Capítulo 45
Vega
La puerta cede con un crujido sordo y entramos. El despacho es inmenso, bañado por la luz fría de la luna. Al fondo, sentado tras un escritorio de obsidiana, Viktor nos espera. Tiene una copa de cristal en la mano y esa sonrisa que me revuelve las entrañas.
—Sabía que vendrías, Rowan —dice Viktor, su voz es el eco de mis pesadillas—. Pero pensé que traerías a tu mascota preferida.
Me adelanto, saliendo de la sombra de Rowan. La luz roja de emergencia ilumina mi rostro y veo cómo su sonrisa flaquea al notar el vacío absoluto en mis ojos.
—Adelante, nena —murmura Rowan. Su voz, suena como el juicio final—. Es todo tuyo.
—Ya no tengo correa, Viktor —digo. Mi voz suena extrañamente tranquila.
Viktor intenta alcanzar un cajón, pero un disparo de Dante desde el tejado hace añicos una esquina del ventanal, creando una t elaraña de grietas frente a su cara. Se queda petrificado.
—Dante tiene el dedo en el gatillo, y el láser rojo apuntando a tu cabeza —anuncia Rowan con frialdad, quedándose a un lado como una sombra vigilante—. Habla, nena. Es tu turno.
Me acerco al escritorio con una lentitud tortuosa. Viktor intenta recuperar su arrogancia, pero el sudor brilla en su frente.
—¿Qué vas a hacer, Vega? ¿Vas a leerme mis derechos? —se mofa, aunque su voz tiembla.
No respondo. En un movimiento rápido, rodeo el escritorio y, antes de que pueda reaccionar, clavo la boca del cañón de mi SIG Sauer en el centro de su mano izquierda, la que apoya sobre la mesa. Y disparo.
El grito de Viktor desgarra el aire. El cristal de la mesa se tiñe de un rojo brillante.
—¡Maldita zorra! —gruñe entre dientes, retorciéndose
—Eso es por la primera noche —digo, mi voz es un susurro gélido—. Por el miedo.
Él intenta apartarse, pero le agarro del pelo con mi mano enguantada, obligándolo a mirarme mientras el cuero cruje contra su cuero cabelludo. Su rostro está deformado por el dolor. No siento lástima; siento una curiosa sensación de equilibrio.
—¿Te acuerdas de la privación sensorial, Viktor? —susurro, inclinándome sobre él hasta que puede oler la pólvora de mi arma—. ¿De los días en los que no sabía si era de día o de noche porque tú habías decidido borrarme el mundo?
Saco un cuchillo de caza de mi muslo. La hoja de acero oscuro no refleja la luz; la absorbe. Con una precisión que me enseñó el dolor, hundo la punta apenas unos milímetros bajo su mano destrozada.
—¡Agh! ¡Para! ¿Crees que esto te devolverá lo que perdiste, Vega? —escupe él, su voz todavía arrastra esa superioridad enferma—. Mírate... te has convertido en el monstruo que tanto odias. Deberías darme las gracias. Sin mi "terapia", seguirías siendo una funcionaria mediocre.
Él suelta un grito agudo, un sonido patético que se corta cuando le estampo la culata de la pistola en la boca, rompiéndole los dientes frontales.
—Silencio —le ordeno—. Yo no podía gritar cuando me hundías el metal en la carne.
Deslizo el cuchillo lentamente, separando la carne del hueso con la meticulosidad de un cirujano.
Viktor se retuerce, gimiendo entre la sangre que le llena la boca, pero el peso de mi cuerpo lo mantiene anclado.
No es solo dolor físico; es la humillación de verse desmantelado por la "mascota" que creía haber roto.
—¡Maldita puta! ¡Dispara ya y acaba con esto! No tienes agallas para lo que viene después. ¡Vesper te desollará viva por esto!
—Vesper no está aquí ahora, Viktor —susurro, inclinándome sobre él hasta que mi aliento roza su oído—. Solo estamos tú, yo y todos los recuerdos que intentaste borrar. ¿Te acuerdas? ¿De cuando apagabas tus putos cigarritos en mi piel?
Le agarro la mandíbula con mi mano enguantada, apretando hasta que escucho un crujido. Con la otra mano, busco un cigarro encendido en el cenicero de cristal de su mesa y lo presiono lentamente contra la cuenca de su ojo derecho.
—¡Agh! ¡Para! ¡Mátame, joder! —suplica ahora, su arrogancia desmoronándose en un sollozo gutural—. ¡Te diré dónde están las cuentas! ¡Te daré los códigos! ¡Rowan, dile que pare!
—Rowan no te oye, Viktor —digo con una frialdad que me hiela la sangre—. Nadie te oye.
Saco el cuchillo de su mano con un tirón seco y él cae al suelo, acurrucado, apretándose la herida.
Le doy una patada en las costillas que lo hace rodar por la alfombra.
Me coloco sobre él, clavando mi bota en su garganta, ejerciendo la presión justa para que el aire le falte, pero no lo suficiente como para que deje de sentir.
Le pego la punta del arma, justo debajo del ojo. El olor a carne quemada llena el despacho. Viktor está llorando ahora, lágrimas de terror puro que se mezclan con la sangre.
—¿Recuerdas cuando me decías que el dolor era solo una respuesta química? —le pregunto, deslizando el cañón caliente de la pistola por su mejilla, quemándole la piel—. Vamos a comprobar cuánta química aguantas.
Le pego un culatazo en la mandíbula que lo hace escupir un diente. Viktor se desploma hacia un lado, sollozando, suplicando con una voz que ya no tiene rastro de poder.
—Vega, termina —la voz de Rowan llega desde la penumbra, profunda y cargada de una extraña urgencia—. Tenemos que movernos. Vesper viene de camino.
Miro a Viktor. Su rostro es una máscara de agonía y ruina. Ya no queda nada del hombre que me hablaba con superioridad desde las sombras. Lo he reducido a lo que él intentó hacerme a mí: un trozo de carne que solo sabe sufrir.
—Me dijiste que yo moriría en aquel sótano, que yo no era nada, Viktor —le digo, apoyando el cañón de la SIG Sauer en su paladar, obligándolo a tragar el acero—.
Que solo era un trozo de carne. Resulta que la carne ha aprendido a matar.
Tenías razón. La mujer que conociste murió. Pero deberías haberme matado.
Miro a Rowan por encima del hombro. Él asiente, con sus ojos grises brillando tras la máscara, reconociendo a la mujer que ha nacido de las cenizas.
Miro a Viktor. Es un despojo humano, una sombra de la figura imponente que me torturó. Ya no me asusta. Ya no es nadie.
—Dile al diablo que Rowan te envía —susurro.
Aprieto el gatillo.
El retroceso me vibra en el brazo, una sacudida final que corta el hilo de mi pasado.
El cuerpo de Viktor se desploma hacia atrás, manchando el ventanal con un patrón irregular de carmesí.
Siento que una parte de mi alma, la que estaba encadenada en aquel sótano, por fin se libera.
Me quedo ahí un segundo, respirando el aire cargado de muerte, sintiendo cómo el cuero de mis guantes se ajusta a mis manos como una segunda piel.
Rowan llega a mi lado en dos zancadas. Me agarra de la nuca y me obliga a mirarlo.
—¿Estás bien? —pregunta.
—Eso creo —respondo, bajando el arma.
—Bien. Porque esto solo ha sido el prólogo.
Un estruendo sacude el edificio. Se escuchan helicópteros y disparos.
—Dante, informe —ladra Rowan por el comunicador.
—Se acabó el recreo, jefe —la voz de Dante suena tensa—. El equipo de intervención de Vesper acaba de aterrizar en la azotea. Vamos a borrarlo todo.
Rowan me agarra de la mano. El crujido del cuero contra el cuero sella nuestro nuevo pacto.
—Vámonos, nena —dice, tirando de mí—. Ahora empieza la verdadera guerra.