Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

Vega

Llegar a mi coche es un ejercicio de supervivencia emocional.

Tengo las manos tan frías que me cuesta encajar la llave, pero no es por el frío que empieza a calar en el asfalto.

Es la humillación. Cada vez que cierro los ojos, veo la cara de Hale: esa mezcla de honestidad brutal y cinismo que no logro descifrar.

Me siento tras el volante y me quedo mirando el salpicadero en un silencio que me zumba en los oídos.

He pasado años construyendo una reputación de hierro.

Soy la mujer que nunca se dobla, la que sigue el reglamento hasta las últimas consecuencias.

Y en menos de veinticuatro horas, un tipo con los nudillos rotos y el alma envenenada me ha convertido en cómplice de una mentira que me perseguirá cada vez que cruce el umbral de la comisaría.

El móvil vibra en el asiento del copiloto. Una notificación de un número oculto me quema la vista:

Siento un vuelco violento en el estómago.

Miro por el retrovisor, buscando la moto de Hale o cualquier vehículo sospechoso, pero solo veo sombras alargadas.

¿Es él? ¿O es una advertencia de la misma red que ahora me tiene en el punto de mira?

Arranco el motor. No voy a mi apartamento.

La adrenalina de la redada ha sido sustituida por una paranoia pegajosa.

Si Hale tiene razón y soy el objetivo de la Grey Line , mi placa no es un escudo; es una diana fluorescente.

Paso un segundo por mi piso para coger ropa y pertenencias para sobrevivir una semana y elijo un pequeño motel de carretera a las afueras.

Es un lugar donde los policías no solemos asomar la nariz y nadie preguntará por una mujer con ojeras profundas y una mancha de sangre seca en el cuello.

Al entrar, aseguro la cadena. Dejo la reglamentaria sobre la mesita de noche, cargada.

En el espejo del baño, mi mejilla encendida me recuerda el bofetón que le he dado a Hale. Me duele más el pecho que los nudillos.

—Eres una estúpida, Vega —le susurro a mi reflejo.

Me meto en la ducha. Dejo que el agua casi hirviendo me queme la piel, intentando borrar el eco de los niños y la presencia de Hale.

Pero al cerrar los ojos, solo escucho: "Prefiero que me odies por ser un manipulador a que me quieras por una mentira" .

Salgo, me envuelvo en una toalla y me siento en el borde de la cama.

El silencio es absoluto, roto solo por el zumbido del aire acondicionado.

Reviso los archivos de la nave. Un nombre se repite: "Vesper". No es de la red. Es un intermediario.

De pronto, un golpe seco en la ventana. Me pongo en pie de un salto y apunto con la pistola a la cortina.

—Vega, soy yo. Baja el arma.

Esa voz. Ese veneno conocido. Descorro un centímetro de cortina y lo veo bajo la lluvia, empapado, con una expresión que me hiela la sangre. Abro la puerta un poco.

—Te he dicho que te fueras —susurro.

—Y yo te dije que no fueras a casa. Había tres hombres esperándote. Si llegas diez minutos antes, ahora estarías en un maletero.

Bajo el arma. La realidad me golpea: Hale me está protegiendo. O quizás solo termina su partida. Abro la ventana y él entra con un movimiento fluido, inundando la habitación con olor a lluvia, cuero y ozono.

—Dime quién es Vesper —exijo, ignorando mi propia desnudez bajo la toalla.

—Es la sombra. El enlace entre los políticos y la Red. Y yo... yo no soy el infiltrado que crees. Pertenezco a esa organización, Vega. O lo hacía, hasta que me cansé de ver niños aterrorizados. Yo los rescataba por mi cuenta mientras fingía trabajar para la red. Por eso sabía dónde estaban.

Doy un paso hacia él. La rabia me quema.

—¿Y por eso la mentira? ¿Me hiciste creer que te habías metido en mi cama para tener un punto débil con el que chantajearme?

—Sí —admite, acercándose. Siento el calor de su cuerpo mojado—. Me encargaron controlarte. Quería una mancha en tu expediente para manipularte. Pero el plan falló cuando te vi defenderme en esa reunión. Ninguna mujer se había jugado la vida por mí así.

Él levanta una mano. Sus dedos rozan el nudo de mi toalla, sobre mi esternón. El contacto me provoca una descarga eléctrica. Noto mis pezones endurecerse bajo la tela húmeda y maldigo mi cuerpo por reaccionar así.

—Y me muero por que la mentira que te hice creer fuera verdad. —confiesa bajando la voz—. Pero hay una red de asesinos buscándote.

Hale me quita la pistola de la mano con una suavidad insultante y la deja en la mesa. Sus manos bajan a mi cintura, apretando la toalla contra mi piel.

—Pasaremos aquí la noche. No para follar, aunque es lo único en lo que mi mente ha pensado desde que he entrado en esta habitación. Pero si te dejo sola, no sobrevivirás al amanecer.

—Solo una noche —cedo, hundiendo los puños contra su pecho empapado—. Mañana te entregaré yo misma, Hale. Te lo juro.

Suelta una risotada baja.

—Eso me gustaría verlo. Pero ahora mismo no pareces estar pensando en celdas.

—¿Por qué no me tocaste anoche? —le desafío, clavando mis ojos en los suyos—. Si tu intención era manipularme, habría sido mucho más fácil si de verdad hubiera pasado algo.

Hale tensa la mandíbula. Sus manos suben por mis costados, rozando peligrosamente el nacimiento de mis pechos.

—Porque soy un hijo de puta, Vega, pero no un violador. Quería que, cuando pasara, me miraras exactamente como lo estás haciendo ahora.

—¿Y cómo te miro?

—Como si quisieras que te arrastrara a esa cama y te hiciera olvidar hasta tu propio nombre.

Su mano se enreda en mi pelo húmedo y tira hacia atrás con una firmeza que me obliga a exponer el cuello. Me estremezco. Siento el roce de su erección contra mi vientre, firme y latiente; una promesa silenciosa de lo que está a punto de ocurrir.

—No has dejado de mirarme desde que crucé esa puerta —murmura contra mi oído—. ¿Estás pensando en mi historial delictivo o en lo que quieres que te haga contra ese cabecero?

Me muerdo el labio, aferrándome a la toalla. El nudo está flojo. Me da igual que sea un criminal. Me da igual que mañana sea el fin. Mi cerebro solo procesa que lo quiero ahora, sin filtros, dejando que su oscuridad se mezcle con mi desesperación.

—Pienso que eres un hijo de puta —susurro, eliminando el último centímetro entre nosotros—. Y pienso que me importa una mierda.

—La toalla me estorba, Vega. Estoy harto de mentirnos.

—Entonces deja de hablar.

La toalla cae al suelo con un peso muerto, un chapoteo sordo sobre la moqueta vieja.

Me quedo ahí, desnuda y temblando, no de frío, sino de una rabia que se me ha bajado al vientre y se ha convertido en algo oscuro y punzante.

Me atrae tanto que me asusta. Me atrae su falta de piedad, la forma en que se mueve por el mundo como si le perteneciera, y, sobre todo, la forma en que me mira: como si yo fuera lo único real en su vida de mentiras.

Me recorre con los ojos, y es como si su mirada fuera física, como si me estuviera arrancando la piel.

—Dijiste que querías ver cómo reaccionaba —le siseo, y mi voz suena como el roce de dos cuchillas—. Pues mira bien, Hale. Mira lo que has conseguido.

Me arrodillo frente a él, hundiendo las rodillas en la moqueta áspera.

Mis dedos recorren la línea de vello que desaparece bajo su pantalón.

Suelto el botón y bajo la cremallera con cuidado.

Hale suelta un gruñido ahogado y sus manos se entierran en mi pelo con una violencia contenida.

Cuando su polla queda libre, me golpea la mejilla, caliente y tensa, latiendo con una urgencia que me marea.

Es grande, con las venas marcadas como raíces.

Lo agarro con las dos manos, apretando el tejido firme, y subo la mirada hacia él.

—¿Esto es lo que querías tener bajo control? —le pregunto antes de rodearlo con la boca.

Hale se arquea, su espalda golpea la pared con un estruendo.

Empiezo a lamerlo desde la base, saboreando el salitre de su piel y el líquido pre-seminal que ya asoma, amargo y caliente.

Me lo meto en la boca hasta el fondo, hasta que me dan arcadas, hasta que siento que me voy a asfixiar con él.

Lo saboreo con una saña casi vengativa, buscando que el placer le duela tanto como a mí su traición.

Inclino la cabeza, trazando una línea lenta y deliberada con la lengua desde la base hasta la misma punta.

—Dios, nena… —la voz de Hale sale como un rugido contenido, un hilo de puro deseo.

Ese sonido es mi señal. Dejo de jugar. Lo rodeo con los labios y empiezo a succionar, firme, obligándolo a inclinar la cabeza hacia atrás.

Hale reacciona al instante: una de sus manos se entierra en mi pelo, sujetándome con una fuerza que me inmoviliza, mientras la otra rodea mi mandíbula, apretando mis mejillas para obligarme a abrir más la boca.

Me meto todo lo que puedo, hundiendo la garganta hasta encontrar el límite, hasta sentir que me ahogo con él.

Hale gime, un sonido que vibra en mi pecho.

Sus dedos se clavan en mi cuero cabelludo, tirando hacia atrás para profundizar aún más, obligándome a recibirlo hasta el fondo con una saña casi vengativa.

—Eso es… así, joder, qué bien lo haces… —gruñe contra el aire, cada una de sus palabras cargada de una posesividad que me nubla el juicio—. No te detengas.

Mis manos aprietan sus testículos, arrancándole un gemido animal que me llena de un poder enfermo mientras él marca el ritmo con sus manos, usando mi cabeza como si fuera un instrumento de su propio placer.

La urgencia lo supera y, de pronto, sus dedos se enredan con una violencia nueva en mi pelo.

Con un tirón seco que me hace soltar un jadeo ahogado, me obliga a levantarme de golpe, cortando el contacto.

Me estampa contra la cama y me abre las piernas sin ceremonias, su mirada sobre mí es pura electricidad.

—Mi turno, inspectora —gruñe, y su voz es puro fuego.