Capítulo 35
Rowan
Me despierto de golpe, con el instinto gritándome antes incluso de que mis ojos se abran. Estiro el brazo por inercia, buscando el calor de su cuerpo, la curva de su cadera, el roce de su piel contra la mía. Pero mi mano solo encuentra sábanas frías y arrugadas.
Abro los ojos y me incorporo con el corazón martilleando contra las costillas. La luz gris del amanecer entra por la ventana como una puñalada.
—¿Vega? —mi voz suena rota, pastosa.
Silencio. El zumbido del aire acondicionado es lo único que responde. Salto de la cama, desnudo, con los músculos en tensión. Mi pistola sigue en la mesita de noche, pero la suya no está. Su móvil sigue allí, junto a la lámpara. Maldita sea. Una tía como ella no sale a desayunar sin su teléfono.
Camino hacia el baño. La puerta está abierta.
El espejo sigue empañado por el vapor y el suelo está mojado; se ha duchado.
Ha intentado quitarse mi rastro de encima antes de que el sol terminara de salir.
Una sonrisa amarga me cruza la cara por un segundo, pe nsando en su orgullo herido, pero la sonrisa muere en cuanto veo su placa olvidada sobre el lavabo.
Ella nunca se dejaría la placa. Nunca.
Me visto a una velocidad frenética, el sudor frío empezando a empaparme la espalda.
Me calzo las botas sin atar los cordones y salgo al pasillo del motel, con la reglamentaria pegada al muslo.
El pasillo está desierto. El olor a humedad y a café barato de la oficina del motel me revuelve las tripas.
Salgo al aparcamiento. El aire es gélido. Mis ojos escanean el asfalto como si fuera una escena del crimen. Su coche sigue allí, aparcado bajo una farola que todavía parpadea. Me acerco, con la mano en la culata del arma. Nada. El coche está cerrado.
Entonces lo veo.
Al borde del parking, cerca de la valla que da al descampado, hay algo que brilla sobre la gravilla.
Me acerco corriendo, con el pánico ascendiendo por mi garganta como ácido.
Es un casquillo de jeringuilla. Y justo al lado, su arma y marcadas en el barro tierno por la lluvia de anoche, las huellas de un forcejeo. Unas botas pesadas, de suela militar.
—No, no, no... —susurro, cayendo de rodillas.
Me paso la mano por el pelo, apretando con fuerza. Víktor. Tiene que ser él. Solo ese sádico hijo de puta deja huellas tan obvias, como si quisiera que yo las viera. Como si me estuviera dejando migas de pan para que lo siga hasta su guarida.
Vesper no ha esperado. Han aprovechado el único momento en que ella ha bajado la guardia, el único momento en que yo me he permitido el lujo de dormir como un hombre normal porque la tenía a mi lado.
Mi debilidad la ha condenado. Mi estúpida necesidad de sentir su cuerpo contra el mío una hora más la ha puesto en manos de unos carniceros.
Cierro los puños hasta que los nudillos me crujen.
El suelo parece desvanecerse bajo mis pies.
Me imagino a Vega en las manos de Víktor y el estómago se me da la vuelta.
Sé exactamente lo que le van a hacer. Sé que la van a usar para llegar a mí, pero también sé que la van a romper solo por el placer de ver cómo una mujer tan íntegra se desmorona.
El móvil que llevo en el bolsillo trasero de mi vaquero vibra. Lo saco con manos temblorosas. Un mensaje de un número que conozco demasiado bien. Solo es una foto.
Es Vega. Está colgada, con la camisa destrozada y la cabeza gacha. En su hombro, justo encima de donde yo la mordí anoche, hay un nuevo corte, sangriento y limpio.
Debajo de la foto, una sola frase:
"Tienes cuatro días, traidor. Ven a buscar lo que queda de ella."
Suelto un rugido de rabia que rompe el silencio de la mañana, un sonido animal que no reconoce leyes ni placas. Lanzo el móvil contra el asfalto y lo reviento de un pisotón.
—Voy a quemar el mundo hasta encontrarte, Vega —prometo al aire frío, mientras la oscuridad que intenté mantener a raya anoche me consume por completo—. Y cuando lo haga, voy a obligar a Víktor a comerse cada centímetro de su propio cuchillo.
Me subo a la moto. El motor ruge entre mis piernas como una bestia hambrienta. Ya no soy el Rowan que intentó protegerla con mentiras. Ahora soy el hombre que la Grey Line creó. Y van a arrepentirse de haberme recordado por qué soy el mejor matando.