Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 34
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Capítulo 34

Vega

Me despierto con el cuerpo pesado, como si mis músculos se hubieran fundido con el colchón.

Lo primero que me golpea no es el sonido del aire acondicionado, sino el olor: sudor, sexo y el rastro metálico de una tormenta que parece haber dado una tregua.

Abro los ojos lentamente y la luz grisácea del amanecer se filtra por las rendijas de las cortinas, bañando la habitación de una melancolía que me oprime el pecho.

A mi lado, Hale sigue dormido.

Me quedo inmóvil, observándolo. Su rostro, que ayer era una máscara de cinismo y crueldad, parece casi vulnerable en la penumbra.

Tiene la mandíbula relajada y el pelo oscuro revuelto sobre la almohada.

Una punzada de culpabilidad me atraviesa.

Soy inspectora de policía y acabo de pasar la noche más salvaje de mi vida con un hombre que me manipuló, que pertenece a la organización que estoy persiguiendo y que me ha ensuciado de una manera que ninguna ducha podrá borrar.

Me levanto con cuidado, intentando que los muelles de la cama no me traicionen.

Me duelen las piernas, me escuece el roce de su barba en mi cuello y siento su rastro, seco y pegajoso, entre mis muslos.

Es un recordatorio físico de cada guarrada que me susurró al oído, de cada vez que me obligó a decir que era suya.

Entro en el baño y abro el grifo de la ducha.

No espero a que el agua se caliente. El chorro frío me golpea la cara, obligándome a volver a la realidad.

Me froto la piel con saña, intentando quitarme el olor a él, pero es inútil; parece que se ha filtrado por mis poros.

Me miro en el espejo empañado. Tengo los labios hinchados y los ojos inyectados en sangre.

—¿Qué has hecho, Vega? —susurro, apoyando la frente en el cristal.

Salgo del baño envuelta en la misma toalla de ayer.

Hale se ha movido, pero sigue sumido en un sueño profundo.

Me visto en silencio, recogiendo mi ropa del suelo.

Al ponerme la camisa, noto el roce de la tela sobre las marcas que me dejó; me arden, recordándome que anoche dejé de ser la inspectora Hartman para ser simplemente una mujer rota por el deseo.

Necesito aire. Esta habitación me asfixia, huele demasiado a nosotros, a la rendición que firmé entre esas sábanas sucias. Cojo las llaves del coche y mi pistola, pero dejo el móvil sobre la mesita. No quiero llamadas, no quiero informes. Solo cinco minutos de paz.

Salgo de la habitación con pasos felinos.

Fuera, el aire de la mañana es puro, lavado por la lluvia.

El asfalto del parking brilla, reflejando un cielo que empieza a teñirse de un naranja violento y sangriento por el horizonte.

El silencio es absoluto, roto solo por el goteo de los aleros del motel.

Camino hacia el borde del aparcamiento, donde una valla metálica separa el asfalto de un descampado lleno de maleza. Me apoyo en ella y respiro hondo, llenando mis pulmones de ese aire frío que me quema la garganta.

El amanecer es precioso, pero se siente como el preludio de algo terrible. He traicionado mis principios, he dormido con el enemigo y, lo peor de todo, es que una parte de mí volvería a cruzar esa puerta ahora mismo para despertar a Hale a besos.

Un crujido de gravilla a mi espalda me pone en alerta.

Mi instinto de policía reacciona un segundo tarde. Me giro, llevando la mano a la cintura para alcanzar mi arma, pero antes de que pueda rozar la culata, un golpe seco me impacta en la base del cráneo.

El mundo estalla en un fogonazo blanco. Caigo de rodillas, sintiendo cómo el sabor metálico de la sangre inunda mi boca. Intento gritar, pero una mano enguantada me tapa la boca con una fuerza bruta, mientras otra me rodea el cuello.

—Vaya, vaya... la joya de la corona del departamento —una voz fría, desconocida, me susurra al oído—. Vesper te envía recuerdos, bombón. Y a tu amiguito Rowan... a él le tenemos preparada una sorpresa todavía mejor.

Siento el pinchazo de una aguja en el cuello. Una quemazón helada se extiende por mis venas a una velocidad aterradora. Mis extremidades dejan de obedecerme y el cielo naranja empieza a fundirse en una mancha negra.

Lo último que veo, antes de que la oscuridad me trague por completo, es la ventana de nuestra habitación. Hale sigue allí dentro, durmiendo, ajeno a que me acaban de arrancar de su lado. Y entonces lo veo todo negro y el silencio vuelve a reinar en el motel.