Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

Se deshace de su ropa en un segundo. Está lleno de tatuajes, marcas de balas y cortes que parecen un mapa del infierno. Se lanza sobre mí, sus manos cerrándose en mi cuello para fijarme al colchón mientras muerde mis pezones con una fuerza que me hace ver chispazos eléctricos.

Baja más. Sus dedos se entierran en mi sexo, que está empapado, goteando una mezcla de lubricación y deseo sucio. Mete dos dedos de golpe, sin preparación, y empieza a bombearme con una saña que me hace soltar un grito que se queda pegado al techo.

—Mírate, Vega —me dice, con los ojos inyectados en sangre—. Estás chorreando por el hombre que te ha mentido. Estás abierta de piernas para el tipo que querías encarcelar hace una hora.

—Cállate y fóllame de una vez —le reto, enredando mis piernas en su cintura.

Hale suelta una risa ronca, me agarra de los muslos y los echa hacia atrás, hasta que mis rodillas casi tocan mis hombros, exponiéndome por completo.

Se inclina hacía abajo, sus ojos grises clavados en los míos.

Con una lentitud calculada, traza un círculo con la lengua sobre mi clítoris, saboreándome, antes de darme un lametón profundo que me hace arquear la espalda y soltar un grito ahogado.

Se posiciona, frota su glande contra mi entrada, torturándome, dejando que su humedad se mezcle con la mía antes de hundirse en mí con una estocada brutal que hace que la cama se desplace unos centímetros.

El impacto me deja sin aire. Me llena de una manera que me parece irreal, estirándome, reclamando cada rincón de mi cuerpo.

Empieza a moverse con un ritmo salvaje, desacompasado, como si quisiera romperme por dentro.

Cada vez que me embiste, su pelvis choca contra la mía con un sonido húmedo y rítmico que llena la habitación, compitiendo con el estruendo de la tormenta.

Le clavo las uñas en la espalda, abriéndole surcos en la piel, buscando su sangre mientras él busca mi alma. Me muerde el hombro, dejando una marca que sé que tardará semanas en borrarse, un tatuaje de dientes y saliva.

—Dime que eres mía —me exige, golpeándome con una fuerza que me hace subir al cielo—. ¡Dime que no hay ningún policía ahí fuera que te haya follado así!

—Solo tú... Hale... joder... —jadeo, y mi cabeza golpea rítmicamente contra el cabecero de madera.

El placer es demasiado intenso, demasiado guarro. Siento cómo mis paredes se contraen alrededor de él, succionándolo, mientras él acelera, con sus ojos fijos en los míos, sin parpadear, como si estuviéramos en medio de un interrogatorio donde la única respuesta posible es el orgasmo.

Hale me sujeta las muñecas contra el cabecero con una fuerza que bordea el dolor, inmovilizándome mientras sus embestidas se vuelven más profundas, más erráticas.

Está empapado de sudor y lluvia, y cada vez que su cuerpo choca contra el mío, el sonido de nuestra piel golpeándose es tan sucio como la atmósfera de este motel.

Se inclina hacia mi oído, y su respiración abrasadora me quema el lóbulo antes de empezar a soltar todo el veneno que tiene guardado.

—Mírate, inspectora —gruñe—. Tanto reglamento, tanta placa dorada... y aquí estás, gimiendo bajo el hombre que más odias. Te encanta que te follen así, ¿verdad? Te encanta que sea un puto criminal el que te esté destrozando por dentro.

Suelto un gemido que es mitad protesta y mitad súplica, pero él no me deja espacio para respirar. Me suelta una mano solo para agarrarme la barbilla y obligarme a mirarlo a esos ojos que ahora mismo son puro instinto.

—¿Crees que tus compañeros de la comisaria te reconocerían ahora?

—continúa, aumentando el ritmo hasta que siento que voy a perder el conocimiento—.

Si supieran que su niña bonita está aquí, abierta de patas, tragándose cada centímetro de la mierda que soy...

¿Seguirían aplaudiéndote, Vega? ¿O querrían ponerse en fila para usar este agujero tan estrecho que me estás ofreciendo?

—Cállate... —consigo articular, aunque mis caderas se elevan buscando más de él, contradiciendo cada una de mis palabras.

—Di la verdad —sisea, y baja la mano de mi cara para apretarme un pecho con una violencia que me hace arquear la espalda—. Di que te pones cachonda sabiendo que soy un asesino. Di que prefieres mi polla sucia dentro de ti que toda la moral de tu departamento. ¡Dilo!

Me embiste con una saña ciega, golpeando mi cuello uterino hasta que el placer se vuelve una agonía blanca.

—¡Dime que quieres que me corra dentro de ti! —me ruge a la cara, pegando su frente a la mía—. Dime que quieres que te deje marcada, que quieres llevar mi rastro mañana cuando te pongas ese uniforme de mierda. ¡Dime que eres mía esta noche!

—¡Sí, joder! ¡Soy tuya! —grito, perdiendo la poca dignidad que me quedaba.

Hale suelta una risa triunfal, una vibración gutural que me recorre entera. Me sujeta de la nuca, tirando de mi pelo hacia atrás para que vea cómo se hunde en mí, cómo mi carne se estira y se pone roja por su culpa.

—Eso es... enséñame cómo te lleno. Mira cómo te tengo, Vega. Estás empapada, estás rota, y mañana vas a tener que limpiar mi semen de tus muslos antes de ir a ver al comisario. Vas a oler a mí todo el puto día y no vas a poder decirle a nadie quién te ha dejado así de jodida.

El final nos golpea como un tren de mercancías.

Hale me agarra de la cintura con una fuerza brutal, levantándome del colchón mientras se descarga dentro de mí con una serie de sacudidas violentas.

Se queda ahí, enterrado hasta el fondo, jadeando palabras sucias contra mi cuello mientras mi cuerpo se contrae en espasmos incontrolables, rindiéndose por completo al hombre que acaba de profanar todo lo que yo creía ser.

Nos quedamos así, unidos, sudorosos y jadeantes, mientras el olor a sexo y lluvia lo inunda todo. Él no se retira. Se queda encima de mí, pesado, su frente apoyada en la mía, mientras el eco de lo que acabamos de hacer resuena en las paredes desconchadas del motel.

La inspectora Hartman ha muerto en esta cama. Solo queda Vega, y no sé si alguna vez podré volver a mirarme al espejo sin ver la marca de sus manos en mi piel.