caiga al suelo con un estruendo metálico. Rowan hace lo mismo con el suyo. Nos deshacemos de las capas de guerra, de las armas, de los cinturones con cargadores, hasta que solo queda la ropa fina y la piel.

— Ven — susurra agarrándome la mano y tirando de mi con suavidad hacia el baño.

El agua golpea las baldosas de la ducha con un estruendo metálico que ayuda a acallar el sonido de los disparos que todavía resuenan en mi cabeza. Rowan está frente a mí, bajo el chorro, dejando que el vapor empañe los cristales y nos encierre en una burbuja donde el resto del mundo no existe.

Ya no queda rastro del hombre que me embestía con furia hace unas horas.

Ahora, sus manos se mueven con una lentitud casi dolorosa mientras enjabona una esponja.

Me mira a los ojos, y por primera vez, no trato de esquivar su pasado.

Él se acerca y, con una delicadeza que me descoloca, empieza a limpiar el sudor y los restos de nuestra batalla de mi piel.

—Te he hecho marcas —susurra, pasando el pulgar por un pequeño hematoma en mi cadera. Su voz es una mezcla de arrepentimiento y una extraña forma de orgullo posesivo.

—Son mejores que las de las bridas —respondo, quitándole la esponja para hacer lo mismo con él.

Le limpio la espalda, repasando con mis dedos las cicatrices que cruzan su piel.

Cada una es un mapa de una vida que yo no conocía, de misiones fallidas y de una guerra que lleva librando solo demasiado tiempo.

Él cierra los ojos, apoyando la frente contra los azulejos fríos, dejando que lo cuide.

Es un momento de tregua, de una vulnerabilidad que me asusta más que su violencia.

Cuando terminamos, Rowan cierra el grifo. El silencio vuelve, denso y cargado de lo que está por venir. Nos envolvemos en toallas y regresamos al salón, donde el sol ya ilumina con crueldad el desorden que hemos dejado.

Él me toma la cara con ambas manos. Sus pulgares acarician mis mejillas, limpiando los restos de gotas de agua con una ternura que me desarma.

—Me entregaste a ella para salvarme —le susurro, recordando las palabras de Clara—. Me viste sufrir cada semana desde las sombras.

—Fue la tortura más grande de mi vida —confiesa él, pegando su frente a la mía—. Verte y no poder tocarte. Oírte llorar y no poder entrar a decirte que yo estaba allí. Pero Brown tenía razón: tenías que recordar por ti misma. Y lo hiciste.

Me pongo de puntillas y lo beso. No es un beso de urgencia como el de la curtiduría, ni un beso de despedida como el del barco.

Es un beso de posesión, de reconocimiento.

Rowan me levanta en vilo, y mis piernas se enredan instintivamente en su cintura.

Me lleva hacia la habitación principal mientras sus labios recorren mi cuello, dejando un rastro de fuego a su paso.

El mundo exterior, con sus deudas de sangre y el sarcasmo constante de Clara, desaparece en cuanto mis hombros tocan la suavidad de la cama. Rowan me deposita con una delicadeza que me corta la respiración; es como si temiera que, al tocarme en este estado de paz, yo pudiera romperme de nuevo.

Pero no soy de cristal. Ya no.

Se sitúa sobre mí, apoyando su peso en los antebrazos.

Sus ojos grises, que hace solo una hora eran pozos de tormenta y muerte, ahora brillan con una vulnerabilidad que me pertenece solo a mí.

Sus manos, expertas en destruir, viajan por mi rostro con una ternura casi religiosa, apartando los mechones de pelo con una lentitud que me hace temblar.

Se tumba de lado y yo me acurruco contra su pecho, sintiendo la firmeza de sus músculos relajándose por primera vez en meses. Sus dedos, grandes y callosos, trazan líneas invisibles por mis brazos con una delicadeza que me encoge el corazón.

—Me pasé tantas noches imaginando esto —susurra él, hundiendo su rostro en mi cabello, aspirando mi aroma—. A veces, cuando te vigilaba desde la oscuridad, cerraba los ojos y rezaba para que pudieras sentir que yo estaba allí. Para que supieras que no te había abandonado.

Le acaricio la mandíbula, sintiendo el roce de su barba incipiente. Subo la mano hasta sus ojos, esos ojos que han visto tanto horror y que ahora me miran con una paz infinita.

—Lo sentía —le confieso en un susurro, mirándolo fijamente—. En mis sueños, siempre había una sombra que no me asustaba. Era una presencia que me hacía sentir a salvo incluso cuando no recordaba tu nombre. Eras tú, Rowan. Siempre fuiste tú.

Él me besa la frente, un beso largo y cálido que se siente como un sello.

—Eres lo más real que he tenido nunca, Vega. En este mundo de mierda, mentiras y de sangre, tú eres mi única verdad. Te habría buscado en mil vidas, y en las mil te habría entregado a Brown con tal de verte sonreír una sola vez más.

Siento que los ojos se me humedecen, pero es una calidez dulce, no dolorosa. Me pego más a él, entrelazando mis piernas con las suyas, disfrutando de la solidez de su cuerpo contra el mío.

—Ya no tienes que mirarme desde las sombras —le digo, subiendo el rostro para rozar su nariz con la mía—. Ahora puedes mirarme a plena luz. No soy perfecta, Rowan. Estoy rota de mil maneras.

—No estás rota —me corrige él, acariciándome la mejilla con el pulgar—. Eres un mosaico, Vega. Cada pieza que crees que está mal es lo que te hace la mujer que amo. No quiero a la chica de antes. Te quiero a ti. Con tu puntería, con tu rabia y con tu luz. Así eres perfecta.

Me besa de nuevo, pero esta vez es un beso lento, que sabe a promesa y a refugio.

Nos quedamos así, acurrucados bajo las sábanas, intercambiando caricias suaves y palabras que solo nosotros podemos entender.

En este pequeño rincón del mundo, el tiempo se ha detenido.

No somos el monstruo y la reina; somos simplemente dos personas que han encontrado su hogar en el corazón del otro.

—Te amo, Rowan —le digo contra su pecho, escuchando el latido constante de su corazón.

—Y yo a ti, mi reina —responde él, apretándome con fuerza—. Hasta el último aliento.

Fuera, la ciudad sigue su ritmo frenético, ajena a que, en lo alto de ese edificio, dos sombras han decidido dejar de pelear contra el mundo para empezar a luchar el uno por el otro. La guerra puede esperar. El amor, por primera vez en nuestras vidas, no.