Capítulo 38
Vega
El tiempo no fluye en este sótano; se pudre.
Se vuelve una masa espesa y negra que se me pega a los pulmones con cada respiración.
Mis ojos están tan secos que me duele parpadear, pero no puedo dejar de mirar hacia la pared de enfrente, donde un reloj de oficina, con el cristal roto y una mancha de humedad en la esfera, marca mi sentencia.
Ya no sé si llevo aquí un día o dos. He perdido la noción de la realidad, pero mi cuerpo lleva la cuenta. La sed es un animal que me muerde la garganta y el hambre ha pasado de ser un rugido a un vacío sordo que me hace temblar las costillas.
Pero lo peor es el reloj.
Ese maldito tic-tac es lo único que rompe el silencio cuando estoy sola. Se ha convertido en mi dios y en mi verdugo. Porque sé exactamente lo que ocurre cuando las agujas coinciden en el número tres.
Las 3:00 AM. Cuando el silencio de la ciudad es absoluto y el mundo parece haber olvidado que existo.
Las 3:00 PM. Cuando el sol debería estar en lo más alto, aunque aquí abajo solo haya sombras.
En cuanto la aguja se posiciona, el sonido de los cerrojos de la puerta de hierro retumba como un trueno.
Mi cuerpo reacciona antes que mi mente; mis músculos se tensan, mis heridas palpitan y mis manos, atadas con esas bridas infernales, forcejean por puro instinto, desgarrando un poco más las costras que intentan formarse.
La puerta se abre. La luz del pasillo me hiere las pupilas, pero no cierro los ojos. No le daré ese placer.
Viktor entra con esa parsimonia sádica que me hace querer escupirle a la cara. Hoy no trae el cigarrillo. Trae una pequeña caja de madera y un vaso de agua que deja en el suelo, fuera de mi alcance.
—¿Cómo estamos hoy, inspectora? —pregunta, arrastrando una silla para sentarse frente a mí—. ¿Te gusta mi reloj? Lo puse ahí para que no pierdas la esperanza. La esperanza es lo que hace que el dolor sea más dulce.
No respondo. Tengo la lengua pegada al paladar. Viktor se inclina hacia adelante y me observa las muñecas. El plástico de las bridas ahora es de un rojo oscuro, cubierto de sangre seca y fresca.
—Has estado forcejeando mucho, Vega. Qué poco profesional. Un buen policía sabe cuándo la resistencia es inútil.
Abre la caja. Saca una pequeña pinza de metal y un mechero. Lo enciende, y la llama azulada baila en sus ojos, reflejando una locura que no tiene fondo. Calienta la punta de la pinza hasta que se pone al rojo vivo.
—Dime una cosa —murmura, acercando el metal incandescente a mi muslo, justo donde la tela del pantalón se ha desgarrado—. ¿Rowan te habló de los niños? ¿O estaba demasiado ocupado metiéndote la polla hasta la garganta como para contarte que él fue quien diseñó las rutas de transporte?
—Mientes... —consigo decir, y mi voz suena como si estuviera llena de arena—. Él los rescataba.
—Él los vendía, preciosa. Y luego se hacía el héroe rescatando a cuatro desgraciados para dormir tranquilo por la noche.
Apoya la pinza en mi piel.
El grito me desgarra la garganta, pero esta vez no puedo evitarlo. Es un dolor agudo, punzante, que parece llegar hasta el hueso. El olor a carne quemada llena mis fosas nasales y me provoca una arcada violenta. Viktor no se detiene; presiona con fuerza, disfrutando del temblor de mis piernas.
—¿Ves? Rowan es una mentira. Igual que lo fue vuestra noche en el motel. ¿Crees que va a venir por una mujer que será follada por todos nosotros?
—Él... vendrá —jadeo, con el sudor empapándome la frente, mezclándose con la sangre que me baja por la sien—. Vendrá a matarte.
Viktor retira la pinza y me da un bofetón que me hace girar la cabeza. Me agarra del pelo, obligándome a mirarlo de nuevo.
—Faltan doce horas para la próxima cita, Vega. Disfruta de la oscuridad. Quizás para las tres de la mañana ya hayas decidido contarme dónde guardó Rowan los archivos de la central antes de desaparecer.
Se levanta, coge el vaso de agua y, con una sonrisa cruel, lo vierte sobre el suelo de cemento, justo delante de mis pies descalzos.
—Si tienes mucha sed, puedes lamerlo del suelo. Como la perra que eres.
Sale de la habitación y la oscuridad vuelve a caer sobre mí como una losa de mármol. Me quedo sola con el tic-tac. Miro el reloj.
Faltan casi doce horas. Mis muñecas sangran, mi pierna arde y mi alma se está haciendo pedazos, pero cierro los puños con la poca fuerza que me queda. No voy a romperme. No por él, sino por mí. Porque si muero en este agujero, lo haré siendo la inspectora Hartman, no el juguete de Viktor.
Aguanta, Vega. Solo doce horas más.