Capítulo 42
Vega
El blanco. Es lo primero que veo. Un blanco clínico, gélido, que me quema las pupilas.
Trato de parpadear, pero mis párpados pesan como si estuvieran sellados con plomo.
Hay un pitido constante, rítmico, que martillea en el centro de mi cabeza, y un olor penetrante a antiséptico que me revuelve el estómago.
Intento mover las manos, pero un dolor agudo me recorre los brazos, como si me hubieran clavado mil agujas de una sola vez. Bajo la vista y veo mis muñecas envueltas en capas gruesas de gasa blanca.
—Tranquila, Vega. No intentes forzarte todavía.
La voz es suave, pero tiene un matiz de autoridad que me obliga a relajarme. Giro la cabeza con lentitud, arrastrando una densa neblina mental.
Junto a mi cama, revisando el goteo del suero, hay una mujer que capta de inmediato mi atención.
No es la imagen de la doctora mayor que esperaría encontrar en una clínica de urgencias.
Es joven, ca lculo que, de mi misma edad, y posee una belleza pulcra, casi magnética.
Su melena, de un rubio ceniza brillante, está recogida en una coleta informal que deja caer algunos mechones rebeldes sobre su rostro.
Lo más llamativo son sus ojos: dos esferas de un verde intenso, analíticos y fríos como el cristal, que me observan con una mezcla de calculada curiosidad y un alivio que me parece extrañamente ensayado.
Viste una bata médica impecable, pero hay algo en su postura, una rigidez felina, que no cuadra del todo con el entorno hospitalario.
—¿Dónde... dónde estoy? —Mi voz suena como si no me perteneciera; una vibración seca y rota, como si hubiera estado gritando durante días.
—Estás en mi clínica privada. Te hemos operado de urgencia para salvarte la vida —dice, ajustando la vía con dedos expertos y movimientos que denotan una precisión absoluta.
El pánico empieza a burbujear en mi garganta, denso y caliente. Trato de bucear en mi memoria, pero es como intentar agarrar humo con las manos. Solo hay destellos inconexos: una lluvia torrencial, un sótano oscuro, carpetas de investigación... y dolor. Mucho dolor.
—No recuerdo... mi unidad... el caso de la red de trata... —Balbuceo, desesperada por aferrarme a un dato real—. Espera. ¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién eres? ¿Nos conocemos?
Ella suspira y deja la tabla de informes sobre la mesa de noche. Se sientan en el borde de la cama, invadiendo mi espacio personal de una forma que me pone en alerta. Su cercanía me abruma, pero ella me regala una sonrisa perfecta, de esas que se usan para calmar a los animales heridos.
—Claro que nos conocemos, Vega. Soy tu amiga. De hecho, soy tu mejor amiga —responde con una naturalidad pasmosa.
Me quedo totalmente extrañada, mirándola fijamente, buscando un recuerdo, una imagen, un café compartido, una confidencia de madrugada.
Nada. Mi mente es un lienzo en blanco. Escaneo sus facciones perfectas, sus ojos verdes, la forma de su barbilla.
No sé quién es esta chica. No la he visto en mi vida.
Mi cuerpo reacciona ante ella con una desconfianza animal, tensando los músculos bajo las sábanas, pero mi cerebro está demasiado débil para discutir con la realidad que tengo delante.
¿Por qué iba a mentirme una médico en una clínica?
—No... no te recuerdo —susurro, sintiendo que la frustración me oprime el pecho—. No recuerdo haber tenido una amiga... no sé quién eres.
—Es normal, cielo —dice ella, y esta vez me toma de la mano.
Sus dedos están extrañamente fríos—. Lo que recuerdas son solo los fragmentos de tu obsesión.
Eras policía, Vega. Una de las mejores. Te habías metido de lleno en un caso jodido, una red de trata de personas de lo más peligrosa.
Llevabas meses sin dormir, persiguiendo sombras, alejándote de todos.
De mí también. Te avisé mil veces. Te dije que te estabas destruyendo, pero nunca escuchas a nadie cuando te obsesionas con el trabajo.
Siento un frío glacial recorriéndome la columna. La parte de la policía se siente real; mi cuerpo recuerda la adrenalina y el peso del arma.
—Recuerdo la presión... el horror del caso —admito, tragando saliva con dificultad—. Pero, ¿las vendas? ¿Qué me ha pasado en las muñecas? ¿Me atacaron?
La mujer hace una pausa dramática. Su mirada verde se ensombrece y aprieta mi mano con una lástima tan perfectamente ejecutada que me estremece.
—Nadie te atacó, Vega. Te lo hiciste tú misma.
El mundo parece detenerse. El pitido del monitor se acelera en mis oídos.
—¿Qué?
—La situación te sobrepasó —continúa ella con un tono peligrosamente compasivo, como si me estuviera leyendo un diagnóstico inevitable—.
El mundo en el que te metiste era demasiado monstruoso y tu mente no pudo soportar el peso de perder a tu compañero en tu último caso.
Una noche colapsaste, no pudiste más y decidiste que ya no encontrabas otra salida.
Llegué a tu casa justo a tiempo y te encontré en el baño.
Te habías cortado las muñecas, Vega. Intentaste suicidarte.
Por eso te traje a mi clínica, para protegerte de la policía, del escándalo y de ti misma.
—¿Yo... intenté matarme? —La palabra me quema la boca. Una náusea repentina me golpea el estómago.
Cierro los ojos con fuerza, tratando de invocar la imagen de esa supuesta noche.
Intento recordar el peso de una cuchilla, el agua tibia, la sensación de querer rendirme y tirar la toalla.
Pero no hay absolutamente nada. En mi mente solo hay fogonazos de una resistencia salvaje, el recuerdo lejano de una voz que no logro identificar pero que me transmitía una seguridad arrolladora, y un instinto primitivo que me grita que yo no soy de las que se rinden. Yo no me cortaría las venas en un baño.
—Es el trauma —insiste ella, acariciando mis dedos vendados al notar mi agitación—. Tu cerebro ha decidido borrar ese momento para protegerte del horror de lo que te hiciste. Es una amnesia disociativa inducida por el colapso nervioso. No fuerces los recuerdos. Poco a poco asimilarás lo que pasó.
—No me siento como alguien que quisiera morir —susurro, y las lágrimas de pura impotencia empiezan a desbordarse por mis mejillas—. Siento... siento que me falta algo. Algo vital. Una parte de mi propia historia que no encaja con lo que me cuentas.
—A veces, el cuerpo tarda más en aceptar la verdad que la mente —me contesta ella, fijando sus ojos verdes en los míos, como si estuviera viendo con un microscopio cada una de mis reacciones, buscando cualquier grieta en mi confusión—.
Pero ya pasó. La situación te superó, pero estás a salvo.
Soy tu amiga y soy tu médico. Estoy aquí para ayudarte a recuperarte y para asegurarme de que nadie vuelva a hacerte daño.
Te voy a cuidar, te lo prometo. El resto... el resto ya no importa.
Me quedo mirando el techo blanco, sintiendo un vacío negro e infinito en el pecho.
Sé que sus palabras suenan lógicas, estructuradas y perfectas para justificar la carnicería de mis brazos.
El problema es que, muy en el fondo, mi propia naturaleza se está rebelando contra su versión.
No sé por qué mi instinto me pide que me aleje de ella; una certeza empieza a florecer en mitad de mi amnesia: me están construyendo una vida hecha a base de mentiras.
Parpadeo, tragando el nudo de mi garganta, y vuelvo a mirarla.
—¿Y cómo te llamas? —Le pregunto con desesperación—. Perdóname, es que... no no recuerdo tampoco tu nombre.
Ella me observa en silencio durante un momento, evaluando mi confusión antes de esbozar una sonrisa pequeña y cálida que ilumina sus ojos verdes.
—Bienvenida a tu nueva vida, Vega. Me llamo Clara. Encantada.