Cadáver (Imperio de sombras 1) Capítulo 29
53%

Capítulo 29

Vega

La comisaría es un hervidero. Pero esta vez, el zumbido es diferente.

Ya no hay susurros venenosos ni miradas de soslayo.

Mientras atravieso la planta principal, los mismos agentes que esta mañana se apartaban de mí como si tuviera la peste, ahora se detienen para asentir con respeto. Algunos incluso aplauden.

—Buen trabajo, Hartman. Esos críos están a salvo gracias a ti —me dice un veterano al pasar.

El comisario me espera en la puerta de su despacho. Ya no hay rastro de la decepción de esta mañana. Me tiende la mano y, por un segundo, siento que he recuperado mi vida.

—Lo que hiciste anoche fue... arriesgado —dice con voz grave—. Pero los resultados hablan por sí solos. Has desmantelado una célula de la Grey line y has rescatado a cinco menores. La ciudad te debe una.

—Fue un trabajo de equipo, señor —respondo por compromiso, aunque mi mirada busca instintivamente a una sola persona entre la multitud.

Hale está apoyado en una columna, a unos metros de distancia.

Tiene la ropa manchada de polvo y sangre seca, y una expresión que no encaja con la celebración.

No sonríe. No busca medallas. Se limita a observarme con una intensidad que me hace sentir que todavía estoy bajo el fuego cruzado de la nave.

—Tómate el resto del día libre, Hartman. Te lo has ganado —concluye el comisario.

Camino hacia mi despacho con las piernas de plomo. Hale me sigue en silencio. Cerramos la puerta y, de repente, el ruido de la comisaría desaparece. Estamos solos. El silencio es tan denso que puedo oír mi propia respiración, todavía agitada por la adrenalina.

Me siento en mi silla y apoyo la cabeza entre las manos. La imagen de los niños abrazándome en la nave se mezcla con la imagen de Hale disparando con una precisión inhumana.

—Gracias —digo al fin, levantando la vista—. No solo por lo de la nave. Por no dejar que me hundiera esta mañana. Si no me hubieras dado esa ubicación...

Hale no se sienta. Se queda de pie, cerca de la ventana, mirando hacia el aparcamiento.

—No tienes que darme las gracias, Vega —su voz suena ronca, cansada—. Hiciste lo que tenías que hacer. Te jugaste el tipo por mí en la reunión y yo solo... equilibré la balanza.

—Lo que hice en la reunión fue una locura —admito con una pequeña risa nerviosa—. Me acosté con un compañero y lo pregoné a los cuatro vientos. Mañana seré la comidilla de toda la central, pero al menos no estás en una celda de aislamiento.

Me quedo mirándolo, esperando que diga algo, que bromee sobre lo que supuestamente pasó, que rompa este hielo que parece habernos congelado. Pero él se gira y me mira con una tristeza tan profunda que el aire se me escapa de los pulmones.

—Vega —dice mi nombre con una suavidad que me pone alerta—. No pasó nada.

Parpadeo, confundida.

—¿Qué?

—Anoche. En tu casa. No nos acostamos.

El silencio que sigue es ensordecedor. Siento cómo la sangre me sube a la cara, pero no por deseo, sino por una confusión violenta.

—Hale, no estoy para bromas. Me desperté desnuda, tú estabas...

—Anoche en el bar, estabas demasiado borracha para conducir o para cuidarte sola —me corta él, dando un paso hacia la mesa —.

Te llevé a casa. Te quitaste la ropa. Te ayudé a llegar a la cama porque apenas podías mantenerte en pie.

Te quedaste dormida al segundo. Yo... yo me desnudé y me metí en el otro lado porque necesitaba que, al despertar, creyeras que había pasado algo entre nosotros.

Me levanto de golpe, la silla chirría contra el suelo.

—¿Me estás diciendo que lo planeaste? ¿Qué me hiciste creer que habíamos... follado para qué? ¡¿Para qué, Hale?!

—Para ver cómo reaccionabas —admite, y hay una honestidad brutal en sus ojos—. Quería ver si eras tan íntegra como parecías. Quería desestabilizarte, tener algo sobre ti por si el caso se torcía Vega. Mi mundo se basa en encontrar la debilidad del otro y usarla a mi fav...

Le cruzo la cara antes de que pueda terminar la frase. El sonido del bofetón resuena en las cuatro paredes. La mano me escuece, pero no tanto como el pecho.

—Eres un hijo de puta —susurro, con la voz temblando de rabia—.

Me has dejado humillarme delante de todo el departamento.

He mentido por ti. He puesto mi carrera en juego por un hombre que ni siquiera conozco, ¡todo porque creía que teníamos una conexión o que, al menos, habías tenido la decencia de no aprovecharte de mí!

—¡No me aproveché de ti! —ruge él, agarrándome de las muñecas para que no vuelva a pegarle—.

¡Eso es lo que intento decirte! No te toqué.

No podría haberlo hecho, aunque hubiera querido.

Pero no esperaba que fueras tan jodidamente leal.

No esperaba que me defendieras así después de despertarte creyendo que yo era un error en tu cama.

Me suelto de su agarre de un tirón. Las lágrimas de rabia empiezan a asomar, pero me las trago.

—Me has utilizado.

—Sí —admite él, bajando la cabeza—. Y es lo que más me jode de todo esto. Porque para lo poco que nos conocemos, tú has tenido más valor para defenderme a mí que cualquier persona que haya conocido en mi puta vida. Eres... eres demasiado legal para alguien como yo.

—Vete de mi despacho —le digo, señalando la puerta con el dedo tembloroso—. Ahora mismo.

Hale me mira una última vez. Abre la boca para decir algo, quizás para pedir perdón, quizás para confesarme que su mundo es mucho más oscuro de lo que imagino, pero se detiene. Sabe que no hay palabras que arreglen esto.

Se da la vuelta y sale del despacho, dejándome sola con mi victoria vacía. He salvado a los niños, he recuperado mi honor ante la policía, pero acabo de darme cuenta de que el hombre por el que daría la cara una y mil veces es un fantasma hecho de mentiras.

Y lo peor de todo... es que incluso sabiendo que me engañó, una parte de mí sigue queriendo que vuelva a cruzar esa puerta.

El portazo retumba en mi pecho como una detonación. Me quedo inmóvil, con la mano aún ardiente por el golpe y el corazón galopando contra las costillas. La oficina, que hace cinco minutos se sentía como un refugio tras la batalla, ahora me asfixia.

Me dejo caer en la silla. Todo es una farsa.

Las felicitaciones del comisario, las palmaditas en la espalda, el respeto recuperado...

todo se ha construido sobre el vacío. La confesión de Hale ha sido peor que si me hubiera dicho que me robó la placa.

Me ha robado la percepción de la realidad.

Me ha dejado desnuda emocionalmente frente a un espejo que me devuelve la imagen de una idiota.

—Me cago en sus muertos —susurro, apretando los puños sobre el escritorio.

Pasan los minutos y la comisaría empieza a vaciarse.

El turno de tarde toma el relevo y la euforia del rescate se asienta en un murmullo rutinario.

Intento concentrarme en el informe de los detenidos, en los nombres de los hombres que Hale mató con esa frialdad, pero las palabras bailan ante mis ojos.

"Para lo poco que nos conocemos, has tenido más valor para defenderme que cualquier persona que haya conocido" .

Sus palabras se repiten en mi cabeza. No entiendo por qué se siente como una despedida. No entiendo por qué un hombre capaz de manipularme de esa forma parecía tener los ojos al borde de las lágrimas al decir la verdad.

Me levanto, cojo mi chaqueta y salgo del despacho.

Necesito aire, o quizás necesito enfrentarme a él una última vez antes de que la rabia se convierta en algo más difícil de manejar.

Lo encuentro en el aparcamiento, apoyado en su moto, bajo el resplandor anaranjado de las farolas que empiezan a encenderse.

Está fumando, con la vista perdida en el horizonte industrial del puerto.

—¿Por qué? —le pregunto, acercándome lo justo para que no pueda ignorarme.

Él no se sobresalta. Tira la ceniza y me mira de reojo. Sus facciones parecen más duras bajo esta luz, más peligrosas.

—¿Por qué decirte la verdad? Podría haberme callado y seguir teniendo "esa ventaja", ¿no?

—Suelta una risa amarga—. No pude, Vega.

No después de verte en esa nave, y menos después de oírte mentir al comisario para salvarme el culo.

Me hiciste sentir como el mayor saco de mierda del planeta.

Y créeme, estoy acostumbrado a ser el malo, pero no a que alguien tan...

buena como tú me trate como si valiera la pena.

—No soy buena —le escupo—. Soy una policía que acaba de encubrir a un mentiroso.

—No —él deja la moto y da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio con esa intensidad que me acelera el pulso—. Eres la única persona legal que queda en este edificio. Y por eso mismo, necesito que entiendas algo.

Se acerca más, bajando la voz hasta que solo es un susurro que me eriza la piel.

—La Red no ha terminado con esto. Los hombres de hoy eran solo peones. Te has convertido en su problema principal, Vega. Van a venir a por ti.

—Que vengan —digo, sosteniéndole la mirada, aunque por dentro un escalofrío me recorre la columna—. Es mi trabajo.

Hale niega con la cabeza, y por un segundo, me pone la mano en la mejilla. Es un contacto breve, cargado de una tensión que no debería estar ahí, de una electricidad que sobrevive a pesar de la mentira.

—No tienes ni idea de a qué te enfrentas. Ni de quién soy yo realmente. Pero quédate con esto: anoche no te toqué porque, a pesar de lo que soy, no pude. Y hoy te he dicho la verdad porque prefiero que me odies por ser un manipulador a que me quieras por una mentira.

Se sube a la moto y se ajusta el casco. El motor ruge, rompiendo el silencio del aparcamiento.

—¡Mañana a primera hora en la oficina, Hale! —le grito sobre el ruido—. El caso no está cerrado.

Él me mira a través de la visera oscura. No asiente, no dice nada. Solo acelera y desaparece en la oscuridad de la calle, dejándome sola con el olor a gasolina y el eco de su advertencia.

Me quedo ahí, mirando el rastro de su moto.

Sé que debería ir a asuntos internos. Sé que debería denunciar su manipulación.

Pero mientras camino hacia mi coche, me doy cuenta de que ya no sé dónde termina la ley y dónde empieza lo que siento por el hombre que acaba de destrozar mi confianza para salvarme la vida.