Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 40
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Capítulo 40

Vega

El reloj. Sus agujas coinciden en el número tres con una precisión cruel. El chasquido metálico de la puerta no es el de siempre; esta vez suena a multitud. No es solo Viktor.

La luz del pasillo inunda la estancia y cuatro sombras se proyectan sobre el cemento, alargándose hasta mis pies descalzos.

Viktor entra el primero, pero tras él caminan tres hombres que no he visto antes.

Tienen ese aspecto de mercenarios desechables, con ojos vacíos y sonrisas de quienes no han sentido empatía en décadas.

—Hoy es un día especial, Vega —dice Viktor.

Hay algo en su tono, una excitación enferma, que me hace forcejear con las bridas hasta que el hueso de mis muñecas parece que va a estallar.

— Rowan no ha venido. Se ha acabado el tiempo de las preguntas. Vesper ha dado la orden de eliminarte, pero he pensado que sería un desperdicio mandarte al otro mundo sin que mis chicos se diviertan un poco.

—Púdrete —escupo, pero mi voz es apenas un susurro quebrado.

Uno de los hombres se acerca. No dice nada. Me agarra del pelo, echando mi cabeza hacia atrás con una violencia que me hace ver estrellas, mientras Viktor saca una jeringuilla del bolsillo.

—Esto es para que no opongas mucha resistencia —murmura Viktor, clavando la aguja en mi cuello—. No queremos que te mueras antes de tiempo, pero tampoco que nos lo pongas difícil.

Siento el líquido frío entrando en mi torrente sanguíneo. En cuestión de segundos, el sótano empieza a dar vueltas. Mis músculos se vuelven de gelatina; el dolor de las quemaduras y los cortes se transforma en leves molestias. Intento gritar, pero mi lengua pesa una tonelada.

—Desatadla —ordena Viktor.

Escucho el sonido de un cuchillo cortando la brida de plástico que une las que tengo alrededor de mis muñecas.

Por primera vez en días, mis manos caen a los costados, pero no siento alivio.

Sin el apoyo de la silla, mi cuerpo se desliza hacia el suelo de cemento como un fardo de carne.

Me quedo boca arriba, mirando el foco halógeno que ahora parece una supernova explotando.

Uno de ellos se desabrocha el cinturón. El sonido del cuero y el metal es como un disparo en el silencio. Se arrodilla sobre mí, atrapando mis muñecas destrozadas con una sola mano, mientras el otro empieza a desgarrar lo que queda de mi camisa.

—Mírala... —dice el tipo, con un aliento que huele a alcohol y muerte—. Sigue teniendo esa mirada de poli orgullosa. Vamos a ver cuánto tarda en lloriquear.

Cierro los ojos, rezando para que la droga me lleve a la inconsciencia antes de que me toquen. Una lágrima de pura impotencia resbala por mi sien. No puedo moverme. No puedo hacer nada.

Rowan. Su nombre es lo único que late en mi mente. Rowan, Rowan, Rowan...

Un sonido metálico atraviesa el sótano. Es el sonido seco y aceitado de una corredera deslizándose hacia atrás y el clic rotundo del martillo encajando en su posición de disparo.

— Aparta las putas manos de mi mujer.

Por un segundo, creo que la droga finalmente ha vencido y que mi mente está fabricando el milagro que necesito para no morir. Esa voz... esa vibración oscura, cargada de una promesa de violencia que haría temblar al mismísimo diablo, no puede ser real.

Pero entonces, el peso de este hijo de puta desaparece de encima de mí.

Abro los ojos con un esfuerzo titánico. La imagen está borrosa, teñida de un blanco cegador. Rowan está de pie en la entrada del círculo de luz, envuelto en sombras y polvo del techo colapsado. Sus ojos, fijos en el tipo que me tocaba, han dejado de ser humanos.

—¿Rowan? —balbucea el tipo, retrocediendo y echando mano a su funda del arma—. ¡Se supone que estábamos en el mismo bando!

—Te has equivocado de bando en el momento en que has pensado que podías ponerle un dedo encima —sentencia Rowan.

Su movimiento es un borrón de velocidad letal.

Antes de que el hombre pueda desenfundar, Rowan ha acortado la distancia.

Escucho el crujido seco de un hueso rompiéndose y un alarido de dolor que se corta de golpe cuando Rowan lo estampa contra la pared de hormigón.

El sonido de los disparos de sus hombres empieza a retumbar en el pasillo, pero para mí, el mundo se ha reducido a él.

—¡Hijo de puta! —brama Viktor, ocultándose tras una columna y disparando a ciegas.

—¡VEGA! —el grito de Rowan desgarra el aire.

Lo veo avanzar hacia mí, ignorando las balas que rebotan en el cemento. Sus hombres entran por la puerta principal, convirtiendo el sótano en una zona de guerra. El olor a pólvora y sangre es asfixiante.

—¡Matadlo! —ruge Viktor desde la columna, abriendo fuego.

Rowan se lanza al suelo, rodando con una agilidad que ignora el peso de su equipo, y vacía su cargador contra los dos hombres que flanqueaban la puerta. Sus cuerpos caen como sacos de arena.

Llega a mi lado en tres zancadas. Se deja caer de rodillas, cubriendo mi cuerpo con el suyo mientras las balas de Viktor rebotan en la silla de madera donde estaba atada hace un momento.

—Te tengo, nena. Te tengo —susurra, y su voz es lo único real en mitad del delirio de la droga.—Mírame, Vega —me ordena, y su mano, grande y cálida, me acuna la mejilla con una ternura que me hace sollozar—. Mírame. Ya estoy aquí. No voy a dejar que te vuelvan a tocar. Jamás.

—Rowan... —susurro, intentando aferrarme a su chaleco táctico, pero mis manos no responden.

—Cierra los ojos, nena. Respira. Yo me encargo del resto.

Me levanta en brazos con una facilidad pasmosa. Estoy tan débil que mi cabeza cae contra su pecho; puedo oler el humo, el sudor y ese aroma a él que creí que nunca volvería a sentir.

—¡Rowan, hay que salir de aquí! ¡Van a volar los pilares! —grita uno de sus hombres desde la entrada.

Viktor sigue disparando, una bala le roza el hombro, pero él ni siquiera parpadea. Se gira, dándome la espalda para protegerme, encorvándose sobre mí como un escudo humano.

Siento los impactos en su espalda. Uno, dos, tres golpes secos que sacuden su cuerpo, pero su agarre no flaquea.

Aunque lleva chaleco, no todas las balas están impactando en él.

Un sonido gutural de puro dolor y rabia sale de sus labios, y sigue avanzando hacia la salida mientras el sótano empieza a desmoronarse bajo el fuego de los explosivos de sus hombres.

Cada centímetro de su piel está recibiendo el castigo que estaba destinado para mí.

Me lleva a través del infierno, protegiendo mi vida con la suya, confirmándome que aquel hombre que estuvo a punto de matarme es el mismo que hoy ha decidido que el mundo puede arder con tal de que yo siga respirando.

El techo explota. Es un estruendo ensordecedor que hace que el hormigón llueva sobre nosotros. El tipo que estaba encima de mí sale despedido por la onda expansiva. Antes de que el polvo se asiente, el sonido de ráfagas de disparos ahogados por silenciadores llena el sótano.

—¡Contacto! ¿Me oís? ¡Contacto! —grita Viktor, pero su voz es ahogada por un rugido animal.

Viktor, desde las sombras, vacía su cargador hacia nosotros en un último acto de desesperación. Rowan no se detiene. Me aprieta contra su pecho, encorvando su espalda, usándose a sí mismo como un escudo humano mientras corre hacia la salida.

Escucho sus gruñidos de dolor, el sonido de los proyectiles desgarrando su ropa y encontrando su piel. Me protege con cada centímetro de su ser, interponiéndose entre la muerte y yo.

—¡Aguanta, Vega! —me ordena, su voz ronca por el esfuerzo y el sufrimiento.

Salimos al aire frío de la noche justo cuando una explosión masiva hace colapsar el sótano tras nosotros. Rowan corre unos metros más, lejos de la estructura que se derrumba, y finalmente cae de rodillas sobre la gravilla del muelle, conmigo aún en sus brazos.

—Has venido... —intento decir, estirando una mano temblorosa hacia su cara.

Él me mira, y por primera vez, no hay mentiras en sus ojos. Solo una devoción absoluta y un dolor insoportable. Se desploma lentamente hacia un lado, asegurándose de que yo quede encima de él para no golpearme contra el suelo.

A través de mi visión borrosa, veo su espalda. Está destrozada. Sangre fresca mana de varios agujeros de bala, mezclándose con las viejas cicatrices de su pasado. Me ha salvado, y el precio ha sido su propia vida.

—Lo... lo logramos —susurra, antes de que sus ojos se pongan en blanco y el silencio del puerto nos envuelva a los dos.