Capítulo 28 #2
Miro a Vega, que sonríe al ver a una niña pequeña agarrar su mano.
Ha recuperado su honor, sí. Pero ahora tengo a toda una organización criminal enfurecida viniendo hacia aquí, y yo soy el único que sabe que, para salir vivos, voy a tener que mostrarle a Vega una oscuridad que ella no está preparada para ver.
El sonido de las sirenas empieza a escucharse a lo lejos, pero para mí suenan como una cuenta atrás.
Vega está radiante; esa luz de justicia que desprende me ciega.
Ha rescatado a cinco niños y ha limpiado su nombre en una sola mañana.
Para ella, el día ha terminado con una victoria.
Para mí, el infierno no ha hecho más que abrir sus puertas.
—Ya vienen —dice ella, guardando la radio con un suspiro de alivio—. Hale, lo hemos conseguido. Mañana nadie se atreverá a decir ni una palabra en esa maldita comisaría.
—Vega, escucha —la corto, agarrándola por los hombros. Mi tono es tan brusco que su sonrisa se desvanece al instante—. Necesito que te lleves a los niños a la zona de carga posterior. Ahora.
—¿De qué hablas? Los refuerzos están a dos minutos...
—¡No tenemos dos minutos! —le grito, y el eco de mi voz rebota en las paredes metálicas de la nave—. Los hombres que acabamos de abatir eran solo la avanzadilla. Hay más en camino y no vienen a negociar.
Ella me mira, confundida, procesando la urgencia en mi mirada. Su instinto de policía le dice que algo no cuadra, pero su confianza en mí —esa maldita confianza que me está destrozando— gana la batalla.
—Está bien. Niños, venid conmigo. Rápido.
Mientras ella los guía hacia la salida trasera, yo me quedo en la oficina elevada. Saco mi teléfono personal, el encriptado, y envío un mensaje de solo tres palabras a mi equipo de rescate: "Fuego de cobertura" .
No puedo dejar que la Red vea a Vega. Si descubren que ella es la que ha reventado esta operación, no habrá rincón en el mundo donde pueda esconderse de ellos. Y mi misión de protegerla desde las sombras fracasará de la forma más sangrienta posible.
El rugido de un motor potente rompe el silencio del exterior. Un todoterreno negro derrapa frente a la entrada principal.
—¡Vega, abajo! —bramo justo cuando las ráfagas de subfusil empiezan a destrozar los cristales de la oficina.
Me tiro al suelo, sintiendo los cristales lloviendo sobre mi espalda. El ruido es ensordecedor. Oigo a los niños gritar y el corazón se me sube a la garganta. No puedo dejar que les pase nada. No después de haber llegado tan lejos.
Me asomo por encima del borde de la ventana rota y disparo.
No es el disparo pausado de un policía; es la cadencia letal de un hombre entrenado para la guerra.
Derribo al conductor del todoterreno antes de que baje, pero otros cuatro hombres salen del vehículo, protegidos por chalecos antibalas con el emblema de la Grey line . Mis "compañeros".
—¡Hale! —la voz de Vega me llega desde abajo. Está escondida tras una columna, protegiendo a los niños con su propio cuerpo—. ¡No puedo salir sin que me vean!
—¡Quédate ahí! —le respondo, cambiando el cargador con una mano temblorosa por la adrenalina.
Entonces, ocurre lo que más temía. Uno de los atacantes, un tipo enorme llamado Kailer al que conozco de sobra, levanta la vista y me ve. Sus ojos se encuentran con los míos. Ve mi cara. Ve que soy yo el que está disparando contra ellos.
—¡Rowan! —grita él, con una voz que hiela la sangre—. ¡¿Qué coño estás haciendo?! ¡Mata a la tía y trae a los críos!
El tiempo se detiene. El grito de Kailer resuena en toda la nave. Vega, desde su posición, levanta la cabeza. Sus ojos se abren de par en par, fijos en mí. Ha oído el nombre. Ha oído la orden. "Mata a la tía".
—¿Rowan? —susurra ella. El nombre que usó hace un momento con cariño ahora suena a veneno en sus labios.
El caos estalla. Mis hombres del equipo de rescate irrumpen por el techo de la nave, descendiendo con cuerdas y abriendo fuego contra la gente de la Red. Es una guerra civil interna de la organización, y nosotros estamos en medio.
Aprovecho la confusión para bajar las escaleras de tres en tres. Llego hasta Vega, pero cuando intento acercarme, ella me apunta directamente al pecho con su pistola. Su mano ya no tiembla. Sus ojos están llenos de una furia fría, de la decepción de quien acaba de ver cómo su mundo se desmorona.
—No te acerques —dice, y su voz es más peligrosa que cualquier disparo—. ¿Quién eres y por qué sabe tu nombre?
—Vega, ahora no... —intento decir, dando un paso hacia ella.
—¡DIME QUIÉN ERES! —grita, mientras las balas siguen silbando a nuestro alrededor y mis rescatadores eliminan a los últimos hombres de la Red en el exterior.
La miro. La policía "legal", la mujer que se sacrificó por mí esta mañana, ahora me apunta al corazón. Y lo peor es que tiene toda la razón del mundo para apretar el gatillo.
—Soy el hombre que te va a sacar de aquí con vida —le digo, bajando mi propia arma en señal de rendición—. Aunque después de eso, decidas matarme tú misma.
El estruendo de los helicópteros de la policía real empieza a vibrar sobre nosotros. El tiempo de las mentiras se ha terminado. La Red sabe que soy un traidor, y Vega sabe que no soy quien decía ser.
Me he quedado sin sombras donde esconderme. Y mientras la miro a los ojos, solo puedo pensar en una cosa: ojalá anoche nos hubiéramos acostado de verdad, porque al menos así, el recuerdo de este desastre sería un poco menos amargo.
El sonido de las sirenas se aproxima, rompiendo el pesado silencio que ha quedado tras los disparos.
Vega está sentada en el suelo de la nave, con una niña de unos seis años aferrada a su cuello.
La mira con una ternura que me revuelve las tripas.
Yo sigo de pie, a unos metros, vigilando la entrada con el arma lista, aunque sé que mis hombres ya han despejado el perímetro.
—Hale —me llama ella. Su voz suena frágil, despojada de la armadura de inspectora—. Ese hombre... el que gritó tu nombre antes de que los refuerzos llegaran.
Mierda. Sabía que no se le había escapado. Mi mente trabaja a mil por hora, construyendo el dique de contención para la verdad que amenaza con desbordarse.
—No gritó mi nombre, Vega —digo, sin girarme, manteniendo la vista en el exterior—. Gritó "¡Corred!". La acústica de estas naves es un asco y tienes los oídos pitando por las ráfagas de los subfusiles.
Ella se queda en silencio un segundo. Siento su mirada clavada en mi espalda, analizando la tensión de mis hombros.
—Dijo "Rowan" —insiste ella, y noto cómo se levanta con cuidado para no asustar a la niña—. Y dijo algo sobre matarme, eso fue lo que oí.
Me giro despacio. Tengo que ser convincente. Tengo que usar esa mezcla de arrogancia y "verdad policial" que ella tanto odia y respeta a la vez.
—Vega, escucha —me acerco un par de pasos, bajando el arma—.
Estos tíos son de la Grey Line . Muchos de ellos son ex-militares o mercenarios que han pasado por Chicago o Detroit.
Es probable que me conozcan de mi etapa en encubierto.
Para ellos, cualquier policía que se mete en su camino es "el objetivo".
—Parecía que te estaba dando una orden —susurra ella, buscándome los ojos.
—¿Una orden? —suelto una risa amarga, cargada de desprecio fingido—.
Me estaba amenazando. Me estaba diciendo que, si no te eliminaba yo, nos eliminarían a los dos.
Estaba intentando ganar tiempo, crear confusión para que yo dudara.
Es una táctica vieja, Vega. Sembrar la desconfianza entre compañeros cuando se ven acorralados.
Ella frunce el ceño, procesando mis palabras. El cansancio de la resaca, el choque de adrenalina y el alivio de ver a los niños a salvo juegan a mi favor. Su cerebro quiere lógica, y yo le estoy dando una que encaja con el mundo oscuro que ella cree que yo habito.
—¿Y lo de los niños? —pregunta, señalando al grupo—. ¿Cómo sabías que estarían aquí exactamente hoy?
—Porque soy bueno en mi trabajo, joder —le digo, subiendo un poco el tono para fingir indignación—.
He pasado noches enteras analizando los registros de consumo eléctrico de estas naves.
Las naves de enfriamiento gastan más cuando hay "carga viva" que necesita ventilación constante.
Te lo dije en el coche: pensamiento criminal aplicado.
Vega suspira y se pasa una mano por la cara, limpiándose una mancha de hollín. La duda sigue ahí, en el fondo de su cerebro, pero la urgencia del momento la empuja a un lado.
—Lo siento —dice al fin—. Es solo que... no he dormido casi, tengo resaca y la cabeza en mil cosas y todo este caso es tan turbio. No sé en quién confiar.
—Confía en los resultados —le digo, guardando mi pistola—. Mira a esos niños. Están vivos gracias a ti. Tú has hecho esto.
Las primeras luces azules empiezan a rebotar contra las paredes de la nave. El equipo de emergencias entra por la puerta principal. Vega se vuelve hacia ellos, recuperando su máscara profesional, pero antes de alejarse, me pone una mano en el brazo.
—Hale —me dice en voz baja—. Gracias por no dudar. Por un momento, allí arriba, cuando ese tipo te gritó... tuve miedo de que tuvieras que elegir.
—No hubo elección, Vega —respondo, y esta es la única verdad absoluta que le diré hoy—. Nunca la hubo.
La veo alejarse hacia las ambulancias, triunfante y rota a la vez.
Me quedo solo en la penumbra de la nave, sintiendo el peso del teléfono en mi bolsillo.
He salvado su vida hoy, pero la mentira de "Hale" es un veneno que ya está corriendo por sus venas.
Solo es cuestión de tiempo que el efecto empiece a notarse.