Capítulo 43
Rowan
Vega me mira con una mezcla de horror y fascinación, como si fuera un accidente de tráfico del que no puede apartar la vista.
He soltado el lastre, he confesado que fui su verdugo antes de ser su sombra, y ahora el aire entre nosotros está cargado de una electricidad estática que me eriza el vello de la nuca.
—¿Por qué entraste en Red? —susurra en voz baja—. Me dices que te mandaron matarme, pero ¿Cómo termina alguien como tú en un lugar tan oscuro?
Me paso una mano por la cara, sintiendo la barba de varios días. La fatiga me golpea, pero ella merece la verdad, la que no viene envuelta en disculpas.
—Yo ya estaba en esas mierdas mucho antes de conocerte.
Tengo... otra organización. Algo que fundé con hombres que, como yo, se cansaron de mirar hacia otro lado.
Nos dedicamos a sacar a mujeres y niños del tráfico humano.
Sombras rescatand o sombras. Es lo único que me permite dormir algunas noches.
Ella frunce el ceño, intentando encajar esta nueva pieza en el rompecabezas de mi vida.
—¿Y por eso te infiltraste en Grey Line ?
—Exacto. Para destruir un nexo de esa magnitud, no puedes llamar a la puerta con una orden judicial que ellos mismos han pagado para ignorar. Tienes que ser la rata que corre por sus tuberías. Me infiltré en la Red para identificar sus rutas, sus compradores, para destruirlos desde dentro.
Me acerco un paso, bajando la voz, dejando que vea la amargura en mis ojos.
—Lo que no estaba en mis planes era que me asignaran ser tu verdugo.
Se suponía que eras un cabo suelto de Asuntos Internos que debía ser eliminado.
Cuando me dieron la carpeta con tu foto ni siquiera sabía quién eras.
Pero luego empezamos a trabajar juntos. Y el monstruo que yo había construido para sobrevivir en la Red empezó a desmoronarse cada vez que me sonreías o me dabas ese café aguado por las mañanas.
Vega niega con la cabeza, sus muñecas aún brillan bajo la luz pálida del amanecer.
—Soy un hijo de puta, Vega. He hecho cosas peores. He matado a gente que probablemente no lo merecía tanto como los tipos a los que persigo. He quemado puentes, he mentido a la cara a personas que confiaban en mí y he apretado el gatillo sin pestañear más veces de las que me gustaría admitir.
Me planto frente a ella, dejando que vea al hombre real, el que no tiene insignias ni honor.
—No soy el héroe que quieres que sea. No hay nada blanco o negro en mí; soy una escala de grises que tira a negro.
Pero en mitad de toda esa mierda, apareciste tú.
Y por primera vez en mi puta vida, no me importó quemar mi misión, mi organización o mi propia piel con tal de que tú no fueras otra cifra más en mi lista de bajas.
Agarro sus manos, esta vez sin apretar, dejando que ella decida si quiere soltarse.
—Podrás intentar convencerme de que esto es un error, de que no deberíamos estar juntos, pero mientes.
Eres tan mía como el aire que respiro, y el simple pensamiento de que otro intente siquiera mirarte me revuelve las entrañas.
Te quiero de una forma que raya en la locura, y si tengo que quemar el mundo entero para asegurarme de que te quedas a mi lado, lo haré.
Me enamoré de la mujer que debía matar. Y ahora, lo único que me queda es terminar lo que empezamos.
No por justicia, ni por honor... sino porque nadie volverá a tocarte mientras yo siga respirando.
Aunque eso signifique que tengas que pasar el resto de tu vida odiándome.
Vega no se aparta. Sus manos siguen bajo las mías, y aunque su cuerpo está tenso como una cuerda a punto de romperse, no huye. Esa es la tragedia de lo nuestro: estamos encadenados por algo mucho más resistente que aquellas bridas de plástico.
—¿Cuántos? —pregunta ella, y su voz tiene un tono que me hiela la sangre.
—¿Cuántos qué?
—¿A cuánta gente has matado? Si vamos a hacer esto, necesito saber con quién estoy compartiendo cama. No quiero más mentiras.
Suspiro, dejando que el aire escape de mis pulmones como si con él se fuera una parte de mi alma. Me apoyo en la pared, sintiendo el frío del yeso contra mi espalda.
—He perdido la cuenta, Vega. En las misiones de extracción, en los callejones donde la ley no entra...
y en la Grey line . Para que ellos confiaran en mí, para que me dieran contactos, tuve que demostrar que era el mejor de sus perros de presa.
He quitado vidas para salvar otras, o al menos eso es lo que me digo a mí mismo para no pegarme un tiro cada vez que me miro al espejo.
La organización que dirijo se financia con dinero sucio.
Robamos a los traficantes para hundir a los traficantes.
Es un círculo vicioso, un pozo de mierda del que no se sale ileso.
No soy un policía que se volvió malo; soy un hombre que aceptó que la única forma de combatir el mal absoluto es ser un poco más cruel que el enemigo.
Ella da un paso hacia atrás, procesando la magnitud del hombre que tiene delante. No soy el compañero de patrulla que le cubría las espaldas; soy un espectro que habita en los matices del asesinato y la traición.
—Me das asco —dice, pero sus ojos dicen otra cosa—. Y lo peor es que te entiendo. Entiendo que, en este mundo podrido, un hombre bueno no habría durado ni dos días en ese sótano conmigo.
—Un hombre bueno te habría llorado en el funeral. Un hombre como yo quemó el sótano y le cortó el cuello al tipo que te puso las manos encima mientras él suplicaba por su vida.
Me acerco de nuevo, invadiendo su espacio personal, obligándola a sentir la violencia contenida que siempre late bajo mi piel.
—Esa es la verdad, Vega. No hay redención para mí.
Pero hay una cosa que es más real que cualquier muerte que haya causado: lo que siento por ti es lo único que me queda de humanidad.
Si quieres entregarme después de que acabemos con esto, hazlo.
Te daré las pruebas, los nombres y me dejaré llevar a una celda.
Pero hasta que ese hijo de puta caiga, eres mía y yo seré tu arma.
La miro fijamente, esperando que me pegue o me grite. Pero Vega solo aprieta los puños y mira hacia el horizonte donde el sol empieza a teñir el cielo de un rojo sangre.
—Quiero matarlo yo misma.
—¿Qué?
—He dicho que quiero matarlo yo —repite, y su voz suena tan fría que casi no la reconozco.
La tensión en el salón es una cuerda que se tensa hasta que el aire duele.
Vega me mira con una mezcla de desprecio y necesidad.
El silencio no es de paz; es el preludio del desastre.
Sus ojos viajan de mis labios a mis manos, esas manos que ella sabe que han hecho cosas horribles.
Ver la oscuridad en ella, esa sed de venganza que acabo de despertar, me quema por dentro.
He corrompido lo único puro que tenía, y la ironía es que eso nos hace, por primera vez, iguales.
—¿Así que quieres ser como yo, Vega? ¿Quieres sentir el peso de una vida en tus manos?
—Quiero que me dejes decidirlo a mí —escupe ella, agarrándome por la solapa de la camiseta—. Quiero que dejes de tratarme como si fuera de cristal mientras tú te bañas en sangre.
El contacto físico es el detonante. Su toque me quema. Mis manos, actúan por puro instinto, se cierran sobre su cintura y la estampan contra la pared. El golpe es seco. Ella suelta un gemido que es mitad rabia, mitad deseo.
—Me odias —le gruño, pegando mi frente a la suya—.
Me odias por lo que soy y por lo que te hice.
Intenta alejarme todo lo que quieras, levanta los muros que te dé la gana, pero al final siempre vas a acabar aquí, conmigo.
No hay nadie más en mi cabeza, y no voy a permitir que nadie más te toque.
Eres mi obsesión más absoluta y mi debilidad más peligrosa, y ya no me importa caer con tal de tenerte atada a mí.
—Te odio tanto que me cuesta respirar. Te odio porque me engañaste... y porque no puedo evitar querer que me toques.
Esa confesión rompe la última barrera de mi autocontrol.
Me lanzo sobre su boca con una violencia hambrienta.
Es una lucha, una colisión de dos personas rotas que intentan encajar sus pedazos a la fuerza.
Vega me devuelve el beso con la misma intensidad, mordiendo mi labio hasta que el sabor metálico de la sangre inunda nuestras bocas.
Es una validación retorcida. Ella está aceptando al monstruo.
La levanto en vilo y ella enrosca sus piernas alrededor de mi cintura sin romper el beso. Caminamos a ciegas, impulsados por una necesidad que va más allá de lo físico. La deposito sobre la mesa, apartando los papeles con un movimiento brusco.
— Si cruzas el límite de matar conmigo, no quedará nada de la policía que fuiste. —le advierto, con la voz rota.
—Esa mujer murió en el sótano, Rowan. Ahora solo queda esto.
Vega apoya la palma de su mano sobre mi pecho, justo encima del corazón, como si quisiera sentir cada uno de sus latidos para convencerse de que este momento no es otro espejismo del sótano. Se queda mirándome un rato, con esa mirada que ahora es una mezcla letal de vulnerabilidad y acero.
—Rowan —dice mi nombre con una suavidad que me desarma, una que no encaja con la sangre que aún mancha nuestras manos—. Dices que eres el monstruo de esta historia. Que eres la oscuridad y que no hay redención para ti.
Hace una pausa y desliza sus dedos hacia arriba, hasta acariciar mi mandíbula con una ternura que me quema.
—Pero te equivocas —continúa, y su voz es firme, sin un rastro de duda—.
El monstruo me habría dejado morir para salvar su secreto.
El monstruo no me habría mirado a los ojos mientras su mundo se desmoronaba.
Si hoy soy esta mujer, si hoy estoy viva y dispuesta a pelear, es porque tú me diste algo que nadie más pudo.
Se inclina y me besa la mejilla, justo sobre una pequeña cicatriz, antes de volver a mirarme a los ojos.
— Eres el único lugar donde, incluso siendo otra persona, por fin me siento a salvo. No me importa quién fuiste; me importa que, cuando todo se volvió negro, tú fuiste el único que no me soltó la mano.
Esas palabras se clavan en mi pecho con más fuerza que cualquier bala.
Me dejan sin aire, desnudando al hombre que se oculta tras el verdugo.
Por un instante, el peso de mis pecados se siente un poco más ligero solo porque ella ha decidido que, a pesar de todo, valgo la pena.
Es una confesión tan pura y suicida que me obliga a cerrar los ojos para que no vea cómo me quiebro.
Nadie me había mirado nunca así, no después de saber qué tipo de sangre mancha mis manos.
La atraigo hacia mí con una urgencia que me nace de las entrañas.
Mis brazos la envuelven, rodeando su espalda con una firmeza que roza la desesperación.
La pego a mi cuerpo con tal fuerza que apenas queda aire entre nosotros, queriendo que sienta que mi pecho es un muro de hormigón construido solo para protegerla.
Ella es pequeña a mi lado, pero este abrazo se siente como si fuera ella quien me sostiene a mí, evitando que me desmorone en mil pedazos de culpa y ceniza.
Hundo mi rostro en la curva de su cuello, aspirando su aroma por última vez antes de que el olor a pólvora lo borre todo mañana.
Noto cómo sus manos se entrelazan detrás de mi nuca, cómo sus dedos se hunden en mi pelo, aceptando al monstruo, perdonando al traidor.
Es un abrazo que sabe a despedida y a juramento.
Mis manos suben por su espalda, trazando el mapa de su columna, memorizando cada curva, cada estremecimiento.
En este rincón podrido del mundo, con la lluvia azotando el cristal y la muerte esperándonos al amanecer, este contacto es lo único sagrado que he tenido en años.
—No te voy a soltar nunca —le respondo, sellando la promesa contra su frente, dejando que mis labios rocen su piel con una reverencia que no sabía que poseía—. Ni en este mundo, ni en el que vamos a quemar mañana.
Me quedo ahí, mecido por su respiración, sabiendo que mataría a cualquiera que intentara romper este círculo que hemos trazado. Ella me ha dado una razón para sobrevivir al infierno que viene, y yo voy a asegurarme de que, cuando las llamas se apaguen, ella sea la única que quede en pie.