Capítulo 51
Rowan
Bajamos por la escala de gato mientras el carguero empieza a gemir bajo nosotros. El sonido es un rugido metálico, profundo, el aviso de que Brown ha dejado un "regalito" en las calderas que no tardará en convertir este barco en una antorcha gigante.
—¡Venga, pies para qué os quiero! —gritaba por el pinganillo mientras escuchaba el eco de sus pasos corriendo por alguna estructura metálica—. No es por meter prisa, pero he ajustado el temporizador basándome en mi paciencia, y hoy estoy especialmente de mala hostia. ¡Corred, cojones!
Saltamos al muelle justo cuando la primera explosión sorda sacude la popa del barco. El asfalto vibra bajo mis botas. Agarro a Vega por la mano y no la suelto; después de lo de hoy, no pienso dejarla a más de cinco centímetros de distancia de mi cuerpo.
Corremos hacia la furgoneta, que nos espera con el motor en marcha y las luces de posición apagadas. Brown ya está en el asiento del conductor, tamborileando los dedos sobre el volante al ritmo de una canción que solo ella oye.
—¡Cinco minutos tarde! —exclama cuando cerramos las puertas traseras de un golpe —. Si nos pilla la onda expansiva y se me rompe una luna, os lo descuento del botín de diamantes, lo juro por mi colección de zapatos.
—Arranca, Brown —gruño, dejándome caer en el suelo del vehículo junto a Vega.
La furgoneta sale disparada justo cuando el carguero decide iluminar todo el puerto de Nueva Jersey.
Una bola de fuego naranja y azul trepa hacia el cielo, seguida de una onda de choque que sacude la furgoneta como si fuera un juguete.
Por el cristal trasero, veo cómo el imperio de datos de Vesper se hunde en el Atlántico.
Me quito el casco y lo lanzo a un rincón. Estoy exhausto, cubierto de grasa, sangre y hollín, pero cuando miro a Vega, ella me está observando. Se ha quitado los guantes. Sus manos, las que Brown curó con tanta paciencia, están apoyadas en mi pecho.
—¿Estás bien? —me pregunta en un susurro, ignorando el caos exterior.
—Ahora sí —respondo, atrapando su rostro entre mis manos.
—¡Oh, por el amor de Dios! —Brown nos mira por el retrovisor mientras toma una curva a toda velocidad—.
¿Podéis esperar a llegar a la casa franca?
Me estáis dando arcadas con tanto momento intenso.
Vega, nena, ¿estás entera? Dime que no te han roto nada importante, que luego Rowan me echa la culpa a mí por no darte cobertura.
Vega suelta una carcajada, la primera risa real, libre y salvaje que le escucho desde que todo esto empezó.
—Estoy bien, Clara. Gracias por la pirotecnia.
—De nada, bombón. Ha sido un placer. Por cierto, Rowan...
— hace una pausa dramática mientras esquiva una patrulla de policía que se dirige al puerto con las sirenas aullando—.
He aprovechado que estaba metida en el servidor de Vesper para "limpiar" un poco nuestras fichas.
Ahora mismo, oficialmente, Vega Hartman y Rowan Hale no existen. Sois fantasmas.
Me quedo helado. Eso no estaba en el plan.
—¿Qué has hecho?
—Darte una jubilación, idiota —responde ella con su habitual sarcasmo—.
He borrado vuestros registros, vuestras huellas y he transferido unos cuantos fondos de las cuentas de Viktor a una cuenta offshore en las Caimán.
Considéralo mi regalo de bodas... o de "lo que sea que estéis haciendo en ese suelo sucio".
Vega me mira, y en sus ojos veo una chispa de esperanza que nunca creí posible. La posibilidad de una vida donde no tengamos que mirar por encima del hombro cada segundo.
—¿Has oído eso? —me dice ella, acariciándome la mandíbula con el pulgar.
—Sí —murmuro, acercándome a su boca—. Pero primero tenemos que sobrevivir a la conducción temeraria de tu amiga.
—¡Oye! —protesta desde delante—. ¡Conduzco de maravilla! Además, he reservado mesa en un sitio de sushi que te mueres. Y sí, Rowan, tú sigues pagando. ¡Y ni se os ocurra empezar algo ahí atrás, que os veo por el espejito!
Me río, apoyando la cabeza en el lateral de la furgoneta mientras rodeo a Vega con mis brazos.
El mundo sigue ardiendo detrás de nosotros, pero aquí dentro, entre el sarcasmo de una espía loca y la respiración de la reina que rescaté del infierno, por primera vez en mi vida, siento que he llegado a casa.