Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 47
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Capítulo 47

Vega

El zumbido de la adrenalina en mis oídos es más fuerte que el rugido del motor.

El aire dentro del coche está cargado; es una mezcla densa de pólvora, sudor y algo mucho más primitivo que flota entre Rowan y yo.

Miro mis manos, cubiertas por el cuero negro, y todavía puedo sentir la vibración de la SIG Sauer y el crujido de los huesos de Viktor bajo mis botas.

No siento remordimiento. Siento una liberación eléctrica, como si la violencia hubiera limpiado los rincones oscuros de mi cabeza.

Giro la cara para mirar a Rowan. Su perfil es una talla de granito bajo las luces intermitentes de la carretera.

Tiene las manos aferradas al volante, los nudillos blancos, y esa tensión en su mandíbula me dice que está luchando por no saltar sobre mí ahora mismo.

Sé lo que ha visto en ese despacho. Sé que mi forma de acabar con Viktor no solo le ha dado la victoria, le ha dado un motivo para querer devorarme.

Y yo estoy ardiendo.

—A la izquierda —le ordeno, con la voz rota, casi irreconocible—. El edificio de la antigua curtiduría. Miller dijo que estaba fuera de los territorios de Vesper.

Rowan no pregunta. Da un volantazo que me echa contra su hombro.

El contacto de nuestros chalecos tácticos, ese choque de metal y fibra me provoca un escalofrío que me recorre la espina dorsal hasta hacerme apretar los muslos.

El deseo es una garra sucia que se me clava en el vientre.

Quiero que me toque con esas manos que acaban de segar vidas; quiero que me quite este peso de encima y me recuerde que sigo viva.

Llegamos al edificio abandonado. Rowan detiene el coche de un frenazo y, antes de que el motor deje de vibrar, ya está fuera. Abre mi puerta de un tirón. No me ofrece la mano. Me agarra del frente del chaleco y me saca del asiento con una fuerza bruta que me hace jadear.

—¿Tienes idea de lo que me has hecho ahí dentro? —gruñe contra mis labios. Su aliento sabe a adrenalina y a tabaco frío—. Verte así... ver cómo lo desollabas con la mirada...

Me empotra contra la chapa caliente del todoterreno.

El golpe me deja sin aliento, pero mis manos, todavía enguantadas, se enredan en su cuello, tirando de él hacia mí.

El cuero de nuestros guantes cruje al unirse detrás de su nuca, ese sonido metálico y seco que ha sido nuestra banda sonora toda la noche.

—Rowan —le susurro, clavando mis dedos en su nuca—. El monstruo ya ha hecho su trabajo. Ahora quiero al hombre.

Él suelta un rugido bajo, animal, y me besa. Sabe a sangre y a victoria. Sus manos bajan por mi cuerpo, palpando el equipo táctico, buscando desesperadamente la piel bajo el nailon y el acero. El contraste es brutal: el frío del equipo contra el fuego que emana de nuestros cuerpos.

—Eres una jodida carnicera —masca él contra mi boca, bajando una mano hasta mi muslo, apretando con una posesividad que me arranca un gemido—. Mi carnicera.

Me sube en vilo, obligándome a enroscar las piernas en su cintura.

Siento la dureza de su deseo contra mí, una promesa de destrucción que me hace olvidar los helicópteros, a Vesper y el rastro de cadáveres que hemos dejado atrás.

En este rincón podrido del mundo, entre escombros y sombras, la reina ha encontrado a su rey. Y no vamos a ser gentiles.

Rowan me arrastra hacia el interior de la nave, un esqueleto de hormigón y sombras que huele a polvo y olvido.

No llegamos lejos. Me estampa contra la primera columna que encuentra, y el impacto del hormigón frío contra mi espalda solo hace que el fuego que tengo entre las piernas crezca hasta ser insoportable.

—Quítate esta mierda —gruñe él, sus manos tirando con violencia de los cierres de mi chaleco táctico.

El sonido del velcro rasgándose y el metal de las hebillas golpeando el suelo resuena como disparos en el silencio del edificio.

Rowan no espera. Sus manos, todavía enfundadas en el cuero negro, se cuelan bajo mi camiseta térmica, buscando mi piel.

El contraste del cuero frío y rugoso contra mi vientre ardiendo me hace arquear la espalda, soltando un gemido que es puro hambre.

—Mírame —me ordena, agarrándome de la mandíbula con una presión que roza el dolor—. Mírame mientras te hago mía, nena.

Sus ojos grises son dos pozos de lujuria salvaje.

Se deshace de su propio equipo con movimientos frenéticos, dejando caer su arma al suelo como si no valiera nada.

Cuando por fin solo queda el cuero de sus guantes y nuestra piel, me levanta de nuevo.

Me sienta sobre un banco de trabajo oxidado, abriéndome las piernas con una brusquedad que me hace mojar la tela de mi pantalón instantáneamente.

—Estás empapada —jadea él, pasando una mano enguantada por mi pantalón, buscando mi centro—. Estás ardiendo por lo que hiciste allí dentro, ¿verdad? Te pone la sangre, Vega. Te pone saber que eres una asesina.

—Me pones tú, Rowan —le escupo, echando la cabeza hacia atrás mientras se quita los guantes—. Me pone cómo me miras mientras mato. Hazlo ya. Joder.

Rowan suelta una carcajada oscura y me arranca los pantalones. No hay rastro de la ternura que tuvo en el salón de su casa; esto es una reclamación de territorio. Se desabrocha el cinturón y, cuando su dureza golpea mi muslo, comprendo que no va a tener piedad.

Me agarra de las nalgas, elevándome, y se hunde en mí de un solo golpe, brutal y profundo.

El grito que sale de mi garganta se pierde en su boca.

Es una invasión total. Me llena de una forma que me hace ver estrellas, una presión que parece querer llegar hasta mis pulmones.

Empieza a embestir con una violencia rítmica, animal, cada golpe haciendo que mis pechos choquen contra su pecho firme.

Sus manos se clavan en mis caderas, dejando marcas que mañana serán moratones, un recordatorio táctil de que el monstruo ha reclamado a su reina.

—Eres... mi... jodida... vida —gruñe él entre embestidas, cada palabra puntuada por el choque de nuestros cuerpos.

Me aferro a sus hombros, clavando mis propios guantes en su espalda, queriendo fundirme con él, queriendo que el olor a sexo, pólvora y cuero lo borre todo.

El placer es tan agudo que duele, una sobrecarga sensorial que me hace temblar mientras él me folla contra este banco de metal, sin detenerse, sin suavizarse, buscándome el alma a través de la carne.

Rowan no se detiene. Cada embestida es un martillazo, un ritmo violento que me está dejando sin aire. Sus manos se deslizan desde mis caderas hasta mi cuello, apretando lo justo para que mi visión se empañe y el placer se vuelva una agonía deliciosa.

—Dilo —gruñe él, hundiendo la cara en el hueco de mi hombro, mordiéndome la piel justo donde el chaleco me había dejado una marca—. Di que eres mía. Di que te gusta que te folle así después de haber matado para mí.

—Soy tuya... joder, Rowan... —jadeo, echando la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo mis uñas enguantadas buscan agarre en sus hombros sudorosos—. Soy... tu... reina...

Él suelta un gruñido gutural y me tumba de un tirón, mi espalda choca contra el banco de metal frío.

Me agarra las piernas y las echa hacia atrás, abriéndome por completo, exponiéndome a su mirada hambrienta bajo la tenue luz que entra por las ventanas rotas.

Se inclina y me mira ahí abajo, donde se encuentra con el rosa encendido de mi carne, frotándome con el pulgar con una presión que me hace sollozar.

—Mírate —masca él, su voz es pura grava—. Estás empapada, Vega. Estás abierta para mí mientras el edificio de Viktor sigue ardiendo. ¿Sabes lo que me hace saber que tienes su sangre en las manos y mi polla dentro?

Me penetra de nuevo, esta vez con una lentitud tortuosa, estirando mis límites hasta que siento que voy a romperme.

Empieza a moverse con un hambre renovada, sus ojos fijos en los míos, reclamando cada centímetro de mi placer.

El crujido del banco contra mi piel y el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando es lo único que existe.

Siento la presión acumulándose en mi vientre, una bomba de relojería a punto de estallar.

Rowan lo nota. Sabe exactamente cuándo estoy al borde.

Se inclina, apresando mis muñecas sobre mi cabeza con una sola mano, y acelera el ritmo, golpeándome tan profundo que mis gritos se convierten en súplicas incoherentes.

—Mírame, Vega. No cierres los ojos —me ordena, su respiración es un rugido—. Quiero que veas como te corres para mí.

Sus embestidas se vuelven frenéticas, cortas y brutales. El metal del banco chirría bajo nosotros, marcando el compás de nuestra propia destrucción. Estoy tan cerca, tan jodidamente cerca que el dolor y el placer se han fusionado en un incendio que amenaza con consumirme los huesos.

Siento que el clímax viene como una ola de metralla. Aprieto mis piernas alrededor de su cintura, incitándolo a ir más rápido, más fuerte. Rowan me agarra del cuello, y me mira fijamente mientras se corre dentro de mí con un rugido que retumba en las vigas del techo.

Se desploma sobre mí. Yo sollozo de puro agotamiento y placer, mientras el mundo exterior, Vesper y la guerra, parecen quedar a años luz de distancia. Aquí, en la oscuridad, solo queda el sudor que nos une y el crujido del cuero enfriándose contra nuestra piel.

Me suelta las muñecas y nos incorporamos, yo me quedo sentada al borde del frio metal y él entre mis piernas. Acuna mi rostro con sus manos, obligándome a sostenerle la mirada.

—Te quiero, nena —suelta, y las palabras impactan en mí con más fuerza que cualquier bala—. Te quiero tanto que me asusta lo que soy capaz de hacer por ti. Te quiero desde que te vi morir y decidí que no te dejaría ir. Eres mía, pero yo soy tu puto esclavo y haré todo lo que me pidas.

El corazón me da un vuelco. Ver al hombre de acero desarmado frente a mí, confesando su devoción mientras todavía estamos unidos por la lujuria más sucia, me destruye y me reconstruye al mismo tiempo. No hay mentiras en sus ojos grises, solo una lealtad que trasciende la guerra.

—Rowan... —intento decir, pero me calla con un beso que sabe a posesión y a promesa.

—Te voy a sacar de aquí —murmura contra mi piel—. Te voy a llevar a un lugar donde no haya sangre, donde no tengas que ser una reina ni una asesina. Solo Vega. Mi Vega.

Me permito cerrar los ojos y apoyarme en él, aspirando su aroma: pólvora, cuero y ese olor masculino y limpio que es mi único hogar.

Por un momento, el edificio de la Central sigue ardiendo en mi memoria, pero aquí, en el refugio de sus brazos, el fuego ya no quema.

Aquí, el monstruo ha dejado paso al hombre, y la superviviente ha encontrado, por fin, un lugar donde permitirse ser vulnerable.