Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 37
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Capítulo 37

Rowan

El rugido del motor de mi moto es lo único que mantiene a raya las voces en mi cabeza.

Conduzco como un suicida, esquivando el tráfico de la mañana, con la imagen de Vega encadenada grabada a fuego en mis retinas.

Cada segundo que pasa es un centímetro más de piel que Víktor le arranca, y cada vez que lo pienso, la sangre me hierve tanto que temo que el corazón me estalle.

No voy a la central. No voy a buscar ayuda de unos tipos que llevan placa y esperan órdenes de un comisario que probablemente beba whisky con Vesper los viernes por la noche. Voy a un lugar donde la ley no existe, pero la lealtad se paga con sangre.

Llego a una nave industrial a las afueras, un taller de desguace que sirve de fachada para lo que queda de mi verdadera unidad. Los "buenos". Los que, como yo, se cansaron de ser peones en un tablero podrido y decidieron montar su propia resistencia desde las sombras.

Entro pegando una patada a la puerta metálica. El estruendo hace que tres hombres se giren de inmediato, echando mano a sus fundas.

—¡Bajad las armas! —ruge Miller, un exoperativo de fuerzas especiales con más cicatrices que años—. Es Rowan.

—Me han quitado a la inspectora —suelto sin preámbulos, caminando hacia la mesa central donde hay un mapa de la ciudad. Mi voz suena como si hubiera tragado cristales—. Vesper la tiene. Víktor está con ella.

El silencio que sigue es pesado. Miller intercambia una mirada con los otros dos, Bax y Jay. Saben de quién hablo. Saben que Víktor es un carnicero y que, si Vega está en sus manos, el reloj ya ha empezado la cuenta atrás hacia su ejecución.

—Rowan, esa mujer es policía —dice Miller, acercándose con cautela—. Sacarla de ahí significa declarar la guerra total a la Grey Line . Si entramos a por ella, somos hombres muertos.

Me giro hacia él y lo agarro de la solapa de la chaqueta, estampándolo contra la mesa. No soy dueño de mis actos. El olor de Vega, su tacto de anoche, la forma en que confió en mí a pesar de todo... me está volviendo loco.

—Me importa una polla la guerra —siseo a milímetros de su cara—.

Me la han quitado de mi lado mientras dormía.

Me han enviado una foto de ella sangrando.

Víktor tiene cuatro días para matarla, y yo no voy a darle ni cuatro horas más.

O me ayudáis, o voy solo y quemo el edificio con todos dentro, incluyéndome a mí.

Miller me mira a los ojos y ve que no hay vuelta atrás. Ve que he cruzado esa línea en la que ya no me importa sobrevivir. Me suelta y suspira, mirando el mapa.

—Bax, busca la señal del repetidor donde se envió esa foto —ordena Miller, recuperando el tono de mando—. Jay, prepara el equipo pesado. Si vamos a entrar en un nido de Vesper, vamos a necesitar algo más que pistolas de nueve milímetros.

Me separo de ellos y apoyo las manos en la mesa, tratando de controlar el temblor de mis dedos. La adrenalina me está matando.

—Víktor es metódico —digo, señalando una zona del puerto—. No la llevará a un sitio nuevo. La tiene en "La Nevera". El antiguo sótano de refrigeración de la lonja. Es su patio de recreo. Tiene una sola entrada, muros de hormigón de un metro y ninguna ventana.

—Es una trampa para ratas, Rowan —dice Bax desde el ordenador—. Si entramos por la puerta principal, nos acribillarán a tiros antes de pasar el primer pasillo.

—Por eso no vamos a entrar por la puerta —respondo, y una sonrisa gélida, la de un hombre que ya no tiene nada que perder, aparece en mi rostro—. Vamos a usar los conductos de ventilación industriales del nivel inferior. Yo entraré primero. Vosotros cubriréis las salidas.

—¿Y si ya es tarde? —pregunta Jay en voz baja.

El pensamiento me atraviesa como un cuchillo al rojo vivo. Me imagino a Vega, su mirada limpia y valiente empañada por el dolor de las torturas que ese hijo de puta hace a sus víctimas.

—No lo es —respondo con una seguridad que no tengo—. Vega es más fuerte de lo que todos esos hijos de puta creen. Va a aguantar. Porque sabe que voy a ir. Porque le prometí que no la dejaría sola.

Cojo un fusil de asalto de la pared y lo cargo con un movimiento seco. El sonido del metal encajando me devuelve un poco de cordura.

—Miller, quiero explosivos térmicos. Vamos a echar abajo la seguridad de Vesper y voy a sacar a esa mujer de allí, aunque tenga que llevarla a cuestas a través de un campo de minas.

Miro el reloj. Han pasado dos horas desde que se la llevaron. Cada minuto es una eternidad.

—En marcha. Quiero estar en posición antes de que anochezca. Víktor cree que tiene cuatro días para jugar. Yo le voy a demostrar que no tiene ni diez minutos de vida.

—¡Frena! ¡Frena ahora mismo! —le grito a Miller, agarrando el salpicadero con tanta fuerza que el cuero cruje.

La furgoneta se detiene en seco dos manzanas antes de llegar al perímetro de la lonja. Me pego a la ventanilla, ajustando los prismáticos de visión nocturna. Lo que veo me hiela la sangre, y no es por miedo a morir, sino por la impotencia que me sube por la garganta como hiel.

—Que hijo de puta... —susurra Bax desde el asiento de atrás, mirando su tableta—. Ha triplicado la seguridad.

—Viktor no es idiota —siseo, apretando los dientes hasta que me duele la mandíbula—. Sabía que vendría. Ha convertido esa lonja en una jodida fortaleza.

El edificio, que antes solo tenía un par de guardias en la puerta, ahora parece una base militar en zona de guerra.

Cuento al menos doce hombres en el tejado con rifles de precisión, y otros veinte patrullando el perímetro con subfusiles.

Hay focos de alta intensidad barriendo cada rincón del asfalto y cámaras térmicas que detectarían hasta a una rata acercándose a los conductos de ventilación.

—Si entramos ahora, Rowan, no duramos ni diez segundos —dice Miller, con voz sombría—. Es una trampa. No solo la tienen a ella; nos están esperando a nosotros. Vesper ha sacado a todo su ejército personal a la calle.

Golpeo el asiento con el puño, una y otra vez, poseído por una rabia ciega. Vega está ahí dentro. Puedo sentirla. Puedo imaginarla en ese sótano, aguantando las provocaciones de Viktor mientras el tiempo se agota. Y yo estoy aquí fuera, bloqueado por un puto muro de mercenarios.

—Necesitamos más gente —digo, volviéndome hacia Miller. Mis ojos deben de dar miedo, porque él ni siquiera parpadea—. Nosotros cuatro somos una unidad de élite, pero necesitamos cobertura, fuego de distracción y alguien que sepa hackear ese sistema de seguridad desde dentro.

—¿Y de dónde vamos a sacar un ejército en tres horas? —pregunta Jay—. Nadie en su sano juicio se va a meter en esta guerra contra la Grey Line .

—Conozco a alguien —respondo, sacando un segundo teléfono, uno que no he usado en tres años. Es un contacto que juré no volver a tocar, un favor cobrado en sangre en las selvas de los Balcanes—. "Los Sombras".

Miller abre mucho los ojos.

—¿Estás loco? Esos tíos son mercenarios sin escrúpulos, Rowan. Si los llamas, el precio será más alto de lo que puedes pagar.

—Ya no tengo nada que perder excepto mi vida, Miller, y se la daré de buena gana si con eso sacan a Vega de ese agujero —le corto, marcando el número internacional—.

Bax, necesito que busques una vía de entrada secundaria.

Tiene que haber un túnel de desagüe, una vieja tubería de mantenimiento, algo que no esté cubierto por esas cámaras térmicas.

Me llevo el teléfono a la oreja. El tono de llamada suena una, dos, tres veces...

— ¿Quién interrumpe mi retiro? —una voz profunda y áspera responde al otro lado.

—Soy Myers —digo, y mi voz recupera esa frialdad letal que solo uso cuando el mundo está a punto de arder—.

Necesito a tu equipo. Necesito que vengáis a quemar una ciudad conmigo.

Tengo el dinero, tengo las armas, y tengo la ubicación del hijo de puta que buscáis desde hace años, necesita morir de la forma más dolorosa posible.

Hay un silencio al otro lado. Brown sabe que no bromeo. Sabe que, si llamo yo, es porque el infierno ha abierto sus puertas.

— ¿Cuánto tiempo tenemos?

—Tres horas para estar en posición. Os envío las coordenadas. Traed todo lo que tengáis: granadas de humo, inhibidores, explosivos de demolición. Vamos a entrar en la lonja y no vamos a dejar a nadie con vida.

Cuelgo y miro a Miller.

—Van a venir. Pero mientras llegan, tenemos que planear algo más. Viktor espera un ataque frontal. Espera que entre como un loco por la puerta. Vamos a darle lo que quiere, pero mientras él se divierte conmigo en la entrada, los Sombras entrarán por detrás.

—Es una misión suicida para ti, Rowan —dice Miller con tristeza—. Tú serás el cebo.

—Ya lo soy desde el momento en que la dejé sola en ese motel —respondo, cargando mi arma con un movimiento seco—.

Ahora, Bax, dime que has encontrado ese túnel.

Vega no tiene cuatro días. Con Viktor allí dentro, dudo que tenga siquiera cuatro horas antes de que decida que ya se ha divertido bastante con ella.

Miro hacia la lonja una última vez. La luz roja del cartel de seguridad parpadea, igual que el neón del motel de anoche. Aguanta, Vega , suplico en silencio. No dejes que te mate. Voy a por ti, y esta vez, el mismo diablo se va a apartar de mi camino .