Capítulo 46
Rowan
Me quedo en las sombras, pegado al marco de la puerta, y la veo.
Joder, la veo de verdad. No es la mujer rota que saqué de aquel pozo; es una puta diosa de la muerte desmantelando a Viktor pieza a pieza.
La luz roja de emergencia baña su perfil, y cada vez que el cuero de su guante cruje contra el pelo de ese malnacido, siento una sacudida eléctrica que me baja directa a la entrepierna.
Me estoy poniendo jodidamente duro en medio de una carnicería.
Es una perversión, lo sé, pero verla hundir ese cuchillo con esa calma gélida, oírla susurrarle al oído mientras Viktor se deshace en llanto y mocos, me despierta un hambre animal.
Me dan ganas de apartarla de un empujón, tirarla sobre ese escritorio cubierto de sangre y follarme a la asesina en la que se está convirtiendo hasta que olvide el nombre de todos los que se atrevieron a tocarla.
Pero el tiempo se agota.
—Vega, termina —mi voz sale más ronca de lo que pretendo, cargada de una urgencia que no es solo táctica.
El disparo final retumba en mis huesos. El cerebro de Viktor ensucia el ventanal y ella se queda ahí, respirando el humo de la pólvora.
Me acerco en dos zancadas, la agarro de la nuca con una fuerza que roza lo violento y la obligo a mirarme.
Sus ojos están encendidos, salvajes. Me acercaría a su boca ahora mismo si no fuera porque el techo está a punto de venirse abajo.
—¿Estás bien? —le gruño, hundiendo los dedos en su cuello.
—Eso creo —responde, y su voz me vibra en la palma de la mano.
—Bien. Porque esto solo ha sido el prólogo.
Un estruendo brutal sacude el edificio. El cristal blindado vibra cuando la primera cuerda de descenso golpea el exterior.
—¡Dante, informe! —bramo al comunicador, soltándola a regañadientes y levantando mi fusil.
—¡Cuidado! —grita Dante—. ¡Entran por las ventanas!
Tres granadas cegadoras revientan el ventanal ya agrietado. El cristal vuela en mil pedazos. Me lanzo sobre Vega, derribándola tras el escritorio justo cuando una ráfaga de subfusil siega el aire donde ella estaba hace un segundo.
—¡Muévete, Vega! —le grito sobre el estrépito de las hélices—. ¡Fuego de cobertura, ahora!
Me asomo y vacío medio cargador contra las sombras que se filtran por el hueco del ventanal.
Dos hombres de Vesper caen al suelo antes de tocar la alfombra.
Vega no espera órdenes; se desliza por el lateral del escritorio y abate a un tercero con dos tiros limpios al pecho.
Se mueve como si llevara toda la vida matando.
—¡Hacia el ascensor de servicio! —le ordeno, dándole una palmada en el muslo para que reaccione—. ¡Domenico, vuela el ala norte, ya!
—¡Con mucho gusto, jefe! —la voz de Domenico es lo último que oigo antes de que una explosión masiva haga temblar los cimientos de la Central.
El suelo se inclina. El humo negro invade el despacho. Agarro a Vega por la correa de su chaleco y la arrastro conmigo hacia el pasillo. La verdadera guerra no ha hecho más que empezar, y por fin tengo a mi reina disparando a mi lado.
El pasillo es un túnel de humo, escombros y flashes de luz roja.
El estruendo de la explosión de Domenico todavía me zumba en los oídos, pero mis sentidos están más afilados que nunca.
Llevo a Vega pegada a mi espalda; siento su calor, el roce de su equipo contra el mío, y esa sed de sangre que todavía emana de ella.
—¡Contactos a las doce! —brama Vega sobre el ruido de las alarmas.
No espera mi orden. Se asoma por mi flanco izquierdo y su SIG Sauer escupe fuego con una cadencia rítmica y letal.
Dos sombras que avanzaban con linternas tácticas se desploman en el suelo alfombrado.
Joder, cómo se mueve. Cada vez que dispara, el retroceso tensa los músculos de sus brazos y yo solo puedo pensar en cómo se sentirían esos mismos brazos rodeándome en la oscuridad.
—¡Avanza! —le rujo al oído, empujándola suavemente hacia el hueco de la escalera de servicio.
Entramos en la caja de la escalera y el sonido de las botas contra el metal resuena como disparos.
Bajamos los escalones de tres en tres. Mi mano busca la suya por un segundo, asegurándome de que sigue ahí, de que no es un espejismo de mi mente enferma.
El cuero de nuestros guantes vuelve a rechinar al apretarse. Ese sonido es mi nueva droga.
—Rowan, el ascensor principal está bajando —la voz de Miller cruje en el auricular—. Llevan equipo pesado. Escudos balísticos y gas. No salgáis al vestíbulo.
—Recibido, Miller. Vamos por el conducto de basura hacia el muelle B. Dante, despeja la salida.
—Un segundo, jefe... —escucho el disparo seco del rifle de Dante a través del micro—. Ya tienes el pasillo limpio. Corre.
Llegamos a la planta baja. El aire aquí abajo es más frío, cargado de polvo.
Me detengo frente a la puerta reforzada y pego a Vega contra la pared.
Mis ojos buscan los suyos tras el sudor y la ceniza.
Está jadeando, sus labios entreabiertos, y la adrenalina ha dilatado sus pupilas hasta borrarlas.
Está preciosa. Jodidamente peligrosa y preciosa.
—Escúchame —le digo, acortando el espacio hasta que mi máscara roza su frente—. Fuera hay un nido de avispas. No te separes de mí. Si nos cortan el paso, no busques cobertura, busca blancos. ¿Me oyes?
—Rowan —ella pone su mano enguantada sobre mi chaleco, justo encima de mi corazón, que late como un tambor desbocado—. Deja de hablar y sácame de aquí para que pueda seguir matando a estos hijos de puta.
Su voz es un ronroneo sucio, cargado de una promesa que me hace apretar los dientes. Esta mujer me va a destruir, y voy a disfrutar cada segundo.
—Esa es mi chica —gruño.
De una patada, reviento la puerta de salida al muelle. La luz de los focos de los helicópteros nos ciega por un instante. El aire se llena de balas. El asfalto salta en pedazos a nuestros pies.
—¡Fuego libre! —rujo, levantando mi fusil y barriendo la línea de vehículos que intentan bloquearnos.
Vega se agacha tras un contenedor y empieza a repartir plomo con una precisión que hace que los hombres de Vesper se lo piensen dos veces antes de asomar la cabeza. Es una sinfonía de destrucción. En medio del caos, la veo sonreír. Una sonrisa pequeña, cruel, idéntica a la mía.
Vesper quería una asesina. Yo le he dado a su peor pesadilla. Y lo mejor de todo es que ella es mía.
El muelle de carga es una puta carnicería. El aire es una masa densa de humo, olor a neumático quemado y el silbido constante del plomo pasando a centímetros de nuestras cabezas. Los focos de los helicópteros barren el asfalto como dedos de un dios cabreado, buscándonos.
—¡Cúbreme! —le grito a Vega, señalando el todoterreno blindado que Domenico ha dejado en marcha a cincuenta metros.
Ella no asiente; simplemente actúa. Se planta en medio del caos, con las piernas abiertas y el cuerpo firme, vaciando el cargador contra un grupo de hombres que intentan flanquearnos desde las oficinas exteriores.
Cada vez que su arma escupe fuego, su cuerpo absorbe el retroceso con una fuerza que me hace apretar los dientes.
El sudor le resbala por el cuello, perdiéndose bajo el chaleco, y yo solo puedo pensar en morder esa misma piel mientras el mundo vuela por los aires.
Es una visión de pura violencia erótica. Mi instinto de protección lucha contra las ganas de empujarla contra el blindaje del coche y saborear la victoria en su boca, pero una ráfaga de ametralladora me devuelve a la realidad, astillando el contenedor que tenemos al lado.
—¡Muévete, joder! —rujo, agarrándola por el hombro mientras corremos bajo una lluvia de chispas y metal.
Llegamos al coche. Abro la puerta del conductor de un tirón y ella se desliza por el asiento del copiloto sin soltar su arma. Antes de que pueda cerrar mi puerta, dos hombres de Vesper aparecen de la nada tras el bloque de hormigón.
Vega no me da tiempo a levantar mi fusil.
Se inclina sobre la consola central, invadiendo mi espacio, su cuerpo presionando contra el mío mientras dispara a través de mi ventanilla abierta.
El estruendo dentro de la cabina es ensordecedor.
El olor a pólvora nos envuelve como un sudario.
Sus pechos rozan mi brazo, su respiración agitada golpea mi cuello, y por un segundo, el tiempo se congela.
Me mira de reojo, con el rostro manchado de hollín y una chispa de locura en los ojos que me dice que está sintiendo lo mismo que yo. Esa sed, esa hambre sucia de adrenalina y sexo.
—Arranca de una puta vez, Rowan —me dice con una voz que suena a lija y terciopelo.
—A tus órdenes, Reina —respondo, con una sonrisa salvaje.
Hundo el pedal del acelerador. El motor del todoterreno ruge como una bestia y las ruedas chirrían, quemando goma antes de salir disparados hacia la salida.
—¡Domenico, última carga, ahora! —bramo por el comunicador.
—¡Adiós, Central! —grita Domenico.
A través del retrovisor, veo cómo el edificio que fue el imperio de Viktor se convierte en una bola de fuego naranja y negra. La onda expansiva sacude el coche, pero no dejo de acelerar.
Estamos fuera. Estamos vivos. Y ahora que la sangre de Viktor se está secando en sus guantes, sé que no voy a poder contenerme mucho más tiempo. Vega está recostada en el asiento, recargando su arma con movimientos rítmicos, lentos, casi hipnóticos.
—Rowan —dice ella, sin mirarme, pero con una intensidad que me quema—. No vuelvas a la madriguera.
—¿A dónde quieres ir?
Ella gira la cabeza. Me mira con una promesa que hace que mis manos se aferren al volante hasta que los nudillos se vuelven blancos.
—Donde no haya cámaras. Donde no haya hombres. Donde solo estemos el monstruo y su reina.
Me relamo los labios, sintiendo el sabor a ceniza y victoria.
—Como quieras, nena. Como quieras.