Capítulo 48
Vega
El refugio de la curtiduría se siente como un sueño febril que se desvanece en cuanto salimos a la calle.
Rowan me lleva de la mano, con los dedos entrelazados, pero su cuerpo vuelve a ser una masa de tensión táctica.
El sonido de un motor se acerca. Él me empuja tras el blindaje del coche, cubriéndome con su propio cuerpo.
—Es mi contacto —murmura Rowan—. Es Brown, bueno Helena, ella nos sacará de la ciudad.
Una furgoneta negra frena en seco frente a nosotros. Rowan no baja el arma, siempre precavido, hasta que la puerta del conductor se abre. Cuando la mujer baja del vehículo, el aire se escapa de mis pulmones con una violencia que me deja mareada. No es Helena. Al menos, no para mí.
—¿Clara? —mi voz sale pequeña, quebrada, cargada de una confusión que me nubla la vista.
Es ella. La mujer que me recogió de los restos de mi vida anterior.
La amiga que me sostuvo la mano cuando me despertaba gritando en mitad de la noche, la que me preparaba el café en silencio y me decía que todo estaría bien.
Clara, la persona que yo creía una simple doctora, alguien ajena a toda esta sangre.
—¿Qué haces aquí? —doy un paso hacia delante, ignorando el brazo de Rowan que intenta retenerme—. Clara, vete, esto es peligroso... estos hombres...
—Vega, ella es Helena —interviene Rowan, y su tono de voz me hiela la sangre—. Ella es quien ha filtrado cada movimiento de Viktor. Ella es mi mejor activo de inteligencia.
Clara camina hacia nosotros con el fusil al hombro, moviendo las caderas con una despreocupación que parece insultante.
Su mirada salta de mi rostro a la mano de Rowan que todavía me sujeta, y luego a la sangre que mancha mis guantes de cuero.
Su expresión no es de miedo; es de una resolución fría que nunca le había visto.
—Bueno, bueno... —dice Clara, echando un vistazo por encima del hombro—. Mirad qué par de tortolitos. ¿Qué os ha pasado en el pelo? Parece que habéis estado peleando con un gato montés... o celebrando el fin de la civilización en el asiento trasero de un coche.
Rowan gruñe, ajustándose el chaleco con un gesto brusco.
—Cállate, Brown.
—¡Oh, perdón, Señor de las Tinieblas ! —exclama ella, haciendo una reverencia exagerada—.
No sabía que el protocolo de "vamos a morir todos" impedía apreciar el sutil aroma a sexo y pólvora que desprendéis.
En serio, Vega, te dejo unos meses de descanso, ¿y lo primero que haces al salir es liarte con el que tiene más papeletas para acabar en la silla eléctrica? Tienes un gusto pésimo, nena.
—Brown —le advierte Rowan, aunque una parte de mí agradece su sarcasmo; me hace sentir que todavía hay algo real en ella—. Viktor está muerto. La Central ha volado por los aires.
—Sí, lo he visto por el retrovisor. Bonitos fuegos artificiales.
Un poco dramático, ¿no creéis? —dice con un gesto despreocupado—.
Pero oye, a rey muerto, reina puesta. Y hablando de reinas...
no estoy aquí por amor al arte, Rowan. Te saqué de aquel lío y te entregué a Vega sana y salva cuando podrías haberla perdido para siempre.
Me debes un favor, Myers. Uno de los grandes.
Rowan tensa los hombros, reconociendo la derrota en su mirada.
—Lo sé —responde él con voz ronca.
—Bien, porque ha llegado la hora de cobrárselo —sentencia Clara, señalando a su ejército de hombres que empiezan a llegar—.
Vesper ha activado el protocolo de limpieza.
Mi equipo y yo vamos a entrar, pero necesito a tu "Reina" y tu puntería para destruir el cargamento biométrico.
Esa es la misión. Considera tu deuda saldada si salimos vivos de esta carnicería.
Entramos en el hangar bajo la luz de su linterna táctica. Clara se apoya en una caja de suministros y nos señala a Rowan con el cañón de su arma.
—A ver si lo entiendo. Tú la sacas del sótano como un caballero andante con problemas de ira.
Yo la curo, le pongo tiritas en el alma y le enseño que el aguacate no es el enemigo.
Y en cuanto me doy la vuelta, ¿le pones una SIG Sauer en la mano y me la traes de vuelta a la carnicería? Rowan, eres un desastre.
—Ella quería esto —responde Rowan, acercándose a ella con paso pesado—. Ella eligió venir.
—Claro, y yo elijo el vino por la etiqueta, no te jode —suelta Clara con una carcajada—.
Vega no eligió nada, se dejó llevar por esa mirada de "soy un lobo solitario y sufro mucho" que tienes.
Pero no te culpo, Vega. Esos ojos distraerían a cualquiera de una investigación criminal.
Ahora, ¿podemos detener el cargamento biométrico?
He quedado para hacerme las uñas a las diez.
Me quedo petrificada. Miro a Rowan, el hombre que me ha enseñado a ser un arma, y luego a Clara, la mujer que me enseñó a volver a caminar. Mi mundo se parte en dos.
—¿Tú... lo conoces? —le pregunto a Clara, sintiendo que la traición me quema—. Me cuidaste durante meses. Me miraste a la cara todos los días mientras yo lloraba por no saber quién era... ¡y sabías todo!
—Porque así tenía que ser —dice Clara, recuperando su tono profesional—. No hay tiempo para esto. He sacrificado mis vacaciones para sacaros de aquí. Si nos quedamos aquí discutiendo mis pecados, moriremos los tres. Subid a la furgoneta.
Entro en el vehículo, sintiendo que la Vega que conocía a Clara ha muerto esta noche. El interior de la furgoneta huele a tecnología militar y a una verdad que apesta más que la pólvora. Miro mis muñecas.
Clara no aparta la vista de la carretera, jugueteando con un chicle.
—Myers te trajo envuelta en una manta térmica, nena.
Parecías un puzzle de mil piezas al que le habían pasado un camión por encima.
Él quería llevarte a su cueva para lamerte las heridas, pero le dije: "Cariño, tú solo sabes limpiar manchas de sangre con más sangre.
Déjala conmigo antes de que se le olvide cómo se respira sin una soga al cuello" .
Giro la cabeza hacia Rowan. Él tiene la mirada fija en sus manos, con la mandíbula apretada hasta el límite.
—¿Cómo te llamas? —suelto de pronto. Rowan levanta la vista, sorprendido por la frialdad de mi voz—. El nombre de verdad. Sin chapas de policía, sin nombres en clave de la Red. ¿Quién eres?
Él exhala un suspiro pesado, como si estuviera soltando una carga que llevaba años arrastrando.
—Rowan es mi nombre real, Vega. En eso nunca te mentí —dice, y su voz suena agotada—. Pero mi apellido... el que figura en los registros de nacimiento que borré hace una década, es Mayers. Rowan Mayers.
—Mayers... —repito. Suena a alguien que existió antes de que el mundo lo convirtiera en una sombra—. ¿Y qué hay de mi vida, Rowan? ¿De la que tú me "diseñaste"? ¿Quiénes eran esos cadáveres de Limpiezas Post Mortem?
Me inclino hacia él, invadiendo su espacio, necesitando que me mire a los ojos.
—Pasé meses borrando sangre de suelos de baldosas, convencida de que era una civil cualquiera en un trabajo asqueroso. ¿Quiénes eran esas personas?
Clara suelta una risita desde el asiento del conductor, pero Rowan la calla con una mirada fulminante antes de volverse hacia mí.
—Limpiezas Post Mortem no es una empresa de servicios, Vega.
Es la lavadora de dinero de mi organización —confiesa Clara sin pestañear—.
Te metí ahí porque necesitaba que estuvieras bajo mi radar, en un lugar donde nadie te buscara.
Pero los muertos... los muertos no eran accidentes ni crímenes comunes.
Se inclina hacia delante, y su tono se vuelve letalmente serio.
—Esa empresa se dedica a "sanear" el mundo de los que sobran.
Proxenetas, traficantes que venden heroína a niños, políticos que firman órdenes de ejecución mientras desayunan, violadores que la ley deja libres...
—Hace una pausa, y veo el brillo oscuro de su convicción—.
Nosotros los cazamos. Los eliminamos porque nadie más lo hará.
Y luego, mi equipo de limpieza entra para que parezca que nunca existieron.
—O sea, que me tuviste meses limpiando la mierda de tus propios asesinatos —susurro, sintiendo una náusea violenta—. Me usaste para borrar tus huellas.
—Te di una vida —me corrige ella con dureza—.
Te di un propósito mientras tu mente volvía a su sitio.
Limpiabas el rastro de monstruos que merecían morir, Vega.
Hijos de puta que hacían cosas como los que te tuvieron en aquel sótano.
Era mi forma de darte una vida nueva, lejos de la Central, lejos de ellos.
—Hicimos un trato —continúa Rowan, su voz es una vibración profunda—. Ella te daba la medicina y el olvido. Yo te daba el tiempo y la distancia. Cada vez que quería reclamarte, ella me recordaba que todavía gritabas de terror si alguien se acercaba demasiado rápido.
—¡Es que eres un bruto, Rowan! —salta Clara—. Tienes la sutileza de una granada de mano. Vega necesitaba aguacates, yoga y silencios, no tu mirada de "voy a follarme al mundo hasta que pida perdón".
Me siento nauseabunda. Todo fue un escenario. Una clínica de recuperación diseñada por un delincuente y una espía mentirosa.
—Fui yo quien te aplicó las cremas en las quemaduras de los cigarrillos de Viktor —continúa Clara, soltando una pompa de chicle que explota con un chasquido—.
Fui yo quien te vendó las muñecas cada noche mientras tú sollozabas en sueños.
Y mientras tanto, el Señor de las Tinieblas aquí presente se quedaba en el umbral de la puerta, mirándote con cara de perro apaleado.
No le dejé tocarte ni un pelo. Le dije que hasta que no supieras quién eras, él solo era el fantasma que te había robado el pasado.
—Me habéis manipulado —digo, apretando los puños—. Me habéis dejado vivir una mentira.
—¡Oh, por favor! —Clara frena en seco frente a otro hangar abandonado y se gira—.
Te hemos mantenido viva, que es más de lo que puede decir la mayoría de la gente que conoce a Rowan.
¿Que te mentimos? Pues claro. Es lo que hacemos.
Somos los buenos, Vega, pero los buenos con armas grandes y mucha paciencia.
Clara baja de la furgoneta moviendo las caderas con una despreocupación insultante. Abre las puertas traseras y nos mira, apoyada en el marco con el fusil al hombro.
—Bajad ya. Tenemos trabajo. Y Vega... cuando esto acabe, puedes pegarme si quieres. Pero ahora, necesitamos que esa puntería sirva para algo.
Miro a Rowan y luego a ella. La guerra se ha vuelto personal de una forma que nunca imaginé, pero en el fondo, los tres sabemos que ya no hay vuelta atrás.