Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 49
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Capítulo 49

Rowan

El silencio dentro de la furgoneta es más pesado que el chaleco que llevo puesto. No me atrevo a mirar a Vega de inmediato. Sé lo que voy a encontrar: esa mirada de traición que quema más que cualquier ráfaga de fusil.

Ella está sentada frente a mí, con la espalda recta y las manos apoyadas en las rodillas. Sus guantes negros parecen garras en la penumbra. Sé que está procesando cada palabra de Brown, cada pieza de este rompecabezas sucio que montamos para mantenerla viva.

—¿Te parece divertido? —Su voz es un susurro gélido que me corta la piel.

—No —respondo, levantando la vista.

Sostengo su mirada. No voy a esconderme ahora. El monstruo ya ha salido de la jaula y no tiene sentido fingir que soy el caballero andante que Brown parodia.

—¿Por qué lo hiciste? —insiste ella, y hay una grieta en su voz que me desga rra—. ¿Por qué dejarme con ella mientras tú me observabas desde las sombras como si fuera un experimento de laboratorio?

—Porque te amaba antes de que supieras cómo me llamaba, Vega —suelto, y las palabras salen cargadas de una verdad brutal—.

Cuando te saqué de ese sótano, no eras una mujer.

Eras un despojo de carne y miedo. Mis manos solo sabían matar, y si te hubieras quedado conmigo, te habría convertido en mi sombra antes de que tuvieras la oportunidad de recordar quién eras.

Me inclino hacia delante, invadiendo su espacio, obligándola a sentir mi calor y el olor a pólvora que nos envuelve.

—Brown te dio la paz que yo no tengo. Te dio las mañanas sin gritos. Pero yo... yo venía cada semana a ver si tus ojos recuperaban el brillo. Me quedaba en la oscuridad, maldiciéndome por haberte dejado, pero sabiendo que era lo único que te salvaría de convertirte en lo que soy yo.

—Y ahora me has traído de vuelta a esto —ella señala el arsenal que nos rodea.

—No te traje yo. Viniste tú. Y no pude decirte que no —agarro su mano, apretándola con fuerza, sintiendo el cuero de nuestros guantes rechinar—. Ella cree que esto es un juego sarcástico, pero ella sabe tan bien como yo que, sin ti, Vesper ganará. Eres el único cabo suelto que no pueden controlar.

—¡Eh, tortolitos! —La voz de Brown llega desde la calle, cargada de su habitual cinismo—.

Si habéis terminado de intercambiar fluidos emocionales, estamos llegando al punto de entrega.

Vesper tiene a sus hombres en posición. Si vais a morir, por favor, hacedlo de forma estética, que me da mucha pereza limpiar la sangre de la tapicería.

Al instante, nos levantamos; mi cuerpo se mueve con una precisión mecánica y letal mientras me ajusto el fusil al pecho y compruebo la cámara de mi SIG Sauer con un golpe seco.

Doy un paso hacia Vega y me detengo justo enfrente.

Le pongo una mano en la nuca, apretando con firmeza, obligándola a levantar la cabeza para que me mire directamente a los ojos.

—Cuando bajemos de aquí, Brown hará su papel de espía sabelotodo y yo seré el carnicero que ya conoces. Pero tú... —le doy un beso corto, casi violento, en la frente—. Tú eres la que va a decidir cómo quieres terminar esta historia. No por ella, ni por mí. Por ti.

Vega me sostiene la mirada con expresión endurecida, el rastro de la vulnerabilidad borrado por una máscara de acero. Se ajusta el arma y me mira con una frialdad que me hace sentir orgulloso y aterrado a la vez.

—Abre la maldita puerta, Rowan —dice ella—. Vamos a terminar con esto.

Sonrío. Una sonrisa torcida y peligrosa. Mi reina ha vuelto, y esta vez, ni siquiera Brown podrá quitarme la mirada de encima.

La puerta de la furgoneta se abre y el caos nos recibe con los brazos abiertos.

El aire gélido de la noche nos golpea la cara. Estamos en la zona industrial del puerto, un laberinto de contenedores oxidados que parecen ataúdes de metal apilados hasta el cielo.

—Bienvenidos a la fiesta —anuncia Brown, con una ligereza que me saca de quicio—. Si veis que me disparan, no os molestéis en gritar mi nombre, mejor disparad de vuelta. El dramatismo me da alergia.

Vega baja a mi lado. Se mueve con una precisión nueva, una elegancia letal que me recuerda por qué Viktor le tenía tanto miedo. No me mira, pero siento su presencia como una corriente eléctrica pegada a mi flanco izquierdo.

—Brown —le digo, señalando una grúa pórtico a cien metros—, danos ojos desde arriba. Vega y yo iremos por el pasillo central.

—¿"Danos ojos"? Qué profesional, Rowan. Casi me dan ganas de saludarte con la mano en la frente —Brown saca un rifle de precisión del maletero y me guiña un ojo—.

Vigilad vuestras espaldas. No querría tener que explicarles a tus herederos que moriste porque estabas mirándole el culo a Vega en lugar de los puntos de mira.

Ella y sus hombres desaparecen en las sombras con la velocidad de un espectro, dejando tras de sí solo el sonido de su risita sarcástica. Me quedo a solas con Vega en medio del silencio del puerto, roto solo por el crujido del metal enfriándose.

—Vega —empiezo a decir, pero ella me corta levantando una mano.

—Ahora no, Rowan. Guarda las confesiones de mierda para cuando no tengamos veinte cañones apuntándonos —dice, sin mirarme. Su voz es puro hielo—. ¿Dónde está el cargamento?

—En el carguero. Está a punto de zarpar. Si el código biométrico sale de aguas internacionales, Vesper podrá activar a sus durmientes desde cualquier parte del mundo.

Avanzamos por el pasillo de contenedores. El silencio es tenso, de esos que preceden a una carnicería. De repente, el pinganillo de mi oreja cobra vida con la voz de Brown, distorsionada por el viento.

—Chicos, tenemos compañía. Tres equipos de cuatro hombres. Vienen por vuestras seis, vuestras nueve y... ¡oh, sorpresa!, de frente. Rowan, intenta no mancharte mucho, el rojo no es tu color.

—Copiado —gruño—. Vega, a tu derecha.

No hace falta decir más. Dos luces tácticas cortan la oscuridad frente a nosotros.

Me asomo y suelto una ráfaga corta: tres disparos, un cuerpo que cae.

Vega se desliza por el suelo, pasando bajo el chasis de un remolque, y dispara con una cadencia perfecta.

Escucho dos quejidos secos y el sonido de metal golpeando el asfalto.

—Limpio por aquí —dice ella, levantándose y recargando su arma en un movimiento fluido que me hace apretar los dientes de puro deseo y orgullo.

—¡Cuidado, Casanova! —grita Brown por el radio—. Tienes a uno en el contenedor de arriba. ¿Quieres que lo haga yo o prefieres lucirte?

Antes de que pueda responder, un disparo sordo resuena desde la posición de Brown. Un cuerpo cae desde cinco metros de altura y aterriza con un golpe húmedo justo a mis pies.

—De nada, bombón —suelta con su habitual tono burlón—. Vega, dile que cierre la boca, que le van a entrar moscas.

Seguimos avanzando, barriendo cada esquina.

La coordinación entre Vega y yo es casi instintiva, como si nuestros cuerpos recordaran los meses de entrenamiento en el cuerpo que ella ni siquiera recuerda conscientemente.

Pero hay algo distinto. Hay una rabia en ella, una energía oscura que la impulsa.

Llegamos a la base de la pasarela del carguero. El barco es un monstruo de acero negro que se eleva sobre nosotros.

—El núcleo está en el puente de mando —digo, señalando hacia arriba—. Brown, ¿puedes darnos cobertura para subir?

—Puedo hacer que parezca el 4 de julio guapo —responde ella—. Pero moveos. El capitán está dando órdenes de soltar amarras. Si ese barco se mueve, estamos jodidos.

Miro a Vega. Tiene el rostro manchado de hollín, los ojos brillantes y una determinación que me dice que ya no es la mujer que curó Brown, sino la que yo rescaté y ella reconstruyó.

—¿Lista? —le pregunto.

Ella me mira por primera vez en toda la noche. Una sonrisa pequeña, cruel y hermosa curva sus labios.

—Después de ti.

Nos lanzamos hacia la pasarela bajo el fuego de cobertura de Brown, que ríe por el canal abierto mientras siembra el caos en las filas de Vesper. La verdadera cacería acaba de empezar.