Capítulo 41
Rowan
El mundo vuelve a mí en forma de baches y olor a desinfectante.
Abro los ojos y lo primero que veo es el techo metálico de la furgoneta de Miller.
El dolor en mi espalda es un incendio forestal; cada vez que el vehículo salta, siento como si me estuvieran clavando cristales al rojo vivo en la piel. Pero el dolor físico es secundario.
—¿Vega? —susurro.
—Está aquí, Rowan. No te muevas, joder, te han cosido a balazos —la voz de Miller suena tensa desde el asiento delantero.
Giro la cabeza con un esfuerzo sobrehumano.
Vega está tumbada en el banco de enfrente, pálida como la cera, con los ojos entreabiertos pero perdidos en el vacío de la droga que le metieron.
Miller le ha puesto una manta térmica, pero sus muñecas...
Dios, sus muñecas son una carnicería de carne viva y sangre seca.
—No podemos ir a un hospital —sentencio, intentando incorporarme. Un espasmo de dolor me devuelve al suelo de la furgoneta—. Miller, escucha... si la ll evas a un hospital público, Vesper la encontrará en diez minutos. Y a mí me pondrán las esposas antes de que me saquen la primera bala.
—Está muy mal, Rowan. Necesita cirugía, no un botiquín de primeros auxilios.
—Toma la salida 14. Barrio de los Pescadores —jadeo, apretando los dientes—. Busca el callejón detrás de la antigua conservera. Pregunta por Helena.
Miller me mira por el retrovisor, dudando. —¿La Doctora de las Sombras? Rowan, esa mujer cobra fortunas por no hacer preguntas.
—Dile que voy yo. Ella me debe una vida. O tres.
Llegamos veinte minutos después. Es un local sin letrero, oculto tras una persiana metálica llena de grafitis.
Miller y Bax me ayudan a bajar, aunque yo me empeño en caminar, arrastrando los pies mientras la sangre me empapa la camiseta por la espalda.
Entre los dos llevan a Vega en una camilla improvisada.
La puerta se abre y aparece Helena. Es una mujer con el pelo rubio, recogido en una coleta tirante y unos ojos que han visto demasiada pólvora para impresionarse por nada. Lleva una bata blanca sobre ropa de calle y desprende un olor penetrante a yodo.
—Myers—dice ella, bajando la vista a mi espalda y luego a la mujer inconsciente—. Te dije que la próxima vez que vinieras sería en una bolsa de plástico.
—Cállate y sálvala, Helena —gruño, apoyándome en el marco de la puerta—. A ella primero. A mí me da igual. Me lo debes.
Nos mira durante unos segundos que parecen eternos.
—Entrad. Rápido.
La consulta clandestina es un quirófano de última generación oculto en las tripas de un edificio ruinoso. Helena se pone los guantes de látex con una rapidez mecánica. Miller deja a Vega sobre la mesa de operaciones bajo la luz blanca y fría.
—La han drogado —explico, acercándome a la mesa a pesar de que Miller intenta sujetarme—. Algún tipo de sedante fuerte. Y tiene cortes, quemaduras de cigarrillo... y las muñecas...
Helena empieza a cortar los restos de la camisa de Vega con unas tijeras quirúrgicas. Al ver las marcas en su piel, la doctora suelta un suspiro pesado. —Víktor. Reconozco su trabajo. Ese animal no sabe cuándo parar.
—¿Va a estar bien? —pregunto, sintiendo que la vista se me nubla por la pérdida de sangre.
—Sobrevivirá. Pero tú... si no te sientas ahora mismo, te vas a desangrar en mi suelo y no pienso limpiar tus restos —Helena me señala una silla cercana—. Miller, ayúdame con la chica. Myers, tú quédate ahí y no te mueras todavía.
Me desplomo en la silla, viendo cómo Helena empieza a limpiar las heridas de Vega con una delicadeza que yo nunca podré darle. La imagen de ella allí, indefensa, marcada por mi mundo, me rompe más que las balas que llevo alojadas en el cuerpo.
Me quedo mirándola, luchando por no cerrar los ojos.
Sé que cuando despierte, me odiará por todo lo que ha pasado.
Me odiará por ser el puente hacia este infierno.
Pero mientras veo el monitor cardíaco marcar sus latidos, constantes y fuertes, me da igual el odio.
Me da igual la cárcel. Me da igual la Grey Line .
Está viva. Y Viktor va a desear que la última bala de Rowan Myers le hubiera dado en la cabeza en lugar de dejarlo escapar.
—Duerme, nena —susurro antes de que la oscuridad me atrape por fin—. Ya nadie va a volver a tocarte.
El sonido rítmico del monitor cardíaco de Vega es lo único que me mantiene cuerdo mientras Helena trabaja.
Estoy sentado en un taburete metálico, con la espalda desnuda y empapada en sangre, mientras Miller intenta limpiar mis heridas con gasas que se tiñen de rojo al instante. Pero no puedo dejar de mirarla a ella.
Helena termina de vendar las muñecas de Vega con una precisión quirúrgica y se quita los guantes de látex, que caen en el cubo de residuos con un sonido seco. Se gira hacia mí, limpiándose una mancha de sangre de la mejilla, y me mira con una mezcla de lástima y reproche.
—Ya está estable, Rowan. La droga saldrá de su sistema en unas horas y las quemaduras sanarán. Pero las cicatrices de su mente... esas no las puedo coser yo.
—No puedo perderla, Helena —suelto de repente. Mi voz suena extraña, despojada de toda la arrogancia que he cultivado durante años—. He pasado toda mi puta vida huyendo de todo, pero con ella... por primera vez siento que no quiero correr.
Helena suspira y se apoya contra la mesa de instrumental, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Ese es el problema, Myers. Mírala. Mírate a ti.
Ella es una chica con principios, con una placa y un mundo que tiene sentido.
Tú eres un fantasma que vive entre cadáveres y traiciones.
Este mundo no está hecho para ella, y si intentas arrastrarla al tuyo, terminarás matándola.
Ya has visto lo que le ha pasado por tu culpa.
—La protegeré —insisto, aunque el dolor de mi espalda me recuerda lo cerca que estuvimos del desastre.
—¿Cómo? ¿Encerrándola en un búnker? ¿Huyendo por siempre?
—Helena se acerca a mí y me pone una mano en el hombro, apretando con firmeza—.
Si de verdad la quieres, si de verdad quieres verla feliz y a salvo, tienes que dejarla marchar.
Ella necesita volver a su vida, a su orden. Y tú no puedes formar parte de eso.
El silencio que sigue es más doloroso que cualquier bala. Sé que tiene razón. Cada segundo que Vega pasa a mi lado es un segundo más en el que la pongo en peligro. Viktor no se detendrá, Vesper no se detendrá. Mi amor por ella es su sentencia de muerte.
—¿Qué quieres que haga? —pregunto, sintiendo cómo se me rompe el alma.
—Hagamos un trato —dice Helena, bajando la voz—. Ella se quedará aquí ingresada bajo mi cuidado. Nadie la encontrará. La curaré, la alimentaré y me aseguraré de que recupere sus fuerzas. Pero cuando se despierte, tú ya no estarás.
—No puedo irme sin decirle...
—Le diremos la verdad que necesita para ser libre —me interrumpe —.
Le diré que no sobreviviste. Que las heridas de tu espalda fueron demasiado profundas y que moriste poco después de traerla aquí.
Es la única forma de que deje de buscarte, la única forma de que la Grey Line deje de usarla como cebo para atraerte.
Si creen que estás muerto, ambos estaréis a salvo.
Me quedo mirando el rostro pálido y sereno de Vega. Imaginar sus ojos llenos de lágrimas al saber que he muerto me desgarra, pero imaginar esos mismos ojos apagados para siempre en un sótano como el de Viktor es mil veces peor.
—Acepto —susurro, y siento como si acabara de firmar mi propia ejecución—. Cuídala, Helena. Por lo que más quieras, no dejes que nada le pase.
—Lo haré. Ahora tú, túmbate. Tengo que sacarte esas balas antes de que te desmayes de verdad.
Me tumbo en la camilla contigua a la de Vega, estirando la mano hasta que mis dedos rozan los suyos, fríos y vendados. Es la última vez que la tocaré. La última vez que estaré así de cerca de su luz. Las lágrimas me traicionan.
—Adiós, inspectora —murmuro mientras Helena me coloca la máscara de anestesia—. Sé feliz. Aunque sea odiando mi recuerdo.
La oscuridad empieza a reclamarme, y lo último que veo antes de perder el conocimiento es el perfil de la mujer que me enseñó que incluso un monstruo como yo podía tener corazón.