Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 44
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Capítulo 44

Vega

El asfalto pasa rápido bajo los neumáticos del todoterreno negro de Rowan.

El amanecer ya no es una promesa, es una realidad hiriente que lo tiñe todo de un naranja industrial.

Rowan conduce en silencio, con las manos firmes sobre el volante y la mirada perdida en la carretera, pero su mandíbula está apretada, como si estuviera conteniendo una tormenta.

Yo no soy la misma mujer que subió a este coche hace unos días. Siento el peso del arma que me ha dado en la cintura, fría contra mi piel, y por primera vez, el contacto no me produce rechazo. Me produce seguridad.

—Estamos llegando —dice él, rompiendo el silencio.

Se desvía por un camino de tierra oculto tras una nave abandonada en las afueras. Tras una fachada de ladrillo visto y cristales rotos, se alza un portón metálico que se abre automáticamente al detectar su señal. Entramos en un complejo que nada tiene que ver con el abandono del exterior.

Es limpio, tecnológico y letal.

—Bienvenida a mi madriguera —murmura Rowan mientras apaga el motor.

Al bajar, el sonido de mis botas sobre el suelo pulido resuena en el hangar.

Hay pantallas gigantes que monitorizan puertos, fronteras y flujos de capital en tiempo real.

Pero lo que me corta la respiración no es la tecnología, sino las paredes del fondo: están cubiertas de fotografías.

Rostros de mujeres, de niños, de hombres desaparecidos.

Algunos tienen una marca verde; otros, una roja.

Rowan se detiene frente a un panel táctil y me hace una señal para que me acerque.

—Dijiste que querías saberlo todo. Aquí es donde ocurre. Interceptamos los cargamentos de la Grey line y de otras redes antes de que lleguen a los barcos.

Desliza una imagen en la pantalla. Es una cámara térmica que muestra el interior de un contenedor. Veo pequeñas formas humanas acurrucadas.

—Entramos, neutralizamos a los transportistas y extraemos a las víctimas.

Las llevamos a casas francas bajo otra identidad.

A veces, para salvar a diez, tenemos que dejar un rastro de cadáveres detrás.

No hay juicios aquí, solo extracciones. Así es como financiamos la guerra contra Vesper: robándoles su mercancía y sus activos.

Me giro y veo a un grupo de cinco hombres acercándose. No visten uniformes, pero se mueven con la disciplina de los soldados de élite. Tienen cicatrices parecidas a las de Rowan; tienen la misma mirada de quien ha visto el fin del mundo y ha decidido volver.

—Estos son mis hombres —dice Rowan, poniéndose a mi lado—. Miller, jefe de comunicaciones. Jay y Bax, equipo de asalto.

Uno de ellos, un hombre robusto con una cicatriz que le cruza la ceja asiente con respeto.

—Vaya —dice Miller con una voz profunda que retumba en el hangar—. La última vez que te vi, Inspectora, no podías ni mantener la cabeza derecha. Me alegra ver que estás totalmente recuperada.

—Ya no soy Inspectora —respondo, y mi voz suena extrañamente sólida—. Solo soy alguien que quiere ver a Viktor bajo tierra.

Rowan camina hacia una mesa central donde se despliega un mapa holográfico de la Central, el edificio de máxima seguridad donde Vesper y Viktor operan.

—Recuerdo vuestras voces —murmuro, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Y recuerdo el sonido de vuestras armas. Gracias por ayudar a Rowan a sacarme de allí.

Jay suelta una risa seca desde el fondo, apoyado en una caja de munición.

—No tienes que darnos las gracias preciosa. Solo asegúrate de que valga la pena el riesgo que corrimos.

Rowan pone una mano en mi hombro, un gesto que marca territorio y, a la vez, me integra en el grupo. Luego, señala hacia el otro extremo de la mesa, donde dos figuras familiares terminan de revisar su equipo.

—A ellos ya los conoces —dice Rowan, relajando un poco la mandíbula—. No hace falta que os presente.

Domenico levanta la vista del plano y me dedica una inclinación de cabeza casi imperceptible. Hay una calma gélida en él, la misma que vi cuando compartíamos espacio en el departamento, antes de que todo saltara por los aires.

—Vega —dice Domenico a modo de saludo—. Espero que tu puntería esté mejor que tu memoria. Esta noche no habrá margen de error.

Dante, fiel a su estilo, me guiña un ojo mientras termina de ajustar un detonador. A pesar del equipo táctico, sigue teniendo ese aire de insolencia que lo caracteriza.

—¿Qué pasa, jefa? —sonríe Dante—. Me alegra que hayas dejado de ser una poli estirada para unirte a la fiesta. Te prometo que lo de esta noche va a ser mucho más divertido que las guardias en el ático.

—Dante —lo señala Rowan—. Es nuestro rastreador. Si una mujer desaparece en un puerto de Asia o en un sótano de los Balcanes, Dante encuentra el rastro de calor antes de que se enfríe. No hay ratonera en la que Vesper pueda esconderse que él no pueda abrir.

Dante me dedica una inclinación de cabeza casi imperceptible.

—He rastreado a Viktor durante meses, Vega —dice con una voz que suena como papel de lija—. Sé a qué hora parpadea. Esta noche, esa rata no tendrá donde esconderse.

—Y Domenico —continúa Rowan—. Especialista en infiltración y demoliciones controladas. Él es quien se encarga de que las puertas que no tienen llave salten por los aires sin herir a los que están dentro.

Rowan me mira, y por un segundo, el líder implacable deja paso al hombre que me abrazó en el salón. Golpea la mesa, reclamando la atención de todos. El ambiente cambia al instante; la camaradería se convierte en disciplina militar.

—Basta de charlas —sentencia Rowan—. Miller, bloquea las comunicaciones de la Central. Dante, quiero las rutas de escape de Viktor selladas. Domenico, tú te encargas de la pirotecnia en los puntos ciegos. Vega y yo vamos directos al núcleo.

Miro a Dante y a Domenico. Ya no son los hombres que me miraron el primer día fingiendo normalidad; son la muerte reencarnada en persona. Miro a Miller y a los demás, los hombres que me salvaron la vida sin conocerme.

—No quiero que Viktor muera rápido —suelto, y mi voz suena tan gélida que incluso Domenico deja de sonreír—. Quiero que sepa exactamente quién lo está matando.

Rowan asiente con un orgullo salvaje.

—Escuchad —la voz de Rowan se vuelve puro acero—. El tiempo se ha acabado. Vesper cree que Vega es un cabo suelto y que yo soy un traidor herido. Vamos a usar esa confianza.

Señala un punto en el sótano del plano, el mismo lugar que reconozco por los planos que estudié en mi vida anterior.

—Viktor estará aquí esta noche para supervisar el envío de "La Reina".

Es su mayor cargamento del año. Entraremos por el conducto de ventilación del ala norte.

Bax y Jay crearán una distracción en la entrada principal con explosivos de baja frecuencia.

Miller hackeará el sistema de incendios para bloquear las salidas de emergencia.

Rowan se gira hacia mí. Su mirada busca la mía, evaluándome.

—Y nosotros dos iremos directos a su despacho. No vamos a por el cargamento, Vega. Vamos a por sus cabezas. Viktor es tuyo. Vesper es mío. Si alguien se interpone, no preguntéis. Disparad a matar.

Miro el plano. Miro a esos hombres que han dedicado su vida a una justicia sangrienta. Se mueven con una elegancia peligrosa, una que solo poseen los que han hecho de la muerte su oficio.

Y luego miro a Rowan. Él me tiende un par de guantes tácticos y un comunicador.

—Ya conoces al equipo —dice Rowan, su voz es un murmullo bajo——Este el final del camino nena. ¿Estás lista?

Aprieto los guantes entre mis manos y siento una calma fría recorriéndome las venas. Ya no hay dudas. Ya no hay amnesia que me valga como excusa.

Me pongo los guantes tácticos, ajustando el velcro con un sonido seco.

Dante y Domenico se dispersan hacia el armamento, moviéndose en perfecta sincronía.

Ya no soy una víctima recuperándose en una clínica.

Soy parte de una organización que ha encontrado el rastro de su presa.

Y esta noche, la Central va a descubrir que el mayor error de Viktor no fue torturarme, sino dejarme viva para aprender de Rowan.

—Dales la señal, Rowan.

—Ya la habéis oído —sentencia Rowan—. Preparad el equipo. Salimos en diez minutos.

Los chicos se ponen en marcha, fundiéndose con las sombras del hangar.

Rowan me tiende un comunicador y lo ajusto en mi oreja con un movimiento seco.

El plan está trazado. Las salvaciones de mujeres y niños que Rowan me ha explicado —el alma de su organización— son el motivo por el que confío en él.

Pero lo de esta noche... lo de esta noche es por nosotros.

Rowan me tiende la mano.

—Vamos a buscarlos —susurra—. Es hora de que el monstruo y su reina limpien la casa.

Agarro su mano y el crujido seco de nuestros guantes tácticos sella el pacto.

Es un agarre frío, de cuero contra cuero, desprovisto de ternura, pero cargado de una lealtad letal.

En ese apretón no hay consuelo, solo la confirmación de que ya no somos dos personas, sino dos armas listas para disparar al unísono.

Salimos hacia los vehículos. El camino de sombras que nos queda por recorrer solo tiene una dirección, y el final está teñido de rojo.

El trayecto hacia la Central es un descenso silencioso hacia el infierno.

Las luces de la ciudad pasan como líneas borrosas a través del cristal blindado.

A mi lado, Rowan sostiene el volante con una calma que me aterra y me fascina a partes iguales.

En su regazo descansa una máscara táctica de fibra de carbono, un rostro sin alma para el hombre que está a punto de dejar de ser humano.

—En tres minutos Miller activará el pulsómetro —dice por el comunicador, sin apartar la vista de la carretera—. Dante, posición.

—En el tejado del edificio sur. Tengo el despacho de Viktor en la mira. No hay movimiento en el muelle de carga... todavía —la voz de Dante llega limpia, carente de emoción.

—Domenico, ¿tus juguetes están listos? —pregunta Rowan.

—A un segundo de convertir el ala este en un espectáculo de luces, jefe. Esperando a que el cronómetro llegue a cero.

Rowan detiene el todoterreno en un callejón sin salida que conecta con los muelles. Apaga las luces. El silencio que sigue es tan denso que puedo oír mi propia respiración. Él se gira hacia mí. En la penumbra, sus ojos grises brillan con una intensidad depredadora.

—Escúchame, Vega —su voz es un murmullo cargado de advertencia—. Una vez que crucemos esa puerta, no hay vuelta atrás. No eres una policía intentando hacer lo correcto. Eres el verdugo de la persona que te destruyó. Si dudas, te matarán. Si te detienes, moriremos los dos.

—No voy a dudar —respondo, y me sorprende la falta de temblor en mi voz.

Me ajusto el chaleco y verifico la recámara. De repente, las farolas se apagan. Miller ha cortado la red. Es una oscuridad artificial, pesada, perfecta.

—Ahora —sentencia Rowan.

Bajamos del coche sincronizados. Nos movemos como sombras entre los contenedores de carga. El aire huele a salitre y a metal oxidado. A lo lejos, una explosión sorda sacude el suelo: Domenico ha iniciado la distracción en el lado opuesto de la Central.

—Todas las unidades, entramos —ordena Rowan mientras se coloca la máscara.

Llegamos a la puerta del muelle de carga.

Dos guardias de Viktor, confundidos por el apagón y la explosión lejana, intentan estabilizar sus linternas.

No tienen tiempo ni de gritar. Rowan abate al primero con dos disparos sordos al pecho; yo me encargo del segundo.

El retroceso del arma golpea mi brazo, pero mi mano no flaquea.

El hombre cae al suelo como un fardo de ropa vieja.

Ya no siento asco. Solo una fría satisfacción.

—Pasillo despejado —susurro por el comunicador, pasando por encima del cuerpo.

—Entrando en el núcleo —responde la voz de Bax entre interferencias.

Rowan me indica con un gesto que nos peguemos a la pared. El pasillo que lleva al despacho central está sumido en la luz roja de emergencia, creando sombras alargadas que parecen garras. Cada paso nos acerca más al hombre que me arrebató la vida.

Llegamos a la puerta doble de nogal. Rowan coloca una carga térmica.

Siento a Rowan a mi espalda, cubriéndome, siendo mi sombra y mi escudo. Ya no somos nosotros contra el mundo; somos el fin del mundo para ellos.

—Viktor está dentro —murmura Rowan —. Prepárate. Estás a punto de recuperar tu voz.

Aprieto la empuñadura de mi pistola, el cuero de mi guante crujiendo contra el polímero. El sótano fue mi tumba, pero este edificio será la suya.

—Dentro.