Capítulo 36
Vega
El dolor no es una línea recta; es un círculo que se estrecha cada vez más hasta que te asfixia.
Me despierto con el sabor metálico del hierro en la lengua y una presión insoportable en las sienes, como si alguien estuviera apretando mi cráneo en una prensa.
Intento llevarme las manos a la cara para frotarme los ojos, pero un tirón seco y un dolor agudo en las muñecas me detienen en seco.
El sonido del plástico tensándose me devuelve a la realidad de un golpe brutal.
No estoy colgada. Estoy sentada en una silla de madera vieja y pesada, con la espalda pegada al respaldo y las manos echadas hacia atrás, rodeando la madera.
Lo noto entonces: el mordisco frío y despiadado de las bridas de plástico.
Están tan apretadas que siento el latido de mi propio pulso chocando contra el plástico.
Cada vez que intento girar las manos, los bordes afilados se hunden en mi piel, abriendo la carne.
—Vaya, vaya... la joya de la corona ha despertado —una voz surge de la penumbra, arrastrando las sílabas con una parsimonia que me revuelve el estómago.
Fuerzo la vista. Estoy en un agujero infecto iluminado por un solo foco halógeno que parpadea sobre mi cabeza.
Huele a humedad, a orina y a algo más dulce: sangre vieja.
Frente a mí, sentado en una silla de metal, hay un hombre que no reconozco, pero cuyos ojos tienen la misma frialdad que los de los cadáveres que he visto en las morgues.
A su lado, en las sombras, una figura más alta permanece inmóvil.
—¿Dónde... dónde estoy? —mi voz es un graznido seco. Me arde la garganta como si hubiera tragado cristales.
Hago un movimiento brusco, un instinto de huida, y las bridas me cortan la piel de las muñecas con una precisión quirúrgica. Siento un hilo de sangre caliente resbalando por mis palmas.
—Estás en el lugar donde los principios mueren, Vega —responde el hombre, levantándose.
Camina hacia mí y me agarra del mentón con una mano enguantada, obligándome a mirarlo
— Me llamo Víktor. Y él... —señala a la sombra—, él es quien decide si sales de aquí en una pieza o en bolsas de basura. Pero ambos sabemos por qué estás aquí.
Me escupe un nombre que me hace temblar: Vesper.
—No sé nada —susurro, aunque el pánico empieza a arañarme las costillas—. Solo soy una policía haciendo su trabajo.
Víktor suelta una carcajada gélida y me asesta un revés con el dorso de la mano. La cabeza me restalla hacia un lado y, al intentar equilibrarme, vuelvo a tirar de las bridas. El plástico corta más profundo, llegando casi al hueso. El dolor es un relámpago blanco que me nubla la vista.
—No nos mientas, preciosa. Sabemos que pasaste la noche revolcándote con Rowan —dice Víktor, acercándose tanto que puedo oler su aliento rancio—. Sabemos que ese traidor te ha dado nombres. ¿Qué te confesó mientras te marcaba como a una de sus putas?
El recuerdo de Rowan me golpea con más fuerza que un golpe físico.
Su olor, sus manos, la forma en que me poseyó en esa cama sucia hace solo unas horas...
todo se siente como un sueño lejano ahora que estoy en este infierno.
Si supieran que lo único que hicimos fue perdernos en un odio y un deseo que no entiendo, quizás me matarían más rápido.
—Él no me dijo nada —miento, apretando los dientes mientras la sangre de mis muñecas empieza a gotear sobre el cemento—. Me utilizó. Igual que lo estáis haciendo vosotros.
La figura de las sombras, Vesper, da un paso adelante. No le veo la cara, pero su presencia hace que el aire se espese.
—Rowan no usa a la gente de esa manera, inspectora. Rowan protege lo que considera suyo. Y el hecho de que sigas viva es la prueba de que ha fallado. Eres su mayor debilidad.
Víktor saca un cuchillo. Se acerca a mi costado y corta la tela de mi camisa con una lentitud sádica, justo por donde Rowan me dejó el rastro de su mordisco anoche.
—Vamos a ver cuánto tarda tu "héroe" en aparecer —dice Víktor, apoyando la punta del acero en mi costilla—. Cuatro días, Vega. Para cuando él llegue, si es que llega, no quedará nada de la inspectora impecable. Solo quedará un despojo con el cuerpo destrozado que me suplicará que acabe con todo.
Vuelvo a forcejear contra las bridas, ignorando el dolor, sintiendo cómo el plástico se encharca en mi propia sangre.
No vengas, Rowan —pienso con desesperación—. Por lo que más quieras, no cruces esa puerta .
Víktor guarda el cuchillo con un chasquido metálico que reverbera en el sótano como un disparo.
Me mira una última vez, con una sonrisa que no augura nada bueno, y asiente hacia la figura en las sombras.
Vesper, o quien demonios sea ese espectro gélido, da media vuelta y camina hacia la puerta de hierro que adivino al fondo de la estancia.
Víktor lo sigue, pero se detiene en el umbral.
—Tic, tac, inspectora —murmura, y apaga el foco halógeno antes de salir.
La puerta se cierra con un estruendo que hace temblar la silla, y el sonido de varios cerrojos echándose me confirma que estoy completamente sola.
La oscuridad es absoluta. Es una negrura densa, pegajosa, que parece querer meterse por mis ojos y asfixiarme.
Me quedo inmóvil, escuchando el latido desbocado de mi propio corazón y el goteo incesante de agua rancia en algún rincón.
Mis muñecas arden. Siento el roce áspero y húmedo del plástico empapado en mi propia sangre contra la carne viva.
He forcejeado demasiado fuerte al principio; ahora tengo que pagar el precio.
Maldito seas, Hale. Maldito seas por hacerme bajar la guardia.
Piensa, Vega. Piensa —me ordeno a mí misma, tragándome el pánico que amenaza con paralizarme—. Eres policía. Descompón la situación. Escanea .
Cierro los ojos, aunque no sirve de nada en esta oscuridad, y trato de visualizar la sala antes de que apagaran la luz. El foco parpadeante solo me ha dejado ver lo esencial, pero mi memoria fotográfica empieza a rearmar el rompecabezas.
Suelo de cemento rugoso. Frío. Mis pies están descalzos, así que eso me ayuda a tantear el terreno alrededor de la silla.
No hay nada útil a mi alcance. La silla.
Es madera vieja, pesada. Si fuera más ligera, podría intentar balancearme y golpearla contra el suelo para romperla, pero está claro que está pensada para esto.
Estoy atada por el pecho al respaldo, y mis manos están echadas hacia atrás, rodeando la madera.
Las bridas están apretadas hasta el límite.
El olor. Humedad, orina, sangre vieja...
y algo más. Un olor a cerrado, a moho. Esto no es un sótano funcional; es una cámara de tortura olvidada.
La puerta. Estaba a unos diez metros frente a mí, un poco a la izquierda.
Es de hierro, gruesa. No es una salida fácil.
Vuelvo a forcejear, con cuidado esta vez, intentando ver si las bridas tienen algún milímetro de juego.
Nada. Solo consigo que el plástico se hunda más en la carne abierta y que un nuevo hilo de sangre caliente me resbale por la palma de la mano.
Suelto un gemido ahogado a través de los dientes apretados. Estoy jodida. Realmente jodida.
Y Rowan... Dios, Rowan. La imagen de él durmiendo en el motel, ajeno a todo esto, me destroza más que cualquier golpe de Víktor.
Se va a culpar. Lo conozco. Va a perder la cabeza y va a venir a por mí, y eso es exactamente lo que ellos quieren.
Soy el cebo perfecto. He pasado de ser la cazadora a ser la presa, y todo por un momento de debilidad, por una noche en la que quise creer que el amor, o lo que demonios fuera eso, podía existir en mitad de la guerra.
No sé cuánto tiempo pasa. En la oscuridad, los minutos se estiran como un chicle. Pueden ser horas, o quizás solo han pasado diez minutos. El dolor en mis muñecas se ha convertido en un zumbido constante y sordo, y el frío del cemento empieza a trepar por mis piernas.
El sonido de los cerrojos abriéndose me pone en alerta. Me tenso en la silla, ignorando el dolor de mis muñecas. La luz del foco vuelve a encenderse, cegándome por un segundo.
Víktor vuelve a entrar. Esta vez no viene con Vesper.
Viene con un cigarrillo encendido en la boca y una expresión de aburrimiento que me aterra más que su sonrisa de antes.
Se acerca a mí, arrastrando una silla de metal que coloca justo frente a la mía.
Se sienta, cruzando las piernas, y me mira en silencio mientras le da una calada larga al cigarrillo.
—Rowan no ha llamado —dice al fin, echando el humo hacia mi cara—. Parece que no le importas tanto como creías, inspectora.
—No esperaba que lo hiciera —miento, sosteniéndole la mirada, aunque me arde la garganta por el humo—. Es un traidor. Se salvará a sí mismo primero.
Víktor sonríe de esa forma sádica que me revuelve las tripas.
—Me encanta tu dignidad, Vega. Es tan... frágil. Vamos a ver cuánto dura.
Se levanta y da un paso hacia mí. Con una lentitud insoportable, acerca la punta encendida del cigarrillo a mi brazo, justo encima de donde la tela de mi camisa está rota. Puedo sentir el calor antes de que toque mi piel. Aprieto los dientes, preparándome para el dolor.
El contacto es breve, pero intenso. Una quemadura pequeña, redonda, que me hace soltar un siseo de dolor. No grito. Me niego a darle ese placer.
—Rowan sabe que soy sádico, Vega —murmura, apagando el cigarrillo sobre la quemadura fresca con una presión deliberada—. Sabe exactamente lo que te estoy haciendo. Si no viene, es porque prefiere su propia piel a la tuya. Piensa en eso mientras te desangras.
Vuelve a darme un revés en la cara, esta vez con la mano abierta, y sale de la habitación, apagando la luz tras de sí.
Vuelvo a quedarme sola en la oscuridad. El dolor de la quemadura se suma al de mis muñecas, pero es el dolor del corazón el que me está matando.
Víktor tiene razón. Rowan sabe a qué me enfrento.
Y si no viene... si no viene, moriré en este agujero creyendo que la única noche en la que me sentí viva fue la última gran mentira de Rowan Hale.
Vuelvo a tirar de las bridas, con rabia esta vez, ignorando el desgarro de mi propia carne. Prefiero cortarme las manos antes que esperar a que me rompan la mente.