Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

Rowan

El zumbido del aire acondicionado es lo único que compite con el golpeteo rítmico de la lluvia contra el cristal de la ventana. Me mantengo inmóvil, con la espalda apoyada en el cabecero de madera, dejando que el humo del cigarrillo que no debería estar fumando llene mis pulmones.

La oscuridad de la habitación es casi total, rota solo por el neón intermitente del cartel del motel que se cuela por una rendija de la cortina, bañando la cama en un tono rojizo, como si estuviéramos sumergidos en sangre.

A mi lado, Vega duerme.

Me quedo mirándola, y el pecho me aprieta de una forma que ninguna bala ha conseguido jamás. Tiene la respiración pesada, profunda, ese sueño de agotamiento absoluto que sigue a una batalla.

Las sábanas, húmedas de sudor y de nosotros, apenas le cubren la cadera.

El resto es un mapa de lo que le he hecho hace menos de una hora.

Veo las marcas de mis dedos en sus muslos, el enrojecimiento en su cue llo donde mis dientes fueron demasiado exigentes, y esa mancha de semen secándose en su piel que me recuerda, con una claridad obscena, lo mucho que he disfrutado degradando su pulcritud.

Me cago en mi puta vida. He pasado meses planeando cómo desestabilizarla, cómo encontrar la grieta en su armadura de acero para que la Grey Line pudiera respirar tranquila. Pero verla ahí, tan rota y a la vez tan completa, me hace sentir como el mayor saco de mierda que ha pisado este suelo.

—Te he destrozado, inspectora —susurro en apenas un hilo de voz que se pierde en la penumbra.

Recuerdo sus gritos de hace un rato, la forma en que me pedía más mientras yo le soltaba toda la porquería que tengo en la cabeza. Me acuerdo de cómo se aferraba a mí, aceptando cada una de mis palabras sucias, cada embestida que buscaba humillarla y que solo terminó por encadenarme más a ella.

He follado con muchas mujeres para olvidar quién soy, pero nunca me había sentido tan cerca del abismo como cuando sentí sus paredes apretando mi polla mientras le decía que era mía.

Porque no era solo sexo. Era una confesión de guerra.

Me inclino hacia ella, apartándole un mechón de pelo húmedo de la frente con una delicadeza que me resulta extraña. Mis manos, que han matado a hombres sin que me tiemble el pulso, tiemblan ahora al rozar su piel.

Vega se mueve en sueños, soltando un pequeño quejido, y se acurruca más contra mi costado, buscando mi calor de forma instintiva.

No sabe que se está abrazando a un monstruo.

No sabe que, mientras ella duerme, yo estoy calculando cuántas horas nos quedan antes de que el mundo real venga a por nosotros.

Vesper y Viktor no van a esperar. El comisario tampoco.

Si fuera un hombre decente, me levantaría ahora mismo, dejaría una nota y desaparecería de su vida para que pudiera reconstruir sus pedazos de cristal.

Pero soy un egoísta. Verla así, marcada por mí, con mi rastro todavía pegajoso entre sus piernas, me produce una satisfacción enferma que me impide moverme.

Me gusta saber que, aunque mañana me entregue, aunque me odie con cada fibra de su ser, nunca podrá borrar el recuerdo de cómo la hice suplicar en este agujero.

Le paso los dedos por el labio inferior, que todavía está un poco hinchado de mis besos. Sabe a mí. Todo en esta habitación huele a mi posesión sobre ella.

—No vas a volver a ser la misma, Vega —murmuro, apagando el cigarrillo contra el cenicero de plástico barato—. Y yo tampoco.

Cierro los ojos un segundo, dejando que el agotamiento me gane, pero mi mano no se separa de su cintura.

La mantengo pegada a mí, como si mi tacto pudiera protegerla de la oscuridad que yo mismo he traído a su puerta.

Mañana seremos enemigos otra vez, mañana la sangre volverá a correr, pero esta noche...

esta noche ella es el único lugar donde no me siento un fantasma.

La luz del neón exterior parpadea, bañando su cuerpo desnudo en un rojo rítmico que parece el latido de esta habitación de mierda.

Vega se mueve ligeramente, y la sábana resbala un poco más, dejando al descubierto la curva de su nalga y esas marcas de mis dedos que empiezan a oscurecerse en su piel clara.

Me quedo paralizado, con el corazón golpeándome las costillas. Si se despierta ahora y me ve mirándola así, con esta hambre que no se ha saciado ni con una hora de sexo salvaje, volverá a ver al depredador. Pero lo que hay en mi pecho ahora no es solo instinto. Es algo mucho más jodido.

Vuelvo a recordar cómo me miraba mientras la tenía abierta de piernas, con los ojos empañados de placer y rabia.

Cómo se arqueaba cuando le decía lo mucho que me gustaba verla así, ensuciada por mí.

Me acuerdo del sabor de su piel cuando la obligué a correrse mientras le susurraba al oído que era mía, que ningún policía de su precioso departamento sabría nunca cómo gritaba mi nombre mientras se deshacía.

—Eres demasiado buena para este infierno, nena —murmuro, y mi propia voz me suena extraña, despojada de ese cinismo que uso como armadura.

Me paso la mano por la cara, frotándome los ojos.

El cansancio me pesa, pero no me atrevo a dormir del todo.

En mi mundo, dormir es un lujo que te puede costar la garganta.

Y ahora que la tengo a ella, el riesgo se ha multiplicado por mil.

He pasado años siendo un fantasma, alguien que no dejaba rastro, alguien a quien nadie podía herir porque no tenía nada que perder.

Ahora tengo a una inspectora de policía durmiendo en mi brazo, con mi semen todavía secándose en su vientre y una diana pintada en la espalda por mi culpa.

Dejo el cenicero en la mesita de noche y me deslizo con cuidado hacia abajo, pegando mi pecho a su espalda.

La piel de Vega está ardiendo. Puedo sentir el roce de sus nalgas contra mis muslos, y mi cuerpo, ese traidor, vuelve a reaccionar.

Mi erección presiona contra ella, recordándome que, a pesar de todo el drama y el peligro, volvería a meterme en ella ahora mismo si no fuera porque necesita descansar.

Me entierro en el hueco de su cuello, aspirando ese olor que ya se me ha quedado grabado: jabón barato de motel, sudor dulce y ese rastro metálico de la lluvia. Es el olor de mi perdición.

—Voy a quedarme contigo —susurro contra su piel, dejando un beso justo encima de la marca de mi mordisco.

Ella suelta un suspiro en sueños y se echa hacia atrás, encajando su cuerpo perfectamente con el mío.

Es una tortura china. La ironía me golpea con fuerza: he pasado la vida huyendo de las cadenas, y ahora me encuentro encadenado a una mujer que mañana, en cuanto abra los ojos y recupere su orgullo, probablemente querrá meterme una bala entre ceja y ceja.

Me quedo ahí, en la penumbra, vigilando su sueño y el baile de las sombras en la pared.

Sé que en unas horas el sol saldrá y esta burbuja de sudor y verdades sucias estallará.

Pero por ahora, mientras la lluvia sigue castigando el techo del motel, me permito el lujo de ser solo Rowan, el hombre que prendería fuego al mundo entero solo para que ella no tenga que despertar nunca de este sueño.

Aprieto el brazo alrededor de su cintura, posesivo, marcando el territorio una última vez antes de que llegue el amanecer.

—Duerme, inspectora. Mañana volveré a ser el hijo de puta que odias. Pero esta noche... esta noche eres lo único que me mantiene vivo.