Capítulo 39
Rowan
El tiempo no solo se pudre para ella; para mí, se ha convertido en una soga que me aprieta el cuello cada vez que el segundero avanza.
Estoy agazapado en el tejado de un almacén abandonado a trescientos metros de la lonja.
El frío de la madrugada me cala hasta los huesos, pero no lo siento.
Lo único que siento es el peso del rifle de precisión contra mi hombro y la rabia que me sube por la garganta como lava.
A través de la mira telescópica, observo el edificio. Es una tumba de hormigón.
—Rowan, aquí Miller. Los Sombras ya están en posición. Sector norte y este cubiertos —la voz de mi compañero suena estática en mi auricular—. Dicen que están listos para el baile. Solo esperan tu señal.
—Todavía no—siseo, sin apartar el ojo del visor.
Miro mi reloj. Las 2:45 AM .
Mis entrañas se retuercen. Conozco a Viktor.
Conozco sus rituales de mierda. Sé que a las tres en punto entrará en ese sótano.
Sé que usará el silencio de la noche para que los gritos de Vega resuenen con más fuerza.
Me imagino sus manos sobre ella y el metal del rifle cruje bajo mis dedos.
Si aprieto un poco más, romperé la culata.
—Bax, dime que tienes el mapa de calor del sótano —le exijo por el canal privado.
—Lo tengo, pero la señal es débil, Rowan.
Los muros de la lonja son demasiado gruesos.
Veo dos firmas térmicas en el nivel inferior.
Una está inmóvil… —la voz de Bax flaquea un segundo—.
Está atada a una silla en el centro. Es ella.
La otra firma acaba de entrar en el pasillo principal. Se dirige hacia allí.
El mundo se reduce al punto rojo de mi mira. Viktor.
—Miller, diles a los Sombras que inicien la distracción en el muelle cuatro. Quiero que parezca un asalto frontal a gran escala. Que quemen los camiones, que hagan ruido. Quiero a toda la seguridad de la Grey Line corriendo hacia el agua.
—¿Y tú? —pregunta Miller.
—Yo voy a entrar por el único sitio que no esperan. Por la fachada que da al acantilado.
—Eso es un suicidio, Rowan. Son treinta metros de caída libre sobre las rocas y luego tienes que escalar por el desagüe industrial.
—Pues será un suicidio espectacular —respondo, levantándome y colgándome el rifle a la espalda.
Bajo del tejado por la escalera de incendios a una velocidad suicida. Cada segundo cuenta. Me imagino a Vega contando los latidos de su propio miedo, esperando el sonido de la puerta. Me dan ganas de gritar, de echar abajo la ciudad entera hasta llegar a ella.
Aguanta, Vega. Mira la puerta, porque voy a entrar por ella y voy a convertir este sótano en el puto velatorio de Viktor .
Llego al borde del muelle. El mar ruge abajo, negro y hambriento, chocando contra las rocas afiladas. El olor a salitre y gasoil me llena los pulmones. Me ajusto los guantes tácticos y engancho el mosquetón al cable de acero que hemos tensado previamente desde la furgoneta.
Miro mi reloj una última vez. 2:55 AM.
—Iniciad la distracción. ¡AHORA!
A lo lejos, una explosión ensordecedora ilumina el cielo de un naranja violento. Las sirenas de la lonja empiezan a aullar, un sonido histérico que rompe la paz de la noche. Veo a los guardias del tejado correr, gritando órdenes, moviéndose hacia el lado opuesto del complejo.
Es mi turno.
Me lanzo al vacío, deslizándome por el cable sobre el abismo. El viento me azota la cara, frío y cortante, pero lo único que veo es la cara de Vega en el motel, su mirada desafiante, su piel bajo la luz del neón. Si muero hoy, que sea con su nombre en los labios.
Llego a la tubería de desagüe y me agarro con una fuerza sobrehumana, trepando por el metal oxidado mientras el estruendo de las granadas de los Sombras empieza a sacudir el suelo.
Entro por el conducto, arrastrándome entre el fango y la oscuridad, guiado solo por el mapa que tengo grabado en la mente.
Llego a la rejilla del sótano. Debajo de mí, el pasillo está en penumbra. Miro hacia abajo y veo la sombra de Viktor caminando hacia la celda de Vega, jugando con un manojo de llaves. Va silbando una melodía alegre, como si fuera a una cita romántica.
La furia que siento es algo que no tiene nombre. No es profesional. Es pura sed de sangre.
Saco el cuchillo de combate y el silenciador de mi pistola.
—Ya voy, nena —susurro, mientras desmonto la rejilla sin hacer ruido—. Y esta vez, no va a haber mentiras. Solo el final de Viktor.
El reloj marca las 3:00 AM . La puerta de la celda de Vega chirría al abrirse. Es hora de matar.