Capítulo 50
Vega
La pasarela del carguero es una trampa de metal suspendida sobre el vacío.
Las balas de los hombres de Vesper impactan contra los pasamanos, creando una lluvia de chispas que me ciega por instantes.
Pero ya no siento miedo. Siento una claridad absoluta, una sintonía perfecta entre mi cuerpo y el arma que empuño.
—¡Subid, subid, que se me acaba la munición y tengo que pasar por el súper antes de que cierren! —La voz de Clara truena en mi oído, seguida por el chasquido rítmico de su rifle de precisión. Cada vez que dispara, un tirador de la cubierta superior desaparece.
Rowan va delante de mí, abriendo camino con una violencia controlada. Se mueve como un mazo hidráulico, derribando puertas y hombres con una eficiencia que me revuelve el estómago y me acelera el pulso al mismo tiempo. Al llegar a la cubierta principal, nos encontramos con un muro de fuego.
—¡A cubierto! —ruge Rowan, agarrándome del chaleco y tirando de mí tras una fila de bidones de acero.
El impacto de las balas contra el metal es ensordecedor. Estamos atrapados. Rowan me mira, jadeando, con una gota de sudor recorriéndole la sien.
—Vega, necesito que subas por la escalera exterior mientras yo los mantengo ocupados —dice, cambiando el cargador de su fusil—. Si llegas al puente, puedes bloquear el sistema.
—¿Y tú qué? —le espeto, apretando los dientes—. Te van a acribillar.
—¡Oh, por favor! —interviene Clara, y puedo oír cómo mastica chicle a través del micro—.
No me hagáis el drama de "vete tú, yo me quedo" ahora, que me pongo sensible y se me nubla la vista.
Rowan, si te mueres, no pienso ir a tu funeral, el negro me hace parecer mayor.
Vega, muévete a la derecha. Hay una grúa de carga moviéndose. Súbete a ella.
Miro hacia arriba. Una de las enormes grúas del barco está girando sobre nuestras cabezas. Es una locura. Es un suicidio.
—Hazlo —me ordena Rowan, clavando sus ojos grises en los míos—. Confía en ella. Confía en mí.
Asiento. Salgo de la cobertura en un sprint explosivo mientras Rowan se asoma y vacía su cargador contra la línea enemiga, obligándolos a agachar la cabeza.
Salto sobre la base de la grúa y empiezo a trepar por la estructura metálica.
El viento del puerto me azota la cara, frío y cargado de salitre.
Desde aquí arriba, veo el caos en toda su magnitud. Veo al ejército de Clara, y a Rowan abajo, una figura solitaria y letal intercambiando fuego con una docena de hombres. Y veo, a lo lejos, el destello de la lente de Clara en lo alto de la grúa pórtico.
—Eso es, nena —susurra Clara por el pinganillo—. Un poco más. Eres como un ninja, pero con mejor culo. Rowan, deja de mirar hacia arriba y concéntrate, tienes a dos saliendo por la escotilla de babor.
Llego a la plataforma del puente de mando. Rompo el cristal con la culata de mi pistola y me deslizo dentro. El puente es un nido de tecnología punta, lleno de pantallas táctiles que emiten una luz azulada y fría. En el centro, un terminal destaca sobre los demás: el núcleo biométrico.
—Estoy dentro —digo, jadeando.
—¡Bravo! —exclama Clara—. Ahora, busca el cable rojo... es broma. Conecta el dispositivo que te dio Rowan y déjame entrar en el sistema. Y rápido, porque Rowan está empezando a quedarse sin munición y va a empezar a tirarles piedras... bueno, casi.
Conecto el decodificador. Mis manos tiemblan ligeramente, no de miedo, sino por la descarga de adrenalina. En la pantalla, las barras de progreso empiezan a llenarse.
—Clara, lo tienes.
—Copiado, Reina. Entrando en el sistema de Vesper en 3, 2, 1... ¡Bingo! —La risa de Clara es pura satisfacción—. Estoy borrando el código de activación. Vesper acaba de quedarse sin sus "durmientes". Van a estar muy cabreados mañana por la mañana.
De repente, la puerta del puente se abre de un golpe. Me giro, con el arma en alto, pero es Rowan. Entra cubierto de sangre ajena y polvo, con el uniforme desgarrado, pero vivo. Se detiene en seco al verme frente a la consola.
—¿Está hecho? —pregunta, acercándose a mí.
—Está hecho —respondo, bajando el arma.
Rowan me rodea la cintura con un brazo, pegándome a él. Su olor a sudor, pólvora y ese aroma suyo tan personal me envuelve, reclamando mi realidad. Me besa con una desesperación que me deja sin aliento, un beso que sabe a victoria y a supervivencia.
—¡Ejem! —La voz de Clara nos interrumpe, sonando más sarcástica que nunca—.
Sigo aquí, ¿recordáis? Y tengo una vista de 360 grados de vuestra sesión de fotos para la revista "Mercenarios Enamorados".
Salid de ahí antes de que el barco decida explotar, que he programado una pequeña sorpresa en la sala de máquinas.
Rowan me mira, con una chispa de diversión en sus ojos grises.
—Será mejor que le hagamos caso. No querrás verla cuando pierde su cita de manicura.
—Vámonos —digo, agarrando su mano.
Salimos del puente mientras el carguero empieza a vibrar bajo nuestros pies. La guerra contra Vesper no ha terminado, pero esta noche, el monstruo, su reina y la amiga que los reconstruyó han ganado la partida.